Cuento de Navidad: En la basura.

diciembre 24, 2009

Habéis estado magníficos el 12-D.  Habéis cerrado un año de crisis con toda una demostración de orgullo. Merecéis mucho más que un cuento. Pero cada uno entrega lo que tiene y, si así lo hace, no está obligado a más. Que os guste. Felices Fiestas a todas y todos.

En la basura

Creo que una vez leí algo sobre una tal Mary Douglas, que inició sus estudios sobre la cultura analizando la suciedad. Y creo recordar también que el eje central de su investigación se centraba en la permanente lucha de la humanidad contra el polvo.

La humanidad genera cantidades ingentes de basura, por lo cual no parece tan mala idea conocer la sociedad observando, contando, clasificando, realizando exhaustivas estadísticas sobre sus desperdicios. No otra cosa, a mi entender hacen los programas del corazón y, en ellos, se encuentran increíbles posibilidades para el trabajo de campo de los futuros sociólogos. La basura está llena de información y la información mueve el mundo tal como hoy lo conocemos, hasta el punto de que hay quien afirma que lo que no aparece en los medios de comunicación simplemente no existe.

Desde mi punto de vista se equivocan quienes piensan que el dominio de la información se encuentra en la Red. Nada más lejos de la realidad. Quien accede a Internet no hace otra cosa que adentrarse en un inmenso campo de basura, convertirse en un corredor de bolsa, es decir un basurero que abre miles de bolsas y que tan sólo acertará por casualidad. Quién quiera bucear en la basura, tiene que situarse a pie de calle, en el mismo lugar donde se deposita. Esa es mi experiencia, al menos.

Dediqué cinco años de mi vida a estudiar la carrera de Economía y Administración de Empresas. Decían que era una carrera con tremendas posibilidades, no necesariamente para ser empresario, porque ya se sabe que a los empresarios, a los dueños reales de la empresa, sólo les preocupa la obtención de beneficios elevados, seguros y rápidos y procuran desentenderse de los problemas diarios. La contabilidad, las liquidaciones fiscales, el trato con los proveedores, los pagos de suministros, la planificación de la producción, los turnos de trabajo, los costes salariales, los cambios de tendencia en el mercado, son cosas que les importan bien poco. En realidad, el empresario sólo tiene que ser experto en mover su capital de un lado a otro, buscando siempre la rentabilidad más elevada y procurar dejar en manos de ejecutivos preparados, las cuestiones menudas.

Uno de esos ejecutivos quería ser yo. Para ello me había preparado concienzudamente, obteniendo unas notas bastante aceptables, incluso en esa asignatura terrible que llaman Econometría. Para eso me adentraba en Internet buscando fuentes estadísticas que intentaba analizar para prevenir tendencias. Compraba revistas especializadas y los periódicos económicos, asistía a conferencias, leía libros escritos por los gurús de la gestión empresarial y hasta los publicados por esos denominados expertos en relaciones humanas y en psicología industrial. La primera lección que aprendí fue, precisamente, que los ejecutivos, y no me refiero sólo a los de éxito, no son casi nunca los más preparados. No creo obrar por resentimiento cuando me permito afirmar que la mayoría de los ejecutivos toma sus decisiones al calor de los vapores -etílicos, por supuesto- de una buena comida y no siguiendo criterios que procedan de la más mínima lógica empresarial. Pero éstas son cosas que he ido aprendiendo con el tiempo.

Acabé trabajando de portero, primero suplente y luego titular, con derecho a casa, en un edificio de pisos y apartamentos situado en un barrio de medio pelo, cerca del centro de la ciudad. Uno de esos barrios de clase media alta, en proceso de degradación, que terminará emergiendo de sus cenizas el día menos pensado por el propio efecto de su posición geográfica. Esa era su ventaja comparativa en el mercado.

Debía el puesto a un tío mío, frecuentemente enfermo y a punto de jubilarse, como otros deben el puesto de ejecutivo al tío de alguien. Bien visto, podría decirse que, a todos los efectos, era el ejecutivo de aquel edificio, a las órdenes de un Presidente que se renovaba anualmente.

Cada Presidente tiene sus manías. Unos son más intervencionistas y otros lo son menos, pero a fin de cuentas quien se queda cada mañana en la garita, quien se encargaba de recoger la basura, puerta por puerta y mantener limpio el portal, era yo. Ellos pasaban y yo permanecía. Podían intentar, en un ejercicio de vanidad, introducir mejoras y complicarme la vida durante un par de meses, pero las resistencias al cambio siempre terminaban por imponerse. La gente no quiere, ni mucho menos, a la puerta misma de su casa un ejercicio de revolución permanente.

Recuerdo aún, a un Presidente, un señor mayor, que había sido empleado de banca durante más de cincuenta años. Con semejantes antecedentes, lo correcto hubiera sido que asumiese las tareas de Tesorero de la Comunidad, pero siguiendo el turno rotatorio le correspondía la Presidencia y, desde aquel momento, se sintió investido por el mandato supremo de imponer orden, no sólo en las cuentas, sino en la vida de todos y cada uno de los vecinos.

Uno de sus primeros decretos hacía referencia a las horas indicadas para abrir las ventanas interiores y para sacudir los felpudos en el balcón, de acuerdo a su interpretación de las Ordenanzas Municipales al respecto. Otro bando informativo destacaba la necesidad de depositar las bolsas de basura en cada puerta a partir de las ocho y media de la noche, pasando el  portero a recoger las mismas a las nueve en punto. Durante la semana siguiente, entre las ocho y cuarto y ocho y media se dedicó a llamar a las puertas de aquellos vecinos que hubieran depositado la basura con algunos minutos de antelación, acompañando su visita con profusas explicaciones sobre la necesidad de respetar las normas para garantizar una convivencia civilizada.

A continuación emprendió actuaciones de mejora del acceso al edificio, cambiando las plantas, las alfombras, los puntos de luz y los apliques. Una operación amplia de renovación del mobiliario interior, que convirtió el portar en un museo de objetos chic, imposibles de armonizar, de lo mas entretenido.

Una de sus últimas operaciones consistió en cursar instrucciones precisas sobre la realización de obras en cualquiera de las viviendas del edificio, habilitando un cuarto del primer sótano para el depósito de escombros durante el día, e inhabilitando uno de los tres ascensores, reconvertido en montacargas, nombre que figura en su puerta desde ese momento.

Terminó estrellándose, como todos los reformistas ególatras, con las obras de restauración de la pintura de la puerta de entrada. Siguiendo las modernas tendencias del mercado, decidió encargar la obra a un pistolero de origen polaco, que dejó la amplia puerta de acceso convertida en un retablo de falsos colores metalizados. Daba pena, durante la semana siguiente, ver al Presidente enfundado en un mono blanco, haciendo lo posible por remendar el entuerto con su mejor buena voluntad. No hay nada peor para un alto dignatario, que rebajarse a hacer con sus propias manos lo que es incapaz de que otros hagan siguiendo sus órdenes.

A partir de ese momento comenzó su rápido, imparable e implacable declive, que culminó cuando fijó un nuevo cartel, en la cristalera del portal, en el que intentaba justificar el fracaso de la operación. El escrito era un aullido de dolor en el que, junto a las interminables explicaciones sobre lo intachable del procedimiento, se vertían acusaciones contra el “ejecutor polaco” que había dado al traste con el loable proyecto. Se extendía, a continuación, en una profunda reflexión sobre el papel subordinado de los inmigrantes, su incalificable actitud moral y su falta de profesionalidad, la actuación de mafias, la seguridad ciudadana. Fueron numerosos los vecinos que expresaron sus quejas ante las formas y el fondo del escrito.

Durante el resto de su mandato, el Presidente se recluyó en sí mismo, en su vivienda y parecía como ensimismado, obnubilado, incomprendido. La verdad es que, pese a las molestias que me ocasionó durante unos breves meses, me parecía un triste final para un hombre cargado de buena voluntad,  que tal vez sólo pretendía, con este esfuerzo final, dejar constancia de su paso por el mundo.

En el primer sótano del edificio, se encontraba el cuarto de basuras. Sólo yo tenía llaves de aquel habitáculo en el que, durante el día, se guardaban los cubos vacíos. A las nueve de la noche comenzaba el recorrido, planta por planta, retirando las bolsas depositadas en las puertas y, esta tarea me llevaba una media hora. Luego sacaba los cubos a la puerta para que el camión de la basura, que pasaba sobre las doce de la noche, retirase los abundantes desperdicios generados por un bloque de más de cien viviendas.

Durante los primeros meses de mi nuevo trabajo como portero cumplí, mecánicamente estas tareas,  escrupulosa y mecánicamente. Sin embargo, pronto descubrí las posibilidades que, para mi futuro como ejecutivo, tenía aquel cometido. Instalé una estantería, una mesa y mi ordenador portátil en un cuarto anexo al de las basuras y, todos los días, antes de sacar los cubos a la calle, realizaba una pormenorizada inspección de las bolsas, sacando de ellas cuantos papeles me parecían significativos, depositándolos en la estantería y manteniendo el orden de vivienda a  la que correspondían.

Pronto descarté la información referente al ochenta por ciento de los domicilios, porque carecía de interés alguno. No pretendía controlar la vida de todas las personas, sino utilizar la información que pudiera serme económicamente útil. No me interesaban, por ejemplo, los movimientos de cuenta bancaria de la auxiliar de clínica que vivía sola en el  pequeño apartamento del 5º-D, pero sí los del pequeño constructor que vivía con su mujer y una hija de unos veintitantos años en un piso bien acondicionado del 6º G. Mis posibilidades de obtener información se multiplicaban, si tenemos en cuenta que disponía de las llaves de la mayor parte de los domicilios, para facilitar el acceso a la lectura de los contadores del gas y del agua cuando los vecinos se encontraban ausentes.

Todas las noches, al terminar mi tarea, me encerraba en el cuarto del sótano, ordenaba la información extraída de las bolsas, destruía cuanto aparentemente carecía de valor, clasificaba los documentos que entraban en cada domicilio, los incluía como apuntes de entrada en un libro de registro informático y realizaba un breve informe de comentarios sobre la evolución económica, algunas referencias personales y sobre las relaciones personales o profesionales de los habitantes de los domicilios seleccionados. Una postal recibida, una carta,  un boletín de un colegio profesional, un teléfono apuntado al vuelo en un papel, son excelentes complementos del extracto del plan de pensiones, de la información sobre el fondo de inversión, o de la evolución de la cuenta bancaria.

El trabajo puede parecer abrumador, pero ya quedó dicho que, a los pocos meses, el campo de actuación quedó bastante restringido, si tenemos en cuenta que la mayoría de los habitantes del edificio vivían de forma más o menos holgada, pero dependiendo de unas rentas salariales que variaban muy poco cada mes. Compraban un piso, unas pocas acciones, un coche, hacían horas extraordinarias, ascendían de categoría o perdían su puesto de trabajo, alquilaban un apartamento en la playa, pasaban las vacaciones en el extranjero o este año no tenían vacaciones. Ropa, comida, electrodomésticos. Cosas así. Contablemente todo se reducía a un ingreso mensual, más o menos importante, a unos gastos fijos y a un pequeño volumen de gastos extraordinarios.

Por lo tanto, al cabo de medio año, sin descuidar las labores de mantenimiento de la información, mis preferencias se centraron en unos pocos profesionales cuyos movimientos de cuenta eran más variados y que superaban, levemente, en número, el de los dedos de una mano. Un gerente de unos grandes almacenes, un arquitecto, el dueño de un concesionario de automóviles, un ejecutivo de una empresa pública a punto de jubilarse, un médico, un concejal de limpieza y jardines, un pequeño constructor y, por supuesto, el Presidente actual y el que tomaría posesión el próximo año. Siempre hay que tener en nómina al gobierno y a la oposición.

En una comunidad de vecinos como la que he descrito, hay que reconocer que había tenido una suerte inmensa y unas altas probabilidades de esperar que el trabajo realizado rindiera, tarde o temprano sus frutos, por lo cual, me dediqué a recoger información añadida sobre la evolución económica de las empresas para las que trabajaban estos personajes. Ahora, puesta la trampa, sólo era cuestión de esperar que una pieza cayera en ella. Y la pieza cayó, aunque tardó casi dos años en hacerlo.

Recordarán aquel verano en el que estalló en pedazos la Comunidad de Madrid. Aquel verano caluroso, en el que los ladrillos volaban sobre la cabeza de los políticos  y en el que los solares eran mucho más que descampados, para convertirse en oscuros objetos del deseo. Aquel verano en el que se constituyó una Comisión de Investigación sobre las tramas inmobiliarias que operaban en conexión directa con algunos políticos.

Tan seguros estaban unos y otros de sí mismos, antes del altercado, que descuidaron hasta las más mínimas normas de prudencia y de seguridad, dejando al descubierto numerosas brechas por las que periodistas, fiscales, adversarios políticos y empresas de la competencia, podían entrar fácilmente. El público asistía asombrado, perplejo y desconfiado a un culebrón aun más interesante que cualquier escándalo de la prensa rosa y que cualquier serie televisiva. Llegó un momento en el que todos decidieron parar el carro y restablecer un mínimo de sensatez, antes de que todo el entramado saltase por los aires, pero para ese momento yo ya había jugado mis cartas.

Repasé los expedientes del  arquitecto y del constructor. Eché un vistazo también al del concejal, por si las moscas, teniendo en cuenta que muchas de las empresas que se dedican a jardinería, mantenimiento y limpieza, tienen importantes intereses en el ladrillo. No había nada reseñable y, si lo había, no fui capaz de descubrirlo. Otro tanto ocurrió con el arquitecto. Los apuntes contables de sus cuentas procedían siempre de grandes empresas que le encargaban proyectos y el nombre de esas grandes empresas parecía claro que no iba a parecer en este entramado de trapicheos del suelo. A nadie le interesa matar a la abeja reina.

El más firme candidato era, por lo tanto, el constructor. No me equivoqué, por más que me diera pena que tuviera que caer un personaje que, en lo que respecta a la vida de la Comunidad de Vecinos, me parecía una excelente persona. Su mujer era una señora educada, a la que no se le habían subido los millones que su marido había ido ganando y, en cuanto a la hija, no quiero ocultar que resultaba tremendamente atractiva y que el olor de su perfume permanecía en mi memoria bastante tiempo después de que se hubiera desvanecido su rastro en el portal. Me había ido enamorando de ella, por más que albergase pocas esperanzas de ver realizado mi sueño. Sin embargo, así es la vida y no hay que darle muchas vueltas, si no quieres ver pasar los trenes mientras permaneces en la estación hasta identificarte con los bancos, las farolas y los graffiti de las paredes del andén. A veces por amor, hay que dar saltos mortales sin red para subirse al tren en marcha.

El constructor sí había realizado una pequeña compra de suelo rústico en un municipio metropolitano del Suroeste, que luego había sido recalificado como suelo urbanizable en la reciente modificación del Plan General de Ordenación Urbana. Es cierto que con la parcela que había adquirido, probablemente sólo podría edificar un par de edificios de viviendas. Entre las plusvalías obtenidas de la recalificación del suelo y los beneficios de la construcción de unas doscientas viviendas calculé que podría embolsarse no menos de dos mil millones de las antiguas pesetas. Pero también me daba cuenta de que esta cantidad era ridícula, si la comparaba con los miles de metros cuadrados que estaban en juego en la operación. Deduje que estaba ante un favor concedido por alguno de los grandes a un pequeño constructor que había prestado buenos servicios, tal vez desde los tiempos en los que no era más que un pistolero subcontratado por la empresa. Me sorprendí a mí mismo considerando ridículos unos beneficios de dos mil millones de pesetas.

Había tenido suerte de que el constructor fuera precavido y hubiera decidido que los pormenores de estas operaciones permanecieran en su domicilio y no en su despacho, con lo cual pude contrastar algunas transacciones bancarias con documentos encontrados en la mesa de trabajo que tenía en su casa.

Cuando le invité a mantener una conversación tranquila tomando una cerveza, el hombre pareció primero sorprendido, luego indignado, más tarde aterrado y por fin resignado. La verdad es que, si hubiera sido realmente un tiburón del suelo, habría preferido pasar por la Comisión de Investigación que los políticos habían montado y hasta por una investigación de la fiscalía. Los resultados de esas comisiones son puro éter, se olvidan pronto y los procedimientos judiciales se archivan. Eso sí hay que comparecer, tener la cara bien dura y aguantar el chaparrón de aparecer unos días en los medios, cosa a la que tienen pánico los pequeños empresarios, que temen que cualquier escándalo arruine su carrera. Si hubiera sido un tiburón, no dudo, ni por un momento, que un portero hubiera aparecido en la cuneta de alguna carretera.

Prefirió aceptar mi trato y eso le honra. No fui muy ambicioso. Quería tan sólo entrar en la empresa como Gerente, con una participación accionarial del veinticinco por ciento. Él seguiría siendo el Presidente, compartiríamos la toma de decisiones y repartiríamos los beneficios en el porcentaje correspondiente a las acciones tomadas por cada uno en el capital de la empresa.

Por amor hay que hacer estas cosas. Tal vez hubiera sido más interesante reclamarle una cantidad fija sobre los beneficios de la operación y santas pascuas. Un soborno puro y duro. Hubiera conservado mi oficio, sin someterme a la dura lucha diaria por el beneficio empresarial y hubiera podido acometer operaciones de más calado y envergadura, como la de clarificar las concesiones de contratas a empresas de la limpieza, mantenimiento y jardinería, realizadas por el concejal.

Sin embargo, he preferido ser un ejecutivo duro y agresivo, absolutamente leal con mi Presidente, al tiempo que voy fraguando una sincera amistad con mi futuro suegro.

Francisco Javier López Martín.