LA SONRISA DE LOLA GONZALEZ

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El día amanece desapacible, como si quisiera dejar constancia del dolor acumulado por la pérdida de Lola. Este viento frío, ha traído a Madrid el temporal que azota la costa cantábrica, como si intentaraacercarnos la memoria de Lola desde los lugares de la costa santanderina, donde se refugiaba con frecuencia.

La familia de Lola ha querido un funeral discreto, como discreta fue siempre Dolores González Ruiz, la única mujer abogada que se encontraba aquella noche del 24 de Enero de 1977, en el despacho de la calle Atocha, 55. Una de las cuatro personas que sobrevivieron al atentado terrorista de la ultraderecha española contra los abogados laboralistas que defendían a los trabajadores y a la ciudadanía madrileña.

Desde entonces, cada año, las CCOO han depositado coronas de flores en los cementerios donde descansan los compañeros asesinados. En Carabanchel, en las tumbas de Francisco Javier Sauquillo y Enrique Valdevira. En el cementerio de San Isidro, en el panteón familiar donde descansa Luis Javier Benavides. Los compañeros de Salamanca, ante la tumba de Serafín Holgado. En Castilla-La Mancha, recordando a Ángel Rodríguez Leal.

Cada año, desde entonces, hemos depositado flores en el portal del despacho laboralista de Atocha. En ese acto, siempre intervenía Miguel Sarabia, otro de los sobrevivientes y siempre culminaba su intervención nombrando a los cinco compañeros fallecidos en el atentado. Siempre nos recordaba que al nombrarlos despaciosamente ponemos armonía en el universo.

En el año 2004, el Congreso de CCOO de Madrid, decidió constituir la Fundación Abogados de Atocha. Queríamos mantener viva la memoria de los de Atocha y queríamos reivindicar como nuestras a cuantas personas trabajan por la libertad y la democracia, utilizando como únicas armas, la palabra y el derecho.

A lo largo de estos años, decenas de pueblos en Madrid han dado el nombre de Abogados de Atocha a Plazas, calles, parques, centros sociales o culturales. Los Premios Abogados de Atocha han reconocido al pueblo español, en las figuras del Presidente del Congreso y el Senado. A Marcelino Camacho junto a Joaquín Ruiz Jiménez. A las mujeres de los presos del franquismo. Al colectivo de Abogados saharauis. A las víctimas del 11-M. A los despachos laboralistas durante la dictadura franquista. A la Unión Militar Democrática y a la Asociación de Abogados Laboralistas y Sindicalistas de Colombia. A Domingo Malagón y a Marcos Ana. A la Fiscalía General de Guatemala y a José Luís Sampedro. A Manuela Carmena, Begoña San José y Pilar Bardem. A los encausados en el Proceso 1001 y a la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona. Al Colectivo de jueces de Justicia Democrática y a los Abogados de la Acusación Particular en el proceso de Atocha. A la jueza argentina María Servini. A la Comisión de Enlaces y Jurados de la Metalurgia madrileña. A Manuel López. A los actores que impulsaron la huelga de 1975.

Seguro que me olvido de alguien, pero basten estos nombres para entender que la construcción democrática requiere de muchas manos, mucho trabajo, muchos aciertos y errores y vidas enteras dedicadas a su impulso y sostenimiento.

Mientras vivieron, Miguel Sarabia, Luis Ramos, asistieron a cada acto y entrega de premios. Lola acudía unas veces sí y otras no. Y no porque no participara de la voluntad de mantener vivo lo que Alejandro Ruiz-Huerta ha denominado “el espíritu de los de Atocha”. Muy al contrario. Pero esa memoria de los de Atocha, era para ella el continuo tejer de un sudario, cual Penélope, que tenía que reconstruir cada año con enorme esfuerzo personal. Un trabajo prometéico que la devoraba sin compasión, por haber participado en la entrega del fuego de la libertad a los españoles.

Porque no hay que olvidar, frente a quienes devalúan hoy el proceso de la transición y el papel de la clase trabajadora en el mismo, que fue aquel asesinato de los Abogados de Atocha y la impresionante demostración de serenidad y dolor contenido, durante su entierro, los que dieron el portazo definitivo a cualquier veleidad dictatorial de retorno al pasado y abrieron las puertas a la legalización del Partido Comunista y posteriormente las CCOO, que constituyeron la llave para iniciar el proceso democrático.

Durante estos días de luto y frío, he leído magníficos artículos firmados por algunos de quienes la conocieron como compañera y amiga. Hector Maravall, Cristina Almeida, Antonio Gallifa, Rafael Fraguas. Un buen puñado de recuerdos y evocaciones que dan buena cuenta de momentos que no se perderán en el tiempo, mientras los mantengamos en nuestra memoria, mientras hablemos de ellos, escuchemos a nuestros mayores, los compartamos con nuestros hijos.

Lola era una mujer cercana. No a la manera de quienes convierten la cercanía en un ejercicio de intranscendencia halagadora y vana, sino al más puro estilo de aquellos que se entregan por entero y de por vida. Si Lola te acogía, sabías que nunca te arrojaría de su vida. Porque, desde tanta memoria del dolor acumulado, desde esa sonrisa siempre matizada por la tristeza, Lola era compromiso con la vida, voluntad de ser sin concesiones.

Francisco Javier López Martín

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