1001 EL ORGULLO Y LA COMPASION

 

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El pasado 19 de Diciembre, en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO de Madrid, se celebró un acto conmemorativo del 40 aniversario del Proceso 1001, en el cual intervinieron Ignacio Fernández Toxo, Secretario General de CCOO, Jaime Cedrún, Secretario General de la Unión de Madrid, unos cuantos de aquellos compañeros que fueron juzgados en dicho proceso, un grupo de jóvenes sindicalistas y Josefina Samper, la esposa de Marcelino Camacho.

Quisiera haber podido acompañar a Santisteban, Acosta, Saborido, Sartorius, Zamora, en el acto. Pero quiso la suerte,mala en este caso, que tuviera que pasar la tarde junto a mi madre, en el hospital. Fernando Soto tampoco pudo estar presente en el acto, también postrado por una enfermedad.

Los números parece que eligen a sus destinatarios. El 46664 eligió a Mandela para convertirlo en el hombre que representaba la lucha por la libertad. Luego Mandela, el preso 466 del año 64, eligió ese número para convertirlo, en referencia en la lucha contra el SIDA en todo el planeta. El 1001 eligió a los Diez de Carabanchel, aquel 20 de Diciembre de 1973, para convertirlos en el símbolo de la lucha de la clase trabajadora española contra el franquismo. Algo de milenarismo medieval, de final de un mundo y advenimiento de otro, parece acompañar esa famosa cifra 1001.  

Un final que anunciaban y anticipaban Marcelino Camacho, Eduardo Saborido. Nicolás Sartorius, Francisco García Salve, Miguel Ángel Zamora, Pedro Santisteban, Luis Fernández, Francisco Acosta, Juan Muñiz Zapico, Fernando Soto. Diez hombres detenidos en un convento de monjes oblatos de Pozuelo de Alarcón, el 24 de Junio de 1972, que representaban la llegada de otra España que daba la espalda a la dictadura y deseaba democracia y libertad.

Las Comisiones Obreras se habían ido convirtiendo desde su nacimiento, en las minas y en los tajos, a mediados de los años cincuenta, en un referente inevitable de la lucha por la libertad. La lucha por los derechos laborales y sociales era, sin duda, la amenaza más peligrosa para el régimen franquista. Una grieta que iba debilitando cada vez más el muro de la dictadura. Una amenaza que quisieron conjurar con la detención de la cúpula de las Comisiones Obreras reunida en un convento.

Y los números eligieron el 1001 para identificar el proceso abierto contra el sindicalismo en  libertad. Con la mala suerte, también en este caso, de que el juicio dio comienzo el mismo día en que la banda terrorista ETA perpetró el asesinato del Almirante Carrero Blanco, el Presidente del Gobierno de la Dictadura. La consecuencia es que las condenas fueron desproporcionadas, si es que la proporción pudiera ser predicable de cualquier régimen dictatorial.

Escribo estos pensamientos en unos días navideños, en los que mi madre se encuentra en el hospital, aquejada por problemas respiratorios. Problemas que también padece en estos momentos Fernando Soto y que le impidieron estar presente en el homenaje a los sindicalistas juzgados en el proceso 1001.

Escribo tras recorrer ese azaroso camino de las urgencias hospitalarias del 12 de Octubre. Un camino sembrado de camas esparcidas por los pasillos, que rodean los mostradores. De sillones en los que cientos de pacientes esperan, en los rincones, el diagnóstico. Salas de observación, hacinadas, de donde salen hacia sus domicilios, o hacia las plantas del hospital.

Y en mitad de ese hospital de campaña, esas gentes que, sobrecargadas de trabajo, mermadas en sus efectivos, sus recursos y hasta sus salarios, siguen desplegando una sonrisa y prodigando un tratamiento cortés a cada paciente

Lugares para la paciencia y la solidaridad. Lugares para la desesperación y la compasión. Pienso en mi madre. Pienso en Fernando Soto. Pienso la compasión, la solidaridad, el apoyo mutuo. Pero pienso, también, en la traición que supone aliviar la conciencia, eludir la mucha o poca responsabilidad que podamos tener, intentando olvidar, supliendo la injusticia con caridad.

Un lujo que no pudieron, no supieron y sobre todo no quisieron permitirse aquellos que un 24 de junio decidieron acudir a la cita con su detención y con un juicio incierto. Aquellos que un día, a contracorriente, decidieron organizarse contra la injusticia. Viejos conocidos de  la policía franquista que desafiaron sistemática y organizadamente las prohibiciones impuestas.

Han pasado 40 años. tras la muerte del dictador llegó la Transición hacia la democracia y una Constitución que acaba de cumplir 35 años. La crisis que estamos viviendo está poniendo a prueba muchos de los mecanismos, las instituciones, los usos y costumbres, los malos usos y malas costumbres, adquiridos. Han cambiado los tiempos, pero la injusticia, la desigualdad, los recortes de las libertades conquistadas, siguen  jugando sus bazas y van ganando la partida.

Hoy, aquellos Diez de Carabanchel, los que fueron juzgados en el proceso 1001, siguen atrayendo nuestro orgullo, nuestra voluntad de ser, nuestra capacidad de organización, para defender a los pueblos de las ansias depredadoras de los mercaderes. Porque como le gusta recordar a Nicolás Sartorius, los derechos no se heredan y hay que defenderlos cada día.

Francisco Javier López Martín.

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