La derecha necesaria

Como era previsible, las pasadas elecciones generales, autonómicas y municipales se han saldado con un revolcón considerable del Partido Popular. El voto de la izquierda se ha concentrado, en buena medida, en el Partido Socialista, mientras que el votante conservador ha evidenciado la indefinición en el espacio político de la derecha, donde queda mucho por decidir.

Es cierto que el Partido Popular es una organización estructurada que ha sido capaz de mantener en su poder un buen número de ayuntamientos y seguir siendo la primera fuerza de la derecha, el primer partido de la oposición, aunque ha sufrido un declive importante en algunas Comunidades Autónomas. En algunas de ellas, como Cataluña, ha desaparecido prácticamente del escenario político.

En el Partido Popular han convivido, desde sus comienzos, sectores centristas y de ultraderecha, democristianos y liberales, antifranquistas y herederos de la dictadura, miembros de ricas familias y de familias trabajadoras de barrios populares, pequeños comerciantes y grandes empresarios, sectores homófobos y potentes colectivos LGTBI. Durante mucho tiempo todo aquello se aglutinaba bajo la amplia denominación de centroderecha, donde cada cual se sentía bien representado.

La cosa fue bien hasta que la corrupción, las mentiras sobre el 11-M y su consiguiente teoría de la conspiración, los efectos devastadores de la crisis económica y sus consecuencias sociales, el aumento de las tensiones nacionales y nacionalistas, forjaron las bases para el surgimiento de eso que se ha venido en denominar nueva política.

La nueva política no era tanto, como después se ha demostrado, una revisión de la política, cuanto un cambio en las caras de la política y una segmentación del espacio electoral que el bipartidismo había representado y aglutinado hasta entonces. Como si quienes defienden el liberalismo económico hubieran decidido dejar a un lado a cuantos preservaban el papel protector del Estado.

Como si quienes se agarran a un modelo fundamentalista de la vida y la familia hubieran decidido alejarse de cuantos, en su mismo partido, defendían la eutanasia, el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como si ser español impidiera sentirse catalán, hablar catalán, cantar tu propia rumba.

He conocido a muchos de ellos. Con alguno, pongamos Ruiz-Gallardón y la mayoría de los miembros de su equipo al frente de la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, he coincidido en la importancia del diálogo, la negociación de propuestas aparentemente irreconciliables, el acuerdo en cuanto ha sido posible y la discrepancia, la movilización y la confrontación, cuando era imposible alcanzar el acuerdo, sabiendo que, tarde o temprano, habría que sentarse de nuevo y volver a hablar.

He coincido con otros, más bien otras, con las que el entendimiento ha sido imposible. Pero, ahora, visto en la distancia, creo que esa imposibilidad no provenía de que fueran de derechas, sino de la instrumentalización de la política para el beneficio y la mamandurria de unos cuantos, en detrimento de la mayoría. Grandes negocios se han fraguado, a costa de los recursos públicos, en la seudocorte chabacana y cañí de la lideresa.

Muchos de los excéntricos ideólogos ultraliberales, corruptos especializados en todas las ramas de la construcción y los servicios, pagados a costa de los presupuestos, acérrimos ultraderechistas, tertulianos de pago y extravagantes intelectuales de la perversión del pensamiento y de los instintos, cantores de la libertad, pero sólo de la propia, encontraron a la sombra de Aguirre el cobijo que luego les permitió emprender la conquista del PP, la escisión del partido, o el desparramo por toda España.

Imposible entenderse con quien sostenía la lógica perversa del todo vale con tal de crear un consorcio político-empresarial que terminó pudriéndolo todo. Sostengo que los males de este país no proceden de las levantiscas algaradas y motines de un pueblo resignado  a los malos gobiernos de turno. Tampoco se deben a la existencia de sectores ultraconservadores capaces de espolear todo tipo de asonadas y pronunciamientos, antaño militares.

Uno de los principales problemas de este país se encuentra en la inexistencia de una derecha capaz de abordar el reto de la modernización y el desarrollo económico y social. Ese es el reto que tiene que asumir el PP. Limpiar a fondo sus filas de corrupción y de corruptos. Cerrar las puertas a cualquier complicidad y connivencia con la ultraderecha neofranquista. Aceptar que los retos económicos son imposibles de asumir sin dar respuesta, al tiempo, a los retos sociales de la igualdad y la libertad de la ciudadanía.

Tienen toda una legislatura para hacerlo, recomponer la figura y presentarse ante el electorado de derechas y de centro como lo que nunca debieron renunciar a ser. Asumirse como centro y derecha democrática, europea, plural, diversa, integradora. Elegir ese espacio, ese campo de juego, en el que nunca podrá jugar la ultraderecha, ni el ultraliberalismo.

Parece evidente que, hasta quienes somos de izquierdas, necesitamos esa otra manera de ser de derechas en nuestro país.

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