Mi nombre entre los nombres

noviembre 4, 2018

Tenía pensado escribir este artículo sobre alguno de los temas que me preocupan. Sobre El fascismo que viene, o tal vez sobre La vida con filosofía. Sin embargo, una noticia ha trastocado mis intenciones y me ha incitado a adentrarme, una vez más, en un asunto espinoso, de aquellos de los que nunca sales bien parado, porque a muchos incomoda, a otros contraría y a no pocos duele.

Un medio de comunicación ha publicado una noticia sobre un supuesto homenaje de la “vieja cúpula” de CCOO a uno de los condenados por las tarjetas Black, antes de que entre en la cárcel. Sólo dan el nombre de dos de los asistentes y uno de ellos soy yo, lo cual me llena de cólera, simplemente porque no es verdad.

Ya he vivido episodios parecidos, cuando han confundido mi nombre, Francisco Javier López Martín, con el del compiyogui zalzuelero y yernísimo de Villar Mir, Javier López Madrid, también implicado en el asunto tarjetas. Como cada vez que esto ocurre, me toca desencadenar una campaña en todas las redes a mi alcance, hasta que el medio correspondiente, espero que sólo desinformado y no malintencionado, termina corrigiendo la noticia.

Así ha ocurrido también ahora. Disculpas privadas y rectificación pública de la noticia. Nada de esto merecería más atención y ya me parece hasta mucha. Avatares de la vida en el solar patrio. Si lo traigo a colación es por dos comentarios que he recibido, uno público y otro privado. El público, viene de toda una profesora de universidad con alguna responsabilidad en CCOO. Viene a decir, Bueno, seguramente es porque tú eras uno de sus amigos, sindicalmente me refiero. Los que no nos gustó nunca no figuramos en ninguna quiniela.

El mensaje privado, tampoco daré nombres, me dice, Javier, disculpa, creo que al contrario, lo mejor es no darle mayor difusión… es lo que buscan y la estrategia de las “fake news” es esa, entre mentiras y desmentidos, marcar la agenda informativa y que se siga hablando para que las redes lo amplifiquen al máximo.

En el primer caso, el comentario me parece, cuando menos, desafortunado. Cuando pertenecemos a una organización y personal, o colectivamente, alguien que forma parte de la misma se ve implicado en un asunto como el de las black, no creo que la frivolidad de la mofa, la burla y la guasa sirvan de mucho. Bien lo saben las personas que trabajan en universidades, acosadas por el desprestigio general que han sembrado quienes han utilizado la institución en beneficio propio.

En el segundo caso, agradezco la opinión, cargada de sentido común, si atendemos a la estrategia de la tensión y el debate crispado que utilizan algunos medios como ariete, abusando de los mejores principios propagandísticos de Goebbels, según los cuales la mentira repetida mil veces, adquiere apariencia de verdad.

Yo, en esto, me he fiado siempre del consejo que un buen día Burroughs le dio a Patty Smith, Crea un buen nombre, mantén limpio tu nombre, no lo comprometas, no te preocupes por hacer mucho dinero, o ser exitosa. Preocúpate por hacer un buen trabajo, tomar las decisiones correctas y proteger tu obra. Y si creas un buen nombre, finalmente ese nombre será su propia moneda.

Pues bien, pese a la mofa de la señora profesora y el prudente consejo del segundo compañero, lo único que tengo, lo único que he construido a lo largo de todos estos años, allá donde me haya tocado estar, lo único con lo que he salido de cada cargo o responsabilidad, lo único con lo que me terminaré yendo del tiempo que me quede, es mi nombre, limpio y libre. He cometido errores, sin duda, pero nunca me cegó el dinero, ni el poder.

Dicho lo cual, quiero también contaros que algunos de quienes hoy están en la cárcel por las tarjetas black, han compartido conmigo momentos muy duros para los trabajadores madrileños. Desde la primera gran huelga general del 14-D, hasta el NO a la Guerra, el 11-M y la T-4 de Barajas. Desde la lucha de SINTEL en la Castellana, hasta la de Coca-Cola en Lucha.

Desde las miles de viviendas protegidas entregadas por la cooperativa VITRA, en silencio, sin escándalo alguno, hasta la defensa cerrada contra la ofensiva contra lo público de la beneficiaria del Tamayazo, que comenzó con el brutal ataque a los profesionales del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Allí dieron comienzo todas las mareas y la dura confrontación contra el neoliberalismo que puso pica, hizo nido y se fortificó en Madrid.

Cómo no voy a sentir dolor, cuando esas personas ingresan en la cárcel. Tal vez algunos creyeron que en los despachos de Cajamadrid, o de Bankia, comenzaban a formar parte de la élite financiera, ignorando que nunca seremos uno de los suyos, como ellos nunca serán uno de los nuestros. Ignorando que la justicia suya y la nuestra tienen poco que ver. Pese a su ceguera aparente, sabe quien tiene que acabar en prisión y quién no.

Cómo no voy a sentir dolor si forjé parte de lo que soy junto a ellos y algo de mí, sin duda, guardarán dentro. Si conozco a sus mujeres y a sus hijos. Algunas de sus virtudes y sus defectos. Cómo no sentir que una parte de mí está hoy en prisión. No me pidáis que me alegre su desgracia.

No, no he ido, ni iré, a homenajes, ni despedidas. No juzgo a los que van, ni a quienes los organizan, ni a quienes los rechazan. Tampoco a los que guardan silencio para no verse salpicados. Pero no puedo dejar de pensar en aquel Napoleón, tan bien descrito por Bernanos, que, recluido y abandonado en Santa Elena, presumía de haber sabido aprovecharse de los imbéciles, cuando la verdad es que fueron los imbéciles quienes se aprovecharon de él, primero como incondicionales bonapartistas y más tarde, engendrando sobre su ruina humana, un nacionalismo patriotero que les permitió blindar su posición social y su riqueza.

Es cuanto os puedo contar en 1001 palabras.

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Papeles errantes, papeles urgentes

noviembre 4, 2018

Recientemente falleció la madre de un buen amigo. Tal vez el mejor amigo que tengo. Una mujer, viuda, de 94 años de edad, que vivía sola hasta el momento en que cayó gravemente enferma. Una de esas señoras que, cuando mueren, dejan a las comunidades de vecinos y los viejos barrios del Sur sin una de esas presencias que hilvanaba el tejido de relaciones que sustentan toda convivencia vecinal.

Me cuenta mi amigo que, en los últimos meses, andaba  cada vez más débil y enferma. Tuvo que ser hospitalizada. Por eso, intentando anticiparse a los avatares que se pudieran desencadenar, acudió a ver a su trabajadora social, en el Ayuntamiento. Fue ella la que le pidió los papeles necesarios para iniciar el trámite de revisión de la situación de Dependencia ante la Comunidad Autónoma, avisándole de que no son cosas que se resuelvan en un día, ni en dos, ni en meses.

Cuando mi amigo pidió, por primera vez, el reconocimiento de la situación de dependencia para su madre, que ya andaba en el entorno de los 90 años, la mujer había sufrido varios internamientos hospitalarios por enfermedades que no pueden considerarse menores. Tras los meses correspondientes de papeleos y tramitaciones administrativas, le fue reconocido el más ínfimo, menor y más bajo de los grados de dependencia, al que han dado en llamar Grado I. El resultado inmediato es que la ayuda a domicilio que recibía del Ayuntamiento, le fue reducida por la Comunidad. En total pasó de seis horas a cuatro horas y media a la semana.

Por lo demás, su tránsito por la dependencia, terminó siendo similar al de otras muchas mujeres en parecida situación. Auxiliares de ayuda a domicilio que venían a su casa, la sacaban a pasear, hacían algo de compra, barrían o fregaban, según el día. En pocos años conoció a bastantes de estas trabajadoras, porque cambiaban de destino, no las renovaban el contrato, o ganaba el concurso otra contrata. Parece ser que alguna vez la llamó la coordinadora, también de turno rotatorio y hasta acudió a verla. En ocasiones la llamaban desde el servicio de teleasistencia.

Falleció, al cabo de tres meses, la madre de mi mejor amigo sin ver resuelto el nuevo expediente de revisión de la situación de dependencia. Tal vez era mucho pedir que en tan poco tiempo, medido en términos administrativos, quedara solventada una tramitación que para muchas familias se cuenta por semestres y hasta por años. No tiene mi amigo nada que objetar, muy al contrario, al trato humano que recibió, ni con la calidad humana de las personas que la atendieron. Ni en la medicina, ni en la enfermería (ya fuera en atención primaria, hospitalaria, o residencial), ni en el trabajo social, ni en la ayuda a domicilio, ni en las voces siempre amables de la teleasistencia.

La mujer era  además tan discreta que, probablemente no le hubiera gustado que nadie  hablase de ella. Era de esas personas que a lo largo de su vida, piden lo que necesitan y aceptan lo que les dan, sin exigencias, sin reproches, sin que una mano sepa lo que la otra ha hecho. En silencio, sin presumir de sus logros, ni lloriquear sus derrotas. Afrontando de frente la ruina desencadenada, cuando ésta llega.

Sin embargo, acaba mi amigo de recibir una carta inesperada, más bien un oficio, sin que hayan transcurrido ni dos meses desde la fecha del fallecimiento de su madre, en la que se le comunica que, Se notifica Resolución (…) del Director General de Atención a la Dependencia y al Mayor, por la que se declara concluso el procedimiento de revisión de la situación de dependencia iniciado por (…), por fallecimiento del titular, circunstancia que determina la imposibilidad material de continuarlo, y archivar las actuaciones practicadas en dicho expediente. Así, a palo seco, sin un Hola, un Estimado Señor, Querido ciudadano de a pié, ni fórmula alguna de saludo.

A continuación otro párrafo dedicado a informar sobre las posibilidades de interponer recurso administrativo ante el organismo correspondiente, en el plazo determinado, de conformidad con tales y cuales disposiciones legales, o cualquier otro recurso que considere oportuno. Aunque el escrito viene firmado digitalmente por la Jefatura de Servicio competente, tampoco hay fórmula alguna de despedida, ni mucho menos de condolencia, o pésame. Un frío oficio administrativo es cuanto puedes esperar en el momento de la muerte, tras soportar largas esperas en los momentos de la vida.

Pido permiso a mi amigo para contar estas cosas en un artículo. Comento cuanto he descrito con un jubilado conocido, que ha dedicado su vida a la Seguridad Social, a la atención sanitaria, a las Mutuas de Accidentes en el Trabajo y que participó, hace ya años, en la elaboración del Proyecto de Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Protección de las Personas en Situación de Dependencia, más conocida como Ley de Dependencia, que no hace mucho ha cumplido su décimo aniversario.

Coincidimos en que la buena voluntad que marcó las negociaciones para hacer posible este nuevo derecho social, que pretendía equipararnos con Europa y que queda reflejada en el propio título de la Ley, ha tenido un desarrollo desigual, insuficiente y ha dejado un poso de amargura. Ni los recursos han sido suficientes, ni el personal ha sido el necesario, ni la coordinación entre Ministerios competentes y entre éstos y las Comunidades autónomas y Ayuntamientos, ha sido la indispensable. La larga crisis hizo el resto, convirtiendo la Ley de Dependencia en una declaración de buenas intenciones, sin los recursos necesarios.

Para las personas mayores y dependientes, la protección, la suficiencia económica y la autonomía personal, pasan por unas pensiones dignas y ayudas para poder atender sus necesidades, pero también es necesario desarrollar la protección social necesaria para continuar viviendo en su entorno, mientras puedan y para contar con otros dispositivos públicos que aseguren la calidad de sus vidas hasta el momento de la muerte.

No es caridad, beneficencia, auxilio social, misericordia, lo que necesitan. Es el reconocimiento del derecho a la vida digna hasta el mismo momento de la muerte.


Todo lo que puede empeorar

noviembre 4, 2018

Recuerdo la hilaridad que despertaba en algunos contertulios, la propuesta de la Ministra de Vivienda del Gobierno Zapatero, allá por el año 2005, de construir pisos de protección oficial de 25, o 30 metros cuadrados, para solucionar los problemas de vivienda de nuestra juventud.

Se ve que los responsables ministeriales se habían dado una vuelta por Europa y traían en la mochila la idea de construir viviendas modulares para jóvenes, ampliables al piso de al lado, si las circunstancias familiares cambiaban. Edificaciones con espacios comunes para lavandería, salas de usos múltiples y actividades comunes, portería… hasta espacios deportivos, o piscina comunitaria, podrían añadirse a los proyectos.

La Ministra, Trujillo se apellidaba, su nombre María Antonia, llegó a firmar un convenio con el ITEC (Instituto de Tecnología de la Construcción de Cataluña), con el fin de realizar un estudio sobre tipologías, características y requisitos de habitabilidad de estas casas protegidas.

La hilaridad con la que fue recibida la propuesta se completó cuando la Ministra se embarcó en otra idea aún más atrevida. Regalar unas zapatillas kelifinder para ayudar a nuestra juventud a patease las calles en busca de vivienda, Si la encontraban, podían acceder luego a algún tipo de ayuda para alcanzar su sueño.

Todo aquello nos parecía un poco desatinado, cuando menos, en aquellos momentos. Hasta que se desencadenó la crisis, con sus recortes y sus retrocesos sociales. Una crisis que convirtió la precariedad en entorno y paisaje estructural de nuestras vidas.

Ahora, una docena de años después, se nos presentan, como gran avance hacia la modernidad, los alojamientos colmena, las viviendas burbuja, los smart-zulos, las casas ataúd, las mini-houses. Soluciones de cubículo, habitáculo y covachuela, inspiradas en las habitaciones cápsula que tan acostumbrados estamos a ver en los documentales sobre hoteles japoneses.

Innovadoras empresas pretenden ofrecer, en nuestras grandes ciudades, antros, cuartuchos y cuchitriles de 2 metros de largo, por 120  centímetros de ancho y otros 120 de alto. No como alojamiento provisional, turístico, de paso, sino como residencia permanente para nuestros jóvenes. Eso sí, con derecho a un inestable somier elevable, para poder guardar maletas, ropa y enseres, ínfima mesa plegable, estantería exigua, un enchufe y un cargador USB, además de una cabecera-almacén.

Habrá espacios comunes de desahogo, para calentar comida, aseo personal y unas estrictas normas de convivencia que, al parecer, incorporan el control de ruidos y llamadas telefónicas molestas, la prohibición del consumo de sustancias ilegales, o el préstamo a amigos y familiares.

Alquileres baratos para personas con pocos recursos que quieran disponer de un chiscón, desván, almacén, garito, o leonera, donde aguardar en precario, siempre en precario, el momento de la muerte. El Ayuntamiento de Barcelona ha negado las licencias, por razones de habitabilidad e incumplimiento de la normativa, pero estas empresas cuentan con inversores poderosos y potentes abogados. El tiempo dirá.

Con todo, lo más alarmante es que, si en 12 años hemos pasado de “soluciones habitacionales” de 30 metros cuadrados a poco más de dos metros cuadrados y de rodillas, ¿qué terminaremos ofreciendo a nuestra juventud en 2030? Todo lo que puede empeorar, termina empeorando y ya sólo nos queda poner a trabajar a nuestros arquitectos de futuro en proyectos de cuartos-sarcófago, o féretros de diseño, desde donde nuestros precarizados y empobrecidos jóvenes, puedan asomar la cabeza y respirar la inmensa paz de esos grandes y bernanianos cementerios bajo la luna.