ADIOS AL SUEÑO OLIMPICO

adios olimpicoDicen que a la tercera va la vencida. El final del sueño olímpico ha demostrado que los refranes no siempre se cumplen. Lo peor es que nos habían explicado hasta la saciedad que éramos los favoritos. Hubo quien se permitió anunciar que teníamos más de la mitad de los votos garantizados. Todo ello ha contribuido a que la caída haya sido más dura y que la primera reacción haya sido airada, tras la inicial tristeza.
Vaya por delante que, de forma contraria a lo que pienso sobre Eurovegas, creo que la organización de unas Olimpiadas es una oportunidad para cualquier ciudad y, por ende, para su país. Eso sí, esas oportunidades casi siempre son dilapidadas, hasta el punto de que se cuentan con los dedos de la mano las ciudades que en los últimos tiempos han organizado unas olimpiadas y han sabido aprovecharlo, sin incurrir en un endeudamiento aún más terrible en tiempos de crisis. Barcelona suele plantearse como un buen ejemplo del aprovechamiento adecuado de unas Olimpiadas y Atenas es uno de los peores ejemplos de todo lo contrario, hasta el punto de pesar como una losa sobre la economía griega en tiempos de crisis.
Además, es cierto que el Comité Olímpico Internacional (COI) es una empresa privada, que funciona al margen de los gobiernos y se rige por unas lógicas internas que incorporan muy variados elementos de intereses y afinidades personales de todo tipo. Baste tener en cuenta que los poco más de 100 miembros del COI son elegidos de forma endogámica y de por vida. A partir de ese momento no responden ante gobiernos ni instituciones nacionales o internacionales. De ahí que puedan “vender” su voto muchas veces, en muchos sitios, para terminar votando, al final, en secreto, lo que más responde a sus intereses. Y esos intereses no son siempre económicos. A veces, factores como el trato que van a recibir los atletas se convierte en determinante.
A lo largo de estos días se han producido muchos análisis, más o menos interesados, que ponen el acento en el papel de Ana Botella, el desconocimiento del inglés de Mariano Rajoy, la austeridad pregonada por la candidatura madrileña, la crisis económica que atravesamos, el doping… Me atrevo a decir que, ya antes de la presentación de cada candidatura en Buenos Aires, las grandes decisiones estaban tomadas por cada mienbro del COI y que botaron a Madrid, a la primera de cambio, para que Tokio lo tuviese aún más fácil.
Madrid y España sabían perfectamente dónde íbamos y la naturaleza propia de quienes iban a tomar la decisión. Ya conocíamos a personajes como Alberto de Mónaco y algunos otros de sus compañeros de viaje. Por eso, independientemente de que consideremos que la responsabilidad del COI y otros, en nuestro fracaso, sea del 95 por ciento, del 30, o tan sólo del 50 por ciento, lo ciento es que nuestra responsabilidad, aunque sólo sea del 5 por ciento, constituye nuestro 100 por 100. Es todo cuanto pudimos y debimos corregir.
Que la inspiración te llegue trabajando, que la musa de la poesía te pille con un lápiz en la mano, cuando venga a visitarte. La suerte hay que buscarla, trabajarla. A Dios rogando y con el mazo dando. A quien madruga Dios le ayuda… Unas Olimpiadas son el colofón, el premio, el acompañamiento, pero nunca la solución. Se equivocan quienes consideran que unas Olimpiadas, por sí mismas, permiten solucionar nuestros problemas regionales o nacionales.
Nuestra oportunidad olímpica era 2012, pero Londres nos la arrebató, con unas olimpiadas de diseño. El Presidente del COI nos convenció de acudir a las de 2016, pero era casi imposible, aunque no nos lo dijera y eligieron Rio de Janeiro. Ahora podía haber sido realidad, pero sus intereses y nuestros errores han dado al traste con el sueño olímpico. En 2024, frente a ciudades europeas como París, Roma, y hasta alguna capital alemana, no parece el mejor momento.
Somos un país poco creíble y algunos miembros del COI han metido el dedo en el ojo, pero también en la llaga. Esas preguntas insidiosas sobre el control, o la permisividad, del dopaje en nuestro país. La desaparición de bolsas de sangre, como en el caso Puerto. Sobre la situación económica complicada que atravesamos, por no plantear directamente si no estamos defendiendo unas olimpiadas austeras ante la escasez de recursos de los que disponemos.
Han preferido una economía sólida, en un país estable, para acometer la organización de los Juegos Olímpicos, que depositar la confianza en un país en el que la economía deja mucho que desear, con un empleo temporal y precario, con los más altos niveles de paro de toda Europa y con un sistema social que se ve acorralado y en retroceso en materia educativa, sanitaria, de servicios sociales. Un país cuya clase política es impopular y donde no hay tiros, pero llueven sobres y no sólo en la sede central del PP.
Necesitamos recomponer la figura como país. Restablecer la confianza en la política, los políticos y entre cada sector amenazado que vuelca las responsabilidades en el de enfrente, o en el maestro armero. Necesitamos aclarar que bases de futuro económico y productivo queremos construir, tras la explosión de las burbujas financieras e inmobiliarias que sustentaban nuestro alto crecimiento.
Necesitamos dar trabajo y futuro a toda una generación de jóvenes y a cuantos han perdido su empleo y no tienen esperanza alguna de encontrar otro. Necesitamos un nuevo pacto de convivencia que asegure la libertad y los derechos laborales y sociales, por los que luchamos durante décadas y conseguimos alumbrar en 1978.
Y cuando hayamos hecho los deberes. Cuando hayamos expulsado a los mercaderes y los corruptos de la política y de la vida nacional. Cuando construyamos una cultura del trabajo bien hecho, del esfuerzo personal y colectivo, que no tiene por qué ser incompatible con la risa, ni con un carácter abierto y alegre.
Entonces, si lo hacemos bien, si elegimos el momento más oportuno, nos permitirán organizar unas Olimpiadas. Porque unas Olimpiadas son como la corona de laurel que se pone en la cabeza de los que ya son campeones, porque han luchado contra sí mismos y han ganado. Contra sus limitaciones y las han superado.

Francisco Javier López Martín

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