El año de Miguel Hernández y los tontos del pueblo

diciembre 31, 2009

Vientos del Pueblo han recorrido las calles el pasado 12 de Diciembre. Vamos a iniciar el año en el que conmemoraremos el Centenario de Miguel Hernández.

Para algunos será un tiempo para la reflexión en tiempos de cambio y en momentos duros para los pueblos del planeta, desangrados en sus economías por las consecuencias de una crisis traída por los estirados señoritos de las finanzas que han globalizado la economía como si se tratara de construir un cortijo global, en el que nosotros somos las ovejitas. Algunos ya han comenzado la conmemoración con un canto crepuscular que, tras la disculpa de rendir homenaje a Miguel Hernández, tras la disculpa de la poesía, desgrana un panegírico a Esperanza Aguirre y un libelo contra gentes tan dispares y diversas como Alberto Ruiz Gallardón, Santiago Carrillo o José Luis Rodríguez Zapatero.

Ya ve usted, la que armaron, la que liaron con la salida de la masonería y la subversión…que diría nuestro siempre querido Carlos Cano. Ya ve usted como los tontos del pueblo reconvertidos interpretan los vientos del pueblo a favor suyo y de cuantos puedan favorecerles en sus vicios cotidianos. He escuchado al autor del panfleto por la radio defendiendo su calidad poética y literaria, que le haría merecedor de los grandes galardones patrios, muy por encima de otros escritores mediocres que los reciben con mucho menos merecimiento. Luego he podido acceder a algunos retazos de su producción literaria. Internet tiene esas cosas, que aunque no lo quieras te encuentras en el centro de la plaza del pueblo sin comerlo ni beberlo. Mi primera impresión es que me encuentro ante un ripiador, que busca la rima fácil y cultiva a cañonazo un efecto facilón de la verbena popular. No me extraña el malestar de los familiares de Miguel Hernández, que pudiendo haber sido un famoso ripiador en Orihuela, quiso probar fortuna y medirse con los Alberti, Lorca, Bergamín, Altolaguirre, criados y amamantados al calor de la prestigiosa Residencia de Estudiantes. Que huyendo de la crítica fácil y de convertirse en el poeta obligado de los festejos populares, con sus precarios conocimientos autodidacta, o conseguidos al calor de unos pocos amigos y maestros de la tierra, se adentró en los madriles de la conspiración, la mediocridad, los celos, donde hasta los buenos te considerarán un poeta menor, aunque tú sigas labrando cada día la huerta de tu poesía más sincera.

Con todo, no conviene quedarse mirando el dedo que señala, sin reparar en la luna y las estrellas. No hay que confundir al tonto del pueblo, con la madre del tonto del pueblo, sus tías y la señora marquesa que lo protege y se siente halagada con sus alabanzas, ante la preocupante sequía de vates del mundo de la cultura dispuestos a reir sus gracias y cantarlas en versos.

En mi pueblo había un tonto, tranquilo, pacífico, que nunca faltaba en los grandes acontecimiento festivos y que se ganaba con merecimiento el aprecio popular. Todo el mundo reconocía que era lo suficientemente listo como para sacar provecho de las innegables oportunidades que ofrece una comunidad popular y pequeña. Su madre era un elemento clave para la dignidad del tonto del pueblo. También en mi barrio había un tonto del pueblo que recorría las calles haciendo la moto, con las manos hacia atrás y dando los intermitentes con el sencillo procedimiento de abrir y cerrar las manos. Limpio, aseado, un personaje pacífico y apreciado por las gentes del barrio. Su madre era también elemento clave para la buena marcha de la moto del tonto del barrio, que nunca provocó un mal accidente, aunque retrasara la marcha de algún conductor impaciente.

El problema en nuestros tiempos es que las madres y madrinas de algunos tontos del pueblo han dejado de asumir su responsabilidad. No han sabido asumir los cambios de los tiempos y, cuando antes los dejaban vigilados por los vecinos y vecinas, en la plaza del pueblo, siguiendo de cerca sus andanzas, ahora les publican panfletos, los editan, los presentan en círculos públicos y, en lugar de educarles, les alaban el gusto y se recrean en sus alabanzas. En lugar de integrarlos en la comunidad y defender su dignidad como tontos del pueblo, los elevan a los altares mediáticos, a las tertulias radiofónicas o televisivas. Generan monstruos, perrillos falderos que siempre estarán a su servicio. Porque no lo olvides, el tonto del pueblo nunca se equivoca, Siempre sabe quien manda y quien paga sus gastos.

Vamos de cabeza al centenario de Miguel Hernández. Al año de los Vientos del Pueblo. Dejad que los niños se acerquen a Miguel Hernández. Exigid a las madres y madrinas de los tontos del pueblo que les enseñen algo de la dignidad y la inocencia de Miguel Hernández. Que les eduquen para ser poetas de Orihuela, poetas del pueblo y no los tontos del pueblo, los del ripio y la rima fácil, ramplona y seguidista, agradecida y rentable, por lo que se ve, pero inútil para el futuro. Por la dignidad de la poesía y la decencia de nuestros tontos del pueblo…eduquemos a sus madres.

Por lo demás, vamos a disfrutar de la buena poesía popular de Miguel Hernández, vamos a cantar sus canciones y vamos a demostrar que los ruiseñores cantan hasta en momentos de crisis como la que vivimos y no dejemos que nadie nos lo amargue.

Francisco Javier López Martín


ASOCIACIONES DE VECINOS: LA LUCHA POR LA VIDA DIGNA

diciembre 30, 2009


Eran tiempos duros. Que las dictaduras cuando mueren, lo hacen matando. Un apretón final, un estertor último, que siempre hace daño, que siempre deja sangre derramada, aún después de enterrado, bien enterrado, bajo miles de kilos de losa, el dictador.

Villaverde tenía numerosas carencias educativas. Colegios “subvencionados” en bajos, cuando no en sótanos. Un brutal fracaso escolar. Un índice terrible de abandono de los estudios para incorporarse al trabajo.

Unos cuantos jóvenes, casi niños, buscamos primero en las iglesias de barrio y luego en la Asociación de Cabezas de Familia, acogida, aliento, espacio, para poner en marcha un proyecto educativo para dar clases de recuperación. Allí nos dieron un carnet no legal pero con validez interna, para andar por casa. Porque socios sólo podían ser los cabeza de familia.

Eran tiempo en los que leíamos con pasión a Paulo Freire, Ivan Ilich, Makarenko, Tolstoi, Lorenzo Milani, Celestin Freinet, Girardi, Biasutti. Daba igual su origen, siempre que alimentara nuestra vocación de maestros sin título. Trabajábamos por la mañana, estudiábamos magisterio a ratos perdidos, dábamos clases por la tarde, leíamos por la noche. Libros pedagógicos y libros de Marx, Pablo Iglesias, Lenin, Bakunin, Koprotkin, Orwell, Trotsky, la Montseny o el eurocomunismo, Foucault, Althusser o Garaudy. Daba igual, para saciar nuestra vocación de libertad.

Allí estaban los Cabezas de Familia, que eran algo así como el disfraz carnavalesco que imponía el régimen, bajo el cual se encontraban los mismos clandestinos luchadores vecinales por la tarde, de las clandestinas CCOO en el trabajo y del clandestino PCE por la noche. A ratos perdidos, leían con avidez los mismos clandestinos libros. Luego, ya en la democracia, durante mis primeros pasos en la enseñanza pública, de nuevo los padres de mis alumnos en el Colegio San Roque de Villaverde, desarrollando las APAs y la Asociación de Vecinos y las Comisiones Obreras y el Partido Comunista. Las mismas caras cuando se inundaba el barrio, cuando exigíamos más profesores para el colegio, cuando nos concentrábamos en Navidad a las puertas de una Barreiros-Chrysler-Talbot-Peugeot, en huelga. Cuando exigíamos Amnistía y Libertad.

Fue entonces, con un gesto cruel surgido de la tumba, cuando franquistas de mala sangre, ejecutaron una de las últimas sentencias de muerte de la dictadura ya sin dictador. El asesinato de los Abogados de Atocha. Lo mismo defendían a vecinos, que a trabajadores, que cualquier causa justa ante los Tribunales de Orden Público. La democracia fue ya imparable. El entierro de los Abogados se convirtió en un clamor. Fue imposible negar la legalización al PCE y a las CCOO, porque una democracia sin ellos no hubiera sido.

Entré en el PCE y en CCOO, porque estaba literalmente rodeado. Los padres y madres de mis alumnos, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, mis compañeros ansiosos de libertad.

Han cambiado mucho los tiempos. No es momento de analizar tantos avatares. El intenso camino recorrido a lo largo de más de tres décadas democráticas. Nos hemos extendido en la sociedad y la sociedad ha entrado en nosotros. Somos grandes, diversos, plurales. Hemos cuidado la autonomía y nuestra vinculación a los intereses de aquellos a quienes defendemos como trabajadores, como vecinos, como madres y padres.

La crisis que hoy vivimos, la primera gran crisis de la globalización mundial, viene a recordarnos que somos las personas quienes padecemos el paro, no accedemos a una vivienda digna, nos hipotecamos muy encima de nuestras posibilidades. Los que vivimos de nuestro trabajo, y pagamos impuestos. Somos, de hecho, los que llenamos las arcas públicas. Somos los que necesitamos un empleo, una prestación por desempleo, una pensión adecuada, una vivienda accesible, una sanidad y una educación públicas y de calidad. Servicios Sociales y atención a la dependencia. Somos los mismos, las mismas personas, en el trabajo y en la sociedad.

Somos las personas que mantenemos vivos los valores de libertad, igualdad y solidaridad. En el sindicato, la asociación de vecinos, la asociación de padres y madres. Personas organizadas para defender unidos nuestros problemas y nuestras aspiraciones a una vida digna y un trabajo decente.

Sentirnos personas, libres e iguales. Sentirnos unidos hace que cada día retomemos con fuerza, la pasión por transformar todo aquello que no nos gusta, que nos duele, que nos fractura y nos rompe, amargando nuestra existencia. No queremos ser nadies, porque somos los más y con esfuerzo incansable trabajamos por ser los mejores.

Francisco Javier López Martín
Secretario General CCOO de Madrid


Madrid ante la crisis

diciembre 29, 2009

 

Madrid no es una isla en la crisis económica global. Basta repasar los datos de paro, con más de 485.000. personas en situación de desempleo, más de 85.000 de ellos en la industria madrileña, o el número de empresas que cierra sus puertas, o los 536 Expedientes de Regulación de Empleo declarados en lo que va de año en la industria, que afectan a más de 26.600 trabajadores y trabajadoras. Por unanimidad, los grupos políticos de la Asamblea de Madrid, tras el debate sobre la situación económica regional, a finales de Abril, aprobaron una resolución encaminada a poner en marcha medidas de fortalecimiento de la industria y promoción de la Investigación, el Desarrollo y la innovación. La industria madrileña, aportaba al conjunto nacional, tan sólo hace dos años, el 13’5 por ciento del Valor Añadido Bruto, mientras que ahora aporta el 11’8 por ciento. Perdemos terreno frente a regiones que nos siguen muy de cerca, como Andalucía, País Vasco o Valencia, mientras que seguimos muy lejos de Cataluña que aporta la cuarta parte del potencial industrial nacional. Como Región capital española, la industria madrileña aporta el 8 por ciento al Valor Añadido Bruto de la Región, mientras que la media de las Regiones capitales europeas mantienen en torno a 20 por ciento de peso de la industria en su economía. Por otro lado, a lo largo de los últimos años hemos asistido a la desaparición o relocalización de empresas industriales importante para Madrid, como Alcatel, Ericsson, Renault, Nissan, Valeo Fricción, Thyssen, Aeroquip, Quimica Sintética, Gal, Poliseda, o en peligro como Iveco Pegaso. Además de cientos de pequeñas y medianas empresas auxiliares, o empresas de edición. En muchos casos operaciones de remodelación de suelo para vivienda han destruido tejido industrial, sin buscar alternativas para su relocalización en la Región. Ante este panorama, parece esencial abordar desde el diálogo y la concertación, un modelo de crecimiento y las políticas encaminadas a la consolidación y promoción de la industria madrileña. De eso trata el Acuerdo que acabamos de firmar con el Gobierno Regional. Un acuerdo parcial, que nos gustaría que se extendiera al sector servicios, a la construcción y al sector agroalimentario, pero que es importante porque entra en el corazón mismo, en un motor esencial para el futuro económico regional. Se trata de poner en marcha medidas encaminadas a la adaptación productiva de nuestro tejido industrial a las nuevas demandas nacionales e internacionales. Se trata de potenciar la innovación, la investigación y el desarrollo tecnológico, aprovechando nuestro potencial público y privado. Se trata de consolidar la industria tradicional, abordando nuevos espacios de desarrollo industrial en sectores de futuro como el aeronáutico, la biotecnología, la logística, las tecnologías limpias las tecnologías para la dependencia. Se trata de promover medidas fiscales y financieras para las empresas industriales, de trabajar codo con codo desde todas las administraciones y de apostar por la formación tecnológica de nuestros trabajadores y trabajadoras. En definitiva, los sindicatos no vamos a faltar a la cita con el futuro de Madrid, que nos gustaría abordar en campos como la industria, pero también en otros sectores determinantes para la economía madrileña. Un futuro que pasa por atender a las personas, a nuestra gente en situación de desempleo y promover un empleo de calidad y estable. Un futuro que pasa por la protección sanitaria, la educación o la atención a la dependencia, en la que Madrid no puede ni debe seguir figurando a la cola de España. En definitiva, si de lo que se trata es de negociar, buscar puntos de encuentro, concertar políticas, nunca faltaremos a la cita. Con el mismo rigor, la misma firmeza, capacidad de propuesta y voluntad de acuerdo que demostramos siempre. Eso es lo que creemos que casi unánimemente reclama la sociedad madrileña de sus gobernantes, de sus empresarios y de sus sindicatos. Francisco Javier López Martín Secretario General de CCOO de Madrid.


EL ACUERDO DE LOS INOCENTES

diciembre 28, 2009

Hoy, 28 de Diciembre, día de los Santos Inocentes, Esperanza Aguirre tenía previsto firmar un Acuerdo con CCOO, UGT y la patronal CEIM. Por circunstancias de agenda el acuerdo se firmará mañana día 29. No quedan atrás las descalificaciones de antiguallas y anacrónicos, con las que nos han obsequiado la Presidenta y algunos de sus Consejeros como Güemes o Granados. No quedan atrás las discrepancias profundas que CCOO y UGT mantenemos con el Gobierno de Aguirre en política de rebajas fiscales para las rentas más altas, ni nuestro rechazo a sus políticas privatizadoras de la educación, la sanidad, el agua o Telemadrid, entregando todo lo que se mueve en su órbita a los mercaderes afines.

No podemos compartir los continuos ataques a la libertad sindical y a los derechos de los representantes sindicales a los que llaman “liberados sindicales” ante cada discrepancia. Así es incomprensible que una Comunidad que lleva dos años sin convenio colectivo para su personal laboral o Acuerdo para sus empleados públicos, ponga en cuestión el papel de los representantes sindicales, elegidos en elecciones sindicales libres y regulados por la Ley Orgánica de Libertad Sindical y los propios acuerdos firmados por el Gobierno Regional.

Hacerlo así supone tanto como denigrar el papel de los representantes políticos elegidos en elecciones libres, entre los que se cuenta la propia Presidenta, que vive de los Presupuestos públicos y que, en la misma lógica, sería la primera “liberada” de la Región, con su cohorte de Consejeros, Viceconsejeros, Directores Generales, asesores, altos cargos, jefes de gabinete, jefes de prensa y demás parafernalia.

Seguro, seguro, que no nos cuestan más que los representantes elegidos a dedo en las Cortes franquistas. Ni cuestan más que los gastos de publicidad del Gobierno Regional. Quien pone en cuestión el coste de “liberados sindicales” o “políticos”, regulados por la ley, que no son otra cosa que personas con dedicación exclusiva a las tareas de representación de los trabajadores o la ciudadanía, hace un mal favor a la democracia. No podemos compartirlo. Nada que decir, cuando lo que se cuestiona son abusos y extralimitaciones, legales o no, en la utilización de recursos que son de todos. En ese caso los sindicatos somos los primeros interesados en la transparencia y la buena utilización, de acuerdo a la ley, de lo que es de todos.

Sin embargo CCOO firmamos un Acuerdo con UGT, los patronos y la Presidenta de Madrid, porque siempre hemos manifestado que hay un espacio para discrepar y un espacio para acordar. Quisiéramos que el espacio del acuerdo fuera lo más amplio posible, pero no abandonamos nunca una mesa donde pueden negociar cuestiones que afectan a los trabajadores y trabajadoras. El futuro industrial de Madrid y las inversiones en Investigación, Desarrollo e Innovación en la Región, en el marco del reconocimiento de la necesidad de impulsar la participación de empresarios y sindicatos en el desarrollo del diálogo social, en todos aquellos temas que afectan a empresarios y trabajadores, no son asuntos intranscendentes, sino todo lo contrario.

El proceso ha sido largo, desde que en Enero, a petición de empresarios y sindicatos, el gobierno Regional aceptó abordar una agenda de negociación sobre los problemas económicos y el empleo. Muchos han sido los avatares de la negociación.

La Industria y el I+D+i son dos temas importantes y desde CCOO deseamos que supongan un inicio para impulsar el diálogo en otros campos como la generación de empleo estable y la atención a las personas desempleadas ,a abordar el futuro económico de Madrid en los servicios a la construcción, apostar por la educación como factor esencial de ese futuro, fortalecer el sistema sanitario público, aplicar la Ley de Atención a las Situaciones de Dependencia en Madrid, o promover la igualdad de las mujeres, jóvenes e inmigrantes. Somos ambiciosos y creemos que el diálogo sobre el futuro es un instrumento necesario e imprescindible para afrontar la crisis y superarla. Del Gobierno Regional dependerá que de la discrepancia y el conflicto, podamos concluir en la negociación y el Acuerdo, o que todo quede en una foto publicitaria el día siguiente al de los Santos Inocentes.

Hay quien pensará que somos unos ingenuos, pero nosotros no renunciamos a la Edad de la Inocencia, porque, en los tiempos que corren, los avispados, oportunistas, dogmáticos e insaciables han demostrado suficientemente su capacidad de destrozar economías y fracturar sociedades.

Francisco Javier López Martín
Secretario General de CCOO de Madrid


A propósito de En la basura

diciembre 27, 2009

 

Escribí este cuento, que unas veces he titulado En la basura, Entre la basura, o Basura a secas, a principios de siglo, en uno de esos calurosos veranos que azotaron Madrid. Lo hice circular por varios concursos literarios sin éxito alguno. Llegué a pensar que tenía algún defecto de redacción, o que, simplemente, no enganchaba.

De pronto he recibido una carta de un viejo amigo, al que no conozco en persona, pero que imagino como profesor o bibliotecario del Instituto Dolmen de Soto, en la localidad de Trigueros, en la provincia de Huelva. Uno de esos enamorados de la literatura que mantiene vivo un concurso literario contra viento y marea, con mucho trabajo y pocas ayudas. Tiene hasta que teclear personalmente los cuentos recibidos y no sabe como sacar tanto tiempo libre para hacerlo. He conocido a muchas de estas gentes y me parecen de los imprescindibles, de los que al más puro estilo Alonso Quijano, se enfrentan a los molinos de viento de una cultura ciberespacial que no toca tierra y que de molinos sabe que son esas aspas inmensas sembradas en los campos para afear el paisaje y generar electricidad. A veces hasta tienen la audacia de montar sus jamelgos por tierras de blogosferas litararias para combatir la incultura y las miserias humanas. Los entiendo, porque siento muchas veces lo que creo que  ellos sienten y sólo por imaginarlos me siento un hermano menor de su orden militar incruenta.

Ya voy desvariando, por las fiestas, estas fechas entrañables, o por pura tendencia al desvarío. Volvamos a la carta de mi amigo desconocido, pero presentido y, por lo tanto no menos amigo que otros conocidos. Resulta que ha pensado recopilar y publicar  los 25 mejores cuentos que han llegado al concurso literario en los diez primeros años de su existencia. Los diez ganadores del concurso y otros quince “seleccionados por su calidad”, me cuenta. Entre estos ha elegido mi trabajo “Entre la basura”. Sorpresas de la vida, uno trabaja, hace algo, una idea, un producto, un cuento, un cuadro. Eres incapaz de recordar dónde lo has mandado, o por qué canales y vericuestos habrá llegado a un destino. Y otro destino, nunca casual, que diría Indio Juan, decide devolverlo amplificado con creces. Así es  la vida, cruel, dulce, sorprendente, amarga, incomprensible, casual, previsible…

El caso es que he agradecido al lejano amigo su consideración conmigo, he dado todos mis permisos para editar el cuento y he releido unas cuantas veces, por pura vanidad, el prólogo que me propone para el cuento:

Con un portero de comunidad de vecinos, un constructor y las bolsas de basura Francisco Javier López Martín es capaz de urdir una trama de intriga, a medio camino entre “Sliver” con Sharon Stone y “La ventana indiscreta” de Hitchcook. “Entre la barura”, como toda obra de suspense que se precie, sube al lector al tren del interés ya desde su cabecera y no le permite apearse hasta concluir el viaje en la última estación del recorrido”.

Dioooooos! Me hincho como un pavo. No me hagáis criticas del cuento después de esto porque os borro la crítica del blog y como amigos en el facebook.

Espero que este cuento navideño os haya gustado. Releído en la distancia creo que sólo quise dejar leve constancia de los tiempos que nos han tocado vivir y de la corrupción general y generalizada que ha terminado desembocando en este océano de crisis en el que naufragamos. Y, en esa tormenta perfecta, quise salvar al tipo humilde, al corrupto por amor. No sé si lo logré, pero espero que, al menos os resulte cercano, casi un amigo. Entrañable, navideño.

¡FELICES FIESTAS!

Javier López


Cuento de Navidad: En la basura.

diciembre 24, 2009

Habéis estado magníficos el 12-D.  Habéis cerrado un año de crisis con toda una demostración de orgullo. Merecéis mucho más que un cuento. Pero cada uno entrega lo que tiene y, si así lo hace, no está obligado a más. Que os guste. Felices Fiestas a todas y todos.

En la basura

Creo que una vez leí algo sobre una tal Mary Douglas, que inició sus estudios sobre la cultura analizando la suciedad. Y creo recordar también que el eje central de su investigación se centraba en la permanente lucha de la humanidad contra el polvo.

La humanidad genera cantidades ingentes de basura, por lo cual no parece tan mala idea conocer la sociedad observando, contando, clasificando, realizando exhaustivas estadísticas sobre sus desperdicios. No otra cosa, a mi entender hacen los programas del corazón y, en ellos, se encuentran increíbles posibilidades para el trabajo de campo de los futuros sociólogos. La basura está llena de información y la información mueve el mundo tal como hoy lo conocemos, hasta el punto de que hay quien afirma que lo que no aparece en los medios de comunicación simplemente no existe.

Desde mi punto de vista se equivocan quienes piensan que el dominio de la información se encuentra en la Red. Nada más lejos de la realidad. Quien accede a Internet no hace otra cosa que adentrarse en un inmenso campo de basura, convertirse en un corredor de bolsa, es decir un basurero que abre miles de bolsas y que tan sólo acertará por casualidad. Quién quiera bucear en la basura, tiene que situarse a pie de calle, en el mismo lugar donde se deposita. Esa es mi experiencia, al menos.

Dediqué cinco años de mi vida a estudiar la carrera de Economía y Administración de Empresas. Decían que era una carrera con tremendas posibilidades, no necesariamente para ser empresario, porque ya se sabe que a los empresarios, a los dueños reales de la empresa, sólo les preocupa la obtención de beneficios elevados, seguros y rápidos y procuran desentenderse de los problemas diarios. La contabilidad, las liquidaciones fiscales, el trato con los proveedores, los pagos de suministros, la planificación de la producción, los turnos de trabajo, los costes salariales, los cambios de tendencia en el mercado, son cosas que les importan bien poco. En realidad, el empresario sólo tiene que ser experto en mover su capital de un lado a otro, buscando siempre la rentabilidad más elevada y procurar dejar en manos de ejecutivos preparados, las cuestiones menudas.

Uno de esos ejecutivos quería ser yo. Para ello me había preparado concienzudamente, obteniendo unas notas bastante aceptables, incluso en esa asignatura terrible que llaman Econometría. Para eso me adentraba en Internet buscando fuentes estadísticas que intentaba analizar para prevenir tendencias. Compraba revistas especializadas y los periódicos económicos, asistía a conferencias, leía libros escritos por los gurús de la gestión empresarial y hasta los publicados por esos denominados expertos en relaciones humanas y en psicología industrial. La primera lección que aprendí fue, precisamente, que los ejecutivos, y no me refiero sólo a los de éxito, no son casi nunca los más preparados. No creo obrar por resentimiento cuando me permito afirmar que la mayoría de los ejecutivos toma sus decisiones al calor de los vapores -etílicos, por supuesto- de una buena comida y no siguiendo criterios que procedan de la más mínima lógica empresarial. Pero éstas son cosas que he ido aprendiendo con el tiempo.

Acabé trabajando de portero, primero suplente y luego titular, con derecho a casa, en un edificio de pisos y apartamentos situado en un barrio de medio pelo, cerca del centro de la ciudad. Uno de esos barrios de clase media alta, en proceso de degradación, que terminará emergiendo de sus cenizas el día menos pensado por el propio efecto de su posición geográfica. Esa era su ventaja comparativa en el mercado.

Debía el puesto a un tío mío, frecuentemente enfermo y a punto de jubilarse, como otros deben el puesto de ejecutivo al tío de alguien. Bien visto, podría decirse que, a todos los efectos, era el ejecutivo de aquel edificio, a las órdenes de un Presidente que se renovaba anualmente.

Cada Presidente tiene sus manías. Unos son más intervencionistas y otros lo son menos, pero a fin de cuentas quien se queda cada mañana en la garita, quien se encargaba de recoger la basura, puerta por puerta y mantener limpio el portal, era yo. Ellos pasaban y yo permanecía. Podían intentar, en un ejercicio de vanidad, introducir mejoras y complicarme la vida durante un par de meses, pero las resistencias al cambio siempre terminaban por imponerse. La gente no quiere, ni mucho menos, a la puerta misma de su casa un ejercicio de revolución permanente.

Recuerdo aún, a un Presidente, un señor mayor, que había sido empleado de banca durante más de cincuenta años. Con semejantes antecedentes, lo correcto hubiera sido que asumiese las tareas de Tesorero de la Comunidad, pero siguiendo el turno rotatorio le correspondía la Presidencia y, desde aquel momento, se sintió investido por el mandato supremo de imponer orden, no sólo en las cuentas, sino en la vida de todos y cada uno de los vecinos.

Uno de sus primeros decretos hacía referencia a las horas indicadas para abrir las ventanas interiores y para sacudir los felpudos en el balcón, de acuerdo a su interpretación de las Ordenanzas Municipales al respecto. Otro bando informativo destacaba la necesidad de depositar las bolsas de basura en cada puerta a partir de las ocho y media de la noche, pasando el  portero a recoger las mismas a las nueve en punto. Durante la semana siguiente, entre las ocho y cuarto y ocho y media se dedicó a llamar a las puertas de aquellos vecinos que hubieran depositado la basura con algunos minutos de antelación, acompañando su visita con profusas explicaciones sobre la necesidad de respetar las normas para garantizar una convivencia civilizada.

A continuación emprendió actuaciones de mejora del acceso al edificio, cambiando las plantas, las alfombras, los puntos de luz y los apliques. Una operación amplia de renovación del mobiliario interior, que convirtió el portar en un museo de objetos chic, imposibles de armonizar, de lo mas entretenido.

Una de sus últimas operaciones consistió en cursar instrucciones precisas sobre la realización de obras en cualquiera de las viviendas del edificio, habilitando un cuarto del primer sótano para el depósito de escombros durante el día, e inhabilitando uno de los tres ascensores, reconvertido en montacargas, nombre que figura en su puerta desde ese momento.

Terminó estrellándose, como todos los reformistas ególatras, con las obras de restauración de la pintura de la puerta de entrada. Siguiendo las modernas tendencias del mercado, decidió encargar la obra a un pistolero de origen polaco, que dejó la amplia puerta de acceso convertida en un retablo de falsos colores metalizados. Daba pena, durante la semana siguiente, ver al Presidente enfundado en un mono blanco, haciendo lo posible por remendar el entuerto con su mejor buena voluntad. No hay nada peor para un alto dignatario, que rebajarse a hacer con sus propias manos lo que es incapaz de que otros hagan siguiendo sus órdenes.

A partir de ese momento comenzó su rápido, imparable e implacable declive, que culminó cuando fijó un nuevo cartel, en la cristalera del portal, en el que intentaba justificar el fracaso de la operación. El escrito era un aullido de dolor en el que, junto a las interminables explicaciones sobre lo intachable del procedimiento, se vertían acusaciones contra el “ejecutor polaco” que había dado al traste con el loable proyecto. Se extendía, a continuación, en una profunda reflexión sobre el papel subordinado de los inmigrantes, su incalificable actitud moral y su falta de profesionalidad, la actuación de mafias, la seguridad ciudadana. Fueron numerosos los vecinos que expresaron sus quejas ante las formas y el fondo del escrito.

Durante el resto de su mandato, el Presidente se recluyó en sí mismo, en su vivienda y parecía como ensimismado, obnubilado, incomprendido. La verdad es que, pese a las molestias que me ocasionó durante unos breves meses, me parecía un triste final para un hombre cargado de buena voluntad,  que tal vez sólo pretendía, con este esfuerzo final, dejar constancia de su paso por el mundo.

En el primer sótano del edificio, se encontraba el cuarto de basuras. Sólo yo tenía llaves de aquel habitáculo en el que, durante el día, se guardaban los cubos vacíos. A las nueve de la noche comenzaba el recorrido, planta por planta, retirando las bolsas depositadas en las puertas y, esta tarea me llevaba una media hora. Luego sacaba los cubos a la puerta para que el camión de la basura, que pasaba sobre las doce de la noche, retirase los abundantes desperdicios generados por un bloque de más de cien viviendas.

Durante los primeros meses de mi nuevo trabajo como portero cumplí, mecánicamente estas tareas,  escrupulosa y mecánicamente. Sin embargo, pronto descubrí las posibilidades que, para mi futuro como ejecutivo, tenía aquel cometido. Instalé una estantería, una mesa y mi ordenador portátil en un cuarto anexo al de las basuras y, todos los días, antes de sacar los cubos a la calle, realizaba una pormenorizada inspección de las bolsas, sacando de ellas cuantos papeles me parecían significativos, depositándolos en la estantería y manteniendo el orden de vivienda a  la que correspondían.

Pronto descarté la información referente al ochenta por ciento de los domicilios, porque carecía de interés alguno. No pretendía controlar la vida de todas las personas, sino utilizar la información que pudiera serme económicamente útil. No me interesaban, por ejemplo, los movimientos de cuenta bancaria de la auxiliar de clínica que vivía sola en el  pequeño apartamento del 5º-D, pero sí los del pequeño constructor que vivía con su mujer y una hija de unos veintitantos años en un piso bien acondicionado del 6º G. Mis posibilidades de obtener información se multiplicaban, si tenemos en cuenta que disponía de las llaves de la mayor parte de los domicilios, para facilitar el acceso a la lectura de los contadores del gas y del agua cuando los vecinos se encontraban ausentes.

Todas las noches, al terminar mi tarea, me encerraba en el cuarto del sótano, ordenaba la información extraída de las bolsas, destruía cuanto aparentemente carecía de valor, clasificaba los documentos que entraban en cada domicilio, los incluía como apuntes de entrada en un libro de registro informático y realizaba un breve informe de comentarios sobre la evolución económica, algunas referencias personales y sobre las relaciones personales o profesionales de los habitantes de los domicilios seleccionados. Una postal recibida, una carta,  un boletín de un colegio profesional, un teléfono apuntado al vuelo en un papel, son excelentes complementos del extracto del plan de pensiones, de la información sobre el fondo de inversión, o de la evolución de la cuenta bancaria.

El trabajo puede parecer abrumador, pero ya quedó dicho que, a los pocos meses, el campo de actuación quedó bastante restringido, si tenemos en cuenta que la mayoría de los habitantes del edificio vivían de forma más o menos holgada, pero dependiendo de unas rentas salariales que variaban muy poco cada mes. Compraban un piso, unas pocas acciones, un coche, hacían horas extraordinarias, ascendían de categoría o perdían su puesto de trabajo, alquilaban un apartamento en la playa, pasaban las vacaciones en el extranjero o este año no tenían vacaciones. Ropa, comida, electrodomésticos. Cosas así. Contablemente todo se reducía a un ingreso mensual, más o menos importante, a unos gastos fijos y a un pequeño volumen de gastos extraordinarios.

Por lo tanto, al cabo de medio año, sin descuidar las labores de mantenimiento de la información, mis preferencias se centraron en unos pocos profesionales cuyos movimientos de cuenta eran más variados y que superaban, levemente, en número, el de los dedos de una mano. Un gerente de unos grandes almacenes, un arquitecto, el dueño de un concesionario de automóviles, un ejecutivo de una empresa pública a punto de jubilarse, un médico, un concejal de limpieza y jardines, un pequeño constructor y, por supuesto, el Presidente actual y el que tomaría posesión el próximo año. Siempre hay que tener en nómina al gobierno y a la oposición.

En una comunidad de vecinos como la que he descrito, hay que reconocer que había tenido una suerte inmensa y unas altas probabilidades de esperar que el trabajo realizado rindiera, tarde o temprano sus frutos, por lo cual, me dediqué a recoger información añadida sobre la evolución económica de las empresas para las que trabajaban estos personajes. Ahora, puesta la trampa, sólo era cuestión de esperar que una pieza cayera en ella. Y la pieza cayó, aunque tardó casi dos años en hacerlo.

Recordarán aquel verano en el que estalló en pedazos la Comunidad de Madrid. Aquel verano caluroso, en el que los ladrillos volaban sobre la cabeza de los políticos  y en el que los solares eran mucho más que descampados, para convertirse en oscuros objetos del deseo. Aquel verano en el que se constituyó una Comisión de Investigación sobre las tramas inmobiliarias que operaban en conexión directa con algunos políticos.

Tan seguros estaban unos y otros de sí mismos, antes del altercado, que descuidaron hasta las más mínimas normas de prudencia y de seguridad, dejando al descubierto numerosas brechas por las que periodistas, fiscales, adversarios políticos y empresas de la competencia, podían entrar fácilmente. El público asistía asombrado, perplejo y desconfiado a un culebrón aun más interesante que cualquier escándalo de la prensa rosa y que cualquier serie televisiva. Llegó un momento en el que todos decidieron parar el carro y restablecer un mínimo de sensatez, antes de que todo el entramado saltase por los aires, pero para ese momento yo ya había jugado mis cartas.

Repasé los expedientes del  arquitecto y del constructor. Eché un vistazo también al del concejal, por si las moscas, teniendo en cuenta que muchas de las empresas que se dedican a jardinería, mantenimiento y limpieza, tienen importantes intereses en el ladrillo. No había nada reseñable y, si lo había, no fui capaz de descubrirlo. Otro tanto ocurrió con el arquitecto. Los apuntes contables de sus cuentas procedían siempre de grandes empresas que le encargaban proyectos y el nombre de esas grandes empresas parecía claro que no iba a parecer en este entramado de trapicheos del suelo. A nadie le interesa matar a la abeja reina.

El más firme candidato era, por lo tanto, el constructor. No me equivoqué, por más que me diera pena que tuviera que caer un personaje que, en lo que respecta a la vida de la Comunidad de Vecinos, me parecía una excelente persona. Su mujer era una señora educada, a la que no se le habían subido los millones que su marido había ido ganando y, en cuanto a la hija, no quiero ocultar que resultaba tremendamente atractiva y que el olor de su perfume permanecía en mi memoria bastante tiempo después de que se hubiera desvanecido su rastro en el portal. Me había ido enamorando de ella, por más que albergase pocas esperanzas de ver realizado mi sueño. Sin embargo, así es la vida y no hay que darle muchas vueltas, si no quieres ver pasar los trenes mientras permaneces en la estación hasta identificarte con los bancos, las farolas y los graffiti de las paredes del andén. A veces por amor, hay que dar saltos mortales sin red para subirse al tren en marcha.

El constructor sí había realizado una pequeña compra de suelo rústico en un municipio metropolitano del Suroeste, que luego había sido recalificado como suelo urbanizable en la reciente modificación del Plan General de Ordenación Urbana. Es cierto que con la parcela que había adquirido, probablemente sólo podría edificar un par de edificios de viviendas. Entre las plusvalías obtenidas de la recalificación del suelo y los beneficios de la construcción de unas doscientas viviendas calculé que podría embolsarse no menos de dos mil millones de las antiguas pesetas. Pero también me daba cuenta de que esta cantidad era ridícula, si la comparaba con los miles de metros cuadrados que estaban en juego en la operación. Deduje que estaba ante un favor concedido por alguno de los grandes a un pequeño constructor que había prestado buenos servicios, tal vez desde los tiempos en los que no era más que un pistolero subcontratado por la empresa. Me sorprendí a mí mismo considerando ridículos unos beneficios de dos mil millones de pesetas.

Había tenido suerte de que el constructor fuera precavido y hubiera decidido que los pormenores de estas operaciones permanecieran en su domicilio y no en su despacho, con lo cual pude contrastar algunas transacciones bancarias con documentos encontrados en la mesa de trabajo que tenía en su casa.

Cuando le invité a mantener una conversación tranquila tomando una cerveza, el hombre pareció primero sorprendido, luego indignado, más tarde aterrado y por fin resignado. La verdad es que, si hubiera sido realmente un tiburón del suelo, habría preferido pasar por la Comisión de Investigación que los políticos habían montado y hasta por una investigación de la fiscalía. Los resultados de esas comisiones son puro éter, se olvidan pronto y los procedimientos judiciales se archivan. Eso sí hay que comparecer, tener la cara bien dura y aguantar el chaparrón de aparecer unos días en los medios, cosa a la que tienen pánico los pequeños empresarios, que temen que cualquier escándalo arruine su carrera. Si hubiera sido un tiburón, no dudo, ni por un momento, que un portero hubiera aparecido en la cuneta de alguna carretera.

Prefirió aceptar mi trato y eso le honra. No fui muy ambicioso. Quería tan sólo entrar en la empresa como Gerente, con una participación accionarial del veinticinco por ciento. Él seguiría siendo el Presidente, compartiríamos la toma de decisiones y repartiríamos los beneficios en el porcentaje correspondiente a las acciones tomadas por cada uno en el capital de la empresa.

Por amor hay que hacer estas cosas. Tal vez hubiera sido más interesante reclamarle una cantidad fija sobre los beneficios de la operación y santas pascuas. Un soborno puro y duro. Hubiera conservado mi oficio, sin someterme a la dura lucha diaria por el beneficio empresarial y hubiera podido acometer operaciones de más calado y envergadura, como la de clarificar las concesiones de contratas a empresas de la limpieza, mantenimiento y jardinería, realizadas por el concejal.

Sin embargo, he preferido ser un ejecutivo duro y agresivo, absolutamente leal con mi Presidente, al tiempo que voy fraguando una sincera amistad con mi futuro suegro.

Francisco Javier López Martín.


UNA UNIVERSIDAD PÚBLICA Y EUROPEA

diciembre 23, 2009

Los Rectores de las seis Universidades Públicas madrileñas, se han reunido en el marco de la Conferencia de Rectores de las Universidades madrileñas. Se han dirigido colectivamente al Gobierno Regional para denunciar el recorte de 126 millones de euros en las inversiones comprometidas, lo cual supone una caída del 87 por ciento.

El Gobierno Aguirre pone en peligro la implantación de nuevos estudios en el marco del Espacio Europeo de Educación Superior, o los propios programas de Investigación, Desarrollo e innovación (I+D+i)

Poner en marcha el Espacio Europeo, precisa de laboratorios, instalaciones, recursos tecnológicos, que Esperanza Aguirre niega. Los gastos de personal y gastos corrientes han caído un -5 por ciento en los dos últimos años. Por no pagar, no paga ni los gastos adelantados por las Universidades para hacer frente a las pagas extraordinarias.

En Europa piensan, con amplio consenso, que, para salir de la crisis, hay que invertir en educación e investigación. Madrid avanza en dirección opuesta, recortando gastos e inversión en las Universidades Públicas, afectando al personal, a la docencia, a obras ya adjudicadas, a la investigación, e incumpliendo compromisos adquiridos previamente por el Gobierno Regional con las Universidades.

Los Rectores son conscientes de la necesidad, en tiempos de crisis, de gastar de forma eficaz y eficiente, aplicando medidas de ahorro, que las Universidades han comprometido. Pero, en correspondencia con esos compromisos, deben cumplirse los planes de financiación acordados en el Contrato de Inversiones, para asegurar que los Presupuestos Autonómicos se correspondan con la construcción del Espacio Europeo de Educación Superior. La investigación, el desarrollo y la innovación en nuestra Comunidad.

Creemos que haría mal el Gobierno Regional en desoír a nuestros Rectores, no sólo por respeto institucional, sino por que en esas Universidades Públicas se está formando el grueso de las nuevas generaciones que construirán Madrid en el inmediato futuro. Una inversión prioritaria que ni podemos ni debemos desatender.

Francisco Javier López Martín
Secretario General de CCOO de Madrid