Mújica y Reporteros sin fronteras, premios Abogados de Atocha 2018

enero 22, 2018

Comisiones Obreras de Madrid, decidimos crear, en el año 2004, la Fundación Abogados de Atocha, para recordar a aquellos cinco jóvenes que fallecieron en el brutal atentado en el despacho de abogados laboralistas de la calle de Atocha, número 55. Aquel atentado en el que murieron Francisco Javier Sauquillo, Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y Angel Rodríguez Leal.

En ese mismo atentado quedaron gravemente heridos Dolores González Ruiz, Luis Ramos, Miguel Sarabia y Alejandro Ruiz-Huerta. Hoy sólo queda entre nosotros Alejandro, que preside la Fundación. Mantener vivo el recuerdo, los valores, el espíritu de aquella generación de jóvenes, sobradamente preparados, que se lanzaban a la defensa de una España en libertad y democracia, en los duros tiempos de una dictadura que moría y una democracia que nadie sabía si terminaría por llegar, ha sido uno de los fines de nuestra Fundación, a lo largo de todos estos años.

No se trata sólo de organizar actos que reconozcan la contribución de los de Atocha para acabar con la dictadura y abrir la etapa democrática en España. Se trata, sobre todo de hacer que esos jóvenes de Atocha sean hoy ejemplo para nuestros jóvenes y que los valores que impregnaban su vida, se conviertan también en referencia para la defensa de la libertad, la paz, la democracia, en la vida económica, política, social, de nuestros días.

Es importante que, a lo largo de estos años, la Fundación haya conseguido impulsar y promover que muchos lugares de España cuenten con calles, plazas, monumentos, parques, centros culturales, dedicados a los Abogados de Atocha. Entre ellos, el monumento del Abrazo, que Juan Genovés nos regaló, para ser instalado en la Plazuela de Antón Martín, muy cerca del portal donde se encontraba el despacho laboralista.

Es importante que España recuerde la historia de los de Atocha. Pero, aún más me lo parece el hecho de que, año tras año, vinculemos esa memoria con el presente. Por ejemplo, rindiendo homenaje, con un Premio, a personas que siguen alimentando ese espíritu de justicia para la libertad.

Los premios Abogados de Atocha han reconocido a sindicalistas como Marcelino Camacho (pronto se cumplirán 100 años de su nacimiento), y a políticos honestos como Joaquín Ruiz Jiménez. A los primeros despachos laboralistas de Madrid (el primero de ellos dirigido por María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos y Pepe Jiménez de Parga), o a los abogados laboralistas de Colombia, o del Sahara.

José Luis Sampedro, Marcos Ana, Domingo Malagón, Manuela Carmena, Begoña Sanjosé, Pilar Bardem, Juan Genovés. La Fiscalía General de Guatemala, o la jueza argentina María Servini. Un amplio abanico de personas intachables que aquí, o más allá de nuestras fronteras, representan ese esfuerzo colectivo por abrir las puertas para que el aire fresco se adueñe de nuestras calles y nuestras plazas y la convivencia democrática se imponga sobre la barbarie, el abuso, la injusticia.

Se acerca el 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha y este año el premio ha ido a parar a José Mújica y a Reporteros sin Fronteras. De nuevo la dignidad de las personas, la decencia de las políticas, la defensa de la libertad de información, encuentran su reconocimiento en estos premios. La dignidad y decencia de un político como José Mújica. La libertad de información que defienden miles de reporteros en todo el planeta, pagando un alto precio, en muchas ocasiones, con la privación de libertad, torturas y con la muerte.

El acto de entrega de los premios tendrá lugar, como cada año, el 24 de enero en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO de Madrid, en la calle Lope de Vega 40. El que fuera presidente de Uruguay entre 2010 y 2015 no podrá desplazarse durante el invierno a Europa, porque así lo aconsejan sus médicos. Por ello, podremos escuchar su mensaje a través de un vídeo y será en el mes de mayo, cuando recogerá el premio personalmente.

Un año más la conmemoración del asesinato de los jóvenes Abogados de Atocha nos recuerda que tendremos futuro si, aún en condiciones extremas como las que ellos vivieron, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo al servicio de la libertad y la justicia. Sin miedo, forjándonos constantemente, sin componendas injustificables con la corrupción y los corruptos, con audacia, coraje y alegría.

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Parecernos a los de Atocha (futuro)

enero 22, 2018

En el año 2000 fui elegido para dirigir las CCOO de Madrid. Lo hice durante 12 años. Unos dirán que para bien y otros que para mal. Son muchos los acontecimientos que me tocó vivir en esa docena de años. Dirigir tres huelgas generales en el escaparate capitalino de las Españas. Y participar en una cuarta, que fue más bien un paro laboral y social, contra la Guerra de Irak, en el que dimos libertad a nuestras afiliadas y afiliados para participar, aunque nuestra Confederación no lo hiciera.

En 2002 tuvimos que organizar la primera de aquellas huelgas generales. Y antes aún, desde enero de 2001 y durante más de seis meses, defender y canalizar la solidaridad con el Campamento de la Esperanza de los trabajadores de SINTEL, en la Castellana. Contra viento y marea, contra la mafia de Miami y los gobiernos de turno, en las calles. Al final, el triunfo fue amargo y el coste que tuvimos que pagar por tamaña osadía fue muy alto,  hasta dentro de la organización.

Estaba en la Asamblea de Madrid, como invitado, cuando se produjo el primer golpe de estado exitoso dentro de la democracia. El Tamayazo en Madrid, aquel 10 de junio de 2003, marcó un punto de no retorno en el atrevimiento de los corruptos nacionales y nacionalistas por hacerse con las riendas del poder económico y político, no sólo en Madrid, sino en toda España.

La Gürtel, la Púnica, Lezo, Pokémon, o los casos Pujol, Palau, Pretoria; los negocios oscuros tras las campañas privatizadoras de los hospitales; los regalos de suelos y mamandurrias para nuevos centros educativos concertados y universidades  privados, los chanchullos en el Canal de YII, las operaciones de control de Cajamadrid marcadas por los choques internos dentro del PP, recibieron el pistoletazo de salida aquel día en el que dos tránsfugas no votaron a Rafael Simancas como Presidente de la Comunidad de Madrid. Ese mismo día, casualmente, inaugurábamos el monumento a los Abogados de Atocha, esculpido por Juan Genovés, en la plazuela de Antón Martín.

Al final de aquel mandato, cuando preparábamos el Congreso Regional de CCOO, en mitad de un intenso debate interno, se produjeron los atentados del 11-M en los trenes que conducían a miles de trabajadores, trabajadoras, estudiantes, hacia Atocha. Aquel día en el que los heraldos negros de la muerte cayeron sobre Madrid y hasta el cielo lloró.

Aquel Congreso lo inauguró Miguel Ríos con un impresionante canto a la Paz y en homenaje a las víctimas del atentado. No busco crédito artístico, sino decir que otro mundo es posible: No queremos vivir no con injusticias ni con guerras, sino con el derecho a ser tratados como lo que somos, personas. NO A LA GUERRA.

Nunca he vivido un momento inaugural como aquel, en el que tan sólo Ana Botella, que acompañaba al alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, como concejala del Ayuntamiento de Madrid, permaneció ostentosamente sentada. Su marido acababa de perder unas elecciones por mentir sobre aquel atentado, pero aún así creo que se equivocó.

Tan sólo aquellos primeros cuatro años al frente de las CCOO de Madrid darían para libros, documentales, artículos y hasta Misterios Bufos sin cuento. De nada me envanezco, porque las victorias tienen, como todo el mundo sabe, innumerables padres y tampoco me arrepiento de las derrotas, aunque su padre sea solo uno, es decir yo mismo.

Me ocurre, con la memoria de estos años,  un poco como al replicante de Blade Runner. Me parece haber visto cosas que vosotros no podríais creer. Ciertamente no son naves de combate en llamas más allá de Orión, pero tampoco creáis que fueron mucho menos intensas. En todo caso, si de algo me siento orgulloso es del camino que fuimos abriendo y que condujo a la creación de la Fundación Abogados de Atocha.

Cada 24 de enero, desde 1977, no más de veinte personas, visitábamos los cementerios donde se encontraban enterradas las víctimas de la mal llamada Matanza, en la que varios pistoleros de la ultraderecha quisieron dar un escarmiento a los huelguistas del transporte madrileño y a sus defensores, los abogados laboralistas de las CCOO, del PCE y de las Asociaciones de Vecinos, que trabajaban en la calle Atocha 55. Un despacho de abogados, cooperativo, que dirigía Manuela Carmena.

Luego, algunos cientos de personas, nos concentrábamos ante el portal del despacho de Atocha, número 55, donde habíamos logrado instalar una placa en memoria y recuerdo de los asesinados. Allí, junto al PCE y la Federación de Vecinos, las CCOO de Madrid, depositábamos unas coronas de flores y escuchábamos las palabras de Miguel Sarabia, uno de los cuatro sobrevivientes, junto a Luis Ramos, Lola González Ruiz y Alejandro Ruiz-Huerta.

Habíamos inaugurado, en el año 2000, un centro de formación al que dimos el nombre de Abogados de Atocha. Habíamos conseguido que muchas calles, centros culturales, plazas, parques, en numerosas localidades de toda España, llevaran el nombre de Abogados de Atocha. El monumento del Abrazo, en Antón Martín, suponía un reconocimiento perdurable en Madrid.

Pero, en una España como la que se venía encima, nos pareció que podíamos aportar algo que marcara el camino y crear una fundación para recordar a Francisco Javier Sauquillo, Javier Benavides Orgaz, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y Angel Rodríguez Leal, cinco jóvenes asesinados por defender los valores de la libertad, la justicia, la paz, la democracia, con las únicas armas de la palabra y el derecho. Acompañar a quienes sobrevivieron y a las familias y reconocer la labor de cuantos siguen defendiendo esos mismos valores.

Así, el Congreso de CCOO de Madrid, hace catorce años, aprobó crear la Fundación Abogados de Atocha, presidida hoy por Alejandro Ruiz-Huerta. De los cuatro que sobrevivieron al golpe mortal, ya sólo él  queda entre nosotros. Se cumplen 41 años del atentado de Atocha.

Pero la memoria de Atocha no es patrimonio de CCOO, ni de quienes creamos la Fundación, ni del PCE, ni de la izquierda de este país. Aquellos jóvenes de Atocha son algunos de los mejores frutos que este país llamado España ha dado. Sufrieron la última ejecución masiva y sumaria de una dictadura huérfana de dictador que se resistía a morir. A partir de entonces la dictadura fue irreversible pasado. La democracia era ya el imparable futuro.


Marcelino Camacho, un vecino de Madrid

enero 22, 2018

Lo que no sabes por ti

no lo sabes.

Repasa la cuenta

tú tienes que pagarla.

Bertolt Brecht

Marcelino era de Madrid, a la manera en que lo somos los madrileños y madrileñas. Al estilo peculiar de quienes, siendo oriundos de cualquier otro lugar de España, o del mundo, desembarcamos un día de los trenes o las camionetas (ahora también de los aviones) y buscamos un lugar para trabajar y un hogar para vivir. No es necesario nacer en Madrid para tener ocho apellidos madrileños llegados de los cuatro puntos cardinales, como si fuera seña identitaria del nacionalismo sin fronteras que nos caracteriza y del que hacemos gala.

Marcelino Camacho nació allá por 1918, en la estación de ferrocarril de Osma La Rasa, en la provincia de Soria, donde su padre era guardagujas. Se afilió joven al Partido Comunista y a la UGT. Tras cortar las vías del tren, para retrasar el avance de las tropas alzadas contra la República, en el 36, atravesó a pie la Sierra madrileña para incorporarse al bando republicano. Luego la clandestinidad, las denuncias, la cárcel, los trabajos forzados en Tánger, la huida al exilio en Orán, su matrimonio con Josefina Samper en el 48 y el indulto que le permite volver a España en 1957.

Es entonces cuando desembarca en Madrid y encuentra trabajo en la Perkins, donde emprende las tareas organizativas de las primeras Comisiones Obreras en la capital y luego se aplica a intentar coordinar las Comisiones que han ido naciendo por toda España. Esas CCOO que comienzan a tener fuerza y que son sondeadas infructuosamente por el ministro Solís Ruiz, en un intento por incorporar al nuevo movimiento sindical a su peculiar reforma del Sindicato Vertical. Se trataba de un nuevo conato del falangismo, que controla el partido único, el sindicato vertical, los periódicos y radios del Movimiento, por hacerse con las riendas del futuro, en contra de los tecnócratas del Opus Dei, que se ve arruinado por la negativa de las CCOO, que exigen un sindicalismo libre y democrático.

Así las cosas, CCOO gana ampliamente las elecciones sindicales de 1966 en las principales empresas del país. El Régimen no podía tolerar que las vías de agua abiertas por las reivindicaciones obreras terminaran por hundir el barco. Por eso ilegalizan las CCOO y encarcelan a sus dirigentes. Los Tribunales de Orden Público, creados por la dictadura en diciembre de 1963, detienen, procesan, juzgan y condenan a más sindicalistas de las CCOO que a personas de cualquier otra organización social o política. El franquismo sabía bien por dónde podía comenzar el principio del fin.

Desde ese momento, Marcelino pasa más tiempo entre rejas, que en el trabajo o que en su casa. En Sudáfrica tenían una cárcel de Robben Island y en España una de Carabanchel. Allí tenían un Mandela y aquí teníamos un Camacho. Recuerdo esa foto del año 91, en la que ambos, trajeados, ya en libertad, conversan durante la primera visita de Mandela a España.

Conmemoramos este 21 de enero el nacimiento de Marcelino Camacho hace ya cien años. Van para ocho años desde aquellos dos días y una noche en que Marcelino reposó, antes de emprender su último viaje, en el auditorio que lleva su nombre, donde tantas huelgas, asambleas, homenajes, recitales, actos culturales y solidarios, han organizado sus Comisiones Obreras de Madrid. El mismo lugar donde cada año hacemos entrega de los premios de la Fundación Abogados de Atocha. Un premio que Marcelino recogió junto a Joaquín Ruiz Jiménez en el año 2006. El mismo que este año recogerán Pepe Mújica, Presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, y la organización Reporteros Sin Fronteras, por su incansable labor en defensa de la libertad de prensa.

Hay quien hoy quisiera olvidar a Marcelino. Mandela recibió el premio Nobel y el Príncipe de Asturias. Wallesa recibió el Nobel. Marcelino ninguno de los dos. Marcelino sí recibió la Gran Cruz del Mérito Civil, la Orden del Mérito Constitucional, la Medalla de Oro del Mérito del Trabajo y otros muchos premios nacionales e internacionales, pero no el Nobel, ni el Príncipe de Asturias.

Los hubiera merecido, pero formaba parte, como los Abogados de Atocha, de esa memoria incómoda que tan bien ha descrito Alejandro Ruiz-Huerta, que nos lleva siempre, en este país de todos los demonios, a pasar páginas de nuestra historia, sin leerlas, para repetirlas tarde o temprano.

Pero también habrá quien anhela convertir a Marcelino en un mito, en un hombre raro, un ser excepcional pero inimitable. Marcelino era extraordinario, por eso es irrepetible. Nosotros le admiramos, mucho, pero nunca podremos parecernos a él. Además hoy las cosas no son como entonces. La conclusión no deseada, pero inevitable, es que hoy los dirigentes son otra cosa. Nosotros tampoco somos los mismos. Más domados. Más doblados. Más domesticados. Somos la viva imagen de la derrota. En el mejor de los casos de la resistencia.

Me niego a aceptar este pensamiento. Claro que Marcelino jugaba en la liga de los Mandela. Pero cada uno de nosotros y de nosotras tenemos nuestro propio campo de juego y en ese ámbito Marcelino no es un ídolo, un icono, un totem protector, un paño de lágrimas, sino un ejemplo a seguir. No para hacer lo que él hizo, sino para hacer lo que honestamente creamos que toca hacer.

La lección de Marcelino se encuentra en la voluntad. Consiste en estudiar siempre. Sin diferencias de sexo, o edad. En la cárcel, en la empresa, en la cocina, en el asilo, en el colegio, en el paro, estudia. No te canses. Nunca es demasiado tarde. Persigue el saber, empuña el libro, no te dejes convencer, no temas preguntar.

Marcelino, hace 30  años, insistía, una y otra vez, en contarnos aquello de la revolución cientificotécnica. Pocos creían que aquella formulación resultaba profética. Que, hoy la digitalización, la robótica, la nanotecnología, la informática, las comunicaciones, las redes, la realidad virtual, son términos que acaparan el diseño del futuro de nuestra economía y nuestra sociedad.

Marcelino Camacho era un madrileño, vecino de Carabanchel, que nos enseñó con su vida, su honestidad y su coherencia, la lección que aprendió de Bertolt Brecht, Apunta con tu dedo a cada cosa/ y pregunta: ¿Y esto por qué?/ Estás llamado a ser un dirigente. Un hombre que nos enseñó que ser un dirigente no es mandar, sino servir. Que la autoridad viene desde dentro y no por designación divina, o ambición humana, ni tan siquiera por elección para ostentar un cargo. Que no hay que confundir autoridad con potestad.

Por eso Marcelino, como Mandela, a fuerza de pegarse a su  gente se convierten en universales y siguen siendo  jóvenes que nos conmueven y al tiempo nos turban, porque, tal como nos explica Gloria Steinem, la idea de una autoridad personal interna resulta inquietante para las personas habituadas a recibir órdenes y sin duda también para quienes suelen dar esas órdenes.


Marcelino Camacho, mucho más que un mito fundacional

enero 22, 2018

Hace no mucho tiempo, ante la proliferación de estudios, publicaciones, documentales, sobre la historia del movimiento obrero y de las CCOO en particular, escuché de un compañero que había que escribir una historia “oficial” del sindicato, para evitar interpretaciones erróneas y confrontaciones inútiles de distintas versiones y opiniones.

No es la primera vez que había escuchado hablar de esta “apremiante” necesidad, utilizando argumentos parecidos. Creo que es legítimo y hasta necesario que cualquier organización, país, grupo social, escriba una versión propia de su historia, su cosmogonía, su cosmología y fije sus mitos fundacionales, aunque sólo sea, para inmediatamente después colocarla en un apartado del “quiénes somos” de su página web, algo así como una biografía “autorizada”, que sirva de contrapeso a la versión de Wikipedia.

Sin embargo, me parece que ese relato, cuyo destino es ser compartido, debería ser abierto. Tanto como para permitir que, en el mismo, convivan contradicciones que no pueden ser solventadas con decisiones salomónicas de un órgano de dirección.

Por ejemplo, es frecuente afirmar que las CCOO nacieron en la mina de La Camocha, en Asturias, allá por 1957. Es una afirmación muy generalizada y a mí me interesa darla por buena, porque es el mismo año en el que yo nací y, además, el año en el que también nació la Unión Europea, con la firma de los Tratados de Roma. Pero hay quien lo pone en cuestión y prefiere acercar el ascua de la fundación de las CCOO a su sardina territorial o sectorial.

No seré yo quien participe en polémicas de tan alta enjundia y tan escaso recorrido. Que historiadores titulados, no titulados, o aficionados, lo echen a cara o cruz. Lo cierto, lo que merece la pena retener, es que hubo un momento en toda España, allá por los años 50, en el que los trabajadores y trabajadoras de algunas empresas eligieron representantes eventuales y esporádicos para plantear sus reivindicaciones ante la empresa. Así se constituyeron las primeras comisiones de obreros.

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Marcelino Camacho. Cada vez que hablo con un compañero o compañera, sobre los orígenes de aquellas comisiones de obreros, o de obreras (que también hubo), suelo comprobar que, quien más, quien menos, se considera fundador de las CCOO. En una gran fábrica, en una modesta oficina, en taller textil, en un hospital, en un colegio, en los talleres del metro, o entre las vías del tren.

Por eso no cometeré el error de reivindicar a Marcelino como fundador de las CCOO. De la misma manera que no afirmaré que Mandela creó el Congreso Nacional Africano, ni que Lech Walesa fuera fundador único del sindicato Solidaridad. Pero, permítaseme al menos, constatar que, sin ellos, los orígenes no hubieran sido los mismos.

Porque nadie podrá negar el papel y el lugar de Marcelino, entre los Diez de Carabanchel, encarcelados en junio de 1972 y juzgados en diciembre de 1973, por pertenecer a la dirección de las ilegales y clandestinas CCOO. Aquel juicio que comenzó el día en el que asesinaron a Carrero Blanco, lo cual contribuyó a agravar las sentencias.

Para llegar ahí, Marcelino había acumulado muchas detenciones y mucha cárcel, por defender un sindicalismo en libertad y por no aceptar convertir a las CCOO en el sindicato vertical y renovado de un franquismo de los tiempos modernos  del desarrollismo, capitaneados por los tecnócratas del Opus Dei. Tampoco nadie podrá obviar su papel en la Asamblea de Barcelona, o como Secretario General elegido y vuelto a elegir y reelegido, por mayorías muy amplias, desde el primer Congreso del sindicato en la legalidad, celebrado en 1978.

La dirección de las CCOO era muy plural y las decisiones se adoptaban de forma muy colectiva, pero nadie podrá sortear el hecho de que el primus inter pares era Marcelino y no sólo por razones de edad. De forma que Marcelino forma parte del mito fundacional de las CCOO, por derecho propio y porque así es reconocido en la memoria de muchas personas en la sociedad española.

Basta echar la vista ocho años atrás y recordar el Auditorio, que llevaba su nombre, lleno de compañeros y compañeras que querían acompañarle y consolar a la familia,  mientras presentaban sus respetos y condolencias cientos de personas de la política, de las más diversas disciplinas artísticas, del empresariado. Desde Felipe de Borbón al más humilde poeta, o cantautor; desde el Presidente del Gobierno, a rectores de universidades, o conocidos actores y actrices, subían al escenario donde habíamos instalado el féretro, para rendir homenaje a Marcelino.

Si la grandeza de un hombre se mide no sólo por la grandeza de cuantos le amaron, sino también por la de cuantos tuvieron que medir sus fuerzas con él, sólo podemos sentimos orgullosos de haber compartido un tramo de nuestra vida con Marcelino Camacho. Orgullo de que su forma de ser persona sea parte inseparable de nuestro modo de conocernos e interpretarnos, de nuestras hechuras cotidianas, de la construcción de nuestro futuro y de los mitos fundacionales que nosotros elegimos.