NAVIDADES EN LA CARCEL

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Os conté, no hace mucho, que allá en Cundinamarca (Colombia), la Red de Bibliotecas Populares me había concedido un premio de poesía. Uno de esos momentos que alegran la vida. Momentos que llegan de vez en cuando, sin que los presientas tan siquiera, cuando menos los esperas. No son casuales, pero llegan.
El más reciente ha sido mucho más cercano en el espacio, pero tan lejano como aquel en la experiencia vital de donde procede. Venía a mí en forma de diploma que me acreditaba como Picapedrero, al haber resultado finalista del Certamen Picapedreros, organizado por la Revista La Oca Loca.
Estoy por dejarlo aquí y esperar a que vuestra imaginación, o vuestra curiosidad, os lleven a buscar el origen de tan inusual diplomatura. Pero como estamos en Navidades y parece poco probable que os dediquéis a tamaña investigación, prefiero contaros a mi manera la cosa en sí.
En el año 2005, un grupo de cerca de quince reclusos del Centro Penitenciario de Daroca lanzaron la idea de editar una revista que sirviera de enlace entre centros penitenciarios para entretener, divertir, aclarar dudas que pudieran tener los internos, difundir la cultura, adquirir habilidades útiles, dentro y fuera de la cárcel y servir de carta de presentación de una población penitenciaria que quiere mantener vivas sus relaciones con el mundo exterior.
Hoy esa revista recibe colaboraciones de 39 centros penitenciarios españoles y de cárceles de Bolivia, Ecuador, Argentina, o Chile. Además de artículos, poemas, cuentos, investigaciones de gentes de la cultura, la ciencia, el deporte, el cine. Ya han culminado el cuarto certamen de poesía, guiones y microrrelatos y van a por la quinta edición. Un festival de cine, un certamen de recetas de cocina… Incansables e incombustibles.
Pues bien, he resultado finalista del premio Picapedreros, me han enviado la revista digital y me han ofrecido ser articulista. He aceptado el trabajo porque no tengo otra opción. Ya dije que nada es casual y resulta que mi padre era cantero y picapedrero en su natal Sierra de Guadarrama. Siempre me admira esa habilidad de cubicar una piedra, ver dentro de ella y hacer salir, uno de esos pináculos con forma de bola, o una losa de tumba, tan frecuentes en el monasterio de El Escorial, o en el Valle de los Caídos.
Me incitaba mi padre, harto de pasar frío y tratar sus agrietadas manos, primero como cantero, luego como albañil, a estudiar, para tener un trabajo a cubierto de la intemperie. Le hubiera bastado con que fuera botones de un banco, pero terminé siendo maestro. Como todos saben, magisterio era la carrera que estudiaban los listos de los pobres y los tontos de los ricos, que no daban de sí como para estudiar una carrera larga. Para los pobres , por contra, era una carrera corta, que permitía ganarse la vida pronto y dejar de ser una carga para la familia. Luego, si valías, podías seguir estudiando una carrera por las noches.
Eso hice y no me arrepiento. Por eso para mí no hay opción. Es obligado, además de un orgullo, aceptar el encargo de los compañeros de La Oca Loca. De hecho les he remitido un primer poema navideño, dedicado a esas gentes que viven en centros penitenciarios, en no pocos casos merced a una justicia que los propios juristas reconocen diseñada para “robagallinas”, cuando no para sindicalistas que ejercen la libertad sindical.
Ahí están los 8 compañeros de Airbús sobre los que pesa una petición de 66 años de cárcel, o la compañera Katiana Vicens, injustamente condenada, por ejercer el derecho de huelga. Ahí están los compañeros de Coca-Cola, condenados al paro, pese a la sentencia que condena a la empresa a readmitirlos. No veremos con estos ojitos a esos siniestros empresarios encarcelados.
Mientras tanto los delincuentes de guante blanco campan a sus anchas, por más que se pretenda vendernos la ejemplaridad de encarcelamientos como los de la Pantoja, o el hecho de ver sentada en el banquillo a una Infanta de España. No dejan de ser la excepción que confirma la regla y la disculpa propiciatoria para intentar colar la especie falsa de que la justicia es igual para todos.
Nada de lo dicho disculpa el delito. Mucho menos cuando va acompañado de violencia. Pero cuanto queda dicho debe servir para recordar el papel rehabilitador que debe tener la cárcel y la responsabilidad de toda la sociedad de apoyar a quienes estando dentro, luchan cada día para tener una nueva oportunidad. Algo que he he escuchado incontables veces de la que fuera Jueza de Vigilancia Penitenciaria, Manuela Carmena.
Estamos en Navidad y es bueno recordarlo, si no queremos que por la vía de los hechos, a base de leyes de Seguridad, terminemos permitiendo que las calles se conviertan en una inmensa cárcel.
Os dejo el poema por el que los picapedreros me diplomaron como uno de los suyos y me concedieron un diploma “por abrir un agujero de libertad y esperanza en los muros de nuestros Centros Penitenciarios”.

ESCRIBIR

Escribir, escribir,
escribir y escribir.
Renunciar a la vida,
la escritura o la vida.
La presencia del tiempo,
la palabra perversa,
la huida a ninguna parte,
y el sueño distante
de apretados dientes.

Escribir. No pensar
en otras misiones
que afilar el trazo
de cada palabra
sobre la cuartilla.

Deshacerse en humo,
olvidar la masa.
Esquivar la garra
que arranca la carne,
la zarpa certera.

Huir a la nada,
cubrirse con mantos
de sombra y ceniza,
rescoldos de hoguera.

Subir a la cumbre
del monte más alto.
Esperar la lluvia
del canto vencido
que ahuyente la fiebre.

Recitar los versos
del niño de arena.
Olvidar el roto
paisaje cercado
por discursos plásticos.

Escuchar el ritmo
del tambor sagrado
que viene de dentro,
del loco inhumano
que habita la cueva,
honda y olvidada,
de nuestro cerebro.

Agarrarse al cabo
trenzado con letras.
Destrozarlo todo
y volverlo a armar.
Levantar un muro,
tirar de piqueta,
demolerlo a golpes
hasta que no quede
piedra sobre piedra.

Escribir y olvidar,
volver al comienzo.
Cargar con los años.
Los propios y ajenos.
El tiempo del otro,
de fuera y de dentro.

Escribir y amarte,
con ardua pereza.

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