En Madrid, ya han pasao

Madrid se ha jugado la vida en cada partida que le ha tocado afrontar, ya fuera la partida de los comuneros, contra Esquilache, el 2 de mayo, frente al absolutismo fernandino, en la Gloriosa, el 14 de abril, o el 18 de julio. Más vale que nos hagamos a la idea. Madrid resistió casi tres años el embate del fascismo desencadenado. Las calles y ventanas se llenaban de pancartas con el lema, No Pasarán.

Al final de aquella triste guerra de exterminio, Celia Gámez, aquella inmigrante argentina triunfadora en la revista española, entonaba aquel chotis chulesco de los vencedores, Ya hemos pasao, que escuché por primera vez en la espléndida película, Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino.

Pese a lo que digan, la historia difícilmente se repite, o cuando menos no lo hace de la misma manera. Los mismos mensajes repetidos ahora en algunas redes sociales, con el No pasarán, los Ya hemos pasao y hasta esos Madrid será la  tumba del fascismo, me suenan voluntariosos, pero poco realistas y eficaces. Puede ser que nuestro tiempo pase de nuevo por  la misma latitud, pero lo hace en un punto diferente de la espiral de la historia.

La derecha que se autoproclama ciudadana, la derecha popular y la ultraderecha desvelada, han ganado el poder en la capital de España. Creo que Albert Rivera ha incurrido en un error histórico que pagará más temprano que tarde con escisiones, dimisiones y tensiones internas. Creo que Pablo Casado se ha adentrado en una senda peligrosa al intentar salvar su liderazgo. Ambos han perdido el centro para plegarse a las exigencias de la ultraderecha. Exigencias que no son meramente formales, sino de fondo y cuestionadoras de la convivencia democrática. Posiciones vetadas en Europa por las fuerzas democráticas de todo signo, pero aceptadas por la derecha española.

El hecho es que esta derecha va a gobernar Madrid durante los próximos cuatro años, si nada lo impide. A la izquierda del PSOE se hacen llamamientos a la autocrítica y me parece absolutamente oportuno y necesario, siempre que esa autocrítica no consista en salvar la responsabilidad propia para derivarla hacia otros actores del desastre acaecido.

La autocrítica no puede consistir en recuperar las prácticas del estalinismo y obligar al disidente a asumir las tesis del líder, para luego mandarle al gulag, o a los pies del pelotón de fusilamiento. La autocrítica, muy al contrario, debe permitir identificar los errores y debatir las soluciones a los mismos.

Claro que los medios de comunicación, los ricos y poderosos, las fuerzas de la oposición, nos han dado cera para aburrir. Claro que se han hecho cosas útiles y buenas desde el gobierno, aunque no hayan sido generalmente reconocidas. Pero hay que intentar ver dónde cometimos los errores que han hecho que un porcentaje más o menos  pequeño, pero determinante, de votantes de la izquierda, de habitantes de los barrios populares, se haya quedado en casa y no haya ido a votar el 26 de mayo.

Para que no me llamen prosocialista, comenzaré por el error cometido por el PSOE madrileño no queriendo entrar en el gobierno municipal, tras las anteriores elecciones municipales. No ha sido bueno ni para la izquierda, ni para el propio socialismo, que ha desdibujado su presencia y protagonismo en muchas decisiones a lo largo de estos años.

Si a esto  le unimos la designación de un candidato desde la Moncloa, impidiendo así un debate sobre Madrid y convirtiendo las primarias en una especie de referéndum para no desairar al líder supremo, el mal estaba hecho y los resultados cosechados son aún peores a los de las anteriores elecciones municipales.

A la izquierda del PSOE, la división de las fuerzas integradas en Ahora Madrid se nos presenta como justificada por sostener posiciones diferentes en algunas materias importantes como la Operación Chamartín, pero resulta irresponsable desde el punto de vista de la defensa de una labor de gobierno compartida durante cuatro años.

Un Podemos, atrapado entre la fractura interna provocada por Errejón, la imposibilidad de negarle el voto a Carmena y el apoyo a IU y a los sectores aglutinados en torno a la candidatura de Sánchez Mato, ha hecho imposible que pudiera ser el  aglutinador de tanta dispersión de confluencias enfrentadas.

Ahí se encuentra, sin duda, una parte del voto perdido. El desenlace es el de unos resultados electorales poco ilusionantes. Todos sabían que tendrían que gobernar juntos, pero decidieron ir separados y la izquierda siempre paga la falta de unidad. Las acusaciones cruzadas a toro pasado, son útiles tan sólo para mantener unida cada una de las fracciones desgajadas en torno a liderazgos personalistas, pero no sirven hacia el exterior. Los frentes de liberación de La Vida de Brian en estado puro.

Las políticas de derechas se van a hacer notar desde el primer día. Los pelotazos de la Operación Chamartín y del Paseo de la Dirección están hoy más a la mano de Dragados, BBVA, o Constructora San José. Madrid Central perderá una oportunidad histórica. La ultraderecha hará valer su peso en oro, obteniendo recortes en derechos y libertades, hasta para celebrar fiestas vecinales.

Habrá quien piense de nuevo, desde la resistencia, que la unidad es más posible a la contra, siguiendo la vieja consigna de que Contra Franco vivíamos mejor. Y sin embargo, si lo que se quiere es recuperar Madrid, más valdría que dedicásemos los próximos años a construir un proyecto de unidad que ilusione de nuevo a los barrios. Desde la limpieza a la seguridad, desde las mejoras en servicios sociales a las escuelas infantiles y las nuevas y necesarias infraestructuras, siempre prometidas y nunca construidas.

Creo que esa tarea merece la pena y que en ella se encuentra el futuro decente para todos los madrileños y madrileñas.

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