De mentideros y motines

junio 21, 2018

Muestran gran asombro quienes pierden en este país, pongamos por caso, una moción de censura. La expresión del asombro puede adquirir muchas formas, en función del talante de quien pierde. Desde la depresión profunda, hasta la rabia desbocada. O ambas cosas a la vez.

No es la primera vez que pasa y, si aprendiéramos algo de nuestro pasado, quien más, quien menos, debería estar prevenido siempre y avisado de antemano, de que estas cosas pasan y, en España, hasta forman parte de nuestra manera de ser. Digan Maillo, o Hernando, lo que quieran. Le guste más, o le guste menos, a un Rivera al que se le han mojado todos los papeles en los que había escrito un guión que ahora habrá que reescribir.

Algo flotaba en el ambiente y, como con los terremotos, cada cierto tiempo las placas tectónicas que enfrentan África con Europa se enfrentan en territorio peninsular. Aquí chocaron la Ilustración y la Contrarreforma. Aquí se inició la revuelta contra Bonaparte que consumiría Europa. Aquí ensayó el fascismo europeo una Guerra que destruiría el mundo.

Ya no recordará nadie la depresión en la que cayó y el cabreo que se cogió ese Borbón llamado Carlos III, cuando se puso a modernizar el país, con su cuerpo de Correos, sus servicios de Aduanas, su puerta de Alcalá y su Paseo del Prado, por poner algunos ejemplos. Quería resetear un Madrid sucio y destartalado, al parecer de un monarca que venía de embellecer Nápoles hasta convertirlo en uno de los lugares más atractivos de Europa. De allí trajo, precisamente, a sus mejores ministros.

Modernizar cuesta dinero, recurrir al endeudamiento y cargar sobre las espaldas de los ciudadanos algunos costes como los de iluminar las calles para que los malandrines no actuaran impunemente en las oscuras callejuelas. La cosa se le complicó cuando por abaratar el pan con medidas liberalizadoras, se topó con que la mala cosecha y los malos transportes terminaron por encarecer el bien esencial para la supervivencia.

Entre ese malestar popular y que los funcionarios golillas y los nobles seguidores de Aranda aparcaron sus viejas cuitas en la Corte, para combatir a los italianos, el estallido callejero era cuestión de tiempo, aunque nadie lo vio venir.

Hasta que un buen día, un pequeño incidente callejero entre los municipales y unos ciudadanos que se negaban a recortar sus capas y convertir los alerones de sus sombreros en sombreros de tres picos, desencadenaron el Motín de Esquilache. Ya ves, dirían algunos, todo por recortar las capas para poder ver si había armas debajo y levantar las alas del sombrero por ver las caras de quien hacia ti venía.

Atentos a los salones cortesanos, con sus comidas, meriendas, cenas, bailes, los gobernantes olvidaban que en las gradas de San Felipe, en plena Puerta del Sol; en el barrio de las Letras, en la calle del León y hasta delante del mismo Alcázar de los Austrias, donde luego se alzaría el Palacio Real de los Borbones, se hacinaba un pueblo que comentaba cada jugada, ya fuera el asesinato de un noble, los amoríos del rey, o las últimas decisiones de sus ministros.

Pero que nadie piense que fuera este un fenómeno madrileño. De aquel Motín se tienen noticias en cerca de trescientos pueblos repartidos por toda España. El rey huyó de Madrid, resentido, para refugiarse en Aranjuez, pero tuvo que volver por exigencia popular. Se vio obligado a desprenderse de sus ilustrados ministros italianos, a los que despachó de vuelta a Nápoles. Siguió reinando, pero dedicó más tiempo a ensimismarse en la caza.

Si esto ocurrió a quien luego pasaría a la Historia como el mejor Alcalde de Madrid, hombre trabajador, reformista, e ilusionado, qué podría esperar cualquiera otro de nuestros gobernantes, pertrechado con menos ilusión, menos deseos de reformar, bastantes menos ganas de trabajar y una pesada mochila de casos pendientes con la justicia.

No debería nadie entregarse, en estos momentos a la rabia, ni a la depresión. Nadie a teorizar de nuevo la conspiración. Es momento para reflexionar, releer la historia, e intentar no repetir lo peor de ella. Es tiempo de mirarse hacia adentro y limpiar la casa. Época para convertir los fracasos en oportunidades y poner todos nuestros esfuerzos al servicio de quienes han sufrido duramente la crisis.

Por pedir, desde lo más profundo del mentidero, que no quede.


Carta abierta a Esperanza Aguirre, descubridora de la Gürtel

junio 21, 2018

Esperanza,

Llegó por fin el momento. Eras una de las destinatarias de estas cartas desde el principio, pero mes tras mes se me ha cruzado alguien en el camino, de forma que lo urgente me ha impedido atender lo necesario.

Cada vez que miro alguna de esas fotos de hace años en las que aparecemos juntos, me hundo más en mi incapacidad de comprender la condición humana. Por allí andan Gerardo Díaz Ferrán y su concuñado y sucesor al frente de la patronal madrileña, Arturo Fernández. Mi inseparable compañero José Ricardo Martínez. Tus manos derecha e izquierda, Ignacio González y Francisco Granados. El eterno concejal, luego consejero menor en tu gobierno y todopoderoso conseguidor, Alberto López Viejo. Casi todos cuantos aparecieron contigo en esas fotos se encuentran condenados, o cuando menos imputados.

Siempre he pensado que llegaste al poder madrileño, tras aquella maniobra del Tamayazo contra Simancas, cuando deberías haber realizado el gesto de renunciar a dos de tus votos para contrarrestar el transfuguismo inaceptable de aquellos dos siniestros personajes, de los que aún no sabemos qué beneficio sacaron y quién lo pagó. Pero sí sabemos quién se benefició.

Aquel verano, entre intrincadas comisiones de investigación y la repetición de las elecciones, los corruptos de España recibieron la señal inequívoca de que todo era posible y, si no lo era, siempre se podía torcer la voluntad popular hasta que lo imposible se convirtiera en viable y hasta deseable.

Tu Manuel Lamela y tu cachorro Güemes, emparentado con el capo de la corrupción valenciana, se convirtieron en adalides de las privatizaciones sanitarias. No importó que por el camino quedasen profesionales como Luis Montes, recientemente fallecido, pese a demostrarse lo infundado de los casos de asesinatos de pacientes del hospital Severo Ochoa de Leganés.

Nunca enmendaron tus escuderos aquel entuerto. Nunca pidieron perdón, ni tan siquiera disculpas, por los daños que causó aquella denuncia “anónima” contra los profesionales de la sanidad pública, a la que se dio publicidad y credibilidad, siguiendo el más puro estilo inquisitorial. Hoy, aquellos dos pícaros granujas, se ganan magníficamente la vida con lo que aprendieron a tu lado.

Granados parece que se especializó más en poner precio a las concesiones de colegios privados. A Ignacio le apasionaban los negocios del Canal. López Viejo bastante tenía con atender las timbas de Correa y demás. Unos cobraban y otros pagaban. Unos se enriquecían y otros conseguían contratos y concesiones.

Te empeñaste en convertir Telemadrid en una carcasa, en cuyo interior las productoras y los compadres afines a tu gobierno hacían su agosto, alejados del servicio público, pero con pingües beneficios privados. No importaba, tampoco, que los estudios previos dijeran que el MetroSur sería una ruina. Había que hacer más kilómetros de metro que Gallardón y había que inventar nuevos negocios radiales, peajes en sombra y modelos sanitarios privatizadores a la carta, como ensayo general de dónde, cuándo y cómo corre más el dinero desde las arcas públicas hasta los bolsillos privados.

Perdidas en las hemerotecas, han quedado tus aventuras de una Ciudad de la Justicia, tu amigo Sheldon Adelson con su Eurovegas, las donaciones empresariales a FUNDESCAM, el campito de golf en terrenos del Canal, o aquel Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama que dejaste reducido a la mínima expresión.

Los sindicatos éramos una excelente víctima propiciatoria, un gran espectáculo de entretenimiento, una gran cortina de humo. Mientras laminabas la oposición política, llegaste a decirme que nosotros éramos la verdadera oposición y la emprendiste contra los “liberados sindicales”, a cuenta de las supuestas mamandurrias que recibíamos.

El principio de tu fin comenzó cuando quisiste controlar Cajamadrid. Ahí topaste con Gallardón, atrincherado en el Ayuntamiento, con el Partido Socialista y con los sindicatos. El Constitucional te paró preventivamente los pies, durante todo un año, hasta que un acuerdo entre la socialista Elena Salgado y el popular De Guindos, su sucesor al frente del Ministerio de Economía, colocó al inefable Rodrigo Rato al frente de la Caja y relegó a Ignacio González a seguir siendo incierto aspirante a Presidente de la Comunidad. En la búsqueda de alguna pequeña venganza personal, le confesaste al propio González, a micrófono abierto, Hemos tenido la suerte de poderle dar un puesto a IU, quitándoselo al hijoputa.

Han pasado los años y, como le pasaba a Alberti, me siento tonto, pero afortunado. Salí del cargo como Secretario General de CCOO de Madrid sin más fortuna que la que tenía al llegar al mismo y nunca entendí que debiera haber sido de otra manera. No sé cómo te sientes tú. Tampoco te juzgo. Imagino que sigues conservando algo de aquella niña traviesa y agitadora de la que hablaba tu tío, el poeta Gil de Biedma, al recordar a sus sobrinas madrileñas.

Lo cierto es que no tenías sólo un problema de responsabilidad “in vigilando”, sino un problema de ética política que demasiada gente no quiso ver, ni afrontar. Pienso que, sin tus maneras y sin esas formas que tienes de entender el gobierno (no exclusivamente tuyas, por desgracia), convertidas en receta de éxito empresarial y político, bajo la égida de Aznar, la política española no hubiera caído en este pozo sin fondo de descrédito, corrupción y cinismo en el que nos hemos instalado y del que esperemos que la moción de censura nos ayude a comenzar a salir. No será fácil, por más que me parezca tan urgente como indispensable.

Fuiste, Esperanza, la lideresa de la capital del Ruedo Ibérico, la más castiza imitadora de la Dama de Hierro, la campeona del ultraliberalismo mesetario, eso que más allá del Atlántico llaman Tea Party y en su versión española, Carajillo Party. Aquella que presumió de destapar, ni más ni menos, que el caso Gürtel. La responsable última, en consecuencia, de la caída de Mariano.