Un Año para defender la Educación

enero 1, 2021

Ni tan mal la ley Celaá, ni tan bien la Ley Celaá. Esa es la tristeza de una educación española convertida siempre en campo de confrontación donde se ventilan diferencias ideológicas, guerras de religión, conflictos políticos, luchas de clases, de ricos contra pobres, siempre de ricos contra pobres.

De la Educación se predica con la boca chica que es la solución de todos nuestros problemas, aunque en realidad nadie se lo toma en serio, ni dedica los recursos y los medios necesarios para que la educación pueda desempeñar un papel de palanca del cambio y las transformaciones que hagan posible la igualdad de oportunidades.

La Ley de Educación a la que han llamado LOMLOE lleva en su nombre toda una declaración de intenciones, una ley orgánica que viene a modificar otra ley orgánica anterior, planteada, defendida y aprobada con los únicos y exclusivos votos del PP.

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El Año de la Igualdad

enero 1, 2021

No pasó la pandemia. La pandemia es un proceso que lleva su tiempo. Es un hito más, un desastre anunciado, en la Era del Antropoceno, un producto más de la aceleración depredadora que la especie humana está produciendo en la vida del planeta, en la propia vida de los seres humanos.

El golpe sobre la economía, el empleo, los modelos de convivencia y el conjunto de la sociedad ha sido brutal. Aún no nos habíamos repuesto de la primera oleada y ya teníamos encima la segunda, que parece que no será la última, por mucho que nos intenten convencer de que las vacunas ya están aquí y nos van a salvar, lo cual será cierto, pero tan sólo en el medio plazo, en el mejor de los casos.

Por lo pronto lo más probable es que comencemos el año con nuevas restricciones inevitables, a la vista del aumento de los contagios, las hospitalizaciones y los riesgos evidentes de nuevos colapsos en el sistema sanitario.

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La Inteligencia del Nuevo Año

enero 1, 2021

Venímos de un mundo que se preparaba para vivir los más intensos momentos de felicidad gracias al uso de la Inteligencia Artificial, por lo menos así nos lo anunciaban en el caso de los países más desarrollados del planeta, entre los que creímos encontrarnos. El periodo de mayor libertad de elección de las personas estaba al alcance de la mano.

Pronto me bastaría desear algo, sin tan siquiera expresarlo verbalmente, para que mis ondas cerebrales hicieran que los billetes de avión llegaran a mi mesa, o para que los productos más insospechados fueran depositados ante mi puerta gracias a esos intrépidos porteadores llamados riders.

Modernas corporaciones dispuestas a anticiparse a mis deseos pugnarían por poner a mi servicio cuanto desease, gracias a la utilización de los famosos algoritmos, capaces de predecir de forma fiable qué voy a necesitar incluso antes de que comience a intuir que lo necesito. Eso sí, una libertad personal, intransferible, individualizada, casi incompatible con el uso de los derechos colectivos, con el compromiso social, o político, que parecen ya cosa anticuada.

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