La cultura, nuestro talón de Aquiles

Hubo un tiempo en que la pandemia arreciaba y nos veíamos encerrados entre las cuatro paredes de casa, salíamos cada tarde a mirar por la ventana mientras aplaudíamos (decíamos que a los sanitarios, pero la verdad es que nos aplaudíamos a nosotros mismos, para no sentirnos solos, en nuestro pequeño núcleo familiar).

En esos días, parece que fueron un sueño, todos temíamos caer enfermos, contagiar a nuestros seres queridos y deseábamos sobre todo ser bien atendidos en la sanidad pública (la otra no existía, o estaba a otra cosa, como vender rastreadores a buen precio, hospitalizar hoteles, medicalizar residencias, crear hospitales, cerrarlos, realizar pruebas para detectar el COVID19, todo a buen precio).

Pero, además de ser bien atendidos en la sanidad pública, nos salvaba el día una cantautora que había compuesto algo nuevo y nos lo regalaba, un actor que recitaba, unos músicos que tocaban cada uno desde su casa y sonaba como si estuvieran juntos, alguien que nos leía un cuento recién escrito, un poema recién nacido, una danza interpretada en el salón de una casa. Eran los artistas, las artistas, las trabajadoras y trabajadores de la cultura.

Se habían acabado las giras, los bolos, los conciertos, los espectáculos a cielo abierto, o en salas y teatros, las presentaciones, venta y firma de libros. Los creadores de cultura acudía en tromba por las redes sociales para sellar una alianza contra el miedo y darnos algo a lo que agarrarnos en un movimiento, una palabra, una melodía.

Son personas acostumbradas a vivir de lo poco que este país dedica en lo privado y en lo público a la cultura. Un gasto por persona que no llega a los 300 euros al año y unos 700 por familia. Y eso a pesar de que en ese gasto se contabiliza el teléfono móvil, o los gastos de internet.

Un país en el que la suma de lo dedicado por todas las administraciones en cultura alcanza poco más de 5.000 millones de euros. Al final son los ayuntamientos en mayor medida, las comunidades autónomas bastante menos y el Estado central casi nada, los que sostienen un poco la cultura en España, pero eso a costa de manipulaciones y dependencias clientelares poco favorecedoras de la innovación.

La situación de la cultura es incluso peor si reparamos en algunos ejemplos como el del cine donde comprobamos que el 85 por ciento de su factura proviene del cine extranjero, mientras que el cine español se restringe a un 15 por ciento. Son las cadenas televisivas las que terminan promocionando y sosteniendo la industria del cine. Pero es que lo mismo ocurre con la música, el audiovisual y hasta con el libro.

Hablar de cultura es hablar de microempresas, más de 120.000 empresas, de las cuales ni el 10 por ciento cuentan con más de 6 trabajadores y aquellas que superan los 50 suponen poco más del 0´5 por ciento.

La nueva realidad de un empleo precario se nos ha venido encima en todos los sectores de la producción y los servicios, sobre todo a partir de la reforma laboral que buscó su justificación en la crisis desencadenada en 2008, pero la precariedad, los bajos salarios, la temporalidad, la imposibilidad de vivir de estas profesiones es tradicional y endémica en el mundo de la cultura y ello a pesar de que el nivel formativo y el porcentaje de estudios universitarios es, en el sector, muy superior al de la media.

La cultura se sigue enfrentando a ese tipo de retos que nunca terminan de resolverse. Problemas de desigualdad y predominio de los hombres sobre las mujeres en el empleo cultural, un techo de cristal que es aún más sangrante en el caso delos puestos directivos.. Problemas de centralización de la actividad cultural en Madrid y en Cataluña, con alguna presencia de Andalucía y País Valenciano.

Problemas de modernización para adaptarse al mundo de la digitalización. Es cierto que los contenidos digitales van en aumento, que existen avances en Televisión, cine, radio, pero en otros subsectores culturales las cosas avanzan de manera mucho más lenta.

El gobierno no tomó demasiado en cuenta las peculiaridades del mundo de la cultura al poner en marcha medidas para defender a los sectores económicos y el empleo frente a los efectos de la pandemia. Es cierto que se ha corregido, pero sólo en parte. Los trabajadores y trabajadoras de la cultura no encajan en la categoría de autónomos, ni de asalariados, o cuando menos necesitan un tratamiento específico de su situación.

Dada la terrible situación creada por el Coronavirus son importantes las adaptaciones de las cuotas de autónomos a los ingresos fluctuantes de los creadores y artistas, son necesarias las reducciones del IVA y del IRPF y son bien recibidas las medidas de protección por desempleo, o por pérdida de todo tipo de ingresos.

Pero ahora, más que nunca, se echa de menos un marco legal, un estatuto del artista, que reconozca las especificidades del mundo de la cultura y que atienda las necesidades de cuantas personas se dedican a la creación. Los propios artistas han ofrecido realizar actividades para dinamizar la cultura  y dotar de contenidos a espacios culturales degradados, abandonados.

Sin embargo tal vez la mejor lección de la pandemia en el sector cultural sería concluir que no podemos, ni debemos, permitir que nuestra cultura siga siendo nuestro talón de Aquiles en una sociedad que en esa mezcla perversa de orgullo, incapacidad y turbia obcecación, termina por despreciar cuanto ignora.

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