17 Octubre, menos pobres, menos iguales

octubre 18, 2018

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, me remitió una invitación para asistir, en el Consejo Económico y Social, a la presentación del Informe sobre Desigualdad en España, en su tercera edición, que cuenta en esta ocasión con la colaboración de las Fundaciones Largo Caballero y 1º de Mayo.

Más allá de los datos que  aparecen en el Informe, accesible en la página web de la Fundación. Más allá de sus análisis sobre la estructura de rentas en nuestro país, las diferencias territoriales, de empleo, edad, sexo, o nivel formativo. Por encima de las consideraciones sobre el papel de los sistemas de protección social y su debilitamiento  durante la crisis, quisiera detenerme en unas cuantas conclusiones, muchas de las cuales han sido destacadas a lo largo de la presentación.

La pobreza es casi siempre relativa. En la mayor parte del mundo  una familia con 800 euros al mes no puede ser considerada, ni mucho menos, pobre. En España, con esos mismos ingresos, una familia puede ser pobre y vulnerable. En Francia, esa familia podría ser incluida en la categoría de pobreza severa. Por lo tanto, ser pobre no sólo tiene que ver con la cantidad de ingresos absolutos, sino con lo que puedes hacer con tus rentas. Siempre somos pobres, como dice un amigo, comparado con qué.

Es cierto que el nivel de rentas en un entorno puede ser uno de los primeros indicadores, pero eso sólo mide nuestra capacidad de comprar bienes o servicios. Es cierto que en un mundo-consumo este factor es determinante. Pero quedarnos ahí sería anodino y superficial. Por eso se utilizan hoy otras formas de medir la pobreza, como el Coeficiente de Gini, que valora cualquier forma de distribución desigual.

El Indicador AROPE (At-Risk-Of Poverty and/or social Exclusion), ha sido desarrollado y es cada vez más utilizado en la Unión Europea. Toma en consideración el factor de las rentas, pero sin olvidar la vivienda, las vacaciones, alimentación,  movilidad, empleo, entre otros. Por su parte, las Naciones Unidas cuentan con el Indice de Desarrollo Humano y el Indice de Pobreza Humana, más centrado en las carencias y privaciones que sufren las personas en cada país.

La crisis que hemos atravesado ha convertido las desigualdades en un fenómeno estructural. La recuperación no permite que las desigualdades se reduzcan. Ese ha sido uno de los efectos que ha producido la crisis financiera que se desencadenó con Lehman Brothers, que resultó no sólo financiera, sino que terminó por pudrir la economía mundial, doblegar la política y emponzoñar las relaciones sociales.

La crisis ha descalabrado y descabalado la democracia. Los rescates han debilitado a la política en su capacidad de redistribuir la riqueza y repartir las cargas. El ultraliberalismo del menos Estado, del más dejar hacer a quienes pueden hacer y el más dejar pasar el deterioro de la vida de la mayoría de la población, ha debilitado lo público, lo de todos, cuanto garantiza la cohesión social. Convendría rastrear por ahí el surgimiento de populismos y movimientos de ultraderecha.

La reforma laboral ha supuesto un mazazo a la capacidad de los trabajadores y las trabajadoras organizados en sindicatos de conseguir la redistribución de la riqueza allí donde se produce, en el seno de las empresas. El poder adquisitivo del salario se ha reducido y las diferencias salariales se han agudizado entre hombres y mujeres, temporales y fijos, jóvenes y mayores. El fenómeno de trabajar y ser pobre se extiende. La precariedad se ha convertido en ley de vida.

Hay quienes, desde los propios poderes económicos internacionales, avisan de que un aumento de las desigualdades terminará perjudicando las propias posibilidades de la economía, que es tanto como decir que los ricos serán devorados por su propia avaricia. Es el mismísimo Fondo Monetario Internacional quien avisa de que el aumento de la brecha social en un país provoca un freno para el crecimiento económico.

Perdidos como andamos en los escándalos de nuestros políticos, personales y colectivos, no queda tiempo para tomar en consideración que la libertad y la igualdad son las dos caras de la misma moneda. No existe la una sin la otra. Es imposible. Se llenan los políticos la boca de una España de personas libres e iguales. Pero son pocos los que trabajan de verdad a favor de la igualdad de oportunidades y muchos los que en nombre de la libertad condenan a demasiada gente al trabajo indecente y la vida en miseria.

Y precisamente ahora que nos encontramos en el entorno del 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y cuando el 7 de octubre pasado hemos renovado nuestro compromiso con el Trabajo Decente, sería bueno que cualquiera que gobierne, o quiera gobernar este país, firme un contrato con la ciudadanía para que la libertad y la igualdad se conviertan en principios rectores de su actividad de gobierno. Un contrato para que la pobreza y la brutal desigualdad desaparezcan de España.

Es una bonita bandera y una causa patriótica que merece todo ese esfuerzo que se dilapida en ejercicios inútiles y estériles de banderías nacionales y nacionalistas, que sólo generan odio, confrontación y el triunfo de las bajas pasiones.  Porque no es de recibo que una de cada cinco personas en España sea pobre, mientras que, en plena crisis, el número de ricos aumenta. No es admisible que, tras la crisis, salir de la pobreza sea más difícil y la brecha de la desigualdad sea más insalvable.

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La doctrina Casado

octubre 18, 2018

Me remite Antonio Rato, uno de los abogados de la estirpe de los de Atocha, un correo con algunas opiniones sobre el asunto de los títulos de Casado. Parte de algunas consideraciones sobre el desprestigio generalizado de la universidad, allá por los años 50, en sus tiempos de estudiante.

Tiempos, nos recuerda Antonio, en los que los titulares de las cátedras universitarias se encontraban en el exilio y los nuevos titulares no daban la talla, ni el nivel, exigibles. Tiempos en los que era de buen tono tener recomendaciones. Se presumía abiertamente de ello y no pocos sacaban a pasear, a las primeras de cambio, el consabido, ¡Vd. no sabe con quién está hablando!

Con 800 alumnos en el Aula Magna (porque alumnas sólo había 4),  no es extraño que los estudiantes fueran autodidactas, aprendieran casi de por libre en la biblioteca y se presentaran en las aulas para realizar los exámenes, o en todo caso para asistir a unas cuantas y poco habituales clases prácticas. Eran frecuentes los aprobados generales, o los aprobados selectivos.

Le asombra a mi amigo Rato (Antonio, no el otro), que hayan vuelto a algunas universidades, como la Rey Juan Carlos, esos modernos aprobados selectivos y discrecionales, esos aprobados generales, esa falta de aprecio por los claustros, la enseñanza oficial a la carta y de por libre.

Con todo, lo que más le asombra a nuestro compañero abogado es la pasividad del Tribunal Supremo a la hora de juzgar la concesión de títulos académicos en los que llaman la atención las facilidades pasmosas con las que se obtuvieron y que los vacían de contenido. Pese a todo lo cual, el Tribunal, a la vista de hechos tan evidentes, tan siquiera se atreve a declararlos títulos nulos.

Dicho de otra manera, Casado y algunas y algunos de sus compañeros y compañeras, que reconocieron haber obtenido el título sin haber hecho curso alguno, ni asistir a clase, podrán exhibir tranquilamente estos títulos en su currículum, acumulando méritos que falsearían cualquier selección de candidatos. Ahí quedan el mérito y la capacidad, reconocidos en nuestra Constitución, a la hora de obtener un puesto de trabajo.

El Tribunal no los declara nulos, ni mucho menos delictivos, cuando los hechos probados y reconocidos, me recuerda Antonio Rato, son subsumibles, de forma inconcusa, en el artículo 399 del Código Penal. Es decir, que los hechos son constitutivos de delito sin ningún tipo de duda.

El artículo viene a decir que, quien en el ejercicio de sus funciones comete falsedad, alterando documentos, o requisitos; o simula un documento en todo o en parte; o inventa la intervención de personas que no han intervenido, o las palabras de quien no dijo tales cosas; o falta a la verdad en la narración de los hechos, podrá ser condenado de 3 a 6 años de prisión, multas de 6 a 24 meses y a la inhabilitación de 2 a 6 años.

Habrá quien diga ahora que Casado no era funcionario, ni empleado público, ni  autor material del delito. Pero, es entonces cuando Rato nos recuerda que, o bien fue inductor, o cuando menos encubridor con beneficio personal de tales hechos. Aquí entra en acción el artículo 301, del mismo Código Penal, que castiga como encubridor a quien utilice bienes sabiendo que éstos tienen su origen en una actividad delictiva.

Devolver el prestigio a los títulos de posgrado. Recuperar la reputación de la Universidad. Resarcir a quienes han sido víctimas del engaño, al haber visto vulnerado su derecho a ostentar un título conseguido con esfuerzo personal y coste económico, exige reconocer que Casado ha participado, con el grado de responsabilidad que se determine, en el caso máster.

No puede existir una justicia para robagallinas y otra para robamillones. Prisión para unos y vías de fuga para otros. Se encarcela al político que se enriquece cobrando comisiones mientras se deja libre a quien las paga para obtener concesiones que le enriquecen ilegítimamente.

En procesos como el de las tarjetas black, los altos directivos que más gastaron se van de rositas, en otros casos quien roba niños resulta absuelto y si viene al caso y es necesario se inventa la doctrina Botín. Nunca he creído que todas y todos seamos iguales ante la ley. Ahora, a la vista de la doctrina Casado y los argumentos esgrimidos por Antonio Rato, sobradamente conocidos en los ámbitos jurídicos, aún menos.

Imagino que serán suposiciones mías, viejos rencores, pertinaces rencillas y envidia personal de lo bien que les va a algunos ante la justicia, mientras que otros sienten todo el peso, cada vez menos ciego, de la ley.


7 Octubre, Trabajo Decente: Cambiar las reglas

octubre 18, 2018

En el año 2008 la Confederación Sindical Internacional (CSI-ITUC) convocó la Primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente (JMDT). La convocatoria partía de la convicción de que no puede existir una vida decente si el trabajo no lo es también. Una certeza que ha conseguido unir a las organizaciones de trabajadores, sociales, religiosas, culturales, en torno al 7 de octubre de cada año.

Fue hace casi veinte años, cuando el director de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, sindicales y representantes de los gobiernos, presentó una primera Memoria sobre el Trabajo Decente, en la que acuñó el término.

El concepto de Trabajo Decente hace referencia al trabajo que ofrece oportunidades para que las personas puedan ganarse la vida, tener un salario digno, realizar una actividad productiva en condiciones de libertad, seguridad, respeto a la dignidad humana y con derechos laborales y sociales.

Tenemos derecho al trabajo, a las oportunidades de empleo, a la protección social, a negociar nuestras condiciones laborales en el marco del diálogo social y la negociación colectiva. Sin ello no será posible acabar con la pobreza, no podremos asegurar que las personas alcanzan un desarrollo integral, no tendremos una sociedad cohesionada en torno a valores como la libertad y la igualdad.

Cada año, en más de 100 países del mundo, se reivindican las conquistas sindicales y un desarrollo que distribuya las rentas y que no beneficie exclusivamente a los privilegiados. Se reclama el fortalecimiento de los derechos y libertades democráticas, junto al reconocimiento de cuantas personas han dedicado su vida a este esfuerzo de mejorar la vida de todas y todos.

Este año la JMTD se ha marcado un objetivo, un lema global: Cambiar las reglas. Vivimos en un mundo en el que el 65% de los países excluyen a los trabajadores de la legislación laboral, el 85% vulnera el derecho de huelga, en cuatro de cada cinco países se deniega el derecho a la negociación colectiva, total o parcialmente y son muchos los lugares del planeta en los que se limita la libertad de expresión y reunión de los trabajadores, se ven sometidos a amenazas, violencia, detenciones, encarcelamiento, o son asesinados impunemente.

Por eso hay que cambiar las reglas. Reglas que fomentan el desorden, que favorece los intereses de los poderosos, mientras actúan sistemáticamente en contra de los trabajadores y trabajadoras. Reglas que aumentan la desigualdad y producen inseguridad, debilitan la libertad y el propio sistema democrático. Abusos como los de Coca-Cola, Amazon, o Ryanair, desbordan las fronteras de un solo país, imponiendo sus designios y sus normas a los gobiernos nacionales, para preservar su inmenso negocio.

Varias son las amenazas que se ciernen sobre nuestro futuro, en el conjunto del planeta. El poder ilimitado de las corporaciones económicas, la reducción de los espacios democráticos en los que podemos decidir sobre nuestras vidas y nuestro futuro, la incapacidad, cuando no el desinterés, de los gobiernos para corregir la situación aplicando legislaciones que refuercen los derechos y la igualdad.

Y, sin embargo, no todo está perdido. Frente a los retrocesos, los recortes y la aceptación de la lógica perversa de un mundo en acelerado retroceso, algunos países han demostrado que se pueden introducir medidas para reducir la brecha salarial de género, dignificar el trabajo de quienes prestan servicios a las personas, proteger contra la violencia de género, recuperar derechos sociales.

Algunos gobiernos han demostrado que se puede dirigir, gobernar, hacer política, escuchando a los pueblos, a las organizaciones sociales, a las organizaciones sindicales. Las reglas, las normas, las leyes, pueden ser elaboradas y aprobadas pensando en la vida de las personas, en lugar de poner la vida al servicio de los grandes intereses empresariales. El 7 de Octubre saldremos a las calles para cambiar las reglas, que es otra manera de decir, para darle la vuelta a la tortilla.


Muertos de hambre

octubre 18, 2018

Recibimos decenas de vídeos y eso que llaman GIF, más o menos graciosos, llamativos, impactantes, virales. No suelo abrirlos porque, en los tiempos que corren, hacerlo requeriría un tiempo del que no dispongo. Sin embargo, hago una excepción con los que me envían algunos amigos, a los que atribuyo la capacidad de sorprenderme con imágenes, o ideas, que me hacen ver las cosas de otra manera.

Tras mantener una conversación telefónica, uno de esos amigos me manda un video realizado por Elio González y Rubén Tejerina, titulado Muertos de hambre. Seis minutos de monólogo, en los que Elio despliega algunas ideas en defensa del arte y los artistas, acompañadas de sugerentes imágenes en blanco y negro.

Me gustaría que lo vierais y por eso no pienso destriparlo, ni mucho menos hacer spoiler. El video comienza transcribiendo el comentario de alguien sobre las enseñanzas artísticas. No dan el nombre del comentarista, imagino que para que no cargue públicamente con su desafortunada opinión durante el resto de su vida.

Viene a decir el personaje en cuestión que, Las investigaciones médicas aumentan la esperanza de vida (medible). Nuevos métodos en ingeniería reducen costes, distancias, tiempos, etc. (medibles). La I+D incrementa el PIB y el empleo. Que un chalado pinte cuatro rayas en un cuadro, o que un flipado componga un pasodoble, no aporta nada de forma objetiva, o medible. El mundo va a seguir igual sin su aportación. No les necesitamos.

Imagino que el pobre hombre, no se me ocurre que una mujer tenga tan escaso aprecio por la vida y sus manifestaciones, se siente perjudicado y golpeado por el hecho de que la investigación haya sido una de las primeras víctimas de los recortes de Rajoy, hasta el punto de que hayan casi desaparecido de la faz mesetaria las investigaciones médicas, los nuevos métodos en ingeniería y eso que él llama I+D y que otros denominan Investigación, Desarrollo, e innovación (I+D+i).

No me extraña que Elio comience su monólogo contando una sugerente anécdota, en la que uno de sus amigos se ve obligado a responder a una pregunta de su padre en la que se interesa por saber a qué se dedica el inseparable colega de su hijo. El joven responde que es actor y añade que le gusta la poesía, la fotografía y ha realizado algún video. El padre corta inmediatamente la conversación, Vamos, un muerto de hambre.

La opinión no es muy distinta de la de un pariente mío, que no duda en ubicar a los artistas en la categoría de cigarras. Se supone que el resto de los mortales son hormigas, ya ve usted. Lo cierto es que los artistas, no sólo en España y no sólo en estos tiempos sin historia, han sido casi siempre unos muertos de hambre.

Mira por dónde, he ido a tener dos hijas artistas, aunque no siempre pueden ganarse la vida como tales y se ven obligadas a buscar otras formas de sustento. Pagan con doble esfuerzo su osadía, como las cigarreras pagaban el atrevimiento de ser trabajadoras, mujeres y libres. Va a terminar siendo cierto que el arrojo de robar el fuego de los dioses, puede terminar convirtiéndonos en ángeles caídos, o Prometeos encadenados.

Es muy difícil creer que podemos innovar algo, investigar, introducir algo nuevo, sin forjar, fomentar y valorar la creatividad en todas sus formas. La de una actriz, la que explota en la danza, en la música, en las imágenes, en los colores, en un poema, en un cuento, un relato, seductor y fascinante. No todo es medible y objetivo, ni en el momento de nacer, ni en el de morir, ni en cuanto nos ocurre en el breve recorrido entre ambos mojones.

Mientras aquí descuidamos la formación y el empleo decente. Mientras promovemos el ideal perverso de los falsos autónomos, precarios y mal pagados, a los que enseñamos a aceptar la explotación, en otros países de Europa cuidan a sus artistas, recompensan la imaginación y premian a sus creadores.

Al final nuestros jóvenes terminan por buscar acogida allí donde les ofrecen oportunidades y aprecian su trabajo. Nuestra juventud ha huido de España al ritmo de 100.000 al año. Muchos eran titulados medios y superiores, otros eran artistas. Acabamos haciendo nido allí donde nos quieren. Allí donde nos dan una oportunidad.

Un país como Bélgica, cuenta, por ejemplo, con un Estatuto del Artista, que permite compatibilizar periodos de actividad y obtención de recursos, con otros momentos en los que no hay trabajo remunerado, o un proyecto se encuentra en una fase de creación. Acreditando un nivel anual de actividad e ingresos puedes compaginar el cobro de una prestación con otros momentos en los que ingresas dinero fruto de tu trabajo.

En España estamos dando los primeros pasos para elaborar un Estatuto del Artista que regule desde la fiscalidad, hasta los gastos de formación, la protección laboral, o el derecho a una jubilación que sea compatible con la  actividad creativa.

Esperemos que este camino no quede en nada, porque de que este barco llegue a buen puerto, depende que mañana tengamos un país más innovador y creativo. Depende que nuestra cultura nos ayude a interpretar y a convivir con el misterio de nuestra vida  y que quienes la defienden cada día, dejen de ser unos muertos de hambre.


Cuídate de los guardianes de los dioses

octubre 18, 2018

Uno de los primeros premios de  narrativa que gané me lo concedieron por escribir un cuento que se titulaba La Academia Club Social. El jurado del Certamen Voces del Chamamé, presidido por el poeta y novelista asturiano Javier García Cellino, me entregó el galardón en el Salón de Actos del Diario Nueva España, en Oviedo.

Cada vez que pienso en aquello, hace ya más de 20 años, se me ocurre pensar que hoy aquel cuento que me llenó de tanto orgullo, no hubiera merecido un premio, sino, tal vez, un procesamiento judicial y hasta una condena.

Leo, en este diario que acoge mi blog, un artículo titulado 9 (+1) canciones que ya se metieron con el rey antes de Valtònyc y no pasó nada. Desgraciadamente, hoy sí pasa algo. Canciones así serían constitutivas de delito de amenazas, calumnias y/o injurias graves a la corona. Leo también que un juez procesa al actor Willy Toledo por insultar a Dios y a la Virgen María, acusado de cometer un delito contra los sentimientos religiosos.

No siento especial admiración personal ni artística por el uno, ni por el otro, pero me parece que cuanto les acontece sólo contribuye a alimentar una fama que, de otro modo, no hubieran conseguido. Vean si no, cómo el actor se arroja en brazos de Teresa de Calcuta, a la que define como una de las mayores criminales que han pisado este planeta, para seguir explotando el filón.

Y es que hay cosas que pasan ahora y que no pasaban antes. Las leyes son las mismas, pero han sido retocadas y reconvertidas sutilmente, de forma que la justicia las interpreta de otra manera y la libertad va siendo recortada, cediendo paso a la condena, la cárcel y el miedo.

Hemos entrado en un tiempo de caza de brujas del que nadie puede sentirse libre. Ha pasado con los sindicalistas que un buen día van a la huelga y terminan por ser acusados de impedir el derecho al trabajo en día de huelga. Y pasa ahora con personajes públicos que la emprenden con Dios, la Virgen Santísima, o con los Reyes.

Debimos comenzar a temernos lo peor cuando Javier Krahe tuvo que sentarse ante un juez pos haber publicitado la receta para cocinar un crucifijo. Juicios tengas y los ganes. Menos mal que, en este caso, el juez terminó por estimar que nuestro Brassens familiar y de andar por casa, sólo quería ejercer su libre expresión artística, ciertamente con burla, sátira, provocación y crítica de la religión, pero sin intento de ofender.

En tiempos del dictador, al que algunos llaman aún Caudillo por la gracia de Dios, la blasfemia era delito. Durante la incipiente democracia dejó de serlo. Ahora no lo es, pero cualquiera puede denunciarte por considerar ofendidos sus sentimientos religiosos. El resultado es el mismo, y a veces peor, que durante el franquismo.

El caso es que cuando escribí el cuento, ganó el premio y fue publicado en un libro recopilatorio. Nadie objetó nada, ni en privado, ni en público, ni mucho menos ante los tribunales. Sin haberlo pretendido entonces, el cuento me parece hoy premonitorio.

Sin darme cuenta lo llené de protagonistas en las fronteras que separan lo ilegal y viciado, de lo soberbio y glorioso. Jóvenes en el escabroso mundo de la pederastia, la prostitución, la homosexualidad. Jueces, personajes corruptos. Y, para colmo, un molesto e inesperado ¡Me cagüen Dios! a bocajarro, en la primera página. Para no haberlo planeado, el relato toca todos los palos y pisa todos los charcos.

El caso es que entonces no sentí miedo ni preocupación alguna. Hoy, sin embargo, cuando el relato ha sido reeditado en un libro que recopila una decena de cuentos premiados, siento la extraña sensación de estar jugando a la ruleta rusa, el temor de que alguien pueda sentirse ofendido en cualquiera de sus creencias y hasta en alguna de sus no  creencias.

O yo era más joven, inconsciente, e indocumentado, o las cosas eran distintas y menos complicadas hace veinte años. O tal vez disfrutábamos de una libertad en expansión que, poco a poco, como sin darnos cuenta, hemos ido perdiendo a manos de inquisidores de todos los colores.

Lo que es peor, lo hemos dejado estar, les hemos permitido hacer, hemos preferido callar. Esos pequeños silencios que, cuando menos lo esperas, nos dejan en manos de monstruos. Nuestros propios monstruos. Guardianes de reyes y dioses.


Carta abierta a una maestra y un maestro

octubre 18, 2018

Querida maestra, Querido maestro,

No pretendo, con el título de este artículo, reproducir, al cabo de los años y las décadas, la iniciativa que Lorenzo Milani y sus chavales quisieron desarrollar, cuando escribieron una carta, desde una sencilla escuela parroquial, en un caserío llamado Barbiana, situado en la localidad de Vicchio, perdido en las montañas de Mugello. La capital, Florencia, estaba a menos de 50 kilómetros. Pero hace 60 años, esa distancia era insalvable para muchos de esos niños y niñas, sin carretera, sin luz, sin agua, sin teléfono.

Allí escribieron su hermosa Carta a una maestra. Han pasado más de cincuenta años desde que aquel curita incómodo, desterrado por los prelados y confinado en aquel pueblín,  murió a causa de un cáncer linfático, sin haber cumplido los 50. El libro ha perdido poca actualidad en sus críticas al sistema educativo y al papel que nos han asignado en el mismo. Aquel libro me incitó a ser maestro, como su Carta a los jueces me convenció de que la objeción de conciencia, en todas sus formas, no merecía condenas de cárcel, sino respeto y admiración de toda la sociedad.

Estamos en pleno inicio de curso. Tan sólo en la educación no universitaria contamos con más de 8 millones de alumnas y alumnos y cerca de 700.000 profesoras y profesores. A ellos habría que añadirles millón y medio de estudiantes universitarios y más de 100.000 profesores y profesoras.  Sobre una población de casi 46 millones de habitantes no son cifras pequeñas, ni poca cosa

Hay quien supone que el poder de la institución educativa es grande. Así parecen pensarlo quienes, cada vez que se refieren a las dramáticas cifras de desempleo, hablan de la formación como si fuera una varita mágica para acabar con el paro. O quienes, alarmados por la pérdida de eso que llaman “valores”, buscan la solución en la mejora de la educación.

Cuando surge cualquier problema, ya sea de tolerancia, xenofobia, racismo, pobreza, violencia en cualquiera de sus formas, degradación ambiental y contaminación, abusos, corrupción, movilidad, injusticias, cambio climático, obesidad, todo tipo de desmanes, la primera solución es la mejora de la Educación.

No digo que no, cuidado, soy de los que creo que todo comienza por la educación, pero me parece que la respuesta tiene mucho de mantra, repetitivo y adormecedor, encaminado a desviar el tiro, evitando fijar la atención en otros responsables y otras responsabilidades, personales y colectivas, que deberían ser asumidas.

Me parece que es demasiado exigir a personas que, aún con la mejor de las voluntades y suponiendo una vocación que les ha llevado a elegir esta profesión y no otra, no tienen en su mano el ungüento amarillo, ni podemos hacer milagros. Alguno de esos remedios, milagros y hasta ungüentos, hemos intentado alumbrar, ensayar, inventar, a lo largo de nuestra larga, o corta, carrera profesional, dentro o fuera de la escuela. Pero, decididamente, los milagros, como la inspiración, son caprichosos, la alquimia no siempre sale bien  y, en cualquier caso, la inspiración, a veces no pilla con un lápiz a mano.

Los políticos, muchos padres y madres desconcertados por el cariz que va tomando la vida; las instituciones, empresas y todo tipo de organizaciones, exigen a la escuela algo que no puede dar. La escuela no inventó este mundo de consumo, ni una sociedad profundamente egocéntrica.

No inventó a los dioses del dinero y el poder, que a la manera de Jano se reparten el papel de guardianes de la puerta que culmina el final de la Historia y abre el camino hacia el No futuro, precario y caótico. Ni a sus jinetes del apocalipsis, cabalgando sobre el egoísmo, la injusticia, la violencia, el olvido. No inventó internet, ni las redes sociales. No enseñó un modelo de felicidad sobre los pilares del consumo desmedido, el pelotazo, el éxito fácil, la corrupción.

No ha sido la escuela la que ha hecho que nuestra infancia cambie de parecer sobre su futuro profesional, para opinar que las mejores profesiones son ahora las de youtuber, probador de videojuegos, cocinero cinco estrellas, cantante triunfador, habitante temporal en la casa de Gran Hermano y, en todo caso y siempre, influencer que se rifan las marcas para protagonizar campañas publicitarias.

La educación ayuda a cambiar cosas. También puede actuar como reproductora de modelos sociales, económicos, culturales. Puede preparar nuevos caminos, o apuntalar los existentes. Pero no crea empleo, ni cambia la sociedad, si no hay una sociedad que quiera los cambios.

Eso sí, es imprescindible para contar con personas libres, responsables, que trabajen por la igualdad. Es indispensable para dominar la palabra. No sólo la escrita, la hablada, la que escuchas, sino la construida con números, con notas musicales, con formas y colores, con el ritmo del cuerpo. Es esencial para interpretar el mundo, criticarlo, juzgarlo, comunicarlo, compartirlo y reconstruirlo con la creatividad del artista que llevamos dentro, aprendiendo a utilizar los materiales a nuestro alcance.

Me parece que la felicidad consiste en eso. O, al menos, en eso se encuentra otra felicidad posible. Y me parece que la escuela es un buen lugar donde ayudar e incitar a abrir esas puertas. Las puertas que conducen a trabajos decentes y vidas dignas. Porque de eso va la escuela, de aprender a vivir.

Empezamos en una escuela de Florencia, perdida en mitad de las montañas y quiero terminar con los primeros días de John Lennon en su escuelita de Liverpool, que me parece premonitoria del papel que debe jugar la escuela, Cuando yo tenía cinco años, mi madre me decía que la felicidad es la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande, escribí feliz. Me dijeron que yo no entendía la pregunta. Les dije que no entendían la vida.