Las banderas de mi casa

septiembre 26, 2017

Las banderas de mi casa son la ropa tendía

en mi casa las banderas son los pájaros sin amo

Robe Iniesta

 

Andamos, a la espera del otoño oficial, distraídos discriminando banderas cuya diferencia estriba en el número de franjas rojas y gualdas que ondean por los aires. Mientras tanto, a ras de suelo, las ciudadanas y ciudadanos, rumiamos malestar acumulado, indignación, ira y hasta odio. Se respira aire enrarecido por aquí abajo.

No había, al principio de esta crisis (económica, de empleo, social, política, cultural), tanta necesidad de exhibir banderas para distracción del personal. Se ve que hay tanta corrupción bajo las alfombras, tanta ineptitud en la gestión de los asuntos públicos, tanta demolición descontrolada de lo construido a lo largo de años de democracia, tanta mala política aplicada para combatir la crisis, que bien pareciera que Mariano y Carles hubieran decidido echarse mutuamente una mano. Nada mejor que una batalla de banderas para hacer patria, diluir los matices, desacreditar  cualquier voz de disidencia.

Carles y Mariano, saben que son meras marionetas en manos de unos poderes económicos globalizados y descontrolados, que toman decisiones a muchos kilómetros de Madrid, o de Barcelona. Saben, ellos dos, que no han hecho otra cosa que rendir pleitesía a quienes decidieron que el cambio del mundo pasaba por menos empleo, más precario, peor pagado. Por el debilitamiento de los sistemas de protección social. Haciendo que los que más tienen paguen menos, mientras los de abajo pagamos más.

Fortalecer la democracia, renovarla, limpiarla de abusos, hubiera sido la única llave que nos hubiera permitido abrir la puerta del futuro, aplicando otras políticas. Pero la democracia, no sólo en España, muestra los peores signos de fragilidad, vulnerabilidad, inoperancia, corrupción, que parecen demostrar la fatiga de los materiales que la componen. Esa fatiga democrática da lugar al encumbramiento, por la vía de las elecciones, de personajes que evocan a Nerón, o a Calígula, cuando no a su caballo.

La desigualdad generada por la crisis conduce al miedo, la desilusión, la impotencia y éstas provocan la indignación, primero, el odio y la ira después. La gente salió a las calles. Ocurrió en las primaveras árabes, en Occupy Wall Street, en Grecia contra los recortes impuestos, en España el 15-M. Un rechazo justo, justificado, necesario, ante la imposición de las políticas y la falta de horizontes, la negación del futuro.

Aquellas revoluciones populares fueron sucedidas por las revoluciones populistas de quienes supieron aprovechar las circunstancias históricas para convertir el odio en populismo autoritario. Incapaces de gobernar la globalización y las decisiones arbitrarias de las grandes multinacionales, los nuevos líderes populistas asientan su fortaleza en el llamamiento a la soberanía cultural, mientras mantienen excelentes relaciones con los dueños de la riqueza.

No hay mucha diferencia entre Putin, Trump, Erdogan, Theresa May, Viktor Orban. El leitmotiv, en todos ellos, pasa por la soberanía cultural, como condición para conseguir la seguridad necesaria para afrontar el terrorismo y la amenaza de los inmigrantes. Aunque de un simplismo aplastante, estos argumentos resultan exitosos.

Recuerdo el poderoso y solidario Yes We Can de Obama (Nosotros podemos), que ilusionó a cuantos creían que el futuro era aún posible, con un esfuerzo colectivo y compartido. Futuro en empleo, en sanidad, en educación, en protección social, en la inversión pública.

Frente a ese lema, se alza hoy el Make America Great Again (Haz grande a América otra vez), que ha llevado a Trump a la presidencia. Todo un llamamiento a un mito fundacional inexistente, a una cultura de blancos- anglosajones-protestantes (wasp) de muy difícil encaje histórico en la realidad de inmigrantes que construyeron los Estados Unidos.

Un lema cuyo efecto práctico consiste en el cierre de fronteras, la expulsión de inmigrantes sin papeles, el control policial, el aislacionismo, el supremacismo, el militarismo y paradojas así. Extrañas, pero de gran éxito, por su simplismo publicitario. No es extraño que Putin y Trump se lleven a la maravilla.

Recurrir, en cualquier rincón del planeta, al argumento de la soberanía cultural puede estar muy de moda y hasta arrancar aplausos y movilizar a sectores importantes de la población, pero son el camino más corto para que, por la vía democrática, lleguen al poder populistas autoritarios, cuya misión declarada es acabar con las únicas banderas que ya merecen la pena: la libertad y la democracia. Y esto es así en Washington, en Ankara, en Nueva Delhi, o en Budapest. También en Madrid, o en Barcelona.


El problema universal de Cataluña

septiembre 26, 2017

Tras el ataque desencadenado contra Joan Coscubiela, por parte de algunos personajes del independentismo catalán, me he sentido obligado a sumarme a cuantos han defendido que Joan puede ser criticado, como cualquiera, pero siempre ha sido honesto y sereno en sus apreciaciones y opiniones, por encima de los gustos y pasiones del momento.

Así lo he podido comprobar cuando hemos coincidido como Secretarios Generales de la CONC (la histórica Comisión Obrera Nacional de Cataluña) y de CCOO de Madrid, respectivamente y, posteriormente, cuando he tenido que tratar con él para plantear las posiciones sindicales en torno a los problemas de la Formación Profesional para el Empleo, durante la primera legislatura con Rajoy en el gobierno, en la que Coscubiela fue diputado por ICV.

Joan Coscubiela es buen sindicalista y gran político. No merece los ataques de los que ha sido objeto por haber dicho con claridad, en el parlamento de Cataluña, algunas cosas incómodas que proceden del patrimonio acumulado por la izquierda y que forman parte del patrimonio general de este país.

En Twitter he escrito, Hay que ver lo difícil que es mantener sensatez en mitad del huracán. Es lo que hace grandes a personas como Joan Coscubiela. Y en otro tuit escribí, No tememos un referéndum, ni la independencia, pero nuestro enemigo es otro. Los sindicalistas como Joan Coscubiela no lo olvidamos nunca. Este tuit va acompañado de una foto de Salvador Seguí, histórico sindicalista catalán de la CNT, con la siguiente frase: El único enemigo que hay en Cataluña es el mismo que hay en Madrid, el capitalismo.

Ha habido de todo en las contestaciones a estos mensajes. Hay quien los ha difundido, quien los ha comentado y quien los ha criticado. Me contesta un tuitero, Vale, en consecuencia: dejaremos que sea la oligarquimonarquía española la que nos gobierne, nos gusta más explotados por el capitalismo español. Cuando le respondo que ni dios, ni patria, ni lengua van conmigo, me responde que tampoco con él, pero que la única patria y lengua que le han impuesto es la española y que lo de la religión ya es otro tema.

Estoy seguro de que el tuitero, en cuestión, es un tipo de izquierdas, respetuoso y, además, declara estar muy interesado por la historia de la educación y la política educativa. Un tipo interesante, sin duda, que no insulta, que es real y opina de cara. Procura decir algo de peso, para él, en estos momentos.

Va a tener razón Luis García Montero cuando afirma que esto del nacionalismo en el siglo XXI va a ser cuestión de sentimientos y que sólo es respetable porque los sentimientos son respetables. Despertar nacionalista, al cabo de los años, por el hecho de que te impusieron de chico una nación y una lengua, es respetable, como sentimiento personal. Pero en eso, creo haber dicho ya en alguna ocasión, que me declaro, como Arrabal, un convencido nacionalista radical y sin fronteras.

En cuanto a la decisión de declararse nacionalista para no ser gobernado por la oligarquimonarquía española, imagino que también forma parte de un sentimiento aprendido. Leer Crematorio, o En la Orilla, de Rafael Chirbes, sin ir más lejos, debería habernos dejado vacunados contra este tipo de sentimientos.

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT de Cataluña, explicaba, en el Ateneo de Madrid, que la independencia de Cataluña no le daba miedo, porque los trabajadores no son un pueblo leproso y, al contrario que los reaccionarios catalanistas, lo tendrían todo por ganar, porque en Cataluña sólo hay un problema universal, el del movimiento obrero.

Las balas de los pistoleros del Sindicato Libre, al servicio de la patronal catalana, aglutinada en torno a la Liga Regionalista y bajo protección del gobernador de Barcelona, el general Martínez Anido, acabaron con la vida de Seguí el 10 de marzo de 1923. Quien quiera conocer esta triste etapa de la historia de Cataluña, puede hacerlo leyendo la impresionante novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta.

Un poquito de “seny” no vendría mal para romper esa danza perversa de  sentimientos y pasiones. Algo debería hacer la izquierda que, no hace tanto, contaba con mucha gente como Coscubiela, para escapar de la trampa del nacionalismo y reivindicar la resolución del verdadero problema de Cataluña. El problema universal de Cataluña.