La elección de la primavera

Cada año es más difícil determinar el momento en que cambiamos realmente de estación. Dicen que es cosa del cambio climático. Inviernos con trazas de primavera, veranos que tardan en abrirse camino para luego, a última hora, desencadenar tsunamis de calor que se prolongan hasta bien entrado el otoño. Primaveras amilanadas, que van llegando como de prestado, ya florecidas y de repente se congelan entre copos de nieve, antes de dar frutos.

La primavera política nacional baila al ritmo que le marca el clima. Expatriada de sí misma, desatendida por sus cabecillas, menospreciada por los lugareños, arrinconada por quienes han aprendido a imponer su voluntad a golpe de talonario, maletín, sobre, puerta giratoria y correa, eso que en alemán se llama gürtel.

Allá por 1957, en su discurso ante la Academia de Estocolmo, que acababa de concederle el Nobel de literatura, Albert Camus, el incansable defensor de la verdad y la libertad, decía, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.

Las causas de este desmesurado y desigual combate se encuentra, según Camus, en que esa generación es heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y la opresión…

Me sorprende la modernidad de las palabras pronunciadas hace más de sesenta años. No me digáis que no parecen escritas para este viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles, que nos desveló Gil de Biedma y con el que terminaba mi anterior artículo dedicado a los Nadies y su intrincada conjetura.

En un solo párrafo, nos sitúa ante la supremacía de las grandes corporaciones sobre los gobiernos nacionales y los pueblos. La explosión tecnológica que desborda la dimensión humana y suplanta con algoritmos una inteligencia cada vez más acobardada. La extenuación y decadencia de las ideologías. El poder de unos mediocres que, efectivamente, pueden destruirlo todo. El papel claudicante y malogrado de los intelectuales, los generadores de opinión y tendencias, humillados por el poder, postrados ante el dinero.

Hay días, en los que haciendo caso a los médicos, me enfundo en unos viejos pantalones de chándal, me pongo una camiseta usada, me abrigo con un deslucido forro polar. Me calzo unas cómodas zapatillas deportivas, me calo una gorra que no combina con nada y me lanzo a las calles en un intento por consumir grasa a marchas forzadas.

La gran ventaja es que, en una ciudad excesiva y desmesurada como la mía, nadie me conoce. La vecindad pasa a mi lado y continúa hablado. Están sentados en un banco, en una terraza ante su cerveza y siguen hablando. Como si yo no existiera. Como bien se sabe, un menesteroso indigente, es invisible.

Me doy cuenta de que cada cual habla de lo suyo. Cada quien tiene sus problemas, es víctima a su manera, se pregunta cómo va lo suyo. Habla bastante, escucha poco y sólo lo que quiere escuchar. Me refiero a la moderna incapacidad para empatizar, ponerse en el lugar del otro, intentar sentir como la otra persona, ver las cosas con sus ojos, imaginar sufrir como él lo haría, ensayar la risa con su alegría. Cómo va lo mío.

No quiero decir que lo que preocupa a cada uno sea insustancial. Muy al contrario. Les oigo hablar de sus pensiones, o de sus cansinos trabajos. De los estudios cada vez más caros de sus hijos, sus empleos temporales, becarios, precarios y mal pagados, cada día peor pagados. De la suciedad de las calles y de las obras de última hora que siempre anteceden a las elecciones. Hablan de sus nietos, con los que pasan mucho, muchísimo tiempo.

Hablan mucho de su salud, sus enfermedades, sus medicinas, su ejercicio físico. De la larga lista de espera para una cita con un especialista, o para una operación. De los viajes que han hecho o de los que van a emprender. De los que van a nacer y de los que nos van dejando. De lo cara que se vuelve a poner la vivienda y el precio del alquiler. Hablan bastante de futbol, o de programas de televisión. Cosas así son las que escucho en mi andadura.

Algunas veces, alguien habla de Cataluña, de las guerras de banderas, de los lazos de tal o cual color, de los toros. Alguno habla mal de los inmigrantes, o de los homosexuales, o de las feministas. Los demás salen al paso, o dan la razón, o callan prudentemente. Quienes hablan de estas cosas en los corrillos son, en todo caso, infinitamente menos que los que pasan las horas muertas  hablando de esos asuntos en la televisión.

El individualismo y la soledad arrecian a nuestro alrededor. Parece que algunos intentarán sacar rédito electoral a base de atizar miedos ancestrales y odios atávicos. No siempre hemos sabido controlar estas bajas pasiones a lo largo de nuestra historia. A veces se han situado muy por encima de los verdaderos intereses personales y colectivos.

Es posible que como país, como generación, no seamos capaces de rehacer nuestro mundo. Sólo espero que consigamos, a la manera del rebelde libre que siempre fue Camus, impedir que el mundo sea destruido, que acabemos gobernados por el imperio de la muerte. Que logremos restaurar un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir.

Las elecciones pasarán con sus penas y sus glorias. La verdad, la libertad, la solidaridad, seguirán en el horizonte. La primavera está esperando que nos pongamos en camino. Que la elijamos, la protejamos, nos la juguemos por ella.

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