Aprender siempre de los mejores

Nos han vendido la idea de que hemos entrado en un momento de recuperación económica. Dicen que, tras la larga crisis, la economía se va fortaleciendo, el paro disminuye y los niveles de empleo se recuperan. Sin embargo no es oro todo lo que reluce. Europa es un buen ejemplo, en este momento en el que nos acercamos a la encrucijada de unas elecciones para elegir el Parlamento de la Unión.

Las crisis cíclicas del capitalismo, a las que nos habíamos acostumbrado van dejando paso a un estado de crisis permanente, compatible con momentos de recuperación y de recesión económica, aumento o disminución del desempleo y de las tasas de paro. Ese es el signo del nuevo mundo global que ha parido la crisis mundial en la que nos embarcamos en 2008.

Lo cierto es que esta misma globalización y la revolución tecnológica, van exigiendo nuevas destrezas, mientras emergen nuevos perfiles de empleo. Nuestra juventud se preocupa de adquirir altos niveles de cualificación por vías formales o no formales que pueden perfectamente ser desperdiciados si continúa la tendencia de promover empleos de muy baja calidad.

Por eso muchos países intentan poner la formación profesional en el centro de las políticas públicas que sustentan los derechos sociales. Porque hablamos de la educación, la formación, el aprendizaje permanente, como un derecho social básico. Y para ello es necesario actuar a nivel local, regional, nacional, pero poniendo en marcha todos los mecanismos posibles de intercambio de experiencias, buenas prácticas y articulación de las políticas.

Nuestros jóvenes han comenzado a moverse por toda Europa y no pocas veces por todo el mundo, tanto siendo estudiantes, como cuando afrontan prácticas laborales, o buscan un empleo acorde con sus capacidades adquiridas. Es un fenómeno imparable, pese a los movimientos xenófobos y racistas que se empeñan en cerrar las fronteras a toda persona que venga de otro país.

De ahí la importancia de modernizar y coordinar los diferentes sistemas de formación profesional, articulando bien el Marco Europeo de Cualificaciones con los diferentes Marcos Nacionales, si queremos que el reconocimiento de dichas cualificaciones sea general, independientemente del país en el que te encuentres. Diplomas, titulaciones universitarias, o de Formación Profesional, que van teniendo validez y reconocimiento en toda Europa.

Los procesos de aprendizaje son en muchas ocasiones no formales, o informales. Es decir, se adquieren a través de la práctica, o recurriendo a espacios formativos que no tienen que ver con las tradicionales universidades, o centros de formación reglados. Por eso es cada día más importante que existan mecanismos para valorar lo que una persona sabe y lo que sabe hacer, independientemente de cómo haya adquirido esos conocimientos y habilidades.

En este camino es necesario cuidar las competencias clave, como los idiomas, o la competencia digital, porque ahí se encuentra el aceite que engrasa la relación de los conocimientos adquiridos con la realidad laboral de cada país.

Recuerdo que cuando negociábamos con el gobierno la reforma de la formación para el empleo , allá  por el año 2015, una de las novedades que pretendíamos implantar era la creación de una “tarjeta laboral” que permitiera acceder a diferentes servicios, entre ellos el registro de los procesos de formación a lo largo de toda la vida laboral.

Algo muy similar a lo que Europa pretende desarrollar con el Europass, una incipiente herramienta informática que deja constancia de las cualificaciones de trabajadores y trabajadoras europeos, facilitando la elaboración de Currículum Vitae, o facilitando la consulta de competencias, o cualificaciones adquiridas por más de 25 millones de personas en toda la Unión Europea.

Son esfuerzos aún modestos, pero que deben ir dando sus frutos. La Formación Profesional debe desbordar las fronteras nacionales y prestar atención a algunos temas generales como la orientación laboral permanente de la ciudadanía, o la regulación de las prácticas laborales enmarcadas en procesos formativos desarrollados a lo largo de toda la Unión Europea.

No podemos olvidar tampoco abordar problemas que están generando y profundizando desigualdades, sobre todo si no los afrontamos a tiempo, como el combate contra el abandono educativo temprano y el fracaso escolar en todos los países miembros, la formación de las personas adultas con baja o muy baja cualificación, rellenar la  brecha digital, o corregir las discriminaciones existentes a causa del género, o la formación profesional de las personas inmigrantes, o refugiadas.

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