El turismo insostenible

Me entero, viendo los programas de verano, de que Greta Thumberg, la activista  sueca de 16 años, emprende un viaje en barco desde el puerto de Plymouth hasta Nueva York para participar allí en algunas actividades para combatir el cambio climático.

El hecho de viajar en las condiciones más básicas, en un barco velero que minimiza la contaminación y las emisiones de CO2, provoca las más diversas reacciones y llama mi atención. Aceptamos las cosas como nos vienen dadas y no nos paramos a pensar las consecuencias de nuestros actos más sencillos, como elegir el modo de transporte que elegimos para viajar. Me pongo a viajar por internet.

Me entero de que casi 12 millones de personas toman el avión cada día. El 20 por ciento de ellos se desplazan en vuelos de larga distancia. Estamos hablando de casi 4.400 millones de personas volando al año. Y en otro lugar encuentro que cada persona que se desplaza en un avión medio de unas 90 plazas emite unos 280 gramos de CO2 por cada kilómetro que recorre.

La cifra que me sale, si multiplico los gramos de CO2 por el número de pasajeros y el número de kilómetros recorridos al año en avión, me resulta estratosférica, muy lejos de mi capacidad para asimilarla y eso que no me meto en vuelos militares, de transportes de mercancías, o vuelos en jet privado. Sobre todo cuando me entero de que un solo pasajero en un coche emite la mitad; en una moto, o en un autobús menos de un tercio y en un tren con 150 pasajeros esas emisiones bajan a 14 gramos por persona y kilómetro.

Reparo en la cantidad de publicidad que nos anima a pasar las vacaciones cuanto más lejos mejor. Me asombra que pasar las vacaciones en esos lugares resulte notablemente más barato que hacerlo en sitios mucho más cercanos. Oigo a parientes, vecinos, amigos, ilusionados por pasar una semana de 8 días y 7 noches en Tailandia, Vietnam, China, Nueva York, Kenia, o San Petersburgo y Moscú. Muchos de ellos han dejado de fumar tabaco y han aprendido a fumar paisajes detrás de un paraguas de colores y disfrutar un instante de sus efímeras vacaciones viendo la puesta de sol, junto a miles de paisanos, en lugares exóticos que nadie quiere perderse en la vida.

Esos aviones que vemos sobre nuestros cielos contaminan más que cualquier otro medio de transporte. No sólo se trata del CO2. Vapor de agua, estelas de condensación, aerosoles, óxidos de nitrógeno que terminan teniendo relación con el metano y ozono, hollín, sulfatos, óxidos de azufre, monóxido de carbono, o combustiones incompletas de los combustibles. Todo eso, entre otras cosas.

Mientras preparamos nuestro próximo viaje, nos preocupamos por el evidente cambio climático y escuchamos que para combatirlo hay que adoptar dietas que incorporen menor consumo de carne, poner menos la calefacción, o que compremos un coche eléctrico. No me parece mal, aunque también me he enterado de que tal vez deberíamos revisar qué emisiones produce la fabricación, consumo eléctrico y reciclaje de una batería eléctrica.

Sin embargo, son pocos los que alertan sobre el insostenible modelo de vida en el planeta que supone la turistificación, la gentificación, la gentrificación y el abuso de los desplazamientos a bordo de un avión. Nadie quiere matar la gallina de los huevos de oro.

Menos mal que gracias a Greta y otras muchas personas en este planeta, comenzamos a darle vueltas a esta realidad oculta. Surgen movimientos como el Flygskam en Suecia (literalmente vergüenza de volar), el Flyght Free ( libre de vuelos) en Gran Bretaña, o promueven iniciativas como #stayontheground, que viene a significar que es mejor quedarse en el suelo.

Seguro que estas  cosas no cambian el mundo completamente, pero como nada está escrito, seguro que algunas conciencias se remueven y nos empezamos a plantear otras maneras y otras formas de vivir y hasta de viajar. Más sostenibles. Más justos con nosotros y con el planeta. El tiempo lo dirá.

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