La Navidad en la que no creo

El Dios en quien no creo era el título del libro de Juan Arias que leí allá por los años setenta. Y es la frase que se me vino a la cabeza cuando escuché las palabras de la presidenta madrileña durante la inauguración del Belén navideño en la Puerta del Sol. Un discurso plagado de conceptos como Occidente, cristianismo, Dios, hombre, Cristo, Epifanía, raza, sagrado, universal.

Ni tan mal para una mujer cuya vocación es la información y comunicación política y que ha confesado, en un ataque de sinceridad, o de publicidad,

-Perdí la fe a los nueve años.

Como una muñeca autómata de gestos mecánicos, encantada de haberse conocido, la oradora repite deslavazadas e inconexas formulaciones aprendidas, escuchadas, memorizadas, ensayadas una y otra vez ante un espejo,

-Por el nacimiento de Cristo medimos los siglos,

o bien,

-En el mundo en el que otros tiempos era cristiandad y hoy llamamos Occidente, a diferencia de las sociedades colectivistas cada uno es insustituible y nadie puede quedarse atrás.

Todo un vademécum, un correlato de instrucciones básicas y elementales de política retro, que llenan de orgullo a una parte de la sociedad española, la que perdió todas las guerras, menos las que libró contra su pueblo y contra sí misma.

Puede que haya recuperado la fe, de golpe, pero no. Ese nadie puede quedarse atrás suena, cuando menos, como poco, a mentira piadosa, en estos tiempos en los que nos encontramos inmersos en una pandemia que se ha desencadenado al final de una larga y extenuante crisis económica, social y política que estalló en 2008.

Sabemos bien que tanto la crisis sanitaria como la económica, la enfermedad, como la muerte, se ceban con dureza precisamente en quienes se quedan atrás. Atrás en los estudios, en el empleo, en las rentas, en la edad. Basta comprobar que son casi 24.000 las personas mayores fallecidas en residencias de ancianos por COVID-19, o con síntomas compatibles con la enfermedad. La mitad de todos cuantos han muerto por la pandemia.

Las creencias religiosas que evoca en su discurso se convierten así en un mero trampantojo al servicio de las verdaderas intenciones de la declarante, que no parecen otras que identificar Navidad, ser humano, Dios, Cristianismo, con Occidente. Qué cosa sea el famoso dios Occidente ya es otro asunto que ni la mismísima portavoz del trumpismo en España sabría muy bien explicar sin intervención de sus poderosos asesores que la van guiando por el pinganillo.

Parece claro, así pues, que somos prescindibles para semejante becerro de oro. Y parece evidente que cualquier buen cristiano debería emprenderla a latigazos con quienes han convertido cada país del planeta en un monstruoso mercado insaciable que devora seres vivos y expele dinero en unas pocas manos desbordadas de riqueza, mientras defeca desechos humanos abandonados a su suerte, siempre triste suerte, tarde o temprano, para la inmensa mayoría.

No, no puedo creer en semejante dios, ni puedo tragarme esas dosis de patriotismo cañí según las cuales España encarna lo universal, el puesto de guardia de Occidente, el humanismo de tratar como persona al otro, al diferente. Si así fuera no existirían españoles dispuestos a fusilar a la mitad distinta y diferente, ni habría grupos políticos capaces de considerar que semejantes fusileros “por supuesto, son nuestra gente”.

Si así fuera la Presidenta de la Región Capital de España no justificaría las iniciativas de militares espadones y golpistas esgrimiendo el argumento de que,

-Hay muchos españoles preocupados por la deriva que está tomando la política.

Efectivamente, la preocupación de los españoles es creciente ante quienes no dudan en aprovechar la política para pescar en el río revuelto de la enfermedad, la muerte, los inevitables malestares y descontentos, el miedo, el dolor y la penuria en que nos hunde la pandemia. Preocupación ante quienes han optado por tensionar la sociedad desde la política, aunque para ello haya que llegar hasta a bendecir el golpismo.

Ya que sin fe alguna esta mujer disfrazada de muñeca autómata ha decidido inaugurar un Belén, le recomiendo que aproveche estas Navidades de limitados encuentros y confinamiento, para leer y reflexionar sobre la última Encíclica de Papa, que lleva el nombre de Fratelli Tutti, dada en Asís el 3 de octubre, víspera de la fiesta del “Poverello”, aquel hombre llamado Francisco de Asís.

Aprenderá sobre fronteras, sueños rotos, derechos humanos despreciados, conflictos, miedo, globalización, progreso sin rumbo, pandemias, dignidad, desinformación, incomunicación, sometimientos y esperanzas. Y también sobre amor, sociedades abiertas, valores revolucionarios como la libertad, la igualdad y la fraternidad, sobre la necesidad de redefinir la propiedad al servicio del bien común, o apostar por los derechos de las personas y los pueblos, el sabor local, los horizontes universales y el papel de las regiones.

No os haré spoiler, que en español significa que no os desvelaré cosas que deberéis aprender cada cual, ni os destriparé contenidos jugosos sobre los peligros del populismo, los límites del liberalismo, la importancia de la política decente, de la ternura y el afecto colocados por delante de los éxitos.

La importancia del diálogo social y el consenso al servicio de la verdad, la nueva cultura del encuentro, de conocer y reconocer al otro, con amor, con libertad, justicia y con Paz, con perdón sin olvido, pero sobre todo, por encima de todo, con los últimos, esos a los que otros llaman los nadies, los pobres, los excluidos, los condenados de la Tierra.

La invitaría a reflexionar sobre el anuncio de que el primer viaje en pandemia de este Papa llamado también Francisco, será, precisamente, a Irak, un escenario de conflicto permanente, con parada en otro lugar herido y maltratado, el Kurdistán. Para defender la vida de los cristianos perseguidos, claro, pero para apuntalar la esperanza en una reconstrucción justa, libre y en Paz.

Así es la Navidad en la que yo creo.

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