8-M Algo más que una huelga

marzo 6, 2018

El 8 de marzo un buen número de organizaciones de mujeres y sindicatos, han convocado una Huelga General Feminista. El año pasado, una convocatoria similar en todo el mundo tuvo un éxito desigual, pero las manifestaciones feministas que recorrieron numerosas ciudades del planeta y de nuestro país fueron muy numerosas. Vivas nos queremos.

La muerte de mujeres a manos de sus parejas; el acoso sexual y la violencia de género; los problemas de un empleo cada vez más precario, parcial y temporal; la sobrecarga derivada del cuidado de las personas en el ámbito familiar; salarios inferiores, pensiones más bajas, encasillamiento en determinadas profesiones, temporalidad y trabajo a tiempo parcial, son problemas que no han encontrado, ni tan siquiera, sustanciales mejoras, a lo largo del último año.

Por eso, este año, cuando ante el 8 de Marzo, las organizaciones feministas volvieron a la carga con una convocatoria de Huelga General, las organizaciones sindicales se prestaron a convocar la Huelga General, también en el ámbito laboral.

De esta forma, la huelga se realizará en ámbitos distintos. De una parte la huelga laboral. Pero también una huelga de tareas y cuidados en el entorno familiar. Una huelga de consumo. Una huelga estudiantil. Un día acompañado de concentraciones, manifestaciones, actos públicos y, con toda seguridad, las manifestaciones más masivas que hayan recorrido España un 8 de Marzo.

La Huelga General Feminista se va a desarrollar por primera vez, en nuestro país. Tal vez por ello se ocasionan algunas confusiones y debates que pueden distraernos de los objetivos de la convocatoria.

¿Es una huelga de mujeres, o de mujeres y hombres? ¿Deben los hombres acudir al trabajo, o deben quedarse en casa atendiendo las tareas y cuidados  familiares? ¿Deben los estudiantes de sexo masculino acudir a las aulas? ¿Hay que hacer una huelga laboral de 24 horas, o una de 2 horas por turno de trabajo?

Hay voces que  indican que hay que parar todo durante todo el día. Hombres y mujeres juntos. Otras voces prefieren instar a que sólo sean las mujeres las que paran durante todo el día para demostrar que así para todo. Hay quienes argumentan que, si los hombres no paran, ¿quién va a cuidar a las personas que lo necesitan en la familia?

Para terminar de enredar la madeja, oigo a ministras, diputadas y presidentas de Comunidad Autónoma, dispuestas a hacer huelga de 24 horas, pero a la “japonesa”, que parece significar que van a trabajar sin descanso, hasta la extenuación y el agotamiento. Vamos, lo que el resto de mujeres viene a hacer día tras día.

Miren ustedes, a todas las mujeres y a todos los hombres de este país, nos conviene que la Huelga salga bien. Ni mujeres ni hombres (salvo los negacionistas de todo tipo, que tiene cierto peso populista), se atreven a negar las justas causas que esgrimen las organizaciones convocantes. La discriminación y la desigualdad, las brechas de todo tipo entre mujeres y hombres en nuestro país.

Por eso, lo mejor es que vayamos a la jornada de huelga y movilizaciones del 8 de marzo con serenidad y libertad. Quien quiera y pueda hacer la huelga, que la haga. Que ni gobiernos, ni empresarios pongan trabas que impidan el libre ejercicio del derecho constitucional de huelga y manifestación. Que todas y todos entendamos y adquiramos un compromiso cierto de remover los obstáculos que impiden una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales.

En definitiva que las mujeres y hombres de este país entendamos que ha llegado el momento de decir, ¡Basta! Hasta aquí hemos llegado. Queremos vivir en igualdad.


Carta abierta a la ministra García Tejerina

marzo 6, 2018

Isabel,

Había pensado escribir esta carta a Esperanza Aguirre, con la que he tenido que vérmelas durante bastantes años. Pero todo ha cambiado cuando he leído unas declaraciones tuyas sobre la Huelga General del 8 de Marzo, en las que afirmas que Si a mí me preguntan, diría que mi manera de celebrarlo, sería con una huelga a la japonesa, trabajando más horas y demostrando la capacidad que tenemos las mujeres de este país”.

Pasas por ministra discreta y no se me había ocurrido que pudieras llegar a ser destinataria de una misiva como ésta, pero las declaraciones en cuestión tienen lo suyo. No es que yo no haya pensado y hasta defendido, en algún momento, desde mi profesión de maestro, que la mejor manera de hacer una huelga en la enseñanza y, por extensión, en aquellos servicios que combaten la desigualdad sea, precisamente, reforzar el trabajo diario a favor de la igualdad.

En mi caso, me parecía especialmente útil una huelga de profesoras y profesores, ocupando los colegios y los institutos durante 24 horas, invitando a las familias a compartir esas horas con debates, sesiones formativas, actos culturales, lecturas de poemas, microteatro, danza; cursillos rápidos de fotografía, autoedición, microeconomía, o sobre modelos de Estado; conferencias sobre arte, nanotecnología, redes sociales, economía del conocimiento, o marketing de la guerrilla; talleres de igualdad de género, elaborando comidas, escribiendo colectivamente comunicados dirigidos a toda la sociedad circundante y a los medios de comunicación.

Creo que en educación, sanidad, servicios sociales, residencias para dependientes y servicios de atención a las personas más desfavorecidas (los Nadies, los últimos, los condenados de la tierra, los pobres, los excluidos, los marginados…), este tipo de huelga podía ser muy exitosa. La verdad sea dicha, nunca tuve demasiada audiencia planteando estas cosas.

Pero tus afirmaciones, ministra, tienen lo suyo. Porque hablas de la Huelga Feminista. Y en este caso, quienes van a hacer la huelga, se aprestan a combatir la desigualdad de las mujeres que viven todo los días a la japonesa. Mujeres paradas, a menudo con cargas familiares, sin derecho a prestación alguna por desempleo. Mujeres que trabajan y se levantan de madrugada, para cumplir una dura jornada, casi siempre a tiempo parcial, pero partida y a libre disposición del empresario, con prolongaciones de la jornada a la carta, sin cobro de horas extraordinarias.

Mujeres que saben cuándo salen de casa, pero no cuando regresan para engancharse a ese trabajo sumergido, ni agradecido, ni reconocido, ni pagado, de las tareas domésticas y atención a los hijos y a las personas mayores dependientes, que no cubre la gubernamentalmente devaluada y siempre postergada atención a la dependencia.

Mujeres condenadas a trabajar en puestos de trabajo temporales, mal pagados, precarios, sin carrera profesional posible, sometidas al acoso laboral, cuando no al sexual y a la violencia de género. Mujeres que cuando lleguen a la edad jubilación se encontrarán con que no han generado derecho a la misma y cobrarán una escuálida Pensión No Contributiva, o tendrán derecho a una pensión miserable, de esas que no llegan al Salario Mínimo Interprofesional.

Es cierto que mucho más dura que tú ha sido la también vallisoletana Concepción Dancausa, Delegada del Gobierno en Madrid, que se ha permitido farfullar que  Yo no la haré. La huelga es partidista, izquierdista y anticapitalista y yo no soy nada de eso. Ancestral, pero eficaz argumentario sobre los rojos (en este caso, rojas) con cuernos y rabo. Más prudente ha estado Cristina Cifuentes quien, sin negar los motivos de la huelga, se ha sumado a tu iniciativa de hacerla a la japonesa.

Eres mujer y, por ello, deberías saber mejor que yo que esas mujeres de las que hablamos son mayoría en nuestra sociedad y que, ante ellas, tus declaraciones suenan a lo más parecido a una boutade, una ocurrencia, una extravagancia pretendidamente ingeniosa, que buscaba impresionar y ha resultado  provocadora.

Quiero atribuirlo a tu desconocimiento de la vida cotidiana y de la realidad de este país. No lo achaco a falta de estudios. Tu currículum es excelente. Si internet no miente, estudiaste en un colegio de la Compañía de María, allá en tu Valladolid natal. Luego, en la Politécnica de Madrid, Ingeniera Agrónoma. Y Derecho en Valladolid. Un Erasmus en Montpellier. Másteres sobre Comunidades Europeas, de nuevo en la Politécnica y ampliaciones de estudios en Chicago, Harvard, y Davis (California).

Loyola de Palacio se fijó en ti en el 2000 y te contrató, primero como asesora y luego como Secretaria General de Agricultura y Alimentación, en el Ministerio de Agricultura. Más tarde te ocuparías de lo mismo con Posadas y al final con Arias Cañete. Con un paréntesis entre 2004 y 2012, años en los que aprovechaste que los socialistas gobernaban, para utilizar una de esas puertas giratorias propias del Ministerio del Tiempo y convertirte en Directora de Planificación de una empresa agraria, FERTIBERIA, perteneciente al Grupo Villar-Mir y, de paso, consejera de de la sociedad mixta argelina de fertilizantes FERTIAL, del mismo grupo.

Allí, imagino, conocerías a mi tocayo, Javier López Madrid, el de Cajamadrid y Bankia, yerno del todopoderoso Villar-Mir, Consejero Delegado del Grupo, vocal en el Consejo de FERTIBERIA, amigo personal del hoy Rey de España y famoso compi yogui de la Reina Letizia. Hoy, caído en desgracia y dimitido de sus cargos, arrastra en su hundimiento al propio suegro, llamado por los jueces a declarar por su supuesta participación en diferentes escándalos de corrupción, sobornos y financiación ilegal del PP.

Ahora, bajo tu advocación de “ministra Tejerina”, has sucedido al “ministro Cañete”. Era cuestión de tiempo que recibieras un premio como éste por tu dedicación. No creas, me encanta que una mujer, sobradamente preparada, ocupe un puesto de tanta relevancia. Somos lo que somos porque antes fuimos el granero imperial. Tienes fama de prudente, pero esta vez, volvamos al motivo de la carta, te has venido arriba, sin necesidad alguna.

Trabajas sin horario y a tiempo completo, por eso ganas más que ningún otro de tus compañeros, o compañeras. Cuentan que los 66.000 euros que cobras como ministra, son una minucia, comparados con los beneficios de tu planta fotovoltaica, a los que hay que unir el rendimiento de tus inversiones en el Banco Santander, Telefónica, Pharma Mar, o Iberdrola.

Y a todo ello hay que sumar la herencia inmobiliaria de la familia vallisoletana, compuestas por sociedades, pisos, locales, acciones y dinero contante y sonante. Además del capital que has ido ahorrando y un sustancioso plan de pensiones. No te falta de nada, Isabel. Hasta ganaste el torneo de esquí de políticos a Cristina Cifuentes. Hasta tu firma es original y mercería un análisis grafológico detenido. Mira, yo creo que, por encima de Soraya (desgastada en cada conflicto en el que el Presidente Mariano se lava las manos), eras la esperanza blanca de Rajoy. Este patinazo en el hielo no te va a venir nada bien. O sí. Nunca se sabe.

Isabel, vivimos en un país en el que tiene que haber de todo. Seguro que me equivoco al hablar de ese mundo del que vienes, del que no conozco nada y del que sólo percibo sus consecuencias sobre nuestras vidas de Nadies. Pero convén conmigo que tú tampoco sabes nada de estas tierras en las que viven las mujeres (y hombres) que el 8 de Marzo irán a la Huelga.

Haz la huelga como te parezca. Si es a la japonesa, bien está. Pero deja que sean ellas las que deciden cómo hacen su huelga y cómo los hombres de por  aquí apoyamos esa movilización. A lo mejor terminas descubriendo que has vivido una fantasía y que el mundo real, con toda su dureza y con frecuencia dolor, tiene un punto de alegría, un ansia de libertad y un raudal de dignidad humana, que nunca encontrarás en el dinero, ni en el poder, que te rodean y cierran en torno a ti una dulce celda.

Con todo mi respeto, Ministra,


Educación de por vida

marzo 6, 2018

Esto de la educación parece ser un mantra al que todo el mundo recurre cuando no sabe qué decir, especialmente nuestra clase política cuando no sabe qué hacer. Si no hay trabajo es porque estamos poco preparados y hay que reforzar la empleabilidad con más educación. Si sigue existiendo violencia de género es, sin duda, porque algo falla en la educación.

La corrupción pervive porque nadie nos enseñó a evitarla y a mantener un comportamiento ético, ya desde la escuela. Somos incapaces de conseguir un nuevo modelo social y productivo a causa de que la educación no nos hace más innovadores y emprendedores. No cuidamos lo nuestro, incluido nuestro medio ambiente, porque hemos recibido una educación deficiente.

Si estas aseveraciones fueran verdad, bastaría reforzar el sistema escolar y concluir un amplio Pacto Educativo, para que nuestros problemas se solucionasen. Y eso, es bien sabido, no es verdad. La educación es un mecanismo de reproducción de comportamientos y valores arraigados en nuestra sociedad, en nuestra economía, en la cultura y en nuestra forma cotidiana de abordar la vida y las relaciones.

Claro que la educación puede impulsar y reforzar una tendencia, una decisión, una voluntad política de cambiar las cosas. Eso es innegable y se ha demostrado cuando algunas sociedades han decidido impulsar procesos de cambio profundo, como los que, evidentemente, este país necesita. Pero para ello las decisiones no hay que tomarlas en los centros educativos, sino en el conjunto de la sociedad, con convicción política.

Lo que es evidente y cierto es que formalmente (en centros educativos), o informalmente (en un centro de trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, en el barrio…), nuestra formación es una tarea de por vida. En lo personal y en lo laboral, cada día es más evidente la necesidad de una formación continua.

Todos los organismos internacionales que conozco, recomiendan a los diferentes países que esa educación (especialmente la Formación Profesional) sea más atractiva, más flexible con las situaciones de las personas y más integradora.

Lo que nos quieren decir es que la participación de adultos en procesos formativos debería ser más elevada. En el caso de Europa, la media recomendada sería de una de cada cinco personas adultas de entre 25 y 64 años participando en procesos de formación permanente en el año 2020, cuando la media actual se mueve entre el 9 y el 11 por ciento, según la Encuesta de Población Activa (EPA).

Es cierto que cuando incluimos procesos de aprendizaje no formal la situación mejora, pero también pone al descubierto, en el caso español, la incapacidad demostrada para conjugar bien la Formación Profesional dependiente del Ministerio de Educación y la que desarrolla el Ministerio de Empleo a través del “subsistema” de Formación Profesional para el Empleo, sostenida por la cuota de formación que pagamos los trabajadores y que se comporta como un sistema paralelo e inconexo.

Los celos administrativos, el poder político sobre los recursos de cada ministerio y una larga trayectoria de desencuentros, independientemente del color político del gobierno, han conducido a este desastre. Y, sin embargo, hacerlo bien y hacerlo ahora, es una tarea imprescindible para nuestro futuro.

Me parece esencial promover una formación continua integradora en un país como España, en el que la mayoría de las empresas son pequeñas y eso dificulta la participación de millones de personas, de quienes más necesitan la formación. En un país en el que las mujeres soportan buena parte de las cargas familiares y sufren jornadas laborales irregulares, sometidas a contratos a tiempo parcial y temporales.

Además, por más que nos cuenten lo contrario, buen número de empleos son monótonos y rutinarios y los empleadores no perciben necesidad alguna de formar a unos trabajadores y trabajadoras que pueden sustituir (y de hecho sustituyen) fácilmente.

Un mercado laboral precario, con alta temporalidad y bajos salarios, es incompatible con la formación continua, a lo cual viene a sumarse que, para las empresas, la formación tiene un valor acotado en el tiempo. La innovación es constante y acelerada y lo que hoy necesitas aprender quedará obsoleto en un horizonte no muy lejano.

Un panorama de desorganización institucional de la formación continua como el descrito, desalienta a las personas y desincentiva a las empresas. Creo que, para empezar, sería necesario romper las barreras entre los sistemas paralelos del Ministerio de Educación y del Ministerio de Empleo, estableciendo un único sistema integrado e integrador.

Creo que habría que flexibilizar la formación, estableciendo módulos e itinerarios a la carta, que permitieran obtener cualificaciones y vinculando cada vez más esa formación con la formación práctica en las empresas (eso que en países como Alemania denominan formación dual).

Claro que para hacerlo es necesario que exista un servicio de orientación para que cada persona pueda acceder a la formación que serán necesarias en cada momento y un sistema de cualificaciones que pueda incluso anticipar las cualificaciones que van a ser requeridas en el futuro inmediato y a medio plazo.

La negociación colectiva y las disposiciones legales deberían asegurar la flexibilidad necesaria en el trabajo para poder acceder a la formación. Los permisos individuales de formación, el derecho a horas anuales de formación y hasta la formación incorporada a contratos de formación, son papel mojado en muchas empresas, especialmente pequeñas y medianas.

Otra necesidad imperiosa radica en poder validar de forma permanente las competencias adquiridas mediante procesos de formación no formales, o informales, para obtener con ello un reconocimiento laboral, obtener una cualificación, o continuar una nueva vía de formación.

Una  Formación Profesional Continua que sea más atractiva, más accesible, flexible, e integradora, necesita de una voluntad compartida entre administraciones distintas, empresas y representantes de los trabajadores. Necesita de capacidad de negociación y acuerdo, fortaleciendo la comunicación y la capacidad de actuar con sensatez y coherencia en un marco nacional que cuenta con necesidades sectoriales y territoriales (autonómicas, o locales) distintas.

Ahora hay que saber si contamos con gobernantes, administraciones, organizaciones empresariales y sindicales y con centros de formación, preparados para afrontar este reto, o si volvemos a las andadas de promover capillas, banderías, sectas, camarillas, conciliábulos, corrillos y bandas organizadas, más preocupadas por el “cómo va lo mío” que por las necesidades de las personas.


La guerra de las pensiones

marzo 6, 2018

Hace unas semanas escribí sobre las movilizaciones de los pensionistas frente al Congreso de los Diputados. Titulaba el artículo Los pensionistas toman la calle. Advertía que dejar que las cosas se pudran para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas, es una estrategia suicida, cuando quienes reclaman soluciones son más de nueve millones de personas que comienzan a estar hartas y que no están dispuestas a apechugar con la carga del abandono de las políticas de protección social.

Esta semana, los mayores han vuelto a la calle de forma aún más masiva y, mientras esto ocurre, el gobierno sigue enviando a su ministra más rociera a entonar la cantinela de que la crisis ha sido benévola con nuestro mayores, que total no han perdido tanto poder adquisitivo y que les preocupa mucho el futuro de las pensiones.

Pero la cruda realidad es que, desde la reforma de las pensiones del PP en 2013, las subidas anuales de las pensiones son cada vez más miserables. El 0´25% de subida de este año no tiene nada que ver con el crecimiento de la inflación del año anterior, ni con las previsiones para finales de 2018.

Vivimos en un país que crece a ritmos de entre el 2 y el 3 por ciento. Ya se encarga el gobierno de explicar lo bien que nos va económicamente. Nuestra Constitución, esa que va a cumplir 40 años, esa misma que el gobierno no ve motivos para cambiar, la que establece claramente que Los poderes públicos garantizarán mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica de los ciudadanos durante la tercera edad.

Sin embargo,los pensionistas ven menguar su poder adquisitivo. Tienen que cubrir las necesidades de sus familias, laceradas por el paro y condenadas a la precariedad laboral y vital. Ven subir los precios de los productos y consumos básicos, como la luz o el gas, muy por encima de su pensión.

Pero es que, además, elementos esenciales de protección social, como la Sanidad, o la Atención a la Dependencia, los Servicios Sociales, se han resentido duramente con los recortes del gobierno durante la crisis y agudizan el empobrecimiento real, no sólo de las rentas, sino de la vida cotidiana de nuestros mayores.

Ahora que se avecinan el 8 de marzo y la Huelga feminista convocada en toda España, conviene resaltar que la famosa brecha salarial alcanza en las pensiones dimensiones escandalosas, a causa de la discriminación a la que se han visto sometidas las mujeres cuando han conseguido acceder a un empleo. Por eso la cuantía de sus rentas se encuentran lastrada por cotizaciones más bajas a la Seguridad Social y amplios periodos sin trabajar, lo cual da lugar a pensiones mínimas, cuando no se ven condenadas directamente a Pensiones No Contributivas, que obligan a muchas mujeres a vivir con menos de 400 euros al mes.

Mientras tanto, la banca y las aseguradoras privadas (basta leer las declaraciones recientes de la Presidenta de las organizaciones aseguradoras, UNESPA), redoblan sus cantinelas y para que lluevan los recursos de las pensiones sobre su cartera de negocios. La justificación es que el sistema de pensiones es insostenible. Pero lo verdaderamente imposible es conseguir que la Seguridad Social obtenga los recursos necesarios para mantener las pensiones actuales y futuras, cuando la reforma laboral del PP ha propiciado que el empleo que se crea sea temporal, a tiempo parcial y mal pagado. Así, las cotizaciones a la Seguridad Social crecen mucho menos que el empleo.

Sin trabajo decente, sin salarios dignos, con bonificaciones que cargan sobre los ingresos de la Seguridad Social todo tipo de políticas de apoyo a la creación de cualquier tipo de empleo; sin recursos suficientes para perseguir el fraude en la contratación, lo normal es que no haya recursos suficientes.

Hay muchas cosas que se podrían hacer para que los recursos procedentes de las cotizaciones sociales aumentaran hasta cubrir las necesidades actuales. Estamos a tiempo de prevenir y afrontar el futuro. Pero el gobierno parece haber tirado la toalla y cedido a las presiones privatizadoras que profundizan el deterioro de la protección social.

Deberían de entender, aunque no lo harán, que las maniobras de distracción tienen un tope y que las personas mayores están alcanzando su límite de tolerancia. La guerra de las pensiones puede tener un coste impagable para un gobierno que arrastra ya una pesada mochila de incompetencia, casos de corrupción y puertas giratorias que demuestran que, lejos de defender los intereses de la mayoría, ejerce de portavoz y adalid de los intereses de los más ricos y poderosos.


La libertad, estúpidos, la libertad

marzo 6, 2018

Creo que decía Hemingway, aunque también otros lo atribuyen a Paulo Coelho y unos terceros al Filósofo de Güemes, que Se está muriendo gente que antes no se moría. En cualquier caso estoy, cada día, leyendo noticias que nunca pensé volver a leer.

Detenciones y condenas a creadores y artistas que cantan, pintan, fotografían, escriben, representan títeres, o se disfrazan de Ecce Homo. Cosas que ahora son consideradas delito, cuando abundan los ejemplos de que, hace no tantos años, canciones con letras aún más duras, libros tremendamente duros, fotos mucho más provocadoras, escenificaciones más cáusticas y otros personajes disfrazados de Cristo, no movían al escándalo y, sobre todo, no tenían cabida en un proceso judicial.

Para alguien que, como yo, ha pasado su infancia y su juventud en la más negra de las inconstitucionalidades, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil que consumió España durante cuarenta años, comprobar cómo los juicios franquistas se reproducen en una etapa democrática y la libertad es sentada y condenada en los tribunales, no es agradable, comprensible, ni mucho menos tolerable.

Lo siento ahora, como cuando centenares de sindicalistas se ven ante los tribunales, acusados de vulnerar el sacrosanto derecho al trabajo en día de huelga y postergado derecho todos los demás días del año.

Jesús salió entonces llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el Hombre! Juan 19:5. Siempre he sentido que esta escena volvía a reproducirse, a representarse en estos tiempos modernos, pero no menos bárbaros.

Entiendo que un partido en declive imparable y en expansivo descrédito, se ve obligado a buscar respiros en las guerras de banderas, los himnos y sus letras, el terrorismo de aquí y de allá y hasta la unidad lingüística frente a las cuatro lenguas de España, perseguir a quienes crean en libertad. Parece que todo les vale.

Decir estas cosas no supone justificar ni la violencia, ni el terrorismo. Me tiré los primeros años al frente de las CCOO de Madrid, convocando paros laborales, concentraciones y manifestaciones, cada vez que ETA cometía un atentado en cualquier rincón de España. Luego, de nuevo, contra los atentados del 11-M y sus autores. Y de nuevo contra el terrorismo de ETA.

Un Delegado del Gobierno en Madrid, preocupado por la prevención de mi salud, me ofreció un servicio de contravigilancia, al parecer más eficaz que llevar escoltas. No diré que no pasase miedo muchos días, pero no creí que tuviera que estar más protegido que un policía, o un guardia civil. Cualquiera podíamos ser una víctima.

En todo ese tiempo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba, ni creí que Fermín Muguruza, Robe Iniesta, Albert Pla, o Antón Reixa merecieran sentarse ante un nuevo Tribunal de Orden Público.

La libertad de expresión tiene sus límites y el principal de ellos es el ejercicio de la violencia, pero convengamos que algo está pasando en España y que está ocurriendo demasiado deprisa. Que hoy los Toreros Muertos, los Muertos de Cristo, Os Resentidos, Kortatu, o Extremoduro, lo tendrían muy difícil para no acabar procesados y condenados. Que una nueva Inquisición se va apoderando paulatinamente de nuestra convivencia. Y que la libertad va cediendo paso a una censura oficial y a una autocensura cargada de un miedo que empobrece el país.

Ni los partidos que se reclaman liberales, ni los centristas, ni los progresistas, deberían tolerar que este clima de amenaza y persecución, siga avanzando. La sociedad civil organizada, cada persona, no deberíamos consentir este avance de la opresión que avasalla las libertades y tiraniza a las personas. Lo “políticamente correcto” no puede convertirse en martillo de herejes que impide nuestra libertad de expresión, de creación y de acción como hombres y mujeres libres.  Porque esa es la cuestión: vivir en libertad. Vivir la libertad.


Una huelga feminista

marzo 6, 2018

Allá por 1910, la II Conferencia de Mujeres Socialistas decide proclamar el 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Es al año siguiente cuando se celebró por primera vez el 8 de Marzo, en países como Austria, Suiza, Dinamarca y Alemania.

Aquella primera convocatoria viene marcada por las reivindicaciones de las mujeres sufragistas y de las mujeres trabajadoras, que se concentran en grandes industrias. Entre ellas, las obreras del textil, o las cigarreras. Las luchas de las mujeres, a lo largo del siglo XIX, exigiendo el voto femenino, el acceso a las responsabilidades políticas, la mejora de las condiciones de trabajo y el derecho a educarse y trabajar en sectores que exclusivamente emplean a hombres.

La conmemoración del Día de la Mujer Trabajadora ha contribuido a la lucha por las libertades en el conjunto de la sociedad y a mantener vivo el impulso a favor de la igualdad. Año tras año las manifestaciones feministas han recorrido las calles y han centrado el mensaje reivindicativo en la lucha contra alguna de las muchas discriminaciones que perviven nuestras sociedades.

Unos años la brecha salarial: otros años la violencia de género, el acoso en las empresas; las fórmulas de contratación hechas casi exclusivamente para mujeres, aunque no se diga; la condena a la pobreza de mujeres trabajadoras que viven solas con sus hijos e hijas. Cada año, las mismas reivindicaciones generales, junto a las reivindicaciones específicas.

Este año, ha calado con especial fuerza la convocatoria de una Huelga Generalizada, no sólo en lo  laboral, sino también en el conjunto de la sociedad. Se trata de poner en evidencia, esta vez con un cese general de las actividades de todo tipo, la insuficiencia de las medidas adoptadas hasta el momento para combatir la violencia de género en nuestro país.

El necesario Pacto de Estado contra las violencias machistas no puede quedar en un papel firmado, sin efectos reales. No es una foto de un día. Debe contar, de inmediato con los recursos necesarios. Sería bueno comenzar con los 200 millones de euros comprometidos para el año 2018 y que siguen paralizados.

Hay quien dice que la brecha salarial no existe, por más que los datos demuestren lo contario. Sin embargo, son mayoritariamente mujeres las que sufren los contratos a tiempo parcial, las jornadas arbitrariamente distribuidas, el paro, la temporalidad y la precariedad laboral, el acoso sexual, los despidos indiscriminados, incluso estando embarazadas.

Son las mujeres las que ven prolongar sus jornadas laborales, con jornadas dedicadas a cuidados familiares, o que renuncian a trabajar para poder atender a los mayores, o a los hijos. O las que se ocupan mayoritariamente de estas tareas cuando revisten la forma laboral, regular o irregularmente, de ayuda a domicilio, o trabajo doméstico.

Son las mujeres las que perciben las pensiones más bajas, porque sus carreras profesionales son más irregulares, su vida laboral más precaria, sus salarios más bajos y sus cotizaciones sociales mucho más bajas.

Y son ellas las que ocupan mayoritariamente este tipo de puestos de trabajo y, en general son mayoría en profesiones como la social, la sanitaria, o la educativa. Las que se ven impelidas, animadas y llamadas a formarse en esas profesiones, mientras las de carácter técnico son ocupadas mayoritariamente por hombres.

Tal es la convicción de que la realidad del trabajo y la vida de las mujeres es fruto de la desigualdad y la discriminación que hasta alguna ministra del gobierno responsable, en estos momentos, de que las cosas estén como están, lejos de negar la necesidad de la Huelga, se plantee en estos momentos participar en la misma, eso sí, utilizando la variedad nipona de la misma, es decir trabajando, ese día, más que nunca.

Bien, que haga lo que quiera, mientras participe en la huelga. Imagino que el salario de ese día y la parte proporcional de sus beneficios económicos (creo recordar que la susodicha ministra es la política que más gana por sus actividades públicas y privadas), lo donará para alguna actividad que combata la desigualdad, la discriminación y la violencia contra las mujeres.


El derecho a la pereza

marzo 6, 2018

No penséis que os hablé del Bicentenario de Carlos Marx, para dejar, tan sólo, un rastro de historia pasada, por si alguien se animaba a tirar del hilo y traer hasta nuestros días el recuerdo de un personaje que ha perdido mucha actualidad desde que el Muro de Berlín se desplomó, aplastando la iglesia construida sobre la sólida piedra de aquel hombre llamado Karl, ese nombre con el que los germanos designaban al hombre libre.

Afirmar que Marx ha perdido actualidad, ante el fracaso del marxismo-leninismo, el estalinismo, o la deriva capitalista del maoísmo, sería tanto como proclamar el fracaso de Cristo, a la vista de la deriva de su iglesia, extraviada en las guerras de religión, enredada en los tribunales de la Inquisición, la quema de brujas, las persecuciones de judíos, o señalada como cómplice necesaria en los desmanes de la colonización americana. La de los católicos en el Sur y de los protestantes en el Norte.

Por no hablar de escándalos más recientes que tienen que ver con las finanzas e inversiones vaticanas, o el protagonismo de algunos clérigos en episodios demasiado frecuentes de abusos sexuales.  En fin, que prefiero pensar que la vigencia de Cristo se  ventila más en Ellacuría, Casaldáliga, Vicente Ferrer, el Padre Llanos, o los obispos Gerardi, Romero, o Desmond Tutu.

Quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado, decía George Orwell. Eso intentaba el artículo, mirar desde el presente hacia nuestro pasado, para escrutar el horizonte del futuro. Porque creo que quien quiera descubrir la vigencia del marxismo, tendrá que mirar más hacia Orwell, el joven Marx, o a su yerno Paul Lafargue, casado con su hija Laura Marx.

Ya sé que algunos me diréis que el tal Lafargue no tiene el mismo peso de los grandes teóricos del marxismo y que probablemente Marx no lo tendría en muy alta consideración como teórico, ni tal vez como yerno. Y, sin embargo, a la luz del tiempo implacable, cualquiera podría reconocer que la frescura de un opúsculo de medio centenar de páginas titulado El derecho a la pereza, tiene más vigor y poder de atracción que los sesudos textos de Lenin. Al igual que los de Orwell gozan de mucho más atractivo que los de su maestro Trotsky.

Eso, además de que Marx nunca podrá agradecer suficientemente a aquel español, oriundo de Cuba y de padre francés, que cambiara su confianza en Proudhon y Bakunin, para convertirse en defensor de Marx, Blanqui, o Engels. Así debieron de pensarlo todos ellos cuando le mandaron a la boca del lobo español, sabiendo que ya un tal Fanelli había obtenido una excelente acogida para La Idea anarquista, captando para la misma a personas sensatas y muy reconocidas en la I Internacional, como Anselmo Lorenzo.

Pablo Lafargue, exiliado con su esposa y su hijo en Madrid, huyendo de la represión de la revuelta de la Comuna de París, hizo cuanto pudo y consiguió atraer a los planteamientos marxistas a otros seguidores españoles de la Internacional, como Pablo Iglesias, Francisco Mora, o José Mesa. Ahí se encuentran los orígenes de la UGT y del PSOE.

Si a esto le añadimos que aquel hombre hizo feliz a su hija y que llegó a ser el primer diputado socialista en el Parlamento francés, no creo que Don Carlos tuviera nada que reprochar a su yerno. Sobre todo sabiendo que, después de El Manifiesto Comunista, escrito por el propio Marx y su amigo Engels, el texto marxista más leído y difundido ha sido El derecho a la pereza. Como propagandista y difusor de las ideas del suegro, no tenía precio. Cuando menos, así debió de reconocerlo el bueno de Engels cuando dejó un buen pellizco de herencia a la pareja compuesta por Laura y Pablo.

Si pensamos en cómo han evolucionado las cosas desde entonces y sobre todo en los últimos tiempos, una reflexión sobre el trabajo como la que plantea Lafargue, en una versión libre y tremendamente atractiva de la doctrina de Marx, sigue apuntando al centro del debate.

Cuando los medios tecnológicos sustituyan masivamente a la mano de obra, habrá que pensar si ha llegado el tiempo de aplicar muchas de las reflexiones sobre la pereza que nos ofrece el yerno de Marx. Si nos resignamos a un futuro con empleos inestables, precarios, temporales y mal pagados. A una pobreza cada vez más general y extendida. A una brecha de desigualdad cada día más insalvable.

O, si por el contrario, ha llegado el tiempo de establecer fórmulas para un reparto justo de la riqueza, que permita comenzar la construcción de utopías de libertad como las que soñaron Platón, Bacon, Moro. Esas utopías que intentaron personajes como Vasco de Quiroga, en Michoacán, tal como nos cuenta Ernesto Cardenal en su hermoso poema Tata Vasco.

De nuevo, será el momento de elegir entre socialismo o barbarie. Que ya lo dijo un día Federico Engels, La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie…