Vuelve el eterno pelotazo

Vivimos en un país que ha hecho de la necesidad negocio. Una de esas necesidades es la de la vivienda, contemplada como derecho constitucional. Sobre esa necesidad se han construido inmensos negocios que han sostenido el crecimiento económico entre crisis y crisis.

Cuentan que la Regente María Cristina reunió a mediados del siglo XIX a los empresarios de la Villa y Corte, poco habituados a adentrarse en negocios mineros, siderúrgicos, comerciales, textiles, o de cualquier índole productiva y les vino a decir algo así como, Madrid no tiene industria, pero sí tiene mucho suelo disponible. Hagamos industria del suelo.

Hacía referencia a que los vascos, o los catalanes, habían buscado actividades sobre las que sustentar su crecimiento económico y social, mientras que la capital seguía siendo una ciudad de servicios a la Corte, cuarteles, talleres artesanos, manufacturas militares, aristócratas, criadas, pequeños comerciantes y mucha gente malviviendo y buscándose la vida en trapicheos varios.

Tan bien funcionó la idea que, pasados los años, a base de ensanches, rondas y operaciones inmobiliarias, la capital fue desarrollando un potente sector de construcción, antepasado de Florentino, las Koplovitz, Villar Mir, o Constructora San José. Vinieron los bancos a gestionar tanto dinero. Algunas industrias de gas, cervezas, electricidad, tranvías, metro, bebidas refrescantes, o auxiliares de la construcción, se fueron creando.

El regeneracionismo, la modernización europeísta y las reformas republicanas ya sabemos que acabaron de mala manera. A fuerza de cruz y de espada, terminamos entendiendo que los principios son los principios y, tras una Guerra y una Posguerra a tumba abierta de autarquía y estraperlo, nos devolvieron a una senda del crecimiento económico, al que llamaron desarrollismo, que consistía en emitir emigrantes que nos mandasen dinero y acoger turistas que nos dejasen dinero.

Emigrantes y turistas aportando el dinero para alimentar la construcción y el consumo interno del país. Servicios y un poquito de industria que demandaban mano de obra, desplazada desde las zonas pobres hacia los nuevos polos de desarrollo, las grandes ciudades.

Como la pescadilla que se muerde la cola, el eterno retorno del negocio inmobiliario, el ladrillo, la financiación hipotecaria. Así, durante décadas dictatoriales o democráticas, hasta que esos dineros tóxicos que los grandes inversores invirtieron en hipotecas basura, hicieron estallar la burbuja financiera en todo el planeta y golpearon brutalmente a países como España que tenían demasiados huevos en ese cesto.

Las cosas no volverán a ser iguales. Deberíamos volcar un esfuerzo inmenso en buscar otros modelos de crecimiento. Pero parece que hemos aprendido poco. Los precios de las viviendas suben. Los precios de los alquileres también. Los desahucios de 2019 vuelven a situarse en niveles históricos. Cada día más de 100 desahucios por impagos del alquiler y 60 por impagos de la hipoteca.

Acabamos de salir de la crisis. Ya se anuncian nubarrones de recesión en la locomotora alemana, mucho mejor preparada que nosotros para entender que el mundo ha cambiado y que podremos crecer o decrecer, pero la crisis se quedará instalada entre nosotros. Porque no es crisis cíclica, sino que ha averiado el sistema económico mundial.

Sin embargo nosotros ya estamos pensando en grandes desarrollos bancarios y constructores en sitios como Chamartín, o el Paseo de la Dirección. Millones de metros cuadrados. Miles de oficinas y viviendas de lujo. Un pequeño porcentaje para viviendas sociales, o protegidas, a precios asequibles.

Oiremos hablar de muchas cosas en estas elecciones. Madrid Central, la Gran Vía, las limitaciones al tráfico, la falta de limpieza y asfaltado de las calles, las escuelas infantiles. Que si los candidatos y candidatas son bajitos, demasiado jóvenes, demasiado mayores, tienen sociedades no declaradas, o si se van a quedar en la oposición en caso de perder.

Espero que, entre tanto humo y floritura, tanta maniobra de distracción, podamos enterarnos de qué Madrid quieren que seamos. Por qué modelo de ciudad van a trabajar, tanto si ganan, como si pierden. Porque en ese Madrid seguiremos viviendo nosotros, nuestras hijas, nuestros hijos, cuando ellos ya no estén en el cargo, o les hayamos perdido de vista tras una puerta giratoria.

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