Las banderas de mi casa

Las banderas de mi casa son la ropa tendía

en mi casa las banderas son los pájaros sin amo

Robe Iniesta

 

Andamos, a la espera del otoño oficial, distraídos discriminando banderas cuya diferencia estriba en el número de franjas rojas y gualdas que ondean por los aires. Mientras tanto, a ras de suelo, las ciudadanas y ciudadanos, rumiamos malestar acumulado, indignación, ira y hasta odio. Se respira aire enrarecido por aquí abajo.

No había, al principio de esta crisis (económica, de empleo, social, política, cultural), tanta necesidad de exhibir banderas para distracción del personal. Se ve que hay tanta corrupción bajo las alfombras, tanta ineptitud en la gestión de los asuntos públicos, tanta demolición descontrolada de lo construido a lo largo de años de democracia, tanta mala política aplicada para combatir la crisis, que bien pareciera que Mariano y Carles hubieran decidido echarse mutuamente una mano. Nada mejor que una batalla de banderas para hacer patria, diluir los matices, desacreditar  cualquier voz de disidencia.

Carles y Mariano, saben que son meras marionetas en manos de unos poderes económicos globalizados y descontrolados, que toman decisiones a muchos kilómetros de Madrid, o de Barcelona. Saben, ellos dos, que no han hecho otra cosa que rendir pleitesía a quienes decidieron que el cambio del mundo pasaba por menos empleo, más precario, peor pagado. Por el debilitamiento de los sistemas de protección social. Haciendo que los que más tienen paguen menos, mientras los de abajo pagamos más.

Fortalecer la democracia, renovarla, limpiarla de abusos, hubiera sido la única llave que nos hubiera permitido abrir la puerta del futuro, aplicando otras políticas. Pero la democracia, no sólo en España, muestra los peores signos de fragilidad, vulnerabilidad, inoperancia, corrupción, que parecen demostrar la fatiga de los materiales que la componen. Esa fatiga democrática da lugar al encumbramiento, por la vía de las elecciones, de personajes que evocan a Nerón, o a Calígula, cuando no a su caballo.

La desigualdad generada por la crisis conduce al miedo, la desilusión, la impotencia y éstas provocan la indignación, primero, el odio y la ira después. La gente salió a las calles. Ocurrió en las primaveras árabes, en Occupy Wall Street, en Grecia contra los recortes impuestos, en España el 15-M. Un rechazo justo, justificado, necesario, ante la imposición de las políticas y la falta de horizontes, la negación del futuro.

Aquellas revoluciones populares fueron sucedidas por las revoluciones populistas de quienes supieron aprovechar las circunstancias históricas para convertir el odio en populismo autoritario. Incapaces de gobernar la globalización y las decisiones arbitrarias de las grandes multinacionales, los nuevos líderes populistas asientan su fortaleza en el llamamiento a la soberanía cultural, mientras mantienen excelentes relaciones con los dueños de la riqueza.

No hay mucha diferencia entre Putin, Trump, Erdogan, Theresa May, Viktor Orban. El leitmotiv, en todos ellos, pasa por la soberanía cultural, como condición para conseguir la seguridad necesaria para afrontar el terrorismo y la amenaza de los inmigrantes. Aunque de un simplismo aplastante, estos argumentos resultan exitosos.

Recuerdo el poderoso y solidario Yes We Can de Obama (Nosotros podemos), que ilusionó a cuantos creían que el futuro era aún posible, con un esfuerzo colectivo y compartido. Futuro en empleo, en sanidad, en educación, en protección social, en la inversión pública.

Frente a ese lema, se alza hoy el Make America Great Again (Haz grande a América otra vez), que ha llevado a Trump a la presidencia. Todo un llamamiento a un mito fundacional inexistente, a una cultura de blancos- anglosajones-protestantes (wasp) de muy difícil encaje histórico en la realidad de inmigrantes que construyeron los Estados Unidos.

Un lema cuyo efecto práctico consiste en el cierre de fronteras, la expulsión de inmigrantes sin papeles, el control policial, el aislacionismo, el supremacismo, el militarismo y paradojas así. Extrañas, pero de gran éxito, por su simplismo publicitario. No es extraño que Putin y Trump se lleven a la maravilla.

Recurrir, en cualquier rincón del planeta, al argumento de la soberanía cultural puede estar muy de moda y hasta arrancar aplausos y movilizar a sectores importantes de la población, pero son el camino más corto para que, por la vía democrática, lleguen al poder populistas autoritarios, cuya misión declarada es acabar con las únicas banderas que ya merecen la pena: la libertad y la democracia. Y esto es así en Washington, en Ankara, en Nueva Delhi, o en Budapest. También en Madrid, o en Barcelona.

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