Carta abierta a Pablo Manuel Iglesias

Pablo Manuel,

Perdona que te llame así. Creo que has decidido eliminar legalmente el Manuel, para pasar a llamarte tan sólo Pablo. A través de tu madre, Luisa, allá por 2005, supimos que le habíamos dado a nuestro hijo recién nacido el mismo nombre que ella te había puesto a ti, Pablo Manuel. Una de esas puras casualidades que no existen. Por eso prefiero llamarte por ese nombre. Tu madre es una buena mujer y una de esas abogadas laboralistas que se forjaron siguiendo la estela de los de Atocha.

Todo esto ocurría antes de que estallase la revuelta y se desencadenase el consiguiente gatopardismo lampedusiano. Ya sabes, aquello de cambiarlo todo para que nada cambie.  Allá por 2011, tocaba revuelta. Esa que, al calor de la crisis, el descontento indignado y la bonanza primaveral, estallaba en la Puerta del Sol. Debería haberse llamado de San Isidro, pero terminó denominándose del 15-M. Mucho más soso, la verdad.

Te pilló en la universidad, como profesor de Ciencias Políticas. Imagino que viviste intensamente aquellos días junto a tus compañeros, sopesando la posibilidad de estudiar en vivo y en directo un fenómeno que imitaba las primaveras árabes y anticipaba el Occupy Wall Street.

Pero sois hijos de vuestros padres, que somos nosotros y habéis mamado todo lo bueno y lo malo del pensamiento marxista. Entre lo bueno, esa necesidad del bicentenario Carlos Marx, de no conformarse con estudiar, investigar, interpretar el mundo y aventurarse a dar un paso adelante para transformarlo.

Entre lo malo, esa capacidad de la izquierda de dividir, fracturar, desintegrar, laminar la pluralidad de las ideas, uniformar la diversidad de situaciones personales y colectivas. Esa preferencia por ser cabeza de ratón, el desprecio por quien es cola de león, aún a sabiendas de que, al final, tendremos que unirnos si queremos que algo cambie realmente.

No te envidio. Por cuanto me ha tocado vivir, he aprendido a valorar que unir sin uniformar no es tarea fácil y aún menos en una sociedad que ha renunciado a pelear el futuro, obsesionada por consumir el presente. Las organizaciones, por muy de izquierdas que nos reclamemos, no dejamos de ser reflejos deformados de esa sociedad, entreveradas por esa misma cultura del ego: egocéntrica, egoísta, ególatra. Cualquier líder que se precie debe saberlo y tomarlo muy en cuenta.

Te pusiste al frente de un movimiento que quería aprovechar el viento de la indignación para impulsar las velas de una política nacional que, tras cuarenta años de singladura democrática, mostraba signos de haber encallado en la placidez de un Mar de los Sargazos que se vio convulsionado por la crisis. Liderar una izquierda capaz de representar toda esa voluntad de cambios  y transformaciones. Combinar la modernidad con el único patriotismo posible, el de la libertad y la igualdad.

En poco más de cuatro años la suma de Podemos, Izquierda Unida y las famosas confluencias, ha perdido una buena parte de sus votos y demasiados representantes en el Congreso, en las Comunidades Autónomas, en los Ayuntamientos. No eres el responsable único, pero sí la cabeza visible. No eres más causante, al menos, que Errejón y el resto de tus amigos que se han ido desgajando del proyecto. No más que Manuela, Ada, Garzón, o cualquiera de esos otros personajes, tan reconocidos en vuestro interno, como desconocidos de puertas hacia afuera.

No soy quien para dar lecciones, ni pretendo tener razón. Tan sólo apunto razones a vuelapluma, algunas cosas sobre las que reflexiono yo mismo, cuando intento entender qué ha pasado. No me gusta eso de la autocrítica. Todos tendemos a justificarnos. Prefiero poner oído a las críticas, interpretarlas y corregir errores.

Un ejemplo, dejar gobernar a Sánchez con los de Rivera, antes de tener que convocar otras elecciones, hace casi cuatro años, hubiera impedido la larga agonía de Rajoy. Tal vez hoy tendríamos otro PP, otros Ciudadanos y Podemos no tendría que haberse batido ahora contra el voto útil.

Otro ejemplo. Vivo en Madrid. He comprobado las denuncias de las asociaciones vecinales por el abandono de los barrios populares con sus casas de apuestas, sus ancianas abandonadas y sus calles sucias, mientras se aprobaban operaciones como Chamartín, o el Paseo de la Dirección, que benefician a bancos y constructoras, desoyendo las denuncias de ecologistas, urbanistas y de la Federación de Asociaciones de Vecinos.

Algunos, en las redes sociales, me reprochan que ponga oídos a los medios de comunicación y hable de la casa de Galapagar. Los medios de comunicación son como son. Reflejo también de la sociedad. De ida y vuelta. De intereses creados. Tan amantes del poder y del dinero como cualquier otro. Capaces de airear pequeñas miserias, o de encubrir durante años corrupciones sonadas.

No son, sin embargo, los causantes de nuestros males. Salvo medios ligados directamente a las cloacas, la mayoría apunta, dispara y si algo cae, es porque algo había. Lo de Galapagar, por ejemplo, creo que es excesivo, pero la imagen de coherencia  a veces se juega en estos gestos. Lo que nunca se toma en cuenta, ni repercute en el votante de la derecha, sí influye en los de la izquierda.

Una cierta desazón se ha apoderado del votante. Tras la indignación reclamaban transformaciones palpables en sus vidas. Es cierto que no todos los indignados querían lo mismo, pero merecería la pena centrarse en unos cuantos casos prácticos, analizarlos, detectar los errores y corregirlos. Escuchar la crítica y aceptarla. Qué se hizo en Cádiz y qué se dejó de hacer en Madrid.

En cualquier caso, que no cunda el desánimo. A fin de cuentas, ya lo dije antes, sois nuestros hijos y lleváis el signo de la lucha, del caer, levantarse y seguir adelante, que diría Marcelino. Lo que hoy es una derrota, mañana bien puede convertirse en un nuevo viento que impulse las velas. Sí, ya sé que vivimos en una estepa y no en mar abierto, pero el viento también es importante para que los molinos muevan sus aspas para moler el trigo, o para generar electricidad.

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