Inicio de un curso electoral apasionante

septiembre 13, 2018

Todo pasa y todo queda. Retornan las estaciones ordenadamente. No pasan ellas, pasamos nosotros. Llega el turno del otoño, que se anuncia ya con días de nubes, lluvias y cambios de temperaturas. Vuelven los niños y niñas a los colegios. Algunos de ellos en obras, por la imprevisión, o el incumplimiento de los plazos de finalización. Muchos, demasiados, con insuficiencia de profesorado, porque los recortes siguen ahí, aunque la cercanía de las elecciones hará que se levante un poco la mano.

Prueba de esa cercanía, es que el socavón, del que hablaba en mi anterior artículo, merecedor del premio Superbache 2018, concedido por los vecinos de Tetuán, Valdeacederas, Cuatro Caminos, ha sido inmediatamente tapado, lo cual no impide que los baches perdedores del concurso sigan siendo protagonistas del paisaje urbano de esos barrios.

Elecciones, municipales y autonómicas, que van a redefinir el panorama político español y en el que los partidos de la vieja política recauchutada y la nueva política marchita, se juegan mucho. Me gustaría que esa confrontación se jugase no sólo en el campo de las declaraciones propagandísticas rimbombantes, las cabeceras electorales de diseño y las propuestas publicitarias más fashion, sino dejando tiempo y espacio para el debate sobre las ciudades en las que queremos vivir y las Comunidades que necesitamos construir.

En eso consiste, a fin de cuentas, hacer política. Definir qué queremos y explicar cómo lo vamos a conseguir. Al final toda política se resume, no en el debate sobre el estado de la Región, o de la ciudad en su caso, sino en el debate presupuestario. Qué van a hacer nuestros políticos y políticas con los dineros que dejamos en sus manos. Cuáles son sus prioridades inversoras y qué cosas dejarán aparcadas para mejor momento.

Pongamos un ejemplo. Aprovechar el verano para impulsar el desarrollo de operaciones en el Norte de Madrid, como el Paseo de la Dirección, o la Operación Chamartín (ahora rebautizada como Nuevo Norte, o Puerta Norte, o algo así), moviendo miles de millones de euros, indica por dónde van las prioridades presupuestarias.

No es extraño que el malestar cunda en distritos como el de Usera, o Arganzuela, que ven pocos avances en la calidad de los servicios públicos que el ayuntamiento les presta y temen el deterioro de la convivencia y la seguridad en los mismos. Claro que la oposición aprovechará el malestar y que el gobierno defenderá que son cosas de  cuatro “remeros” manipulados, pero cuando el río suena, agua lleva.

Las campañas electorales son cada vez más largas. Lo importante parece ser quién será candidata o candidato, aquí o allá. Sin embargo, me gustaría que la temporada de otoño y primavera, no se perdiera en cruces de acusaciones, sino en confrontación democrática de propuestas y prioridades. Que nos cuenten y nos convenzan de que sus inversiones, en el caso de que lleguen al gobierno, serán mejores y más necesarias que las de los partidos vecinos.

Ya sé que es mucho pedir para el nivel de elaboración que demuestran buena parte de nuestros representantes políticos. Ya sé que la política es cada vez más apasionada y menos apasionante. Pero, de nuevo, por pedir que no quede.

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Palabras poderosas

septiembre 6, 2018

Siempre he sostenido que la palabra es poderosa. Siempre he creído que decir las cosas, definirlas en voz alta, por escrito, o a través de cualquier otro medio creativo, es el primer paso para comenzar un cambio. La palabra constituye parte de la acción humana, tal vez la más importante. Dar nombre a las cosas, a los problemas, no es pérdida de tiempo, siempre que no te empantanes en debates nominalistas sobre cómo debería llamarse esto o aquello.

El poder de la palabra es hoy más fuerte que nunca, porque existen mil y una maneras de difundirla que antes no existían, aunque también es cierto que esas mil y una maneras contribuyen a que perdamos capacidad de atención, ante el exceso de información generada.

Algunos estudios afirman que la humanidad habría generado hasta el año 2003 una cantidad de información almacenada equivalente a 5 exabytes (EB). En el año 2011 esa cantidad había crecido hasta los 600 EB y el 99´9 por ciento de la misma se encuentra en formato digital. El papel supondría un exiguo 0´007 por ciento de la información global.

Las cifras se nos escapan de las manos y del entendimiento, cuando leemos que cada minuto hay 200 millones de correos electrónicos más,  en Twitter se han generado 100.000 mensajes más, en instagram han subido otras 6000 nuevas fotos, en Youtube se han cargado 48 horas más de video. En un solo minuto. En todo el planeta. En estas condiciones, ¿quién prestará atención a lo que yo escribo?

Y, sin embargo, la palabra sigue funcionando. A veces tarda más de la cuenta en ser efectivo su uso, pero termina calando como la gota china, a la que algunos confundimos con la bota malaya, métodos ambos de tortura, a saber cual más horrible.

Hace un año escribí en un diario madrileño, a propósito de los ruidos nocturnos que ocasionan las reparaciones ferroviarias, a altas horas de la noche, cuando se realizan frente a las viviendas. En invierno, con las ventanas cerradas, la molestia se limita a un murmullo, pero en verano, a pleno calor y con las ventanas abiertas, no hay quien duerma.

El silencio a mis quejas parecía eterno, pese a que me dirigí, en paralelo, a todo tipo de responsables, ya fueran de ADIF (la empresa pública de infraestructuras ferroviarias), Ministerio de Fomento, Ayuntamiento de Madrid, partidos políticos de gobierno y oposición, Asociaciones Vecinales, utilizando las vías convencionales, informáticas y redes sociales.

Un silencio casi absoluto, salvo una tímida respuesta de una Asamblea Política del Gobierno municipal, vía Twitter en la que se me informa que se reúnen mucho y seguro que lo solucionan. A veces también alguien se ha dignado contestar amablemente que no es cosa suya y que lo trasladan a otro sitio del que nunca más supe. Pero no he cejado. Cada cierto tiempo un zasca y de nuevo artículo va y artículo viene por las redes sociales, correos de ida sin vuelta, quejas en las páginas municipales, del ministerio, de ADIF.

Al final, bien pasado el verano, la Alcaldía de Madrid me comunica que no hay constancia de autorización alguna para obras que produzcan ruidos nocturnos  y que lo pasa a ADIF para que me contesten. Amablemente me indican que existe una Ordenanza sobre el ruido que deja muy claro que, salvo por razones de urgencia, seguridad o peligro, este tipo de obras no pueden realizarse entre las 10 de la noche y las 7 de la mañana, o las 9 en el caso de sábados o domingos.

En todo caso, me indican que puedo dirigirme a la Policía Municipal. Lo hice en una ocasión, pero parece que las mediciones, cuando traen los aparatos, hay que realizarlas con ventanas cerradas (condena a aire acondicionado, o ventilador) y, además, como no pueden entrar en las vías ferroviarias, no pueden comprobar si existen permisos, o no.

Veinte días después era ADIF quien me respondía que no hay más remedio que realizar estas obras en verano y por la noche, que lo sienten, que se esfuerzan por producir el menor ruido posible y que lamentan las molestias que puedan producir en “el proceso de mejora”. Ajo y agua.

Termina el otoño, pasa el invierno, atravesamos la primavera, vuelve el verano, vuelven las noches calurosas, las ventanas abiertas, los ruidos nocturnos, nada ha cambiado, porque en España no cambia nada esencial, gobierne quien gobierne y los ruidos deben de formar parte de esa esencialidad de la patria.

Vuelvo a las propuestas, a los zascas, a las redes sociales. Esta vez no esperan a que acabe el verano y ADIF me contesta que ya me respondieron el año pasado. Me informan que todos los fines de semana del resto del verano van a seguir cono obras, las cuales me detallan someramente. Al parecer tiene que suceder así, sin más remedio, de esta forma y en esas fechas.

La respuesta, en algunos momentos, es literalmente calcada de la anterior. Hay alguna novedad. Al parecer han creado una Comisión con la Junta Municipal y con alguna Asociación de Vecinos, para hacer seguimiento de estos temas de ruido en las vías. Me aconsejan que me dirija a la Junta Municipal y ya me informarán.

Es sólo un ejemplo, entre muchos, que cualquier lector o lectora, podría apuntillar con otros tantos.Decía al principio que la palabra es poderosa. A la vista de lo relatado pudiera no parecerlo, pero no se equivoquen, también dije que es como la gota china, o malaya, o lo que sea.

Ellos podrán seguir sometiéndonos a las torturas de sus ruidos nocturnos y su desidia indolente. Ellos pasarán y bien puede ser que quienes les sucedan sigan con sus ruidos (tal vez algunos decibelios menos). Pero nosotros seguiremos aquí, con otros nombres, pero con las mismas penas, lamentos, quejidos, calvarios y nuestra palabra, aún perdida en un marasmo de exabytes, circulará libremente, ratificando, repitiendo, machacando, la queja insistente, la protesta constante, la condena perpetua. Revisable, siempre revisable, si algo, un buen día, cambiara.


Matar al mensajero

septiembre 6, 2018

Hay tres prácticas partidarias que contribuyen muy poco a mejorar la vida de las personas para quienes (siempre en principio y muchas veces sólo al principio) se gobierna. Algunas de estas malas prácticas son consecuencia de las otras.

La primera de ellas consiste en intentar evitar todo tipo de críticas, vengan de donde vengan. Quien gobierna siente que su poder se ve socavado cuando alguien, de forma incluso amable, le hace notar las contradicciones en las que incurre con sus actos políticos. Si viene de las propias filas, o de filas aliadas, puede ser interpretada como un ataque que pretende socavar el poderío electoral del partido de gobierno.

Por esta vía se incurre en la segunda práctica deleznable, pero secular, consistente en atacar, perseguir y desacreditar a quien critica, sea quien sea y, cuando es de los nuestros, la saña empleada es aún mayor, porque siguiendo la  tradicional costumbre de la envidia nacional, siempre hay alguien esperando que caiga el vecino para ocupar su puesto. El fuego amigo es norma.

Para evitar estos problemas, hay una tercera práctica que todo gobierno reserva en su recámara. Consiste en intentar que cualquier decisión controvertida se ahogue entre los calores del verano, aprobándola con eso que antes se llamaba nocturnidad y alevosía y hoy se llaman agosticidad, en pleno mes de agosto, para reducir el plazo de consultas y las posibilidades de reacción de los afectados.

Son prácticas generalizadas, políticamente aceptadas y consentidas. Quienes las ejercen pasan por ser hábiles administradores de los tiempos en política. A veces les sale bien, casi siempre, pero en otras ocasiones el tiro sale por la culata y lo único que consiguen es precipitar un otoño caliente en torno ese foco de incendio provocado.

Vienen a cuento estas reflexiones a causa de un buen ejemplo que se ha producido este verano en Madrid. El Ayuntamiento de Manuela Carmena ha pretendido saldar la polémica en torno a la interminable Operación Chamartín, para enterrar las vías y tras rebautizarla como Puerta Norte, o Madrid Nuevo Norte.

El inicio de todo es acuerdo entre ADIF, la empresa que gestiona las infraestructuras ferroviarias, el Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento de Madrid y la empresa Distrito Castellana Norte (DCN), que viene a ser un consorcio de intereses inmobiliarios, inversores financieros y constructores.

Los términos completos del acuerdo no son conocidos, pero el Ayuntamiento se ha apresurado a poner en marcha los motores para preparar el camino. Un arquitecto y urbanista como Eduardo Mangada, que ha tenido responsabilidades en el primer ayuntamiento democrático de Enrique Tierno Galván y en los sucesivos gobiernos de Joaquín Leguina al frente de la Comunidad de Madrid, ha dado su opinión, a mediados de julio, en contra de la Operación Chamartín.

Desde el gobierno municipal, José Manuel Calvo, actual Concejal de Desarrollo Urbano Sostenible, a finales de julio, responde con un artículo cuyo título, Mangada y la Operación Chamartín, da buena cuenta de las intenciones prioritarias del mismo, que no es tanto defender las actuaciones municipales, sino más bien desacreditar a Eduardo Mangada, al que recuerda que hay que hacer un urbanismo progresista asumiendo los límites y concesiones que exige cualquier acción de gobierno.

Todo podía haber quedado ahí, en una opinión y en una respuesta más o menos acertada, de no ser porque a los pocos días, ya en pleno mes de agosto, un buen número de asociaciones vecinales, sociales, urbanísticas, ecologistas, han publicado un artículo llamado En apoyo de Eduardo Mangada: sobre la Operación Chamartín, instando al Ayuntamiento a debatir y negociar sobre el proyecto, corrigiendo desequilibrios territoriales  y respetando al vecindario, en lugar de intentar desacreditar a las personas que se oponen al mismo.

Por si fuera poco, a finales de mes, encuentro un nuevo artículo de dos viejos conocidos, la socióloga Concha Denche, amiga del Villaverde años 80, que fue concejala en el Ayuntamiento de Madrid y Víctor Renes, también sociólogo con una amplia trayectoria como responsable de Cáritas y del reconocido Informe Foessa. En esta ocasión el título es Madrid será todo norte, con el sur más lejos. El título lo dice todo y no requiere muchas más explicaciones. Esta apuesta permanente por un norte financiero, de oficinas y pisos de alto precio, no puede ser buena, ni aporta nada al equilibrio territorial que toda ciudad necesita.

Como de refilón, por descuido, como quien no quiere la cosa, el 17 de agosto el Ayuntamiento aprobaba un Plan Parcial de Reforma Interior del Area de Planeamiento del Paseo de la Dirección, una operación colindante con Chamartín, también en el norte, con los mismos objetivos declarados y la misma oposición vecinal.

En fin, el otoño se avecina caliente y mejor que la transparencia se imponga sobre las actuaciones opacas y la agosticidad; que los políticos se sienten a negociar, en lugar de empeñarse en desacreditar y matar al mensajero portador de opiniones e ideas discordantes; que hagan realidad la participación social, en lugar de empeñarse en un despotismo ilustrado que ya  nada aporta a las políticas participativas y democráticas que tanto se defienden en los programas electorales de la nueva política y los nuevos políticos.


Referéndum sobre Chamartín

septiembre 6, 2018

El soterramiento de las vías del tren que parten de la estación de Chamartín, viene siendo polémico desde hace décadas. Creo que está plenamente justificado solucionar la situación de unos los trazados ferroviarios, concebidos a partir de mediados del siglo XIX, que llegaban al centro de las ciudades, o a una periferia que ha terminado por convertirse en centro con el paso de las décadas y el desarrollo urbano de nuestras urbes.

En Madrid ya hemos vivido soterramientos sonados como el del Pasillo Verde Ferroviario, que enterró las vías de la M-30 y permitió, a mediados del siglo XIX, la conexión de Príncipe Pío y la Estación de Atocha, con paradas intermedias en Imperial, Peñuelas, o Delicias. Con ello, crearon un espacio de desarrollo industrial para Madrid, con fábricas como la del Gas, Cervezas El Águila, galletas, transportes, Standard Eléctrica, Osram, o toda la zona fabril de Méndez Álvaro.

La Operación Chamartín, que pretende básicamente la misma finalidad de liberar el espacio hoy ocupado por las vías para desarrollos urbanísticos, comenzó a fraguarse por la misma época, pero se ha venido demorando durante cerca de 25 años y no sólo por la complejidad del proyecto, sino por el choque de intereses económicos en juego y por la oposición de algunos sectores vecinales, que perciben los sucesivos planes presentados, como amenaza.

Por más que, con retoques, la Operación Chamartín haya recibido ahora el nombre de Puerta Norte, o Madrid Nuevo Norte, Eduardo Mangada, quien fuera Concejal de Urbanismo en el primer gobierno democrático del Ayuntamiento de Madrid tras la dictadura y más tarde Consejero de Ordenación del Territorio, Vivienda, Medio Ambiente, Urbanismo, Obras Públicas, o Transportes en los sucesivos gobiernos de Joaquín Leguina, ha planteado su oposición al proyecto, a mediados de julio.

En un artículo, Mangada, hace un llamamiento a recordar lo acaecido hasta el momento y borrar los planteamientos equivocados, que nos han conducido al proyecto Puerta Norte. Un proyecto que se desarrollará, según el autor, en perjuicio de los viejos barrios olvidados, que viven entre el abandono, la escasez y la precariedad dotacional y habitacional. Tampoco aporta nada a los nuevos barrios, escasos de servicios esenciales para el vecindario.

Los desequilibrios existentes entre el Norte y el Sur de la capital no se solucionan detrayendo recursos necesarios para la “recuperación de Madrid” para su ciudadanía, ni entregando un espacio importante de la ciudad a un grupo inversor, por mucho que el Ayuntamiento de Madrid haya hecho esfuerzos para racionalizar desmanes y escalonar el ritmo de desarrollo.

Alude a las quejas formuladas por asociaciones vecinales, ecologistas y profesionales del urbanismo, que ponen de relieve la incongruencia de mercantilizar el urbanismo y convertirlo en beneficio inmobiliario. Concluye afirmando que estamos a tiempo de abordar un urbanismo concebido en función de las necesidades y esperanzas de la ciudadanía.

Diez días después, Eduardo Mangada ha recibido contestación, de la mano de José Manuel Calvo, Concejal de Desarrollo Urbano Sostenible en el gobierno de Carmena, a través de un nuevo artículo en otro medio de comunicación. Comienza Calvo recordando el amplio historial de responsabilidades urbanísticas del arquitecto Eduardo Mangada, para reconocer que el acceso del PP al poder en el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, a partir de 1995, supuso instaurar el concepto de suelo y territorio como producto de consumo.

Se entretiene en los posicionamientos y silencios de Mangada ante diferentes desarrollos urbanísticos, para terminar destacando su posición en contra de la Operación Chamartín, especialmente desde que el Ayuntamiento alcanzó un acuerdo con el Ministerio de Fomento-ADIF y la empresa Distrito Castellana Norte (DCN).

Defiende, lógicamente, los cambios operados en el proyecto inicial, recalcando la disminución de la edificabilidad, así como el incremento de usos dotacionales introducidos. Recrimina a Mangada que no tome en cuenta, por su propia experiencia, los límites, contradicciones y concesiones que exige cualquier acción de gobierno, cuando intervienen numerosos intereses públicos y privados y espera que podamos en futuros artículos reconocer al Mangada “de aquellos tiempos”. Hasta aquí el debate entre nuestros dos personajes.

Sin embargo, no pasan dos semanas y aparece publicado, a mediados de agosto, un nuevo artículo, esta vez firmado por un buen número de asociaciones vecinales, encabezadas por su Federación Regional, organizaciones como  Ecologistas en Acción, el Club de Debates Urbanos, Asambleas del 15M y del 25M, la Plataforma de la Zona Norte y algunos otros inversores.

Agradecen a Eduardo Mangada la defensa de un urbanismo sostenible que apueste por el reequilibrio territorial y la igualdad, que no merece un ataque personal por parte de ningún responsable municipal y llaman al Ayuntamiento a no confundirse de enemigos. Ahondan en la no renovación de la concesión a DCN por parte del Ministerio de Fomento, en que se hagan públicos todos los documentos y compromisos contraídos y, ya sin las presiones del negocio especulativo, el Ayuntamiento negocie y atienda las propuestas que han venido formulando numerosas asociaciones y colectivos a lo largo de los últimos años.

Para que nadie me confunda con un enemigo a batir, creo que no es malo insistir en yo no digo, sólo muestro. Pero, así las cosas, me parece que algo de razón deben llevar las organizaciones sociales y vecinales, cuando hablan de un parque-losa de hormigón sobre las vías de Chamartín y un inviable mini-Manhatan entre la estación y la M-30.

Algún fundamento debe de existir cuando denuncian el abandono del diálogo, que ha sido sustituido por opacos acuerdos entre Ayuntamiento de Madrid, Adif y BBVA, entre otros inversores, que instauran duros condicionamientos inmobiliarios y financieros, en un proyecto cargado de vivienda libre y suelo para oficinas, a alto precio.

Creo, sinceramente, que la participación ciudadana no pasa sólo por reunir periódicamente Foros de Participación, a los que acuden unos cuantos vecinos y vecinas, donde se habla de todo un poco, ni por unos presupuestos participativos que afectan al destino de los restos y migajas del pastel, ni por decidir qué grupos queremos que amenicen las fiestas del barrio.

Creo que pasa por reconocer como interlocutores a las organizaciones vecinales, empresariales, ecologistas, sindicales, profesionales. Escucharlas, negociar con ellas, escuchar su voz y atender sus demandas. Se me ocurre que asuntos como éste sí merecen un proceso de debate público, en el que podamos oír la voz de personas como Mangada, Calvo y los actores sociales y económicos, que podría culminar con un referéndum final entre toda la ciudadanía. A fin de cuentas, es esa ciudadanía la que debe decidir qué Madrid quiere.  Y acertar, o equivocarse.


Hacer el Agosto en el Paseo de la Dirección

septiembre 6, 2018

Foto: Antonio Ortiz

Cuentan que la regente María Cristina reunió a los pudientes de Madrid para recomendarles que, puesto que Madrid no tiene industria, hagamos industria del suelo. Era cierto que los vascos contaban  con industrias del hierro y minas de carbón. Los catalanes habían desarrollado industrias textiles y el sector comercial. La España costera contaba con algunos puertos comerciales importantes y astilleros de renombre.

Madrid seguía siendo Villa y Corte, capital administrativa de España, comercial y cortesana, pero escasamente industrializada, más allá de algunos talleres del ejército y unos pocos. Tan sólo el embrionario ferrocarril comenzaría a traer carbón y materia prima, que permitiría con el tiempo ir creando base industrial.

Así las cosas, el abundante suelo mesetario y el ladrillo se convirtieron en motor de hacer dinero. Un hábito, práctica y costumbre empresarial que nunca ha dejado de tener éxito por estas tierras y que, con el posterior desarrollo turístico ha encontrado abundante predicamento en nuestra costa mediterránea.

Los desarrollos urbanísticos avalados por los gobiernos municipales de turno han sido siempre objeto de polémica, por los cuantiosos recursos dedicados a fomentar el negocio privado. Así vuelve a ocurrir con el polémico Paseo de la Dirección, espacio privilegiado, por su cercanía a las zonas financieras de Azca, o Plaza de Castilla, en el contorno de la estación de Chamartín, las torres del Real Madrid y el futuro desarrollo de la operación Chamartín.

El Ayuntamiento de Madrid acaba de aprobar con agostidad veraniega, la tercera modificación del Plan Parcial de Reforma Interior del Area de Planeamiento Paseo de la Dirección. La medida era necesaria, tras darse por concluido el convenio con Dragados-ACS, lo cual nos ha costado a la ciudadanía madrileña 126´6 millones de euros y 88.000 metros cuadrados en parcelas para edificación de viviendas.

Según los vecinos hablamos de algo más de 165.000 metros cuadrados, afectados por desalojos, necesitados de realojamientos, que necesitan reservas de suelo público dotacional para construir parques y equipamientos sociales, educativos, deportivos, de todo tipo. Suelo sobre el que se asienta patrimonio histórico-artístico, como el Canal Bajo de Isabel II, que forma parte de las primeras infraestructuras de traída de aguas a la capital.

Las organizaciones vecinales han solicitado participar en el desarrollo futuro de los espacios donde van a vivir, pero el proyecto viene colmado por una alta edificabilidad de torres y pisos, a precios desorbitados, que podrían alcanzar los 5.000 euros  por metro cuadrado. Un negocio seguro, a la antigua usanza, para los promotores urbanísticos de siempre.

Se abre el plazo de un mes para alegaciones, que acabará a mediados de septiembre, pero ya sabemos en qué suelen quedar las alegaciones vecinales. Algún retoque elegantemente estiloso y poco más. Uno piensa que eso de las políticas participativas debería ser algo más que asistir a Foros de escasa participación y debería asegurar que se escucha al vecindario, se dialoga, se negocia con todos, sin soberbia de poder, pensando en quien más nos necesita y se toman medidas pensando en el bien y el interés general, ya sea arreglando un superbache, o planificando un desarrollo urbanístico.


Contra la precariedad, por la democracia

septiembre 6, 2018

El Programa desplegado por Pedro Sánchez en el Parlamento presenta un puñado de medidas encaminadas a combatir la precariedad y el paro, especialmente entre nuestros jóvenes. Que España compita con Grecia por liderar las más altas tasas de desempleo juvenil, duplicando con creces la media europea, no es bueno, especialmente porque ya se trata de un drama estructural y no meramente coyuntural.

Pero es que, además, cuando nuestros jóvenes encuentran un empleo, se despeñan por un largo y tortuoso barranco de precariedad que tan sólo a veces se corrige con el tiempo, pero que, en demasiadas ocasiones, se convierte en un horizonte permanente de futuro que amenaza toda la vida laboral.

No es malo que cualquier gobierno tome buena nota y afronte la búsqueda de soluciones a un problema que amenaza con destrozar la estabilidad de cualquier sociedad. La puesta en marcha de un Plan de Choque para crear empleo juvenil parece, de entrada, una buena noticia.

No es un problema que aparezca exclusivamente en las pequeñas empresas. Son demasiadas las grandes corporaciones de nuestro país que, lejos de dar ejemplo, crean ejércitos de mano de obra joven, con contratos temporales, siempre amenazados por la no renovación, en los que se abusa de la libre disposición de la jornada, las horas extraordinarias mal pagadas y los bajos salarios asegurados.

Por no hablar de esas experiencias que suponen la aceptación de una autoexplotación, que comportan enormes beneficios económicos para unos pocos y una miseria programada para un ingente número de jóvenes. Jóvenes que comienzan a reaccionar e impulsar movilizaciones que persiguen la decencia de su trabajo y la dignidad de sus condiciones laborales y salariales.

El anuncio, además, de un Plan Integral contra la Explotación Laboral abre las puertas al reconocimiento de una situación insostenible, si no queremos una sociedad de desigualdades y discriminación crecientes, derechos menguantes y democracia en extinción.

Entre las medidas anunciadas, sin pretensión de ser exhaustivo, quiero destacar el anuncio de la regulación de las prácticas no laborales y la aprobación de un Estatuto del Becario. Los abusos que se producen han sido denunciados permanentemente por las organizaciones sindicales, pero poco, o nada, se ha hecho para corregirlo.

Hace años que la Unión Europea reclama que en cada país se negocie la aprobación de un Estatuto del Aprendiz que regule situaciones de indefensión para aquellas personas jóvenes que se ven enfrentadas a procesos de aprendizaje laboral en el seno de las empresas.

Estamos acostumbrados a que se anuncien medidas políticas que, lejos de solucionar los problemas de quienes los sufren, se encaminan a profundizar en el abuso. Tampoco nos faltan experiencias de promesas justas que se van diluyendo en el tiempo sin encontrar nunca el camino de su concreción y realización. Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Espero y deseo que no sea éste uno de esos casos de promesas fallidas. Es fácil dar titulares. Es difícil que estas medidas puedan llevarse adelante sin remover intereses creados y egoísmos ancestrales que han conseguido perpetuarse y crear escuela. Una cultura empresarial ineficiente e improductiva, pero que asegura altos beneficios para unos pocos, convirtiendo en negocio la capacidad de exprimir hasta el extremo a la fuerza de trabajo.

Estos cambios exigen que el gobierno, los empresarios, los sindicatos, afronten eso que se ha denominado diálogo social con decisión y sentido común renovado,  que tome en cuenta lo que hoy somos, tomando buena nota de carencias, insuficiencias, amenazas y problemas no resueltos, pero con la vista puesta en el horizonte de un futuro que debe asegurar vidas dignas y trabajos decentes.


Carta abierta a Felipe de Borbón

septiembre 6, 2018

Felipe,

No interpretes como descortesía, ni mucho menos como injuria, o calumnia, el que me dirija a ti sin utilizar un tratamiento protocolario del estilo Señor, o Majestad. Es la naturaleza propia de estas cartas abiertas la que me impone utilizar el tuteo, escribir a quienes se las dirijo de persona a persona. No sólo porque no reconozca a nadie por encima de mí, tampoco a nadie por debajo, por cierto. Sino porque estas cartas se dirigen a personas, no en función de sus edades, cargos, títulos, funciones, responsabilidades, o profesiones.

Pensé comenzar, en un primer impulso, evocando una canción de Quintín Cabrera, ese uruguayo que se afincó en una España decadentemente dictatorial y murió en la democrática primavera de 2009, sin haber cumplido los 65, cuando sus amigos le preparaban un homenaje bajo el título ¡Adelante Quintín!, en el Auditorio Marcelino Camacho, que cedimos las CCOO de Madrid, como en tantas otras ocasiones lo hemos hecho, cuando la causa es justa.

Cantaba Quintín una canción, Qué vida más diferente, la mía y la suya, Señor Presidente. Pensé que vendría al pelo comenzar así. Sobre todo cuando recordé las palabras de un viejo amigo, de aquellos que, por avatares de la vida, tuvo ocasión de entrever los privilegios, disponibilidad de rentas, canonjías, sinecuras y mamandurrias, que se movían alrededor de la ostentación de determinados cargos en Consejos de Administración, Hay dos clases de vida y la nuestra no es vida.

Al final pensé que lo obvio aporta poco, aunque desgraciadamente haya que volcarse incansablemente en demostrarlo con cada vez mayor frecuencia. A fin de cuentas, no pienso, a estas alturas, que tu vida sea más afortunada que la mía. Naciste aquí, príncipe de una fastuosa dinastía en el exilio, nieto de un Juan Sin Tierra, que dependía, para su futuro, de los designios de un dictador sanguinario que, tan sólo un año después de tu nacimiento, se dignó declarar como sucesor a tu padre, con título de Rey.

Nací yo, siempre lo he querido ver así, como un príncipe más, de una dinastía de perdedores olvidados, exiliados de aquí y de más allá de nuestras fronteras, de los Nadies. Mi abuelo, afiliado a UGT, el PCE y combatiente en el Quinto Regimiento, marchó voluntario a defender la República y desapareció en la Guerra del Dictador. Nunca he sabido bajo qué tierra descansa. Mi otro abuelo, Secretario de las Juventudes Socialista Unificadas en su pueblo, sufrió la represión franquista de palizas y cárceles, tras ser acusado como Rebelde, ante los tribunales militares.

Ni tú elegiste dónde ir a nacer, ni yo tampoco lo hice. Somos hijos de quienes, cuando el negro pasado comenzó a pudrirse en una basilical tumba, bajo una losa de miles de kilos de peso, decidieron abrir las puertas a la política de reconciliación nacional que el Partido Comunista de España había decidido impulsar desde 1956, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco.

Hay quienes hoy sostienen que no lo hicieron bien, pero yo pienso que lo hicieron todo lo bien que pudieron y supieron. Viví los casi últimos 20 años de la dictadura y los cerca de 40 de democracia. Visto lo cual, pese a todos los males que nos aquejan y que nos amenazan, los errores, desaciertos y disparates cometidos (y no son pocos), no hay color. Se mire por donde se mire.

Has tenido dos hijas. Tengo también dos hijas, más mayores, y un hijo de la edad de las tuyas. Un día tus hijas, las mías, mi hijo, vivirán en el país que les leguemos. Hay cosas que tenemos que dejarles resueltas. No podemos permitirnos que soporten la pesada mochila de un futuro de desigualdades, injusticia y precariedad.

El consorcio de intereses económicos y políticos ha hundido sus raíces y ha extendido sus tentáculos en todas direcciones. Las personas, las instituciones, las empresas y no pocas organizaciones sociales, han (hemos) caído en la trampa de la aceptación de que las cosas son como son, hay que ser realistas, hay que aceptar el posibilismo. En algún momento hemos olvidado el pensamiento de Mandela, de quien conmemoramos el centenario de su nacimiento y a quien todo el mundo parece ahora admirar en nuestro país, Siempre parece imposible hasta que se hace.

No sé si es posible cambiar la Constitución. Tampoco estoy seguro de que requiera grandes modificaciones, porque en cuanto tiene relación con el cumplimiento de muchos derechos constitucionales, se encuentra sin estrenar.

Sí me parece necesario un Pacto de Convivencia que nos libre de la corrupción, sea cual sea la institución o persona donde esa corrupción haya hecho nido. Que dignifique la política y los políticos. Que asegure derechos esenciales como el de la educación, vivienda, sanidad, servicios sociales, atención a la dependencia, pensiones, trabajo decente. Que defienda la libertad y la igualdad de toda la ciudadanía. Que resuelva la difícil cuadratura del círculo de compaginar la imprescindible solidaridad con los deseos de autogobierno de nuestras autonomías y hasta nuestros municipios.

En cuanto al régimen político que deba tener este país, imagino que eres hereditariamente monárquico, como yo soy genéticamente republicano. Probablemente queda fuera de mi alcance y hasta del tuyo, decidir esta cuestión. Aún así, no es la primera vez que rememoro la reflexión de Largo Caballero, quien después de la Guerra Civil, de su paso por las cárceles francesas y por el campo de concentración nazi de Sachsenhausen, escribía, en 1945, desde el Cuartel General de la Comandancia del Ejército Ruso de Ocupación, en Berlín, su Carta a un Obrero, en la que recordaba su intervención en un mitin en el cine Pardiñas de Madrid, Si me preguntan qué es lo que quiero, contestaré República, República, República. Hoy, si me hicieran la misma pregunta, respondería Libertad, Libertad, Libertad. Pero libertad efectiva; después ponga usted al régimen el nombre que quiera.

No es tarea sencilla, ya lo sé, pero es lo que hay y es lo que nos toca. Yo, por mi parte, que crecí cantando a Brassens en sus versiones españolas y siempre me he sentido incómodo desfilando tras una bandera, estoy dispuesto a dar un primer paso, aceptando que la bandera de nuestro país sea la de la Primera República española. Y como el escudo no aparece en la Constitución por ninguna parte, ya encontraremos uno que a todas y todos satisfaga.

Puede parecer simplista y hasta ingenuo, pero por algún lado hay que empezar.

Gracias por tu atención y que la suerte y el acierto nos acompañen,