La conjetura de los Nadie

Los Nadies me parecen la medida del tiempo que nos toca vivir. A veces como herida, otras como cicatriz. Sus vidas son la llave para adentrarse en los misterios del mundo. Su existencia juzga la historia. Salva a unos, condena a otros. Para ellos he escrito un poemario y un libro de cuentos que se adentra en La Tierra de los Nadie.

Los Nadies constituyen una conjetura a cuyo análisis y demostración deberíamos dedicar muchos esfuerzos. Tantos, al menos, como los que dedicaron cientos de matemáticos durante un siglo, a intentar demostrar  la conjetura de Poincaré, considerado uno de los siete problemas del milenio, establecidos por el Clay Mathematics Institute.

Hasta que un ruso, Grigori Perelmán, lo resolvió. A renglón seguido renunció al millón de dolares del premio y rechazó la Medalla Fields, el equivalente a un Premio Nobel en Matemáticas.  Pero esta es otra historia que merece la pena ser contada en otro momento.

He tomado para mis libros el término Nadies de ese precioso poema de Eduardo Galeano que siempre me estremece, Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres. El corrector me subraya en rojo la palabra nadies. No tiene por qué un corrector diseñado para la escritura políticamente correcta, saber discernir la perfección que habita en este plural que sólo existe en el español andino que se habla en las fronteras de Ecuador, Perú, Bolivia.

Hay quienes, desde su alta sabiduría catalogan el uso del término como vulgar, coloquial, rural, popular. Puede que tengan razón, porque, en su esplendorosa invisibilidad, los Nadies habitan una tierra común y corriente, de andar por el mundo, campesina y jornalera, urbanita de extrarradio, de palabras sencillas  cargadas de sentido y ancladas en el pueblo. La Tierra de los Nadies.

No todos, ni en todos los lugares y tiempos, han recibido ese nombre. Sin ir más lejos, en la versión comunista de la Internacional, los Nadies son convocados al grito de Arriba parias de la Tierra, mientras que el llamamiento de la Internacional socialista comienza, Arriba los pobres del mundo. Algunos líos nos acarrea cantar el  himno al terminar las manifestaciones sindicales conjuntas. Hemos optado por poner la música y cada cual cante lo que sepa. La interpretación anarquista comienza igual que la socialista, pero pronto se encamina, por otros derroteros, hacia la revolución social.

En la Iglesia prefieren llamarlos pobres. Así lo hacen Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ernesto Cardenal, el brasileño Helder Cámara, o el español Pedro Casaldáliga, algunos de los constructores de la Teología de la Liberación (tan mal vista por los prelados romanos, hasta que apareció por allí Francisco), terminan identificando el grito de la Tierra con el grito de los pobres, los oprimidos.

Un cura rural, Lorenzo Milani, párroco en un pueblecito de los montes de la Toscana florentina, llamado Barbiana, les dio el nombre de los últimos y a su educación dedicó su vida, escribiendo con ellos una hermosa, al tiempo que demoledora, Carta a una Maestra, en la que defiende la urgencia de dar la palabra a los pobres y en la que arremete contra la escuela clasista, segregadora y selectiva de la Italia de la época.

Estos pobres y oprimidos, estos últimos, no son otros que aquellos a los que Carlos Marx definió como proletarios, poseedores de la fuerza de trabajo, que no es poca cosa, pero de nada más. Muchos de ellos convertidos en lumpenproletariado, proletariado lumpen. Una palabra, que viene del alemán y que tiene lo suyo. Significa, literalmente, andrajoso.

Algo así como degradados, desclasados, no organizados, al margen, marginados. Los que no sólo no tienen los medios de producción, sino que también carecen de la fuerza de trabajo, o no pueden ejercerla. Sin ideología, sin conciencia de pertenecer a una clase. En muchos casos instrumentalizados como fuerza de apoyo a la burguesía más reaccionaria.

Por último, me detendré en otro de los que ha dedicado su tiempo, sus reflexiones a desentrañar la conjetura de los Nadies. Ese francés de Martinica, Frantz Fanon, que dedicó su vida a los procesos de descolonización. Murió joven , como Milani, de leucemia. Uno de sus más hermosos libros es Los condenados de la Tierra, publicado tras su muerte.

El título procede del comienzo de la Internacional, tal como la escribió el primer autor de la letra, el diseñador de telas Eugène Pottier, miembro de la Asociación Internacional de Trabajadores y que había participado en la revolución de 1848 y en la Comuna de París de 1871. Debout! les damnés de la terre! Debout! les forçats de la faim! que viene a significar, ¡Alzaos! ¡Los condenados de la tierra! ¡Alzaos! ¡Los convictos del hambre!

Jean Paul Sartre, en el prefacio que escribió para  la primera edición del texto de Fanon, nos invita a que entremos en el libro, Después de dar algunos pasos en la oscuridad, verán a algunos extranjeros reunidos en torno al fuego, acérquense, escuchen: discuten la suerte que reservan a vuestras agencias, a los mercenarios que las defienden. Quizá estos extranjeros se den cuenta de su presencia, pero seguirán hablando entre sí, sin tan siquiera bajar la voz. Esa indiferencia hiere en lo más hondo.

Para encontrar a los Nadies y resolver su conjetura, hay que viajar al Sur. Pero cuidado, no se trata de un Sur geográfico, sino un limex, una frontera de los derechos más allá de la cual no hay patria posible. Si un día encontrara, a la manera de Gil de Biedma, mi Vita Beata, en este viejo país ineficiente, siempre entre dos guerras civiles, si necesitáis algo de mí, cualquier cosa, buscadme en el Sur, en la Tierra de los Nadies.

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