El 26 J voto contra la corrupción y las desigualdades

Urna-elecciones

El Producto Interior Bruto comienza a crecer y hay quienes ven en ello un inicio de la recuperación económica y una salida de la crisis. Sin embargo, ese crecimiento del PIB no se está traduciendo en unas mejoras perceptibles de su situación para quienes han sufrido más intensamente los efectos de la crisis y de los recortes aplicados por el Gobierno del PP.

Entre otras cosas, porque el crecimiento español es un fenómeno peculiar en el marco de la Unión Europea y porque se ve acompañado de una inestabilidad mundial que amenaza a países emergentes como China, o como Brasil, que habían mantenido buenos ritmos de crecimiento en los años anteriores.

Algunos factores externos han ayudado a España a ver crecer su PIB. Uno de ellos las inyecciones de dinero del Banco Central Europeo, con una política monetaria expansiva, en sus intentos para salvar el euro, e impulsando el comercio exterior.La caída de los precios del petróleo ha contribuido también a esta situación de crecimiento positivo.

El Gobierno intenta contarnos que si estamos creciendo más que la media es porque han recortado mucho y bien. La verdad es que nuestro crecimiento tiene mucho que ver con situaciones excepcionales como el buen momento turístico, propiciado por la desestabilización de numerosos países mediterráneos que han dejado de recibir turistas. Además, aunque el Gobierno quiera ocultarlo, el gasto público ha crecido, a partir de 2015, porque todos los gobiernos incrementan su gasto cuando hay elecciones y eso siempre mueve la economía.

Nuestro crecimiento es muy frágil y, sobre todo, viene lastrado por la desigualdad. Estamos, por el momento, ante una salida en falso, que es más estancamiento que crecimiento sano y vigoroso. Las rentas se han debilitado de tal forma que el mayor consumo es muy desequilibrado, porque la desigualdad ha crecido en España más que cualquiera de los países desarrollados de nuestro entorno.

El Gobierno ha debilitado a conciencia los recursos para la sanidad pública, la educación pública, los servicios sociales, la atención a la dependencia, las inversiones, las políticas públicas. Las tasas de riesgo de pobreza han crecido hasta el punto de que casi una de cada tres personas se encuentra en esta situación, mientras que antes de la crisis eran una de cada cinco.

Y ahora vamos de cabeza a unas nuevas elecciones, a la repetición de un proceso que vamos a revivir como si de un año de la marmota se tratase. Un proceso que nos ha cansado y aburrido. Se les nota el desgaste a los propios candidatos, con la excepción de Rajoy, que no ha hecho nada de nada a lo largo de todos estos meses y se presenta fresco y lozano, salvo la mochila de escándalos vinculados a la corrupción que cada día se abulta más en susespaldas. Y aún así se consuela pensando que la corrupción no tiene coste electoral alguno.

Ese cansancio, ese aburrimiento puede traducirse en una menor participación electoral. Ya sabemos que cuando la abstención aumenta las fuerzas de progreso siempre salen perdiendo y los elementos más conservadores salen beneficiados.

Y sin embargo, es ahora, cuando comenzamos a ver una cierta luz en el horizonte, por débil que esta sea, cuando hay que impulsar políticas que reivindiquen una salida justa de las crisis, que combatan las desigualdades que amenazan con destrozar la convivencia en España.

Es ahora cuando hay que proteger a las personas desempleadas, consolidar las pensiones de nuestras personas mayores y dependientes. Es momento de fortalecerla inversión pública. Devolver a los trabajadores y trabajadoras los derechos arrebatados por las reformas laborales. Establecer un salario mínimo de, al menos 800 euros mensuales. Relanzar la ley de dependencia, e impulsar las rentas mínimas para quienes carecen de todo tipo de recursos. Es tiempo de que la calidad de los servicios públicos se convierta en prioridad frente a los abusos de las privatizaciones, externalizaciones y concesiones que sólo responden a intereses privados.

Estamos hastiados de que la corrupción se haya convertido en parte esencial del funcionamiento de tramas político-empresariales. Estamos hartos de que el dinero y el poder se hayan convertido en ejes vertebradores de la política. Estamos cansados de que la publicidad, la propaganda y el postureo, acaparen el debate, mientras las soluciones a nuestros problemas, se dilatan sine die. Pero, ese cansancio, ese hastío, ese aburrimiento, no deberían concluir en abstención, salvo que queramos realizar un intento fallido de castigar a los políticos castigándonos innecesariamente a nosotros mismos.

Es la hora de votar desde la conciencia de que nuestro voto masivo puede convertirse en nuestra mejor lección a la clase política. Un mandato para acabar con la corrupción e impulsar políticas que aporten soluciones y combatan las desigualdades. La campaña electoral es un buen momento para exigir que las promesas electorales se conviertan el 26-J en contrato de exigible cumplimiento para cuantos sean votados y elegidos.

Ser político ya no es lo que era. Hoy ser político debería ser firmar un contrato y cumplirlo. Y el voto es nuestra firma en dicho contrato.

Francisco Javier López Martín

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