CCOO. CONGRESO DE UNIDAD CONTRA LA CRISIS.

 

El 9º Congreso de CCOO de Madrid debería haber sido un Congreso de celebración.  Un congreso para celebrar que obtenemos más del 42 por ciento de la representación de los trabajadores y trabajadoras madrileños.  Celebrar que acabamos de superar los 18.000 delegados y delegas sindicales en miles de empresas de todos los sectores de la producción y los servicios.  Celebrar que tanto por representación electoral, como por afiliación sindical, con cerca de 170.000 afiliados y afiliadas, somos la primera organización social de esta Comunidad.  Somos más, representamos a más trabajadores y trabajadoras, negociamos más convenios colectivos.  No hay conflicto, negociación o acuerdo en el que la fuerza de la clase trabajadora organizada en CCOO, no se deje sentir y sea determinante.

 

Nuestro 9º Congreso debería y debe ser, una ratificación del compromiso con las trabajadoras, los trabajadores y sus familias.  Con los problemas en los Centros de trabajo que impiden un trabajo decente.  Con los problemas sociales que dificultan una vida digna para las familias trabajadoras.

 

El trabajo de nuestras CCOO nos llena de orgullo, sea cuando defendemos los empleos amenazados por una empresa que se deslocaliza, sea cuando defendemos un salario digno derechos laborales en sectores de alta precariedad laboral  o cuando un inmigrante reclama salir de la clandestinidad y el trabajo sumergido.  Cuando una mujer reclama sus derechos por maternidad, o cuando un joven reclama un contrato y el paraguas protector de un convenio colectivo.

 

Orgullo cuando defendemos a los profesionales sanitarios, defendiendo así la calidad de la sanidad pública para millones de madrileños y madrileñas.  Cuando exigimos enseñanza pública de calidad.  Cuando nos oponemos a que el agua de todos, el agua del Canal de Isabel II, sea el agua de los inversores privados, que Cajamadrid, sea propiedad de un grupo político en el poder.  Que los recursos de todos sean fuente de negocio para unos cuantos amigos del poder de turno.

 

Orgullosos de los debates que propiciamos, de las propuestas que elaboramos, de la libertad cultural que impulsamos de la solidaridad internacional que desplegamos.  Orgullo de nuestra historia, de nuestras luchas.  De nuestras ansías de ibertad y de igualdad.  La una con la otra.  No la una sin la otra.  Orgullo y celebración que, una vez más, deberemos contener y matizar, porque cuando el día va bien, siempre acaba por llegar alguien y joderlo todo.

 

No hablo de los espías y corruptos que ensucian Madrid.  Hablo del hundimiento brusco de un mundo que algunos creían perdurable en el tiempo.  Hablo de una crisis mundial, cuyas causas son archiconocidas en Madrid.  Un gran pelotazo inmobiliario, fomentado por el abundante dinero, a bajo interés, prestado por los bancos, recalificaciones, construcción de vivienda libre, precios especulativos, créditos a largísimo plazo, altísimos beneficios, paquetes de inversión llenos de basura inmobiliaria, más dinero, más liquidez y vuelta a la espiral especulativa.  Los reguladores de los mercados y del sistema financiero mirando para otro lado, incapaces de controlar lo global, miopes, cuando no pringados en otorgar calificaciones insostenibles y de alta calidad a productos de alto riesgo.

 

Era el juego de la ruleta rusa en el que sólo faltaba saber cuando la bala le volaría a alguien la cabeza.  Y la bala de las hipotecas subprime de los Estados Unidos, repartidas por todo el mundo, han volado la cabeza del sistema financiero y la economía, sin cabeza, ha comenzado a desplomarse aparatosamente.  Primero la construcción, luego los servicios inmobiliarios, luego el comercio, el turismo, la hostelería, los servicios a las empresa, los servicios de colocación y, ahora, la industria, el corazón, el motor real, lo que más difícil y duro será recuperar.

 

Miles de trabajadores condenados al paro (370.000 en enero en Madrid).  Pérdidas de empleo neto (caída de más de 106.000 trabajadores y trabajadoras en la Seguridad Social en el último año en la Región).    Miles de familias amenazadas por la hipoteca, el alquiler, la pérdida del empleo de todos o muchos de sus miembros.  Mientras un empresariado avaro, acostumbrado al negocio fácil, con poco riesgo y crédito abundante, acogotado por el miedo a lo desconocido, a un monstruo que han creado con su gula y su usura, se entrega a los conjuros y aquelarres del despido libre, de la mayor precariedad laboral, sin entender que la crisis tiene cara de inquisidor que no dudará en entregar a la hoguera a brujos, conversos y marranos, mujeres y hombres, cristianos viejos y nuevos, buenos y malos.

 

Eso es lo triste de esta crisis, que no va a devorar sólo a sus causantes, sino primero y principalmente a muchas familias trabajadores, de autónomos y de pequeños y medianos empresarios que no pudimos refugiarnos en paraísos fiscales, porque no teníamos dinero negro que ocultar.   A esos no les puede fallar CCOO.    Dijimos que estos no podía durar indefinidamente y, sin que nadie supiera cuando iba a acabar, el crecimiento paró en seco.

 

Ahora nos esperan años duros, que nadie se engañe.  Vamos a ser más pobres de lo que hemos sido.  Terminaremos saliendo.  Nadie sabe cuando.  Pero mientras dure la crisis, hay que proteger a las personas paradas y sus familias.  Hay que evitar que pierdan sus rentas, sus pisos hipotecados o en alquiler.  La educación de sus hijos, el comedor escolar.

 

Hay que procurar que, por la vía de activar nuevas oportunidades de empleo, mejorando la formación, los servicios públicos de empleo la intermediación laboral y orientación laboral.  Hay que defender el empleo existente apoyando la actividad de las pequeñas y medianas empresas.   Dotándolas de liquidez, acceso a financiación.  Ayuda a la comercialización, la innovación, la cooperación, la internacionalización.

 

Hay que hacer cosas así, en todo los ámbitos de la Administración, desde el Estado al Ayuntamiento pasando por la Comunidad Autónoma.  Hay que hacerlo empresarios y sindicatos empujando en la misma dirección.  O mejor en el mismo sentido.  En el de salvar el empleo y la actividad económica de las empresas. 

 

Va a hacer falta mucho trabajo, mucha serenidad, mucho diálogo y voluntad de acuerdo.  Mucho sentido común y pocas ocurrencias.

 

Por eso vamos a un Congreso de compromiso con los trabajadores y trabajadoras.  De debate sobre nuestras propuestas para cambiar el modelo económico y de empleo.  Para preparar a las CCOO de Madrid para años duros de movilizaciones y negociación, defendiendo las rentas, defendiendo el empleo y la protección social.  Celebraremos un Congreso de unidad y de integración, pero, sobre todo, un congreso para asegurar que los trabajadores madrileños cuenten con una organización que defiende sus intereses generales y los de todos y cada uno en su puesto de trabajo.  Lo vamos a hacer porque somos la fuerza de la unidad.  En tiempo de crisis más necesaria que nunca.

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