Recuerdo a Simón

Por Javier López, secretario general de CCOO de Madrid

La Fundación de Investigaciones Marxistas organizó este pasado fin de semana un homenaje a Simón Sánchez Montero en cuya realización CCOO de Madrid hemos colaborado cediendo nuestros locales y los medios para que el acto fuera posible.

Allí estaban Carmen, la mujer de Simón; Aída, su hija; Pedro, su hijo. Nos quedan las mujeres. Nos queda la familia. Sólo quienes han vivido una guerra civil pueden entender esa anécdota que Darío Fo recupera de las crónicas sobre la vida de San Francisco, según la cual el santo llega a una de esas ciudades estado italianas de la Edad Media para predicar en la plaza del pueblo. Una de esas ciudades triunfantes hoy, derrotadas mañana, en ese interminable enfrentamiento fratricida en el que los estados papales siempre tienen algo que ver.

Simon Sanchez Montero

Simón Sánchez Montero


Toda la ciudad espera en la plaza un discurso contra la guerra, palabras duras incómodas, que merecerán el rechazo general de los triunfadores del momento. Sin embargo, Francisco entona un canto a la valentía de los combatientes, a la heroicidad de cuantos se adentran en el fragor de la batalla sin temer la muerte. Hasta que repara en aquella anciana mujer, enlutada, que se encuentra en un rincón alejado de la plaza. La viuda, la madre, que tanto ha perdido, que tal vez no ha tenido ni el extraño privilegio de velar los cadáveres destrozados de los suyos.

Son las mujeres las que quedan después de la batalla.

De una de esas guerras fratricidas venía Simón. A lo largo de su vida supo convertir su experiencia personal en el patrimonio de todo un partido: La lucha por la emancipación de los trabajadores no había terminado, pero las formas de luchar por ella habían cambiado en profundidad. Así cambió las armas del combatiente o la huelga general revolucionaria por la huelga nacional pacífica. Se quedó en el interior en lugar de elegir el exilio. Pagó con años de cárcel, tortura y clandestinidad el precio de un avance imparable, pero lento e inacabable, hacia la libertad. Convirtiéndose en el camino en el ejemplo de la tenacidad, la constancia y la persistencia de los comunistas españoles. En parte inseparable del prestigio y reconocimiento general del Partido Comunista en la clandestinidad y su papel en el amanecer democrático.

Aún más allá, Simón se convirtió en parte esencial de la voluntad de renovación, cambio y apertura a las nuevas realidades de la izquierda española.

Recuerdo a Simón, inseparable de Carmen, su mujer, durante sus últimos años de vida, empeñado en seguir asistiendo a los actos convocados por CCOO para seguir atento a las nuevas realidades de esos millones de mujeres que acuden cada día a su cita con el empleo. Esos jóvenes, mejor formados que nunca, que se estrellan cada día contra los muros de la precariedad. Esos inmigrantes que, más que una vida mejor, buscan una oportunidad para la vida.

Parecía recordarnos con su sola presencia que la lucha por la emancipación de los trabajadores, ese “Camino de Libertad”, que dio título a sus memorias, aún no ha terminado y es hoy más necesaria que nunca.

Lo que hoy somos CCOO lo heredamos de gentes como Simón. Ellos son nuestra memoria histórica irrenunciable y nuestro orgullo de clase. Ese orgullo de clase que nos lleva a seguir creyendo firmemente que es mejor equivocarse junto a tu gente, los trabajadores, que tener la razón lejos de los tuyos. Creer firmemente que equivocarse juntos no cierra las puertas a futuros aciertos si aprendemos de nuestros errores, mientras que abandonar a los tuyos supone una traición a ti mismo. A partir de entonces estás realmente muerto.

La democracia, la propia izquierda, este Madrid que sigue siendo espejo deformado, corte de los milagros, rompeolas de las Españas, son y han sido tremendamente injustos con gentes como Simón. El silencio, la desmemoria histórica son moneda común con la que hemos pagado tanta generosidad humana. La concesión de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, parece obligada, pero tardía.

Hoy, cuando algunas calles de Madrid van a llevar el nombre de personas recientemente fallecidas como Jesús de Polanco, Francisco Umbral, Gabriel Cisneros, Emma Penella o Rodrigo Uría, con todo el respeto y sin detrimento de nadie, los trabajadores madrileños echamos de menos que una calle de Madrid lleve el nombre de Simón Sánchez Montero y otra el de Pamela O’Malley, esa irlandesa que tanto luchó por la escuela pública en España.

Nos queda Carmen, la compañera de Simón, reivindicando el papel de las mujeres de los presos del franquismo. Esas mujeres que recibirán, al menos, el homenaje de los trabajadores madrileños. Señoras, con nuestro mayor respeto.

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