Carta abierta a los habitantes de Lebu (Chile)

mayo 9, 2018

Queridos habitantes de Lebu,

Escribo esta carta para agradecer la concesión del Premio Literario Gonzalo Rojas Pizarro, que el jurado ha decidido concederme en ésta su XV edición. Hace poco más de mes y medio recibí un correo electrónico del Coordinador del Concurso, Jaime Magnan, informándome del fallo del jurado.

De acuerdo con el Acta suscrita por el jurado de este apartado, publicada en el transcurso de este día, me complace notificar que su trabajo “Sagrada Familia”, registrada con el Nº 333, firmado con el seudónimo Dios, se ha ungido Primer Lugar en nuestro certamen. A continuación, Jaime, tras felicitarme, me informaba que el acto de entrega de premios tendría lugar el 4 de mayo.

Pocas cosas me hubieran llenado de más orgullo que poder compartir con vosotras y vosotros ese momento. Algunas circunstancias personales me impedirán hacerlo. Por eso me comprometí con Jaime a enviar un vídeo, que pudiera ser proyectado en el acto.

Vayan primero las presentaciones. Soy el hijo de una criada nacida en un  pueblecito toledano, cercano a Talavera de la Reina llamado Mejorada y de un cantero de un pequeño pueblo de la Sierra de Guadarrama llamado Collado Mediano.

Los padres de la criada, de nombre Sara, tuvieron que huir de las tropas franquistas, que en el año 36 del siglo pasado, avanzaban imbatibles hacia Madrid. Tras combatir en aquella Guerra entre hermanos, tuvieron que pagar con cárcel haber dirigido las Juventudes Socialistas Unificadas del pueblo, que ocuparon la Casa del Cura y convirtieron la iglesia en un Salón de Baile, instalando en el mismo un aparato infernal llamado radio.

En cuanto al padre de Francisco, el cantero, al que todos conocían como Paco y al que apodaban Charivari, partió a la Sierra a defender la República de Trabajadores, amenazada por las tropas sublevadas. Mis hijas (tengo dos hijas y un hijo aún adolescente), han descubierto en un apunte del Archivo Histórico de Salamanca (el dedicado por la dictadura a fichar a masones y comunistas), que mi abuelo pertenecía a la Unión General de Trabajadores (UGT), al Partido Comunista de España (PCE) y se alistó en el Quinto Regimiento, aquel al que perteneció el poeta Miguel Hernández. Desapareció, mi abuelo, en el confuso final de la Guerra y nadie sabe dónde descansa su cuerpo. Si en un erial, una trinchera, o un campo de concentración francés.

Yo crecí rodeado de silencio y miedo. Los niños no teníamos que saber estas cosas. Cualquier comentario fuera de la casa podía traer malas consecuencias. Mejor no saber. Mejor callar. Mejor que la memoria no llegara a alcanzarnos y devorarnos. Aunque nadie nos lo dijo nunca, sabíamos que éramos hijos de perdedores.

Al final, mis padres acabaron en Madrid, en un barrio del Sur más profundo, llamado Villaverde. Allí me hice maestro antes de estudiar magisterio. Luego me licencié en historia, para intentar explicarme y explicar tanta oscuridad, desmemoria, pasado oculto, vidas escondidas y humilladas. Y me di cuenta de que la existencia de aquellas gentes que habitábamos en el Sur, estaba llena de enormes cantidades de polvo de misterio y no podía ser explicada sólo con investigaciones históricas. Por eso comencé a escribir artículos, pequeños ensayos, un libro sobre el Primero de Mayo en Madrid, poemas y relatos en La Tierra de los Nadie.

No soy un profesional de la escritura. Soy maestro de profesión y sindicalista de las Comisiones Obreras de España. Escribo a ratos perdidos. Algunas noches envío un relato, algunos poemas, a concursos literarios y así he ido recibiendo premios en lugares como las cuencas mineras asturianas, o el Voces del Chamamé en Oviedo; en el pueblecito de Sopó, ubicado en el Departamento de Cundinamarca, Colombia; en Lima, provincia de Buenos Aires; en Hervás, un pequeño pueblo del Valle del Ambroz, al Norte de Cáceres; o en Lekunberri, un pueblecito navarro a mitad de camino entre Pamplona y San Sebastián.

Premios que nunca tienen grandes dotaciones económicas. A veces conllevan la publicación de los poemas, o de los relatos. Para mí son grandes premios. Para mí es suficiente premio el que un jurado me haya leído y haya sentido que algo en mi escrito le  hacía vibrar.

Cuando recibí el correo de Jaime, debo confesarlo, lo primero que hice fue adentrarme en internet para ver dónde se encontraba Lebu. Pronto me di cuenta de que escribiendo sobre las gentes de mi Sur, había llegado, como a través de un agujero de gusano, a otro Sur, en la frontera araucana. Un Sur minero, pescador, centro comercial y turístico, azotado también por el paro y las necesidades sociales.

Luego, me dediqué a repasar la andadura de Gonzalo Rojas y leer algunos de sus poemas. Premio Reina Sofía de Poesía, Premio Nacional de Literatura, Premio Cervantes. Colaborador del gobierno de Salvador Allende. Exiliado. Pero, sobre todas las cosas, maestro, educador, alfabetizador de los trabajadores por los parajes de Atacama.

A mis 16 años, decidí ser maestro. Cuando yo tenía 16 años, aquel experimento de socialismo en democracia y libertad que venía de Chile, fue aplastado por las botas militares y, cuantos vivíamos bajo la bota militar de un dictador estepario, aprendimos a tocar la guitarra tarareando clandestinamente a Violeta Parra y a aquel Victor Jara, al que siempre nos representábamos en el Estadio Nacional de Santiago.

Creímos que se cumpliría la profecía de Allende y que nuestras grandes alamedas podrían abrirse de nuevo, para dejar pasar a hombres y mujeres libres, cuando otros militares, con claveles en la bocana de sus fusiles, se alzaron contra nuestra vecina dictadura salazarista, en Portugal, aquel 25 de Abril del año siguiente.

Todo fue, sin embargo, más complejo, más arduo, bastante más complicado. Las dictaduras siempre dejan un rastro de sangre y víctimas, muy difícil de limpiar. Una degradación de la condición humana, muy difícil de recomponer. Construir una sociedad mejor no es empeño fácil en esas condiciones. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Colombia, ni en España.

Y, pese a todo, ahí seguimos intentándolo. Muchas gentes decentes, humildes, sencillas, respetuosas, que tan sólo queremos una educación que nos haga iguales, una sanidad que cuide nuestras vidas, unos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades esenciales, un trabajo y unas pensiones que nos permitan satisfacer las necesidades de nuestras familias. Sólo queremos pensar, hablar, escribir, festejar, crear, vivir, en libertad.

Gracias por el premio que me habéis concedido. Un premio que me alcanza como un compromiso, un contrato y que vincula mi vida con las vuestras. Para lo bueno y para lo malo. Y más allá de cualquier muerte que pretenda separarnos.

Un fuerte abrazo,

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Editoriales que duelen, pero ayudan

mayo 9, 2018

Acudo a la manifestación del 1º de Mayo en Madrid. Decenas de miles de personas ocupan las amplias avenidas que discurren desde Atocha, hacia la Plaza de Neptuno, Cibeles y Alcalá arriba, para culminar en la Puerta del Sol. Los organizadores terminan hablando de unas 50.000 personas. Sea cual sea la cifra de manifestantes, lo cierto es que llenaron la Puerta del Sol con creces y llenar esa plaza supone haber reunido a unas 25.000 personas en la manifestación.

En algunas de las intervenciones de los oradores, se hizo mención a la editorial de un importante medio de comunicación, dedicada a los retos que tiene el sindicalismo por delante, en la que se airea que las protestas sociales se canalizan a través de colectivos o grupos que nada tienen que ver con el sindicalismo. Que los sindicatos no dominan ya la protesta y que, además, han perdido influencia institucional.

Que sólo representan a los que tienen empleo y no a los más damnificados por la crisis. Que no se conocen sus propuestas contra la precariedad, la depresión salarial, el paro juvenil, o el de los mayores de 45. Ni las respuestas ante las nuevas formas de negocio, como las digitales. Al tiempo dicen que han perdido capacidad de negociar con gobiernos y patronales.

Algo de injusto hay siempre, es cierto, cuando desde la periferia tertuliana, se juzga el comportamiento de los sindicatos. Pondré algunos ejemplos. Juntar, pongamos, 30.000 personas en una manifestación del 1º de mayo cuesta mucho en Madrid. Con bastantes menos personas concentradas ante un edificio público, convocados por una coordinadora ocasional de un puñado de organizaciones, algunos medios hablarían de gran éxito de convocatoria.

Conflictos como el de Coca-Cola, Amazon, ayuda a domicilio, o el Teatro de la Zarzuela, permanecen casi desaparecidos de los medios, tal vez porque la publicidad no se puede perder. Son conflictos con despidos, temporalidad, precariedad, bajos salarios, juventud, pero pueden afectar a la caja de la que vive el medio de comunicación.

Luego, hay otros conflictos en los que el sindicalismo debe apoyar, pero no ser protagonista principal, como es el caso de la lucha feminista, salvo que esa lucha se desarrolle en las trincheras de la empresa, en cuyo caso, el sindicalismo da la cara hasta el final. Sentencias ganadas por trato discriminatorio contra las mujeres trabajadoras, huelgas y movilizaciones por despidos de mujeres embarazadas, planes de igualdad en las empresas, combate contra el acoso sexual y la violencia de género en los centros de trabajo.

Pero es más. Cuando repaso quiénes encabezan, encuadran, lideran, nutren, cada uno de los movimientos sociales, me topo con compañeras y compañero sindicalistas y también con la convocatoria, o cuando menos el apoyo, de los sindicatos. Ya se trate de refugiados, mujeres, pensionistas, jóvenes, desahucios, carestía de la vida, luchas en defensa del medio ambiente, orientación sexual, o defensa de la sanidad, la educación, los servicios sociales. o una renta mínima garantizada.

Dicho esto, no creo que matar al mensajero sea nuestra mejor opción. Los medios de comunicación, de forma interesada, o no (ese es su problema), son portavoces, trasladan y crean tendencias. Desde el sindicalismo haremos bien en escuchar y reflexionar sobre nuestras carencias en la defensa de los trabajadores y trabajadoras. Haremos bien en pensar qué parte de verdad hay en las críticas que nos dirigen.

Me gusta recordar la anécdota que escuché un buen día de López Bulla, sobre Giuseppe Di Vittorio, cuando este líder sindical se presentó ante sus compañeros de la CGIL (Confederación General de los Trabajadores Italianos) en la FIAT, para reflexionar sobre los motivos por los cuales habían perdido las elecciones sindicales.

Vino a decirles que las maniobras sucias del patrón Agnelli y la complicidad de otros sindicatos cercanos a la empresa, podían tener el 95 por ciento de la responsabilidad de la derrota que habían sufrido, pero ese 5 por ciento restante era responsabilidad del sindicato. Ese 5 por ciento, en definitiva, era para la CGIL el cien por cien de lo que podían resolver. Así lo hicieron, afrontaron su responsabilidad y recuperaron la hegemonía en la FIAT.

Para renovar el sindicalismo hay que hacer mucho más que cambiar las caras, sin remover las viejas prácticas. El debate en libertad, el respeto a los discrepantes y a quienes quedan en minoría, la integración de la diversidad de la clase trabajadora y de la pluralidad de las ideas, la solidaridad, la lucha contra el corporativismo, contra las exclusiones, contra la corrupción y la imposición del aparato, siempre me han parecido elementos esenciales en cualquier organización y, especialmente, en el sindicalismo.

A fin de cuentas un sindicato no es otra cosa que un grupo de trabajadores y trabajadoras que se organizan para defender sus intereses, difundir sus valores y resolver sus problemas. La unidad sin uniformidad, la libertad a tumba abierta, el respeto a las decisiones democráticamente adoptadas, la integración sin exclusiones, son el camino del sindicalismo. Porque los sindicatos no son los únicos actores sociales, pero son muy importantes en nuestras sociedades.


Los rebeldes del 2 de mayo

mayo 9, 2018

Eligió Madrid el 2 de Mayo como día para conmemorar su fiesta como Comunidad Autónoma. Un día de derrota y aplastamiento de la rebeldía de un pueblo que, muchas veces, ha encontrado en Madrid la espoleta que ha encendido España.

Ser la capital no ha concedido a la ciudadanía madrileña privilegios especiales, aunque sí algunos inconvenientes, al ser utilizada como tubo de ensayo, en el que experimentar todo tipo de políticas, negocios, extravagancias y no pocos desmanes. Madrid, siempre ha sido el machadiano rompeolas de todas las Españas.

En no pocos lugares de la geografía nacional se utiliza a Madrid, así, en genérico, como origen de todos los males que políticos regionales de medio pelo y corruptos autóctonos, van sembrando indiscriminadamente por la geografía nacional, olvidando que son esos mismos políticos, corruptos en sus territorios, los que ocupan escaños parlamentarios en Madrid y sillones en los consejos de administración de empresas con sede central en el Foro.

El pueblo de Madrid siempre se ha rebelado contra lo que consideraba injusto. A veces demasiado tarde, y otras veces manipulado por unos u otros intereses espurios y bastardos. Rebeliones generosas y pagando siempre un alto precio por la resistencia.

Madrid se levantó contra Esquilache y sus políticas, que encarecían los productos básicos, beneficiando con ello a los funcionarios golillas y la nobleza arandistas, de marca España, frente a los napolitanos importados por Carlos III. Madrid fue comunero, como sus castellanas amigas y vecinas Toledo, o Segovia. Madrid se alzó el 2 de Mayo de 1808, para impedir que el hijo menor de Carlos IV fuera sacado del Palacio Real por las tropas francesas de Murat, mientras reyes y nobles pactaban con Napoleón a sus espaldas.

Madrid proclamó una República el 14 de Abril de 1931 y la defendió hasta el final de la Guerra Civil. Aquí fueron asesinados los Abogados de Atocha, por defender los derechos y aquí fueron juzgados los sindicalistas de las clandestinas CCOO, en al Proceso 1001. En Madrid se convocaron las más masivas manifestaciones por el NO a la Guerra y poco después padecimos los más brutales atentados que haya vivido Europa, perpetrados por islamistas radicalizados.

Madrid ha sufrido duros golpes y ha sido el escenario de muchas miserias humanas, conspiraciones, corrupciones. Pero siempre ha resistido, ha reaccionado y, como Asturias, no ha dudado en jugarse su futuro, para torcer el destino injusto de unas historias que intentaban ser escritas no sólo sin el pueblo, sino, en muchas ocasiones, contra el pueblo.

A veces las derrotas, como aquella del 2 de Mayo, crean leyendas que anidan en las almas de los pueblos rebeldes que un día gritan No, o Basta, o Libertad. Pasarán políticas de cortos vuelos y políticos insustanciales y Madrid seguirá siendo la patria de los rebeldes que no aceptan la imposición como forma de gobierno, ni la humillación como forma de vida.


El Madrid del Primero de Mayo

mayo 9, 2018

 

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

Inmediatamente, la manifestación se adentra en el Madrid científico que concibió Carlos III, creando el Observatorio Astronómico, el Real Laboratorio de Química (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánic,o donde exhibir las especies botánicas llegadas desde todo el imperio. En las Puertas del Jardín Botánico se concentraron, el domingo 4 de Mayo de 1890, 30.000 trabajadores, para manifestarse por el Prado y Recoletos, hasta la sede de Presidencia, para entregar a Sagasta sus reivindicaciones. En las inmediaciones se encuentra la sede de CCOO de Madrid, los Jerónimos, los centenarios hoteles Ritz y Palace, el Congreso de los Diputados.

Recorre luego, la manifestación el Paseo del Salón del Prado, presidido por Neptuno en un extremo y por Cibeles en el otro, sin olvidar que el centro del mismo se encuentra la desconocida fuente del dios Apolo, rodeado de sus musas. Un lugar concebido para descongestionar el centro y dotar a la Corte Madrileña de un lugar de paseo y recreo, en lo que, hasta entonces, era un lugar de huertas, poblado cada atardecer por bribones, espadachines y pícaros.

En Cibeles, tras sobrepasar el edificio que los madrileños denominaron Nuestra Señora de las Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, la comitiva del 1º de Mayo comienza a subir calle Alcalá arriba hacia la Puerta del Sol, flanqueada por el urbanismo burgués de los grandes bancos, incluido el Banco de España, las compañías de seguros, y los centros sociales de la burguesía decimonónica y de principios de siglo XX, como el Círculo de Bellas Artes, el anglófilo New Club, o el rancio Casino de Madrid.

Y llegamos, por fin, a la Puerta del Sol. Mientras se pronuncian los discursos, el manifestante puede emprender algunas reflexiones sobre este lugar en el que, al lanzar una piedra, conmienzan a moverse olas concéntricas en toda la laguna de España. Ese punto central del rompeolas de todas las Españas.

Allí están las primeras obras de Carlos III, para sentar las bases del Estado Moderno. La Casa de Correos (actual Presidencia de la Comunidad de Madrid) y, a sus espaldas, la Casa de Postas. Muy cerca el Ministerio de Hacienda, que fue concebida como Casa de Aduana, fuente de ingresos por los impuestos al comercio.

En la Puerta del Sol se desencadenó el 2 de Mayo y allí se encontraba el Mentidero de la Villa, donde el pueblo despachaba las últimas noticias y espiaba a los pasajeros de las carrozas cortesanas, que se encaminaban hacia El Salón del Prado. Allí se concibieron los Pasajes Comerciales y un nuevo rico maragato construyó las Casas del Cordero, tras ganar la lotería y allí se proclamó la II República.

Hay guías del Madrid medieval, de los Austrias, los Borbones, de Galdós, de la Restauración, de los Reyes Católicos, un Madrid literario, otro musulmán y otro mágico. También hay un Madrid del Primero de Mayo,  que recorremos en manifestación cada año, en cuyos edificios, paisajes y rincones se encuentran las claves de las transformaciones de una ciudad capital inacabada, que siempre resiste y que puede ser derrotada, pero nunca vencida.


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Derecho a la dependencia

mayo 9, 2018

Corría el año 2006 y el gobierno de Zapatero conseguía aprobar en el Congreso (pese a las reticencias vergonzantes del PP) la que conocemos como Ley de Dependencia que, en realidad, se llamaba de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. No era una ley de tantas. Venía a cubrir una de las grandes carencias de nuestro sistema de servicios sociales con respecto a los países avanzados de la Unión Europea.

El propio nombre de la ley es toda una declaración de intenciones. Nacemos completamente dependientes y, a lo largo de toda nuestra existencia, vamos consiguiendo ganarnos la vida por nosotros mismos y la capacidad de gobernar nuestras propias decisiones. Pero esto no ocurre así siempre, ni en todos los momentos de nuestras andadura personal. Desgraciadamente la suficiencia económica y la autonomía personal, son derechos nominales, que están lejos de ser aplicados con carácter universal.

La protección por desempleo debería cumplir la misión de asegurar recursos a cuantas personas han perdido su puesto de trabajo. Un sistema de rentas mínimas, debería permitir que quienes carecen de recursos, pudieran obtener unos ingresos mínimos garantizados. Un sistema de pensiones públicas debería asegurar la suficiencia económica para quienes han culminado una vida laboral y abren las puertas a una nueva etapa de su vida, eso que se conoce hoy como la tercera edad y, antes, llamábamos la vejez.

Sin embargo, las carencias y recortes en las prestaciones por desempleo, con la justificación de la crisis económica, ha hecho que muchas personas desempleadas se hayan visto privadas de recursos para atender a sus necesidades y las de sus familias. Las rentas mínimas viven en la dispersión, con leyes autonómicas variadas y variopintas, pero sin el paraguas de una reglamentación estatal que armonice y establezca unos mínimos para toda la ciudadanía española.

Las pensiones públicas, aún con su carácter estatal, sufren el acoso de quienes pretenden deteriorarlas de tal manera que se justifique la entrada de la iniciativa privada en el reparto de los cuantiosos recursos que las empresas y los trabajadores depositan en la caja única de la Seguridad Social. Tan sólo las movilizaciones de pensionistas a lo largo y ancho de la geografía española, parece que pueden contribuir a cambiar algo en la lógica aplicada por el PP hasta este momento.

En cuanto a la Atención a las situaciones de dependencia, los análisis y valoraciones realizados con motivo del cumplimiento de sus diez primeros años de su aplicación, dejan bastante claro que fue una ley que nació sin financiación garantizada, lo cual ha permitido que los gobiernos del  PP hayan reducido sustancialmente los recursos anuales para las personas dependientes.

De otra parte se ha obligado al sistema de servicios sociales a centrar el grueso de su esfuerzo en la gestión administrativa de la dependencia, impidiendo un desarrollo integral de sus funciones y obstaculizando la superación del papel asistencial, que les venía asignado desde los negros tiempos del franquismo.

Otra de las carencias esenciales, me parece que tiene que ver con la inexistencia de una real articulación de lo social con lo sanitario. Pongamos un ejemplo, si una persona dependiente tiene que ser ingresada en un hospital, no existen cauces establecidos para intercomunicar la atención hospitalaria y poshospitalarial, con la teleasistencia, la ayuda a domicilio, o los propios servicios sociales. La coordinación de la atención sanitaria con la social, brilla por su ausencia.

La participación social y la evaluación son otras dos carencias a las que los análisis de la  ley hacen referencia. Son dos carencias generalizadas en la políticas públicas españolas, que también aparecen en este caso. El despotismo de los gobiernos de turno, que se sienten legitimados por la exclusiva fuerza de los votos que obtiene cada cuatro años, para hacer y deshacer a su antojo y las prácticas de inaugurar, reinaugurar y volver a colocar ceremiosamente cada piedra, sin pararse a medir nunca la eficacia, la eficiencia, o el grado de satisfacción de las personas, forman parte del panorama de la política española, sin que nadie se pare nunca a evaluar.

Los tiempos están cambiando. La crisis parece que ha cedido el paso a una lenta, desigual e inestable recuperación. Los recortes deben ceder su protagonismo a la inversión. Las personas reclaman su protagonismo y políticas que atiendan sus necesidades. Los males de la dependencia, deben encontrar remedio cuanto antes. Porque si grave es la racanería del gobierno con las pensiones, aún más grave es el abandono mezquino al que se somete a las personas dependientes, que han conseguido un nuevo derecho por ley, pero se ven obligadas a demostrar continuamente que son merecedoras de ese derecho.

Los derechos se reivindican  y un día se conquistan, no son regalos, ni se suplen con beneficencia. La dependencia es un derecho y no una concesión graciable que hay que mendigar. Es la dignidad de las personas lo que está en juego.


Luis Montes, un defensor de la vida

mayo 9, 2018

No entiendo a quienes defienden la vida hasta justo antes de nacer y, de nuevo, en el preciso momento antes de morir. Todo lo que hay en mitad de esos dos instantes, les trae totalmente sin cuidado. No les preocupa si hay suficientes escuelas infantiles, si la desnutrición infantil aumenta, si la sanidad pública se deteriora, si el abandono escolar crece, si nuestro trabajo es paro, o moderna esclavitud, si las familias salen como pueden al paso de la imposibilidad de conciliar la vida laboral y personal.

No les preocupan tampoco nuestras pensiones, ni si la atención a la dependencia funciona, o si morimos en un hospital, entre terribles dolores. Al grito de Dios lo quiere, reconvertido por los ultraliberales en El mercado lo exige, han convertido a las personas en producto que se compra, se vende y es perfectamente intercambiable y hasta sustituible si un robot suple su papel en la producción.

No creo que haya una mano negra que decida estas cosas en un oscuro despacho y que toda la humanidad siga el camino allí decidido. Pero sí creo que hay creadores de tendencias que marcan el camino no escrito de la humanidad y de los pueblos.

Una de esas tendencias, la de convertir las necesidades de las personas y el papel del Estado (desarrollado a través de sus diferentes expresiones administrativas), en negocio puro y duro, se impuso en Madrid, con fuerza inusitada, a partir del golpe de estado triunfante del Tamayazo, en las elecciones autonómicas de 2003. Seguimos sin saber quiénes fueron los impulsores de ese golpe y quiénes lo financiaron, pero sí sabemos quiénes fueron los beneficiarios económicos y políticos del mismo.

Y también conocemos que el primer frente de batalla abierto por los impulsores de la tendencia ultraliberal y privatizadora se desencadenó en Madrid en el año 2005, cuando, bajo la presidencia de Esperanza Aguirre, el entonces Consejero de Sanidad, Manuel Lamela, salido de las huestes de Rodrigo Rato en el Ministerio de Economía, decidió dar crédito a denuncias anónimas cursadas contra los doctores Luis Montes y Miguel Angel López, a los que se acusaba de haber asesinado a 400 pacientes a golpe de sedaciones, en el hospital Severo Ochoa de Leganés.

Se abrieron comisiones de investigación, expedientes, procesos judiciales. Se alentó una campaña de difamación en algunos medios de comunicación. En defensa de los profesionales, convocamos movilizaciones de todo tipo, manifestaciones, concentraciones, paros, marchas, actos públicos. Al final, de los 400 muertos, se pasó a 73 y de ahí a malas prácticas, hasta que los tribunales terminaron cerrando el caso con  el sobreseimiento. La acusación no tenía razón, ni podía ser demostrada.

Pero ya estábamos en 2008 y, a estas alturas, el verdadero objetivo del gobierno Aguirre ya se había cumplido con creces. La imagen de la sanidad pública había sufrido un golpe terrible a manos de quienes tenían la obligación de preservarla y defenderla. De nada valían ya los sobreseimientos, ni que luego, el portavoz del gobierno de Aznar, Miguel Angel Rodriguez, fuera condenado al pago de 30.000 euros, por “delito continuado de injuria grave realizado con publicidad” contar el doctor Luis Montes.

Para entonces Lamela y su sucesor, Juan José Güemes, también extraído de las mesnadas de Rodrigo Rato y yerno del todopoderoso Carlos Fabra, ya habían tomado carrerilla para convertir Madrid en el campo experimental de todas las formulas de privatización hospitalaria ensayadas en España y fuera de nuestras fronteras: Fundaciones, empresas públicas, empresas privadas concertadas, empresas mixtas.

Alguna entidad financiera, una constructora y una gestora de la sanidad privada, o un empresario bien situado en la órbita de Aguirre (así ocurrió con el entonces presidente de la patronal CEIM), se hicieron con estos nuevos hospitales que nacían con financiación pública y beneficios asegurados.

Luego llegaron las concesiones de los colegios concertados, las autopistas radiales, los peajes en sombra, las Escuelas Infantiles, las universidades privadas, la Ciudad de la Justicia, el Canal de Isabel II, la jibarización del proyecto de Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, el destrozo de Telemadrid entregada a productoras privadas, el caprichito del golf en las instalaciones del Canal. Eran ya los tiempos de Granados e Ignacio González.

Hoy leo que Luis Montes ha muerto de un infarto, a los 69 años, cuando viajaba hacia Molina de Segura, para intervenir en un acto, como Presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Compartí con él pancartas y actos en defensa de su profesionalidad y la de sus compañeros del hospital Severo Ochoa, en defensa de la sanidad pública frente a las agresiones privatizadoras de Aguirre y sus cachorros.

Hoy, Manuel Lamela es famoso por su participación en empresas sanitarias especializadas en gestionar recursos públicos, volvió con Rato a la empresa Cibeles (Bankia) y se encuentra bien situado en cada operación de la sanidad privada para aumentar su presencia en la gestión y el control de todo tipo de servicios públicos sanitarios.

Hoy, Juanjo Güemes, después de dimitir como Consejero de Aguirre, tras las concesiones de servicios sanitarios públicos a empresas privadas que luego le ficharon, se encuentra muy bien cotizado por su experiencia privatizadora, dirige Centros de Emprendedores del IES Business School, del que es vicepresidente económico y sigue formando parte de numerosos consejos de administración.

Mientras siguen a lo suyo quienes defienden la vida sólo antes de que el ser humano nazca y abanderan la prolongación de dolorosos e irreversibles procesos de enfermedad. Mientras siguen triunfando quienes hacen de la vida un producto y de la sanidad pública un negocio. Se nos ha marchado un hombre decente que defendía el derecho a vivir y morir dignamente. Luis Montes, el nombre de un defensor de la vida que no olvidaremos.