Libreros de leyenda

diciembre 8, 2017

He hablado en algunos artículos de los maestros. Maestros de escuela como Angel Llorca. Profesores de universidad que dedicaron sus mejores años a mejorar la enseñanza en España, como Francisco Giner de los Ríos. Educadores que lo fueron sin tener título, como Francisco Candel. La generación de los maestros que transformaros las escuelas durante ese jetztzeit que fueron los años 70, en una España que afrontaba la transición hacia la democracia.

Hoy quiero hablaros de otros maestros que abrieron puertas y nos enseñaron recónditos y olvidados caminos en aquellos tiempos aciagos: Los libreros. Podría referirme a míticas librerías madrileñas, como la Antonio Machado, o Fuentetaja, pero seguro que hay otros que las conocen mucho mejor que yo y desgranarían singulares aventuras, vividas en ellas, durante aquellos tiempos de libros prohibidos por la autoridad, recortados por los inquisitoriales censores, condenados por la iglesia, ilegales, clandestinos.

No. Yo era un chico de Villaverde. Tan sólo para acercarme a esas librerías míticas tenía que tomar una de esas viejas camionetas que conectaban las plazas de los barrios periféricos y obreros con algún extremo de la ciudad. Desde allí metros, o autobuses, para llegar al destino.

Sólo alcanzar la meta, suponía una pasta, para un chaval que tenía poco más de lo necesario para un cine, unos billares y, si me apuras, un bocadillo de calamares, en todo el fin de semana. Menos mal que un párroco caritativo nos cedía los locales parroquiales para pasar el tiempo aprendiendo a sacar canciones en la guitarra.

Recuerdo que, con no mucho más de catorce años, me apliqué a elaborar una lista, sacada de las últimas páginas de un libro de la colección Austral. Una lista que partía de Platón y Aristóteles, se deslizaba por todos los clásicos y, en una osadía tremenda, culminaba en los Machado (ambos hermanos), Dostoyevsky,  o Byron, tras haber pasado por las Rimas y Leyendas de Bécquer. Pretendía yo, imagino ahora, labrarme una sólida cultura, poco a poco, arañando ahorrillos, mes a mes, al mejor estilo autodidacta español.

Lista en mano me planté ante uno de los hermanos Portugués, que regentaban la pequeña librería Espinela, que se encontraba en la calle del mismo nombre y en cuyo escaparate, además de material escolar y de papelería, había libros. No he olvidado su cara, su porte, ni sus maneras educadas, magistrales. Pero los nombres de los dos hermanos, al cabo de los años, se han ido fusionando en el recuerdo. Pepe-Pedro, Pedro-Pepe.

El caso es que miró la lista. Comenzó a buscar algunos de los libros y se adentró en el pequeño almacén trasero, de donde volvió con un libro titulado Cien años de soledad, cuyo autor era un tal Gabriel García Márquez, editado por una desconocida, para mí, Editorial Sudamericana. Era imposible no fiarse, además de que soy confiado por naturaleza.

Aquel libro me abrió muchos caminos y su “realismo mágico” me llevó a otros realismos, a la magia de la escritura y a la droga de la lectura, que me atraparon de por vida. Nunca me ofrecieron las Obras completas de Lenin, ni tan siquiera El Manifiesto Comunista. Pero los libros que salían del pequeño almacén de la librería cumplieron con creces mis ansias autodidactas de cultura. Me fiaba de ellos, como luego he aprendido a fiarme de algunos bibliotecarios y bibliotecarias.

Fui, durante muchos años, asiduo de la librería Espinela. Adicto a sus octavillas que recomendaban novedades del mes. Seguidor de sus certámenes literarios y pictóricos, a cuyos jurados conseguían atraer a personajes como Moreno Galván. Al final, los Portugués, tuvieron que abandonar un proyecto que consumía muchas horas, añadidas a sus trabajos cotidianos. Luego nacieron en el barrio otros proyectos libreros, como la librería Pueblos y Culturas, en la que se terminaron embarcando mis amigos Merce y Manuel.

Espinela es un buen nombre para una calle. Pero, en memoria de los hermanos Portugués de aquellos años, tal vez debería pasar a llamarse calle Librería Espinela. No sé, a lo mejor, una placa que recuerde el lugar donde se encontraba. Al menos, un homenaje, un acto de reconocimiento, para Pedro y Pepe, mis libreros de leyenda y para cuantos, como ellos, barrio a bario, construyeron cultura y amor a la lectura, aunque tuvieran que  hacerlo a contracorriente de los tiempos que iban muriendo y hasta de los que comenzaban a nacer, pero aún no habían nacido.

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La energía de las viudas

diciembre 8, 2017

Tras un primer artículo sobre uno de los problemas políticos que considero más importantes en España, el de la infancia, voy a otro de los temas que me parecen más relevantes en estos momentos en este país: el de nuestros mayores. Pero prefiero ilustrarlo con un “caso práctico”, teniendo en cuenta que se ha puesto de moda aprender a base de “estudio de casos”.

Son muchas las viudas que perciben pensiones de viudedad en este país. Unos 2´3 millones de personas. Pondré el caso de una de esas viudas que percibe aproximadamente la pensión media de estas mujeres. Pongamos que esa pensión no llega a 650 euros.

La mujer ha recibido un recibo que asciende a 49´99 euros. Parece el precio de un producto en oferta, pero no lo es. Es su recibo del gas. Normalmente no es tan alto, pero este mes es el doble de lo habitual. Me lo enseña y compruebo que el coste del gas que la mujer ha consumido realmente no llega a 5´50 euros.

Todo lo demás parece mucho, pero viene muy bien explicado. Hay una cosa que llaman “término fijo”, imagino que porque fijo que te lo cobran y que se lleva más de 8´50 euros. Luego están el alquiler de contador y el impuesto especial de hidrocarburos que suman más de 5 euros más y el resto, más de 24´50 euros, responden a algo que se llama Canon de Finca, que viene marcado con un asterisco.

Abajo, el susodicho asterisco explica que se trata de la “cuota que cobra la empresa distribuidora por el uso y mantenimiento de la instalación receptora común del edificio conforme al Real decreto” tal y pascual, del año 2002 y que se cobra una vez al año. En fin, que este mes la viuda en cuestión ha gastado en gas casi un 8 por ciento de su pensión, rayana con la pobreza, cuando su consumo real de gas no llega al 1 por ciento.

Leo una noticia que dice que en lo que va de año el gas ha subido un 4 por ciento. Verás cuando la pobre mujer pague el recibo de la luz, cuya subida ha sido del 12 por ciento. A estas alturas espero haberles convencido de que el recibo de la energía de nuestras viudas es el caso práctico que ilustra un grave problema que nuestros políticos deberían resolver de forma prioritaria.


40 Años de CCOO en la Enseñanza

diciembre 8, 2017

Es bien sabido que veinte años son nada. Al principio piensas que es sólo una canción. Según cumples años y te das cuenta de que la canción no tiene desperdicio. Pero cuarenta años… Cuarenta años son toda una vida en la mayoría de los países de este planeta y la mitad de la vida tan sólo en unos pocos.

Me cuenta Isabel Galvín, la Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid, que la organización cumple 40 años y que han decidido celebrarlo en el marco del Forum de la Enseñanza, que ya va por su XVI edición y cuyo lema es este año Más Educación, Más Libertad.

Cuarenta años, de los cuales me he perdido cinco. El primero de ellos, el de 1977, en el que, recién titulado, ejercí como profesor en la enseñanza privada, en un centro religioso y, en aquellos años, el sindicalismo en general y el de clase, en particular, no estaban demasiado bien vistos en esos centros.

Los otros cuatro, ya en la enseñanza pública, me los pasé en la CNT. Es una larga historia y llevaría tiempo, contar esta peripecia. Prometo hacerlo en otro momento. Y que nadie lo entienda en dobles, o triples sentidos. Me siento orgulloso, no me arrepiento de aquellos años.

El caso es que yo trabajaba en Villaverde, mi barrio. El sindicalismo comenzaba a caminar en libertad en todo el país y también en los centros educativos, pero los sindicalistas entre el profesorado eran pocos. Hacer crecer la afiliación sindical ha sido una tarea larga y un ejercicio de constancia.

En el Villaverde de aquellos años, quienes andaban metidos en las Asociaciones de Vecinos y echaban una mano para mejorar los colegios, eran mayoritariamente de CCOO. Quienes se implicaban, desde las familias, en las Asociaciones de Padres (aún no se denominaban de Madres), eran también mayoritariamente de CCOO. De las CCOO y, muchos de ellos y ellas, del PCE.

Si había manifestación para exigir soluciones a los problemas de vivienda, o para las continuas inundaciones que las lluvias producían, allí estaban ellos. Y si había una huelga en alguna de las fábricas que circundaban Villaverde, allí, acampados en las puertas, estaban los de CCOO. Alguna noche de Navidad he pasado acampado ante esas puertas de Barreiros, junto a los bidones cargados de traviesas ardiendo, guitarra en mano.

Si había que informar al profesorado de los salarios, las pensiones que iban a cobrar, las continuar reformas retributivas y de las condiciones de trabajo que se producían, tenía que copiar las meticulosas tablas de CCOO, que, sin excel ni nada, elaboraba Cándido, director en el colegio Velázquez de Orcasitas. Y si me embarcaba en un proyecto de innovación pedagógica y “renovación educativa”, tenía que irme al colegio República de El Salvador, de la Ciudad de los Angeles, por la zona del Cruce, donde trabajaban Pepa y Pilar, de CCOO, por supuesto.

No tenía mucha escapatoria. Así que una buena tarde, calurosa y soleada de julio del 82 crucé la calle y pedí a Ramiro que me hiciera el carnet del PCE. Ese mismo verano me trasladaron como maestro a Ubrique y allí, entre petaqueros, y albañiles (también mayoritariamente de CCOO), pedí el carnet del sindicato. Y ahí sigo. En CCOO, quiero decir.

Cuando volví a Madrid (para mejor ocasión quedan las andanzas en la serranía gaditana), me destinaron a un colegio de Leganés, el Severo Ochoa de Zarzaquemada. Allí viví mi primera huelga general, la de las pensiones de 1985. Ya ves, nos parecía un retroceso tremendo aquello que hoy nos parecería un logro.

CCOO de Enseñanza estaba en la calle Salitre. Un joven Miguel Escalera era el Secretario General y otro joven, Teo, tendió los cables para que abandonase la dirección del colegio y fuera uno de los primeros 5 “liberados” que tuvimos en Madrid.

Teo moriría joven, tras una larga, honesta e intensa trayectoria sindical y Miguel, tras hacerse cargo, durante cuatro años, de la Secretaría de Formación y Cultura de la Confederación de CCOO, moriría en Córdoba con 43 años. Uno de esos jodidos cánceres que se muestran tan agresivos con los jóvenes. Quién me iba a decir que, pasados los años, tomaría el relevo de Miguel, en su misma Secretaría de Formación y que presidiría la Fundación de Formación y Empleo que lleva su nombre (FOREM Miguel Escalera).

No cabrían aquí los nombres de aquellas personas con las que he compartido debates, manifestaciones, elaboración de propuestas, negociaciones, huelgas como aquella del 88, que duró casi un mes… No habría espacio suficiente en muchos artículos para hablar de los Cecilio, Pío, Agustín, Timoteo, Pamela, Salce, Joaquín, Atauri, Concha, Rafa, Paco, Blanca, Jaime, Isabel, y otros muchos, con los que he tenido el placer de construir sindicalismo, junto a los ya reseñados anteriormente.

Junto a ellas y ellos comprendí que había una cantera de profesionales de la enseñanza capaces de tomar el relevo de la Escuela Nueva, la Escuela Racionalista, o la Institución Libre de Enseñanza. Junto a ellos y ellas he comprobado siempre que eso del “carácter” sociopolítico de CCOO nos permitía concebir un sindicalismo (que Marcelino gustaba llamar “de nuevo tipo”) cuyas reivindicaciones profesionales se entendían siempre vinculadas a la mejora de la educación y el avance democrático de nuestro país.

En el programa del Forum, que me envía Isabel, figuran temas como Nosotros y los otros: La educación, pasaporte a la ciudadanía. El neoliberalismo en educación: desigualdad, desequilibrio, fragmentación y soledad. La educación inclusiva: más educación para tod@s y de to@s. La educación que queremos: reivindicando la pedagogía. En la introducción al programa queda clara la confianza en la educación como motor del cambio, del bienestar y de la transformación social.

Cuarenta años. Se dice pronto. Toda mi vida adulta, imposible de resumir en un par de páginas. Pero que merecen ser recordados, celebrados, conmemorados, pensados, debatidos y contados. Porque mientras no olvidemos a esas personas, su trabajo, su esfuerzo, su sensibilidad y coherencia, podremos aprender de su experiencia y de su capacidad de interpretar el mundo y aplicar su magisterio para transformarlo.

Gracias por todos estos años y por los que seguiréis cumpliendo  enseñándonos a vivir con dignidad y con decencia.