ASOCIACIONES DE VECINOS: LA LUCHA POR LA VIDA DIGNA


Eran tiempos duros. Que las dictaduras cuando mueren, lo hacen matando. Un apretón final, un estertor último, que siempre hace daño, que siempre deja sangre derramada, aún después de enterrado, bien enterrado, bajo miles de kilos de losa, el dictador.

Villaverde tenía numerosas carencias educativas. Colegios “subvencionados” en bajos, cuando no en sótanos. Un brutal fracaso escolar. Un índice terrible de abandono de los estudios para incorporarse al trabajo.

Unos cuantos jóvenes, casi niños, buscamos primero en las iglesias de barrio y luego en la Asociación de Cabezas de Familia, acogida, aliento, espacio, para poner en marcha un proyecto educativo para dar clases de recuperación. Allí nos dieron un carnet no legal pero con validez interna, para andar por casa. Porque socios sólo podían ser los cabeza de familia.

Eran tiempo en los que leíamos con pasión a Paulo Freire, Ivan Ilich, Makarenko, Tolstoi, Lorenzo Milani, Celestin Freinet, Girardi, Biasutti. Daba igual su origen, siempre que alimentara nuestra vocación de maestros sin título. Trabajábamos por la mañana, estudiábamos magisterio a ratos perdidos, dábamos clases por la tarde, leíamos por la noche. Libros pedagógicos y libros de Marx, Pablo Iglesias, Lenin, Bakunin, Koprotkin, Orwell, Trotsky, la Montseny o el eurocomunismo, Foucault, Althusser o Garaudy. Daba igual, para saciar nuestra vocación de libertad.

Allí estaban los Cabezas de Familia, que eran algo así como el disfraz carnavalesco que imponía el régimen, bajo el cual se encontraban los mismos clandestinos luchadores vecinales por la tarde, de las clandestinas CCOO en el trabajo y del clandestino PCE por la noche. A ratos perdidos, leían con avidez los mismos clandestinos libros. Luego, ya en la democracia, durante mis primeros pasos en la enseñanza pública, de nuevo los padres de mis alumnos en el Colegio San Roque de Villaverde, desarrollando las APAs y la Asociación de Vecinos y las Comisiones Obreras y el Partido Comunista. Las mismas caras cuando se inundaba el barrio, cuando exigíamos más profesores para el colegio, cuando nos concentrábamos en Navidad a las puertas de una Barreiros-Chrysler-Talbot-Peugeot, en huelga. Cuando exigíamos Amnistía y Libertad.

Fue entonces, con un gesto cruel surgido de la tumba, cuando franquistas de mala sangre, ejecutaron una de las últimas sentencias de muerte de la dictadura ya sin dictador. El asesinato de los Abogados de Atocha. Lo mismo defendían a vecinos, que a trabajadores, que cualquier causa justa ante los Tribunales de Orden Público. La democracia fue ya imparable. El entierro de los Abogados se convirtió en un clamor. Fue imposible negar la legalización al PCE y a las CCOO, porque una democracia sin ellos no hubiera sido.

Entré en el PCE y en CCOO, porque estaba literalmente rodeado. Los padres y madres de mis alumnos, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, mis compañeros ansiosos de libertad.

Han cambiado mucho los tiempos. No es momento de analizar tantos avatares. El intenso camino recorrido a lo largo de más de tres décadas democráticas. Nos hemos extendido en la sociedad y la sociedad ha entrado en nosotros. Somos grandes, diversos, plurales. Hemos cuidado la autonomía y nuestra vinculación a los intereses de aquellos a quienes defendemos como trabajadores, como vecinos, como madres y padres.

La crisis que hoy vivimos, la primera gran crisis de la globalización mundial, viene a recordarnos que somos las personas quienes padecemos el paro, no accedemos a una vivienda digna, nos hipotecamos muy encima de nuestras posibilidades. Los que vivimos de nuestro trabajo, y pagamos impuestos. Somos, de hecho, los que llenamos las arcas públicas. Somos los que necesitamos un empleo, una prestación por desempleo, una pensión adecuada, una vivienda accesible, una sanidad y una educación públicas y de calidad. Servicios Sociales y atención a la dependencia. Somos los mismos, las mismas personas, en el trabajo y en la sociedad.

Somos las personas que mantenemos vivos los valores de libertad, igualdad y solidaridad. En el sindicato, la asociación de vecinos, la asociación de padres y madres. Personas organizadas para defender unidos nuestros problemas y nuestras aspiraciones a una vida digna y un trabajo decente.

Sentirnos personas, libres e iguales. Sentirnos unidos hace que cada día retomemos con fuerza, la pasión por transformar todo aquello que no nos gusta, que nos duele, que nos fractura y nos rompe, amargando nuestra existencia. No queremos ser nadies, porque somos los más y con esfuerzo incansable trabajamos por ser los mejores.

Francisco Javier López Martín
Secretario General CCOO de Madrid

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