Carta abierta a mi alcaldesa

Querida alcaldesa,

Te escribí una carta cuando se hicieron públicas las conversaciones de unos cuantos policías municipales insultándote a través de una red social. Creo que no es tolerable que representantes del poder, responsables de nuestra seguridad y que además portan armas, se dediquen a exhibir en un chat actitudes xenófobas, racistas, gerontofóbicas y de alabanza al nazismo y a Hitler.

Van llegando las elecciones municipales, que se celebrarán también en buena parte de las Comunidades Autónomas y coincidirán con las elecciones europeas. Todo ello me anima a dirigirte una nueva carta, que hubiera remitido a cualquiera que fuera la persona que rigiera el ayuntamiento en el que me hubiera tocado vivir.

Estoy acostumbrado a leer informes europeos sobre diferentes materias. Cuanto ocurre en Europa nos afecta mucho más de lo que pensamos. En muchos de esos informes se pone el acento en la importancia de que las decisiones europeas sean aplicadas correctamente en cada país y, sobre todo, se busque su traslado y aplicación en los niveles locales, al ser los más cercanos a la ciudadanía.

Hemos entendido la descentralización como el reconocimiento de realidades territoriales que dieron lugar a las Comunidades Autónomas. Construir el Estado Autonómico ha sido un proceso largo y aún inacabado, que ha consumido y consume mucho tiempo y esfuerzos. Sin embargo, las Comunidades Autónomas tienden a comportarse como pequeños reinos de taifas fuertemente centralizados, sin que se hayan establecido procedimientos para transferir competencias hacia los ayuntamientos.

La financiación municipal, en particular, es una cuestión recurrente nunca bien resuelta. Las Comunidades Autónomas participan de los ingresos del Estado. Los Ayuntamientos siguen dependiendo para su financiación de los impuestos y tasas propios. Sobre bienes inmuebles, recalificaciones, construcciones, obras, reformas, actividades económicas, vehículos, o plusvalías. Esta situación ha contribuido a la dependencia de los recursos municipales de la gestión de lo inmobiliario.

Un amigo afirmaba que la presunción de inocencia pasa a ser mera conjetura en el caso de los concejales de urbanismo. Otro buen amigo, que llegó a ser alcalde socialista, me contó el episodio del omnipotente constructor que se plantó en su despacho, acompañado de dos gorilas y puso sobre la mesa un talonario, invitándole a poner la cifra que considerase oportuna, a cambio de facilitar las recalificaciones que necesitaba para sus negocios inmobiliarios.

Se indignó, se negó y echó del despacho al empresario. Comenzó a sufrir una bien instrumentada campaña de acoso y derribo, acompañada de amenazas y denuncias ante los tribunales. El resultado es que dejó de ser alcalde y muchos años después sigue recibiendo citaciones en los largos procedimientos judiciales abiertos. El corruptor, aún con la mala fama que consiguió labrarse, sigue disfrutando la riqueza acumulada.

Te conozco, sé que eres buena persona y que crees sinceramente que puedes mejorar la vida de las vecinas y los vecinos. De no ser así no hubieras dado el paso para ser alcaldesa. A lo largo de estos cuatro años de ayuntamientos del cambio, que tantas ilusiones generaron, ha habido de todo, en lo bueno y en lo malo. Si tú no hubieras estado al frente, seguro que muchas cosas hubieran ido peor. Pero hay algunas iniciativas que me preocupan, porque pueden hacer nido y marcar tendencia.

El esfuerzo que se ha volcado en el centro de la ciudad no se ha correspondido con la promoción de otras centralidades en los barrios. Las inversiones en escuelas infantiles, colegios, centros sociales, atención a las personas mayores y dependientes, vivienda social, centros culturales, la misma limpieza, el ajardinamiento, mantenimiento, pavimentación, rehabilitación de espacios y zonas degradas, dejan mucho que desear. Basta darse una vuelta por los barrios, especialmente los más alejados del centro para comprobar que lo único que crece son las casas de apuestas.

Mientras esto ocurre se facilita a poderosas entidades bancarias y constructoras el gobierno de grandes operaciones como el Nuevo Norte de Chamartín, o el Paseo de la Dirección, con millones de metros cuadrados para viviendas de lujo, centros financieros, o imponentes palacios de justicia y un mínimo de viviendas públicas, o sociales, esenciales para parar en seco la especulación inmobiliaria.

No se escuchan las opiniones de asociaciones vecinales, ecologistas, o reconocidos urbanistas. Se pretende crear un foco de atracción de inversiones que sólo producirá mayor desequilibrio y desigualdades irreparables entre los barrios más ricos y los más pobres. Claro que hay que tapar las vías del tren y comunicar espacios urbanos, o rehabilitar zonas degradadas. Pero eso no justifica los enormes pelotazos inmobiliarios que se nos vienen encima.

Habrá quien diga que ahora sólo hay que pensar en ganar las elecciones y no meter los dedos en la llaga, porque eso sólo siembra el desaliento, fomenta el desánimo, provoca la derrota. Pero, a estas alturas, no hay mayor derrota que la que nosotros mismos nos infligimos cuando aceptamos la desigualdad impuesta y renunciamos a pedir lo que, como mujeres y hombres libres, necesitamos.

Como bien nos recordaba Jorge Luis Borges, El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los humanos no merecen tanto. Tal vez sólo aspiramos a un poco de respeto. Vivir con dignidad y decencia.

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