Culpables del coronavirus

Nos gusta encontrar culpables casi tanto como a los italianos, si es un gobierno mejor que mejor,

-Piove, porco governo

(literalmente,

-Está lloviendo, cerdo gobierno).

Siempre hay que buscar un culpable, porque nos libera de nuestras responsabilidades y, aunque no solucione nada, nos permite dar rienda suelta a la rabia acumulada, al malestar crecido, al miedo desbocado. No es la primera vez que vivimos pandemias despiadadas, pero son invasiones que se producen cada muchas generaciones y no las recordamos ni estudiando historia, aprendemos la I Guerra Mundial y sus 10 millones de muertos a su final en 1918, pero no la Gripe española de Kansas que mató a partir de 1918 a 50 millones,

(olvidar, no hablar de ello a nuestros hijos, no mentar la enfermedad, la muerte, la pandemia, como si el silencio evitase que siguieran existiendo).

Siempre que nos ha acometido una devastación tipo peste negra, bubónica, aviar, porcina, la de cristal de la varicela, la del sarampión, o la gripe española, cada vez que la hambruna ha llegado sin previo aviso a nuestras casas, hemos reaccionado con indignación y nos hemos alzado inclementes, hemos quemado algún convento (con o sin monjas dentro), hemos asaltado un palacio (con o sin un Esquilache, o un Godoy,  dentro), o hemos saqueado, desvalijado e incendiado la judería (con sus judíos dentro), aunque desde que los expulsamos, tuvimos que emprenderla a mamporros (hogueras incluidas) con los conversos, cristianos nuevos, judaizantes, blasfemos, marranos, brujas, herejes, masones, sodomitas y rojos en general.

Sin embargo, aunque algunos señalen con el dedo, se enzarcen en caceroladas, acusen al gobierno en el Parlamento, o en los medios de comunicación, cualquiera que tenga dos dedos de frente puede darse cuenta de que, te gusten más los unos, o losç otros, no podemos más que compadecer a cualquiera de nuestros gobernantes, desde la presidencia del gobierno al más humilde de los concejales del más pequeño pueblo de España y desde el responsable de la sanidad, al de las residencias. Se van a comer un marrón de esos que sólo se producen una vez cada bastantes generaciones.

Es cierto que, a toro pasado, todo el mundo sabe qué habría que haber hecho, (pero a toro pasado), porque nadie lo vio venir y este virus no era cualquier virus. Hemos ido aprendiendo sobre la marcha cómo actúa, como se transmite, dónde golpea. Tal vez los chinos, con su experiencia en mercados de animales exóticos y sus móviles tipo Gran Hermano, o los vietnamitas, con métodos más tradicionales, confinaron masivamente y cuanto antes, controlaron la expansión, usaron tests, mascarillas, trajes protectores, guantes. Pero el virus que viajó a Europa ya venía mutado, evolucionado, mejorado.

Pensamos que como otros virus, con un metro bastaba, metro y medio, ahora dos metros, cinco metros si andamos, diez si corremos, veinte en bicicleta. Pensamos que la mascarilla no era necesaria, pero parece que sí ayuda a controlar la transmisión. Encerramos a los niños (vectores de contagio les llamaban, pobrines ellos), pero quién pensaba que yendo de visita, o a trabajar, al hospital, a la residencia de mayores, a la casa del matrimonio dependiente, estábamos llevando el virus a la población de mayor riesgo (el 95% de las muertes son mayores de 60 años).

Ahora lo sabemos y hemos comenzado a controlar un poco la pandemia. Por eso me asombra que, cuando Francia, o Italia, prolongan sus estados de alarma, o de emergencia, hasta finales de julio, aquí demos un ultimátum al gobierno para que la economía comience a moverse cuanto antes, caiga quien caiga y cada autonomía crea estar en una carrera, a ver quien monta antes el primer festejo veraniego.

Otros países, como Alemania, tienen la figura del estado de emergencia, pero prefieren aprobar leyes especiales de control sanitario, económico y social, porque la última vez que aplicaron el estado de emergencia los nazis aprovecharon para robar la cartera y el poder absoluto, no devolverlo y producir una catástrofe mundial. Otros como Gran Bretaña carecen de este tipo de figura legal, pero lo sustituyen con leyes urgentes que dotan de poderes extraordinarios al gobierno de Londres.

Me da igual la fórmula jurídica que adopten, hemos comenzado con el estado de alarma y ha funcionado razonablemente, el desconfinamiento tiene que ser progresivo y midiendo las consecuencias de cada paso, porque no podemos permitirnos retrocesos con un virus al que no hemos controlado, para el que no tenemos vacunas, ni antivirales, ni tratamientos generales y seguros.

El Gobierno Central puede haber cometido errores como no permitir desde el primer día los cortos paseos, o la Comunidad de Madrid puede haber cometido otros como confinar las residencias de mayores con el virus dentro, o el cierre prematuro del IFEMA (y no me refiero al festejo que también), sin haber permitido el restablecimiento del servicio sanitario, que puede tratar coronavirus, con consecuencias desastrosas para otras patologías.

Es mucho lo que está en juego porque la vida es lo único que de verdad tenemos. Y la clase política española no puede mostrar la más mínima irresponsabilidad en estos momentos. Pueden sentarse con la correspondiente distancia de seguridad, o pueden hacerlo frente a una pantalla en una videoconferencia, pero los pasos que den tienen que ser los del acuerdo, adoptando medidas en la que podemos equivocarnos, en las que no tenemos por qué coincidir en todo, en las que no hace falta callar los errores (precisamente para que puedan ser corregidos), pero con las que podamos darnos soluciones posibles y razonables como país al tremendo problema en el que todo el planeta está metido.

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