El final de ETA

mayo 3, 2018

Leo en los medios de comunicación que ETA ha anunciado su final como banda terrorista. Deja tras de sí más de ochocientas personas muertas en atentados y un rastro de desolación, desencuentro, tensiones insostenibles, agresividad a flor de piel, que han envenenado la convivencia en el País Vasco a lo largo de las últimas décadas.

Hay quien se entretiene en dilucidar si las disculpas de ETA son suficientes o no y no seré yo quien niegue que esas disculpas me han sonado a mezquinas. Cada muerte relacionada con el terrorismo, o con el ejercicio de la violencia, no debe ser nunca justificada, ni merece la justificación de nadie.

Sin embargo, prima en mí el cansancio  de tan larga historia de atentados, pesando sobre cada instante de mis recuerdos, por muy atrás que me proyecte en el tiempo. Quiero ser optimista y esperar que más allá de tanta muerte, tanto sectarismo y tanto odio sembrado, tanta utilización del terrorismo para fines mezquinos, se puede abrir un camino de convivencia pacífica, justa, en libertad.

Durante años, cuando comencé a desempeñar el cargo de Secretario General de CCOO en Madrid, en el 2000, tuve que organizar, acudir, encabezar, manifestaciones, concentraciones, actos de repulsa, paros en las empresas, para rechazar cada atentado de ETA. Durante años me recomendaron, desde la propia Delegación del Gobierno, pedir, cuando menos, un servicio de contravigilancia. Nunca lo hice, porque cualquiera y no yo más que otros muchos,  podía terminar siendo víctima de uno de aquellos atentados.

Siempre creí que el final de ETA era inevitable, tras el atentado del 11-M, en Madrid. Por brutales que quisieran ser sus métodos, nunca podrían igualarse con esos yihadistas que matan y mueren en nombre de un Dios, en cuyo nombre construyen un imperio de cadáveres. La bandera del terror había cambiado de portaestandartes. Definitivamente ETA no era el Estado Islámico, como antes no identificaba sus ideales con Pol Pot y sus Jemeres Rojos.

Siguieron matando y hasta intentaron algo extremadamente brutal que terminó, el sábado 30 de Diciembre de 2006, con las vidas de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, en la T-4 del Aeropuerto de Barajas. Dos ecuatorianos que convocaron el rechazo unánime y provocaron todo el afecto, el apoyo y la solidaridad del pueblo de Madrid, en la impresionante manifestación que dos semanas después convocamos los sindicatos, junto a las organizaciones de ecuatorianos. Quisimos que fuera de todos, por encima de los que intentaron que fuera una manifestación partidaria.

Seguir matando policías, guardias civiles, mandos del ejército, políticos de derechas e izquierdas, emigrantes, periodistas, transeúntes, en nombre de un ideal nacionalista, era un sinsentido que no podía prolongarse mucho tiempo. Tardaron en declarar el fin de la lucha armada, porque ya se sabe que las inercias empozadas en lo más profundo, se resisten a dejar paso a lo inevitable. Terminaron por declarar el cese definitivo de la actividad armada casi cinco años después del atentado de la T-4.

Ahora anuncian su final, con una petición de disculpas, a medias. Podrían haber tirado la casa por la  ventana y, con todas las explicaciones que considerasen oportunas, haber pedido perdón a cuantas personas hubieran matado y a cuantas hayan podido herir de por vida con sus bombas, sus pistolas, su “lucha armada”. Perdón y reparación en cuanto sea posible y reparable.

Siempre he creído que la España de mujeres y hombres libres, tuvo sus orígenes medievales en el País Vasco. No sé si será un mito infundado que yo me he ido construyendo por entretenerme en buscar raíces que expliquen  el origen de mis querencias y mis creencias. Esa libertad llevaba demasiadas décadas secuestrada en Euskadi, a manos de la represión franquista y de la espiral terrorista de acción y reacción, de violencia constante, que se autoalimenta hasta el infinito, si nadie lo para.

Por eso, más allá de cualquier otra consideración, saludo el final de esta negra historia en la que no hay gloria, sino tan sólo un terrible rastro de dolor y miedo. Toca ahora construir una convivencia en la que ya no hay maketos, ni txakurras y todas y todos podemos ser gudaris, sólo de los buenos. De aquellos que desde la libre expresión de sus ideas, defienden la vida. Sin procesos inquisitoriales y con más charivaris, enamorados de la palabra y la risa.

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De dictadura a democracia, de la mano de Pedro

mayo 3, 2018

Siempre he querido ser Cronista de la Villa de Madrid, ese cuerpo selecto del que han formado parte personajes como Mesonero Romanos, Ramón de la Cruz, Fernández de los Ríos y ahora Pedro Montoliú, junto a Ruth Toledano, o Carmen Iglesias. Lleva Pedro toda su vida de periodista, volcado en la información local, como sabiendo que lo local, en Madrid, termina circulando por los mentideros de toda España.

Ha escrito Pedro muchos artículos con oficio y muchos libros sobre Madrid, con vocación. Sobre Madrid en la Guerra Civil, en la posguerra, la Dictadura y, ahora, El Madrid de la Dictadura a la Democracia. Pero también se ha detenido en el Madrid de la Ferias, el de las Fiestas y Tradiciones, el de hoteles como el Palace. Ha recorrido Madrid con sus novelas y ahora se apresta a abordar la Transición, el Madrid de la República, o el de los Años Veinte.

Qué mejor que la Sala 1001, de CCOO de Madrid, para que el Ateneo 1º de Mayo realizara la presentación del libro Madrid, de la Dictadura a la Democracia. No tiene el empaque del Ayuntamiento de Madrid, donde Pedro ya había presentado el libro junto a Manuela Carmena. Pero el Proceso 1001 contra los Diez de Carabanchel, la cúpula de las CCOO, detenida  en una reunión clandestina en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, allá por 1972, trae en el nombre y en las imágenes que llenan sus paredes, un esbozo de los muchos recuerdos que Montoliú desgrana en su libro, que abarca el Madrid de los años sesenta y setenta.

Sé lo que cuesta escribir un libro sobre Madrid. Sólo lo he intentado una vez, cuando escribí El Madrid del Primero de Mayo. Cientos de fichas repletas de anécdotas, historias, urbanismo, arquitectura, fenómenos sociales, acontecimientos, leyendas, personajes públicos y otros que son anónimos hasta que escribes sobre ellos.

Al final hay que quitar, cortar, ordenar, mantener, ampliar, en la búsqueda de un resultado equilibrado. Las más de 600 páginas que componen el libro de Pedro Montoliú llevan detrás el esfuerzo de más de 200 horas de grabaciones transcritas. Un libro que funciona como un puzle. Podrías leerlo página tras página, de atrás hacia adelante, desde el final hasta el principio, o saltando entre capítulos siguiendo tu interés.

En el camino de su lectura me he encontrado en mitad de muchos paisajes que he conocido, tal como eran en aquellos años, rodeado de los personajes que transitaban por ellos. Aquel scalextric de Atocha, cuando lo estaban montando. Los barrios donde he vivido, Embajadores, Villaverde, Orcasitas. Las asociaciones de vecinos, cuando eran de cabezas de familia, en las que he militado. Los tranvías en los que me encantaba subir. Las chabolas en las que he dado clases. Las estafas, como la de la Nueva Esperanza, en cuyas garras mis padres estuvieron a punto de caer.

Las acampadas a las puertas de Barreiros en huelga, junto a los de CCOO. Las manifestaciones por las subidas de los precios y la carestía de la vida. Y otras por los hospitales, los institutos, los colegios. El 1º de Octubre en construcción. La UVA de Villaverde (Unidad Vecinal de Absorción) donde fui maestro durante cuatro cursos en el colegio San Roque. Los atentados de ETA, los secuestros del GRAPO, el FRAP.

He conocido a Lola González Ruiz, novia de Enrique Ruano, el estudiante asesinado por la policía y luego mujer de Francisco Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en Atocha, en aquel atentado donde ella acabó herida y con una sonrisa rota que la acompañó toda la vida.

Casi sobre cada imagen evocada por Pedro en el libro, ya sea persona, o paisaje, tendría un recuerdo, una anécdota. El libro funciona como un GPS para nuestra frágil memoria en la que se diluyen  los momentos, el cómo, el cuándo, con quién. Este Madrid, de la Dictadura a la Democracia, es un libro necesario, imprescindible, escrito por un cronista, historiador, notario, periodista.

En un tiempo de devaluación del trabajo y del esfuerzo de estudio personal, Pedro Montoliú vuelve a demostrarnos que es posible escribir una tesis doctoral, digerible, amena, impactante y, a la vez, sólida. Creo que hay que leer este libro poquito a poco, eligiendo tu recorrido, abriendo nuevas puertas para conocer cuanto el autor nos va sugiriendo en cada párrafo, porque, a la manera de Walter Benjamin, Pedro no necesita decir nada, sólo mostrar. Mostrarnos tal como fuimos.


Mayores, pobres, en soledad, dependientes

mayo 3, 2018

Sólo falta en el título la palabra Mujeres, pero resulta evidente, una especie de sujeto elíptico, omitido, tácito, que está, necesariamente, presente. Porque la mayoría de las personas mayores, con bajas pensiones y viviendo solas, son mujeres.

Su esperanza de vida es más larga. En general, tienen menos edad que sus maridos. No han cotizado a la Seguridad Social, o han cotizado poco tiempo y por poco dinero, porque han tenido empleos esporádicos, temporales, o sin cotizar, con lo cual su pensión no refleja cuanto han aportado a la economía doméstica, en forma de cuidado de la casa, de la familia y de las personas dependientes.

Un buen día, esas mujeres mayores, que han aprendido a vivir su soledad en pobreza, sufren un accidente, una enfermedad, un internamiento en un hospital, una operación y, cuando vuelven a casa y siguen cobrando su pensión de miseria, necesitan a alguien que las atienda, porque hay cosas que ya no pueden hacer.

Entonces tienen que ir al Ayuntamiento, al Centro de Servicios Sociales, y pedir una ayuda, una persona que eche una mano, para hacer la comida, para salir a la calle, para hacer la compra, para limpiar la casa, hacer la cama. Y puede que, si demuestra fehacientemente su condición de pobre, sola, viuda, mujer, termine recibiendo algún tipo de ayuda a domicilio. Puede que dos horas, tres días en semana, siempre que el presupuesto no se haya agotado.

Luego, si la cosa empeora (y siempre termina por empeorar) y en todo caso al poco tiempo, le indicarán que tiene que solicitar la atención a la dependencia en la Comunidad de Madrid. Más demostraciones de pobreza, situación de su salud, pensión que cobra y demás cosas que ellos saben perfectamente, o pueden conocerlas, pero que es mejor pedir a la señora.

Papeleos que conducen a un dilatado procedimiento en el que vendrán a valorar su situación y, tras un mínimo de seis meses (un mínimo que siempre se cumple y se rebasa con creces), se le reconocerá, casi siempre, un nivel mínimo de dependencia y se les concederá, en no pocas ocasiones, una ayuda inferior a la del Ayuntamiento. Pero ya no hay vuelta atrás.

Y, cuando todo vaya a peor, habrá que volver al camino de las nuevas demostraciones de pobreza, viudedad, baja pensión, empadronamiento y soledad. Pero esas mujeres están cada vez más mayores, más solas, igual de pobres y se mueven cada vez peor. Puede que ni tengan hijos e hijas a los que recurrir, ni la cabeza en su sitio para hacerlo.

Salvo la auxiliar itinerante, que viene una hora y media, tres veces en semana, la ocasional y amable llamada de las auxiliares de teleasistencia, la visita mensual de la enfermera, la mujer seguirá sola, viuda, pobre y cada vez más dependiente. Porque la dependencia existe, llega poco a poco y de forma irremisible. Lo que no  existe es la atención a la dependencia. O, al menos, algo que merezca con plena propiedad y estándares europeos, tal nombre.

Los mayores (masivamente mujeres viudas), pobres, solas y dependientes, lo saben bien, aunque no lo digan. Tú y yo lo sabemos, aunque no queramos verlo.


Yo, Universidad pública

mayo 3, 2018

El asunto de Cristina Cifuentes tiene vida propia y terminará devorando a su protagonista, víctima del fuego amigo, o enemigo. Cristina caerá y ella lo sabe. Pero, dicho esto, el verdadero problema son las cargas de profundidad que el dragaminas de la derecha mediática ha ido sembrando en el mar universitario madrileño, a cuenta del máster famoso.

Yo estudié en la Escuela de Magisterio Pablo Montesinos, dependiente de la Universidad Complutense de Madrid y más tarde, ya trabajando como profesor, a fuerza de tiempo arrancado a las noches y a los periodos vacacionales, me licencié en Geografía e Historia en la UNED. Ni más ni menos que lo que hicieron muchas compañeras y compañeros míos y lo que hoy hacen millones de jóvenes en España. Me siento orgulloso de haber recorrido ese camino y no envidio a nadie que escogiera otro más fácil.

Por eso, creo que es forzoso reconocer que el asunto de los másteres regalados tiene mucho que ver con el privilegio ilegítimo del que han disfrutado algunas personas, pero no con la calidad de esos estudios. El máster que “cursaron” Cristina, o Pablo Casado, es un máster con más de 60 créditos, cuyo precio, además, en cualquier universidad privada, es el triple del que paga el alumnado en la pública.

Si ellos quisieron tener ese título será, sin duda, porque les añadía un plus reconocido de calidad y cualificación, al tratarse de un máster que incorpora en su programa elementos esenciales en la Administración Pública y Autonómica. Vaya, que así, de entrada, el máster en cuestión tiene toda la pinta de ser un título de calidad y a precio razonable, comparado con lo que se vende por ahí.

Entiendo perfectamente que, en un escenario educativo madrileño, plagado de universidades privadas, gracias al aliento y la permisividad de Aguirre y sus alumnos privatizadores aventajados, viene muy bien cargarse la imagen de competencia y rigor académico de las universidades públicas y seguir cobrando precios de usura en titulaciones y másteres privados. Es la diferencia entre cursar un máster y comprar un máster.

No sé si en el seno del Instituto de Derecho Público, alguien ha regalado másteres a personajes selectos. Parece que así ha sido y los beneficiarios y los facilitadores, deberán asumir sus responsabilidades personales y legales. Pero, en contrapartida, sí he tenido la ocasión de colaborar con Laura Nuño, directora, en ese Instituto Universitario, de la Cátedra de Género y del Observatorio de Igualdad. Con ella, la Fundación de Formación y Empleo Miguel Escalera, que presidí durante cuatro años, había organizado  un Máster en Género y Políticas de Igualdad y otro de Liderazgo, Comunicación y Dirección de Organizaciones.

Unos estudios que han sido cursados por muchas mujeres y unos pocos hombres, sindicalistas o no, convencidos de que la igualdad es la base de la política y el desarrollo en una sociedad moderna. Personas preocupadas por promover un liderazgo democrático que ponga el acento en la cooperación y la igualdad y no en la reproducción del autoritarismo como fórmula de dirección de todo tipo de organizaciones económicas, sociales, o políticas.

Nunca estos máster supusieron negocio, ni para la universidad, ni para la Fundación Miguel Escalera. No se hacían para eso. El coste era un 10 por ciento de cualquiera de esos másteres privados que te clavan 12.000 euros por la misma cantidad de horas (unos 60-70 créditos ECTS), como los llaman ahora.

Creo que no es buen sistema poner en cuestión todo, para terminar tapando responsabilidades personales y colectivas concretas. Cristina Cifuentes deberá dimitir, o ser cesada. Es lo que hace cualquier cargo público por Europa, cuando le pillan en una de éstas. Y quienes hayan puesto en bandeja un título a su libre disposición, deberán también asumir sus responsabilidades profesionales y legales, si las hubiera.

Además, creo que el Ministro de Educación y los responsables autonómicos del asunto universitario (que permanecen calladitos como para pasar desapercibidos) tienen que hacerse mirar esa condena a la que han conducido a las Universidades Públicas, a base de aprobar Grados de tres y cuatro años, a la carta y Másteres forzados de pago, utilizados en exceso para captar recursos externos, con la disculpa de adaptarse a la normativa europea de Bolonia. Si a eso le sumamos los recortes presupuestarios que estrangulan la docencia y la investigación en las universidades, el panorama resultante es muy preocupante.

El polémico máster de Cifuentes debe servir para establecer evaluaciones de calidad de los cursos y de la gestión de los recursos universitarios (y no me refiero a los ineficaces e ineficientes Tribunales de Cuentas). De otra parte, debería servir para reforzar la autonomía y la participación de la comunidad educativa y de la sociedad, en las universidades.

No olvidemos que el caso Cifuentes, lejos de tener su origen en el exceso de autonomía, procede de los abusos despóticos provocados por la evidente dependencia de algunos espacios universitarios, con respecto al poder político de turno.


Hablemos de Juanín

mayo 3, 2018

Hace ya un mes, que el tiempo pasa como a traición y no me deja margen para escribir sobre todo cuanto acontece a mi alrededor, se celebró un breve homenaje a Juan Muñiz Zapico, en la Escuela Sindical que lleva su nombre en el barrio madrileño de Las Musas. El motivo no era otro que inaugurar una placa con su nombre.

A estas alturas y pese al esfuerzo que hemos realizado por mantener viva la memoria de la gente que construyó las CCOO, en los duros tiempos del franquismo, seguro que, fuera del sindicato y dentro del sindicato, hay muchas personas que no sabrían explicar quién era Juanín.

Juanín era asturiano, murió con 35 años, en un trágico accidente de coche, el 2 de enero de 1977. Había celebrado en familia el fin de año y había decidido dar un paseo con un par de amigos por el Valle del Huerna. Tenía que viajar a Madrid, a una reunión de las aún ilegales CCOO. A la vuelta, el coche derrapa en la carretera mojada y cae por un barranco.

Fallece Juanín pocos días antes de la Semana Negra que sacudió España a finales de ese mismo mes, plagada de secuestros de militares y altos cargos del régimen, muertes de estudiantes a manos de ultraderechistas y de la propia policía y el brutal asesinato de los Abogados de Atocha. No pudo ver Juanín la legalización del Partido Comunista, primero y de las CCOO, después.

A sus 35 años ya llevaba veinte años trabajando en la industria de Mieres. Juanín, hijo de minero, comenzó a trabajar nada más terminar los estudios básicos y por la noche estudia Maestría Industrial, superando dos cursos en un solo año. Lee incansablemente, lee deprisa. Novela, economía, historia, recuerda Nicolás Sartorius. Escribe, escribe, escribe.

Ya se ha casado con Genita y ha tenido una “parejita”. A los 35 ya es dirigente del Partido Comunista de España (PCE) y de las Comisiones Obreras (CCOO). Ha viajado clandestinamente a reuniones nacionales e internacionales de ambas organizaciones. Ha sido elegido por sus compañeros como enlace sindical, que así se llaman los representantes de los trabajadores en el sindicato único y vertical del franquismo y como jurado de empresa.

Por sus actividades sindicales ya ha cumplido siete años de cárcel. Ha sufrido cinco despidos, cuatro multas, ha sido condenado en dos sentencias del Tribunal de Orden Público franquista y ha participado en cuatro huelgas de hambre. Conoce las cárceles de Carabanchel, Oviedo, Jaén, Segovia.

En la Cárcel se había matriculado en la Universidad a Distancia (UNED) y aprueba dos cursos de Ciencias Económicas en un año. Busca la relación con profesores de universidad, les pregunta sobre economía, matemáticas. Repasaba estanterías de las celdas buscando nuevos libros que devorar. Cuentan que hasta se acercaba al despacho de la censura de libros llegados desde la calle, para saber de las novedades que se estaban editando en esos momentos.

 

A sus 35 años, ha sido uno de los Diez de Carabanchel y, como tal, condenado en el Proceso 1001, a 18 años de prisión, por formar parte de la cúpula de la dirección clandestina de las Comisiones Obreras. Ha participado en la Asamblea de Barcelona, donde se da el primer paso para constituir CCOO como sindicato.

Vuelve a ser Sartorius quien nos revela que su voluntad incansable, su conciencia de clase, su experiencia, su sencillez, su naturalidad, unidas a su capacidad de comunicación y su apertura intelectual para hacer frente a las nuevas realidades y los cambios profundos que se avecinan, le convierten en un serio candidato para suceder a Marcelino Camacho, cuando ello fuera necesario.

Inquieto, impaciente, tranquilo sólo en apariencia. Uno de esos hombres fraguados en la acción, consciente de sus logros y de sus carencia, cercano, con la inteligencia, la agilidad y la intuición que provienen de una naturaleza libre y perseverante.

Esa inteligencia, esa intuición, que le lleva a plantear en la Asamblea de Barcelona, en julio del 76, su conciencia de que la ruptura, o la reforma política; la posibilidad de abrir las puertas a un proceso constituyente; la existencia de un sindicalismo unido, o dividido en varias fuerzas sindicales, va a depender de las fuerzas y de la presencia que sean capaces de desplegar la clase trabajadora.

Medio año después, la afirmación de Juanín adquiriría toda su vigencia. La impresionante, pacífica y ordenada manifestación que acompañó el entierro de los Abogados de Atocha, demostró esa fuerza y esa presencia ineludible, que sólo podía concluir en la legalización del PCE y de las organizaciones sindicales.

Juanín fue despedido en su tierra por más de 20.000 personas. Pararon las empresas y las minas. En un improvisado acto, Marcelino Camacho, Gerardo Iglesias, Horacio Fernández Inguazo, Armando López Salinas, dirigieron la palabra. Ante su tumba, los presentes entonaron la Internacional. En Mieres, esa misma mañana, fría, pero limpia y soleada, la dirección de las CCOO había decidido que la futura  Escuela de Formación Sindical de la Confederación, llevaría el nombre de Juan Muñiz Zapico.

Juanín, una de esas personas cuya historia nunca debemos olvidar, porque con su empeño, su esfuerzo, su conciencia y su dedicación incansable, forjaron nuestra historia y nos hicieron libres y mejores.


Cristina debe caer

mayo 3, 2018

Dicen que Cristina significa fiel seguidora de Cristo. La autoexigencia, el autocontrol, el trabajo duro y bien hecho, la responsabilidad, excelente compañera. Tradicional, pero de buen trato. Parecen ser algunas de las características que acompañan al nombre.

Siempre me pareció que Cristina Cifuentes era de ese tipo de persona. Los diputados y diputadas de la Asamblea de Madrid, donde ha hecho buena parte de su carrera política, nunca me hicieron comentarios que desacreditaran su actuación, lo cual hace suponer que hasta entre sus adversarios gozaba de cierto reconocimiento.

Sus estudios y su carrera profesional tampoco parece que tuvieran tacha alguna. Cuentan de ella que con poco más de 15 años ya estaba en las Nuevas Generaciones de Alianza Popular y se licenció en Derecho en la Universidad Complutense. Comenzó a trabajar como asesora del PP y pronto rellenó listas electorales, aunque sin posibilidad de salir elegida.

Con poco más de 25 años ya era funcionaria de Gestión universitaria en la Complutense y parecía que sus responsabilidades en el Claustro, el Consejo de Gobierno, el Consejo Social, la encaminaban hacia responsabilidades en la política educativa. Sobre todo teniendo en cuenta que pronto salió elegida como diputada del PP en la Asamblea de Madrid, donde permaneció durante veintidós años.

En la Asamblea ha hecho de todo como portavoz de su grupo en todo tipo de Comisiones y en el Partido ha asumido cuanto le han encomendado. Desde su cargo como diputada ha representado a su partido en Consejos de Administración como el de Telemadrid, o en Consejos y Comisiones de toda clase de instituciones.

Y llegó el cargo de Delegada del Gobierno. Fue dialogante a veces y dura durante muchas de las manifestaciones y las huelgas que los sindicatos, en plena crisis, nos vimos obligados a convocar. No más dura que otras y otros Delegados del Gobierno. Tan dialogante como otros y otras que lo fueron antes que ella. Siempre me pareció más gallardonista que aguirrista. Son matices, pero los matices importan mucho a veces.

El accidente de moto en plena Castellana pareció cambiar su forma de ver y de entender la vida. Algo que parece que ocurre cuando nos vemos de cara ante la muerte. No dejó de ser fiel a su nombre, pero pareció que algo había cambiado en ella. Por lo menos eso decían. Yo ya no me ocupaba de asuntos madrileños por aquella época.

Sin duda, tras ser elegida como presidenta de la Comunidad de Madrid, después del fiasco de Ignacio González, con sus áticos, sus negocios y sus tramas, Cristina se consolidaba como un valor en alza, llamada tal vez a sustituir a un Mariano Rajoy quemado que va abrasando a todos aquellos con los (y con las) que se relaciona.

Cifuentes tiene una sólida carrera política. Si en el mundo universitario existiera lo que en el mundo del trabajo se conoce como reconocimiento de la experiencia laboral, Cristina podría tener bastantes másteres sin cursar una sola hora de estudio universitario.

Además, como ha dicho recientemente Gabilondo, hay quienes valoran excesivamente un título y lo sitúan por encima de la experiencia y del conocimiento, Lo cual viene a significar que hay analfabetos con título y sabios sin titulación alguna, pero con amplia experiencia, conocimiento y capacidad de discernir.

No entiendo qué le ha pasado a Cristina. Es verdad que están pasando cosas que antes no pasaban. Probablemente un amigote de esos tan listos, un tipo bien relacionado en la universidad pública más afín al PP, le dijo que podía tener un título de máster. Que a  lo mejor hasta sin ir por clase se lo podían dar y que ella lo valía y que  bien merecido se lo tenía.

Lo cierto es que la hoy Presidenta se equivocó y, salvo sorpresas mayúsculas, no cursó el máster, aunque sí obtuvo el título, dejando el expediente plagado de notas reconstruidas, firmas falsas y sospechas de espacios enteros en una Universidad Pública dónde las irregularidades forman parte del paisaje de lo cotidiano.

Por eso Cristina está reprobada y censurada, o ha dimitido ya, aunque ella no lo sepa. Puede que este artículo sea publicado cuando estas cosas sean ya un hecho. Además, cuanto más tarde en hacerlo, más casos como el de ella seguirán apareciendo. Y parece que todo apunta a que son muchos los políticos y políticas, por toda España, que han falsificado, maquillado, perfeccionado, embellecido, sus expedientes académicos.

Ya dijo Mary Reanult, en su excelente novela sobre Teseo, el del Minotauro, que El Rey debe morir. Su cuerpo será troceado y esparcido por el campo, para que la cosecha sea buena y para que su muerte conjure la de todos los demás. Y Rajoy, cual buen minoico, es experto en dejar morir en el mejor momento. En estos tiempos de igualdad, reyes y reinas se turnan en el triste destino. Cristina no ha sido la primera, pero ha llegado su turno. Y ella lo sabe.


Contratos de formación que no forman

mayo 3, 2018

En un intento del gobierno por salvar la imagen de desgobierno de la formación veo a la Ministra de Empleo presentar algunas medidas que aparecen en el Proyecto de  Presupuestos Generales del Estado que Montoro ha presentado en el Congreso.

Cuenta la ministra que quiere poner en marcha un Bono de Formación de 430 euros durante 18 meses para aquellos jóvenes que suscriban un contrato de formación y aprendizaje. No queda la cosa ahí. También piensa conceder una bonificación en las cuotas empresariales de 3.000 euros/año, durante 3 años, para aquellos empresarios que transformen en fijos estos contratos.

De nuevo me temo que estamos ante la política de reinaugurar, sin reflexionar sobre los problemas de los cimientos sobre los que se pretende construir. Se fomenta e incentiva económicamente, un contrato sobre el que pesan serias sospechas de ser tan sólo una fórmula de financiación del fraude y la precariedad laboral, con dinero de todas y todos.

El propio Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) reconoce con sus datos que este contrato es utilizado en la mitad de los casos para formar camareros, peones, limpiadoras y dependientes de comercio. Un contrato que ha permitido durante los años de la crisis contratar a cientos de miles de jóvenes de forma barata, bonificada, precaria, sin compromiso alguno de estabilidad y con escasos, a veces nulos, niveles de formación.

Tan sólo cuando los sindicatos forzamos que se pusiera coto a abusos como el hecho de que la formación fuera inexistente en muchos casos, o se limitara a un sistema de cursillos a distancia, en el que te mandan unos materiales sin control de calidad y luego ya te apañas, hizo que algunos empresarios de pymes dejaran de ver negocio fácil y seguro en este tipo de contrato y su número se ha reducido desde casi 175.000 en 2014, hasta los menos de 50.000 en 2017.

Aquí hay una diferencia sustancial entre la pequeña empresa y la gran empresa. En el caso de las microempresas, son las asesorías, consultoras y gestorías que les llevan las cuentas, las nóminas, o los contratos, las que les aconsejan las fórmulas más baratas y precarias de contratación laboral y hasta les orientan en cómo suscribir un contrato de formación, con el mínimo compromiso de formación y el máximo beneficio de retorno económico. Negocio para la empresa, para la consultora y para las empresas de formación, que cobran por alumno “formado”. Todos ganan, menos el joven, o la joven, que trabaja en precario y sin formación que merezca tal nombre.

En el caso de grandes y medianas empresas, que cuentan con una política de personal y de cualificación propias, la situación es distinta y se pone más el acento en la formación que acompaña a este tipo de contratos y en terminar convirtiendo en personal fijo a algunos de estos jóvenes, al acabar el periodo de formación.

Así las cosas y aunque parezca una paradoja, el contrato de formación y aprendizaje consigue integrar más y mejor a nuestros jóvenes, cuantas menos bonificaciones y ayudas económicas recibe la empresa. Parece extraño, pero lo que ocurre realmente es que, cuando hay dinero de por medio, algunos empresarios usan y abusan de este contrato, obteniendo beneficios económicos de las ayudas y sin compromiso alguno de transformarlo en fijo. Sin embargo, con unas ayudas más ajustadas y requisitos formativos asegurados, es un contrato que se utiliza para formar y cualificar a las trabajadoras y trabajadores jóvenes que la empresa termina contratando de forma más estable.

Seguir insistiendo en inyectar dinero a esta modalidad de contrato, sin corregir sus problemas, sólo contribuye a  empeorar las cosas. Además, con una situación de ingresos insuficientes en la Seguridad Social, entre otras cosas por el empleo precario y temporal que se está creando, a causa de la reforma laboral, creo que no conviene seguir abusando de desgravaciones, bonificaciones y regalos fiscales a las empresas, a costa de bajar los ingresos de la Seguridad Social, tan necearios para el pago de las pensiones. Sobre todo cuando esas ayudas ni forman, ni crean  puestos de trabajo, ni estabilizan el empleo de nuestra juventud.

A estas cosas las llaman en el Gobierno Formación Dual, pero bien saben gobiernos como el de Alemania que esas políticas tienen poco de formación, ni de relación entre centros de formación y empresa. Habrá que seguir esperando tiempos de más sensatez y menos propaganda.