El ejemplo de los Abogados de Atocha

El joven universitario, se llama Manuel, elige tema de investigación para su tesina. Ha estudiado y escrito algo sobre el final de los  Tribunales de Orden Público (TOP) de la dictadura. Su interés ha comenzado a centrarse en la violencia política durante la Transición española.

Decide que el tema que va a investigar es el asesinato de los Abogados de Atocha, aquel 24 de enero de 1977, en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55, que unos llaman atentado, otros crimen, magnicidio, unos cuantos masacre y no pocos matanza.

Por el camino acabará escribiendo un par de artículos titulados, El imaginario colectivo de la Transición a través de la violencia política y otro, El sentimiento de impunidad ultraderechista frustrado: la matanza de Atocha. Porque eso que hemos llamado Transición, edulcorando las crónicas patrias, fue más complejo, conflictivo y violento de lo que nos cuentan.

No lo sabe aún, pero durante los próximos nueve años, Manuel se va a adentrar en un proceso complicado de entrevistas sometidas a la memoria siempre perfeccionada del entrevistado, actas judiciales, artículos que sostienen unas opiniones y otros tantos que defienden tesis contrarias y contradictorias. Hay también unos pocos que apuntan a nuevas pistas que le obligan a retomar el hilo allí donde amenaza con haberse cortado.

Los Abogados de Atocha parecen un tema diáfano, claro, con abundante documentación al alcance, en los tribunales, las hemerotecas, en los archivos del Partido Comunista de España y de CCOO y un buen número de personas  que vivieron aquellos siete días de enero dispuestos a contar su versión.

Manuel cuenta que algún profesor le aconsejó elegir otro tema porque sobre el asunto estaba ya casi todo dicho. Y, sin embargo, la defensa de la tesina, que debería haber durado poco más de un cuarto de hora, se alargó durante hora y media, ante el debate suscitado entre los propios miembros del tribunal.

Manuel Gallego, que así se llama el joven en cuestión, ha depurado, seleccionado, interpretado la cuantiosa información que ha manejado y ha escrito Los Abogados de Atocha. La masacre que marcó la Transición. No es el primer libro publicado sobre el tema, comenzando por el titulado, La memoria incómoda: Los Abogados de Atocha, de Alejandro Ruiz-Huerta, el último de los sobrevivientes de aquel atentado. A lo largo de estos más de 40 años han fallecido otros tres sobrevivientes del atentado, Luis Ramos, Miguel Sarabia y Lola González Ruiz.

Son dos trabajos distintos, complementarios. El de Alejandro, hoy presidente de la Fundación Abogados de Atocha parece un ejercicio de libertad conquistada tras largos años cumpliendo una condena de dolor y silencio incómodo, desmemoria programada. Las voces interiores conviven con el recuerdo de la tragedia vivida.

El libro de Manuel es el esfuerzo de un joven por acercarse al atentado de Atocha, desbrozando y entendiendo el momento histórico más determinante de la Transición española, a través de sus protagonistas y explicando las circunstancias históricas, actas judiciales incluidas. Unos hechos que se producen cuando la dictadura se desmorona, pero nada está aún decidido y la democracia no acaba de nacer. Uno de esos momentos en los que Gramsci nos enseña que surgen los monstruos.

Ese jetztzeit, el tiempo-ahora, del que nos habla Walter Benjamin, que lleva a cuestas todas las posibilidades y energías para dar un salto de gigante hacia el futuro. Los Abogados de Atocha estaban ahí, jóvenes, comprometidos con la defensa de los derechos, enamorados y desenamorados, ilusionados con una utopía se acercaba cada día más desde el horizonte.

Su asesinato fue una de las últimas condenas de muerte del franquismo, el intento brutal de la distopía dictatorial para que el tiempo vacío de tiempo, el paisaje único, la historia de los vencedores escrita por los vencedores, poblada de fantoches imaginarios y todo un desfile de símbolos imperiales avaros de vidas humanas, volvieran al centro de nuestras vidas.

Mientras haya protagonistas de nuestra historia que recuerdan y cuentan sus vidas. Mientras haya jóvenes que rebuscan en el tiempo pasado (plagado de crónicas, leyendas, tragedias, recuerdos, intrigas, versiones,  relatos y documentos) para entender quiénes somos ahora, para intuir quiénes queremos, quienes debemos, ser mañana.

Mientras impidamos que los de Atocha sean conmemoración lejana, memoria incómoda de un irreconocible pasado, autocomplacencia vana que adocena conciencias, recuerdo estéril, inclasificable, imposible de imitar. Mientras sigan siendo ejemplo que podemos reflejar en cada espejo del presente, como una promesa, como vida que vive en nosotros, creo que nos queda esperanza y acumulamos fuerzas y energías para dar nuestro salto hacia el futuro.

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