LA INMEMORIAL POBREZA

octubre 16, 2013

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Recientemente hemos conocido los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos, encargado por la OCDE.  El denominado PiAAC, también conocido como el Informe PISA de Adultos, nos sitúa en mal lugar en el concierto de los 23 países más desarrollados del planeta.  En un reciente artículo ya dije que esos resultados educativos no tenían que ver tanto con las leyes educativas, sino en el empleo, la precariedad de los trabajo y de las vidas en nuestro país.

Formarse a lo largo de toda la vida exige un horizonte despejado, que nuestro país está muy lejos de asegurar a la ciudadanía.  El Día Mundial para la Erradicación de la Pobreza es un buen momento para constatar esta evidencia.  Tras Grecia, nuestro país  presenta las tasas más altas de paro, en torno al 26,2 por ciento.  Más de una de cada cuatro personas se encuentra parada en España.  Pero, en el caso de los jóvenes, se sitúa en el 56 por ciento.

De otra parte, la tasa de pobreza supera cerca del 22 por ciento.  Mientras que en tiempos de crisis, en otros países desarrollados, la curva de las desigualdades se aplana, en España ocurre lo contrario, los ricos son más ricos y los más pobres se hunden aún más.

La crisis financiera, convertida en crisis económica, ha tenido dramáticas consecuencias sobre  el empleo y las fracturas sociales, alimentadas por unos recortes presupuestarios, que destruyen la capacidad protectora del Estado Social, en elementos tan esenciales para el mismo, como la Sanidad, la educación, o los servicios sociales.

El próximo 17 de Octubre, jueves, muchos lugares de España vivirán manifestaciones, concentraciones, actos públicos, para ratificar el compromiso de la ciudadanía y de cientos de organizaciones sociales, vecinales, sindicales, que nos representan, para erradicar la pobreza de nuestro país.

Una pobreza que destruye vidas y familias.  Una pobreza que arrastra consigo consecuencias sociales, pero también culturales, medioambientales, que dinamita la arquitectura de los valores sociales que sustentan la convivencia democrática.

La  pobreza no es un castigo, sino la consecuencia más indeseable de una sociedad en crisis.  Su remedio y cura no es la beneficencia, sino la justicia social, la apuesta por la igualdad.

El sentimentalismo, la caridad, es compatible, como nos recuerda Susann Sontag, con la brutalidad:  Nos hace sentirnos  inocentes, salvados, espectadores privilegiados,  pero incapaces de afrontar el necesario compromiso, aunque suponga renunciar a nuestros pequeños privilegios.

No es el sentimentalismo, la simpatía, la caridad del kilo de alimentos que nos sobra y apacigua nuestras conciencias, pero deja intacta la injusticia, las que van a solucionar la inmemorial pobreza, de la que hablaba Gil de Biedma. Será el compromiso, la solidaridad, la lucha por la justicia y la igualdad, lo que nos conducirá a erradicar la pobreza de nuestro país.

Un compromiso colectivo, manifestándose en las calles en millones de compromisos individuales.  En millones de pasos contra la pobreza.

Francisco Javier López Martín

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