Digitalizando la muerte

diciembre 14, 2020

Uno de los problemas morales más graves suscitados por el golpe de la pandemia ha sido el de tomar decisiones inevitables en condiciones extremas, por ejemplo cuando los hospitales se encuentran colapsados y la UCIs saturadas. Cuando no podemos salvar a todos y es determinante quién tendrá un respirador y quién no, quién será hospitalizado y quien permanecerá en su vivienda o en la residencia. Quién va a vivir y quién morirá casi con seguridad.

Ninguno queremos asumir el peso de tomar esas decisiones. Es muy duro hacerse cargo del resultado de uno de esos famosos triajes que consisten en escoger, clasificar, separar, priorizar a unos pacientes sobre otros. Parece más llevadero que esas decisiones sean el resultado de los cálculos geométricos y espaciales realizados por un algoritmo.

Unos quedan a este lado de la línea y otros al otro lado. No es lo mismo comunicar una decisión que ser el responsable de la misma. Al final es la Inteligencia Artificial, el algoritmo, el ordenador, los que producen una división espacial que termina separando a unas personas de otras, aunque lo hagan casi siempre de la misma manera.

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El año de Galdós

diciembre 14, 2020

Cien años han pasado desde su muerte, no había cumplido los 77 aquel enero de 1920, cundo la muerte vino a visitarle. Han pasado cien años y el año del centenario ha adquirido tintes de drama mundial que nos ha hecho olvidar cualquier otra circunstancia que no sea el destrozo sanitario, económico, mental,  producido por la pandemia.

Es cierto que se han publicado artículos y libros, se han organizado exposiciones, paseos literarios, recorridos históricos, se han pronunciado conferencias, se han presentado documentales, realizado jornadas, el profesorado ha volcado su esfuerzo en que las alumnas y alumnos realicen trabajos sobre Benito Pérez Galdós, su época, los recorridos de un canario por Madrid.

No es poco, no ha sido poco, pero ha sabido a poco, puede que sea porque la pandemia ha hecho que esta sociedad que pasa por ser la de la información, la más informada, ha desvelado su verdadera cara, el exceso de información puede convertirse fácilmente en desinformación, en ausencia de conocimiento, en analfabetismo funcional, falta de preparación para tomar decisiones con todos los datos significativos.

Galdós merecía actos, eventos, efemérides, pero necesitaba sobre todo memoria, más que recuerdo, memoria y no quiero dejar pasar el año, por terrible que esté siendo, por duro que esté resultando, por mucho que deseemos que acabe, sin convocar la memoria de aquel constructor de nuestra historia.

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La Navidad en la que no creo

diciembre 14, 2020

El Dios en quien no creo era el título del libro de Juan Arias que leí allá por los años setenta. Y es la frase que se me vino a la cabeza cuando escuché las palabras de la presidenta madrileña durante la inauguración del Belén navideño en la Puerta del Sol. Un discurso plagado de conceptos como Occidente, cristianismo, Dios, hombre, Cristo, Epifanía, raza, sagrado, universal.

Ni tan mal para una mujer cuya vocación es la información y comunicación política y que ha confesado, en un ataque de sinceridad, o de publicidad,

-Perdí la fe a los nueve años.

Como una muñeca autómata de gestos mecánicos, encantada de haberse conocido, la oradora repite deslavazadas e inconexas formulaciones aprendidas, escuchadas, memorizadas, ensayadas una y otra vez ante un espejo,

-Por el nacimiento de Cristo medimos los siglos,

o bien,

-En el mundo en el que otros tiempos era cristiandad y hoy llamamos Occidente, a diferencia de las sociedades colectivistas cada uno es insustituible y nadie puede quedarse atrás.

Todo un vademécum, un correlato de instrucciones básicas y elementales de política retro, que llenan de orgullo a una parte de la sociedad española, la que perdió todas las guerras, menos las que libró contra su pueblo y contra sí misma.

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Mayores supervivientes

diciembre 14, 2020

Se despierta definitivamente, porque dormir, lo que se dice dormir, sólo es un duermevela acompañado de lo que para ella son instantes de sueño profundo, aunque duren a veces una hora, o más. Se levanta nunca más allá de las 8 de la mañana, que ya lleva horas en la cama, desde que se acostara, nunca más tarde de las 11 de la noche.

Quedamos, por tanto, en que se levanta temprano, se asea, desayuna y se lía con las tareas de la casa. Aquí no hay un pequeño corral, ni un huerto, como en la casa de la infancia, sí unos cuantos tiestos en las ventanas y en la pequeña terraza, esto es un barrio del Sur, un precipitado de hormigones, cementos, ladrillos, asfaltos y de tanto en tanto, de largo en largo, unas cuantas plantas precarias, agrupadas en algo a lo que llaman parque, por decir algo, precarias como los trabajos, como las vidas.

Más tarde prepara su comida a base de verduras y legumbres, acompañadas con un poco de carne, algo de pescado. El Ayuntamiento le trae comida algunos días, pero ella ha ido recortando la demanda hasta dejarla en una entrega por semana, ración para dos días. No quiere perder el servicio por si un día lo necesita  más, pero prefiere hacerse su comida mientras pueda.

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