LAS VENAS ABIERTAS DE UN TAMBOR DE HOJALATA

En Homenaje a los trabajadores de Coca-Cola

En Homenaje a los trabajadores de Coca-Cola

Eran tiempos de transición hacia la democracia en España y de dictaduras militares en Latinoamérica. Eran tiempos en los que Las venas abiertas de América Latina circulaba por los lugares en los que nos reuníamos los jóvenes. Pasaba de mano en mano en los despachos de las asociaciones de vecinos, los salones de las parroquias posconcilares, los centros culturales acogidos a sagrado, las librerías de barrio que guardaban en sus estrechos almacenes unos cuantos tesoros, que iban depositando en manos de jóvenes ansiosos de conocimientos que nos permitieran intuir el futuro incierto que se avecinaba.

Aprendimos más mundo en aquel libro que en las clases de geografía. Aprendimos más teología de la liberación que leyendo a los teólogos de la liberación. Aprendimos más sobre el socialismo que leyendo a Carlos Marx, más sobre el comunismo que leyendo a Lenin y más sobre la libertad que leyendo a Bakunin. Porque aquel libro hablaba de otros mundos que eran también nuestro mundo y ansiaba todo lo que ansiábamos y no sabíamos explicarnos a nosotros mismos. Las venas abiertas de América Latina eran nuestra trágica historia más allá del océano, nuestra dictadura en otras dictaduras, nuestro proceso 1001 en otras cárceles, nuestros Abogados de Atocha en otros asesinatos.

Luego llegaron los 80, el oficio de maestro. En una Escuela de Verano, de aquellas que organizaba Acción Educativa, recogiendo el impulso transformador de la educación en España. Esos lugares donde confluían experiencias educativas de todo tipo, desde los freinetianos, hasta los seguidores de la escuela racionalista, milanianos y desescolarizadores de Ivan Illich, las escuelas campesinas del Barco de Avila, la escuela de Orellana, de Fregenal de la Sierra, o de Riotinto. Rosa Sensat.

En una de aquellas escuelas alguien hablaba de literatura infantil. En la comarca de Pueblo Niebla vivía un viejo solito y solo. Así comenzaba el cuento de Galeano, La Piedra Arde. Nadie se animaba a preguntarle: “¿Siempre fuiste tan viejo?, ni a preguntarle: “Siempre fuiste tan feo?”. La historia del viejo y del niño llamado Carasucia. La historia de cómo vencer el miedo en la noche dentro de un bosque. De cómo ser viejo y feo, pero no ser tonto y respetar las marcas que las luchas por la libertad han dejado en ti. Me miro al espejo y digo: “Ese soy yo”. La historia de un niño y un viejo tomados de la mano, a través del bosque, de regreso a Pueblo Niebla. El niño sentía que la mano del viejo era muy calentita.

He leído otras cosas de Galeano, pero este cuento difícil de encontrar, siempre me hace saltar las lágrimas. Siempre he disfrutado leyéndolo a mis hijas y a mi hijo. Galeano, siempre ha sabido conmoverme, emocionarme. Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres… Es lo que tiene tener hijos. De pronto reconoces a sus Nadies escuchando la Danza de los Nadie de Hechos contra el Decoro. Y otro día, escuchando Maracaibo de Joxe Ripiau, Ella está en el horizonte… ¿Para qué sirve la utopía?

El poemario que envié a Lekumberri, donde recibí uno de esos premios de los que uno se siente más orgulloso, el Angel Urrutia Iturbe, se llamaba La tierra de los Nadie y mi blog sindical lleva el mismo nombre. Voy a editar ese poemario, porque así visto y releído, en la distancia, me recuerda que nada es casual y ese viaje por el sur de Madrid, se me antoja mi peculiar viaje por las venas abiertas de nuestros nadie. Una historia, de entre todas las historias de la historia, que merece no ser olvidada.

Gunter Grass llegó más tarde. Primero vi la película El Tambor de Hojalata, de Schlöndorff y luego descubrí la novela. He leído sobre todo al último Grass, al de las reflexiones de un hombre que intenta entender la tragedia alemana y europea. Al narrador de A paso de cangrejo. Al que piensa en voz alta en Mi siglo, Pelando la Cebolla, De Alemania a Alemania. Al poeta de Payaso de Agosto.

Gunter Grass me ha ayudado a transitar por estos tiempos duros, por este bosque frío e inclemente. En los que es difícil encontrar el camino de regreso a Pueblo Niebla, en los que es tremendamente fácil perderse sin la ayuda de alguien que te tienda una mano muy calentita.

He esperado cada nuevo título suyo, como cada nueva aventura literaria de Galeano y ahora tendré que releer lo ya leído, o explorar los caminos de lo que dejé atrás, o rebuscar sus entrevistas, sus discursos e intervenciones públicas, para descubrir de nuevo a esos dos hombres viejos, pero no tontos, que nunca quisieron dejar de ver con ojos de niño. Que nunca quisieron dejar de preguntarse por esas venas abiertas de un tambor de hojalata.

Francisco Javier lópez Martín

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