NOSOTROS PAGAMOS, ELLOS COBRAN

 

 

Andan escandalizados los estadounidenses ante el hecho de que tras inyectar más de 170.000 millones de dólares de todos los ciudadanos para salvar del desastre a la aseguradora AIG, los ejecutivos responsables de tamaño despropósito se embolsasen 165 millones de dólares en bonificaciones no precisamente por un trabajo bien hecho, sino todo lo contrario.  Son las consecuencias de la libertad absoluta de los mercados sin control ni regulación de la política sobre los capitales.

 

Si el American Internacional Group (AIG) cae, el efecto dominó sobre fondos de pensiones y bancos estadounidenses y europeos puede ser fulminante.  Pero de ahí a premiar a sus ejecutivos mientras se exigen sacrificios, esfuerzos, congelaciones y pérdidas salariales a los trabajadores hay toda una brecha ética insalvable.

 

Y es que AIG es el peor ejemplo de las prácticas especuladoras que han destrozado el sistema financiero mundial.  AIG poseía la máxima calificación en el mundo de los negocios, una calificación AAA.  Teóricamente era infalible entre riesgos de impagos y por ello accedía entre otras cosas a créditos baratos, en las mejores condiciones.

 

AIG era una empresa aseguradora que funcionaba bien.  El problema es que en su sede londinense contaba con una división de prácticas financieras que comienza a desarrollar mágicas fórmulas para aprovechar el apetito insaciable de ganancias, a través de inversiones respaldadas en hipotecas.  Como aseguradora, no entran a competir con los bancos acumulando hipotecas “subprime” de alto riesgo.  Ellos se dedican a asegurar esas hipotecas.  O mejor dicho, los valores de inversión que incorporaban este tipo de hipotecas.  Así cubiertos por la triple A de AIG, estos valores pasaron a ser considerados como valores AAA.

 

Los bancos y Wall Street guardaron silencio porque los riesgos de pérdidas pasaban a AIG y porque, con una triple A adosada, estos valores se vendían como la espuma.

 

Ni los bancos, ni Wall Street, ni AIG pensaron nunca que el chorro de dinero se fuera a secar, que la gallina de los huevos de oro fuera a perecer.  Nunca pensaron que se fueran a ver obligados a desembolsar nada.  A fin de cuentas los pisos sólo podían subir, subir y subir.  Por eso y porque nadie la obligaba, AIG no creó un fondo de reserva para cubrir riesgos, lo que si haría si los riesgos cubiertos fueran un terremoto o una inundación.  Asegurar hipotecas no estaba regulado y AIG no dotó fondos para pérdidas.  Todo fue a altas ganancias.  Cuando bajaron los precios de la vivienda AIG no tenía con qué pagar lo asegurado.

 

Para cobrar tarifas aún mayores introdujo cláusulas adicionales que aseguraban los valores hipotecarios aunque la calificación triple A de AIG o de los propios valores descendiera.

 

Así los valores asegurados por AIG, contribuían a que los bancos mejoraran su propia calificación aparentemente libre de todo riesgo, lo cual les permitía incrementar su deuda “segura” y comprar más y más valores “libres de riesgo”.

 

La extensión masiva de estas prácticas por todos los bancos europeos ha producido la falta de capital de los bancos y los problemas financieros que han añadido gasolina a la hoguera de la crisis.

 

No ha habido engaño alguno.  El sistema se autoengaño.  Todos sabían que sin regulación los requisitos de las entidades financieras eran arbitrariamente fijados y, en todo caso, eran mínimos.

 

Nadie pensó pagar.  O calculó que ya pagarían otros.  Para incrementar beneficios AIG consiguió que fondos dedicados sólo a inversiones seguras, recalasen en valores de riesgo, simplemente asegurando la recompra de los mismos si el asunto salía mal.  Luego prestaba valores de alto riesgo y alto beneficios a cambio de dinero con el que compraba más valores hipotecarios de alto riesgo.

 

Ahora resulta que cientos de bancos y fondos de inversión se encuentran sentados encima de un polvorín de activos tóxicos, de valores supuestamente, tan sólo supuestamente, asegurados por AIG, y aquí entramos nosotros.  Con dinero de todos los ciudadanos, los gobiernos respaldan a los bancos para evitar males mayores.

 

Nosotros pagamos, incluso veremos recortados nuestros sueldos, o perderemos nuestros empleos, pero eso sí, que a ellos no les falte de nada.  Que sigan cobrando primas y bonificaciones por habernos conducido a este desastre sin precedentes.   Que no les falte de nada.

 

Francisco Javier López Martín

Secretario General CCOO de Madrid

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