Madrid negocio de futuro

Leo noticias que cuentan que se acaba de constituir una asociación de grandes, potentes y poderosas empresas, que incorporan en su nombre dos banderines de enganche: De una parte Madrid, capital de las zonas catastróficas de España y, de otra, la devaluada palabra Futuro.

Dos palabras para un nombre, un anagrama a base de dibujar emes y estrellas, una página web, mucho diseño y toda una declaración de intenciones, consistente en inventarse decenas de proyectos y captar miles de millones de euros venidos de Europa en eso que llaman Fondos Next Generation.

Que no falte aquello que antes se llamaba pompa y boato y ahora se denomina márketing, o imagen corporativa, también conocida como publicidad y propaganda. Que no falten, en el acto de presentación, el alcalde, la vicealcaldesa y numerosas autoridades, avalando las dimensiones de la operación.

A fin de cuentas quien hoy está en política estará mañana en el meollo del negocio, gracias a las numerosas puertas giratorias. Las puertas del consorcio político-empresarial que gobierna Madrid, capital de las Españas y las Españas todas, desde tiempo inmemorial.

No es para menos, la operación es inteligente, sobre todo cuando el capitalismo de las grandes corporaciones, gobernante del mundo, se ha mostrado absolutamente incapaz de prevenir, evitar, o cuando menos contener, los desastres naturales que nos acosan con terrible intensidad, en forma de agotamiento de recursos, contaminación, destrozo de ecosistemas y fronteras abiertas a todo tipo de pandemias.

Hasta 8000 millones de euros a punto de llegar desde Europa esperan conseguir para financiar más de 60 proyectos elaborados a lo largo de los últimos seis meses y que se pondrán en marcha durante los próximos dos años. La nueva normalidad exige fondos de nueva generación, de la siguiente, la próxima, los que vienen de Europa.

¿Y cómo lo piensan hacer? Poniendo en marcha consorcios público-privados entre el Ayuntamiento y los diferentes socios de la asociación. Parece evidente que todo queda en casa. De nuevo el consorcio político-empresarial dispuesto a retomar las riendas de la recuperación, la reconstrucción, la resiliencia, o lo que haga falta.

El famoso juego de suma cero en el que todos los de arriba ganan todo lo que los de abajo perdemos. 60 proyectos, todos ellos pensados, al parecer, para impulsar y redefinir la ciudad, su imagen, su crecimiento innovador. Programas imaginativos que incorporan todos los tópicos de la derecha, puestos negro sobre blanco: deportes, idioma español, cultura, salud y bienestar, sostenibilidad y digitalización.

Estas cosas hay que contarlas bien, inventar un relato, lo primero es hablar de los objetivos sociales, cuidar a los sectores más golpeados por la pandemia, como la hostelería, a los niños estudiantes de barrios pobres, con la disculpa de eso que llaman brecha digital y dedicar buena parte de los recursos disponibles a salvar empresas estratégicas para Madrid. Ellos son estratégicos, no lo olvidemos.

Más tarde, parece que, que con el dinero de todos, ya se ocuparán también de otros sectores, los que ellos decidan, de otros barrios algo menos pobres y de otras empresas menos estratégicas, las que ellos decidan. El alcalde encantado de haberse conocido, apuntándose al carro del futuro, comprometido al cien por cien con los grandes empresarios, es más, impulsor de sus ideas.

La vicealcaldesa, encantada también de haberse conocido y dispuesta a defender en Madrid, en el Madrid que es España y en el mundo todo los principios fundamentales, según ella, de nuestra ciudad, a saber, el idioma español, la cultura, el deporte y la innovación.

No faltaron tampoco presidentes, consejeros delegados, autoridades, acompañados de representantes políticos y de las instituciones madrileñas. De hecho, sólo faltaron una banda, un desfile de policías, maceros, majos y majas, alcalde y vicealcaldesa bajo los correspondientes palios, portaestandartes con inmensas banderas, para que el acto revistiera el encanto casposo de toda la vida capitalina del momento.

Pero claro, esas demostraciones serían incompatibles con ese Madrid confiado, seguro, esperanzado, e ilusionante, la ciudad inteligente e innovadora en la que se mirará España una vez más, foco de todos los negocios, principio y fin de todas las cosas y si, además de los dineros de Europa, llegan los dineros de la declaración de zona catastrófica, el negocio es seguro. Madrid quedará rehabilitado y volverá de nuevo al pelotazo como esencia y sentido de su existencia.

Pues no, señoras y señores, basta de historias y cuentos, esto ya no es lo que era, o lo seguirá siendo por poco tiempo, el modelo del pelotazo infinito se ha agotado y la ciudadanía quiere sentir la ciudad como propia, como un inmenso artefacto compuesto de artefactos amables diseñados para hacerles más fácil la vida.

Desearíamos que las grandes empresas constructoras, tecnológicas, financieras, de la sanidad privada, aseguradoras, consultoras, bancos, despachos de abogados, entidades deportivas, energéticas, alimentarias, fondos de inversión, fundaciones empresariales, otras entidades de corte social y algunas instituciones, se junten bajo un paraguas común para algo más que para asegurarse su propio futuro.

Quisiéramos que la atención telefónica en esas empresas funcionase correctamente, sin largos tiempos de espera, sin llamadas sin respuesta. Que funcionaran y nos solucionaran los problemas, nos prestaran los servicios. Nos gustaría que la sanidad privada colaborara con la pública y no sólo pensara en el ánimo de lucro contratando hacer rastreos, poner vacunas y demás.

Sería deseable que las residencias privadas de mayores invirtieran en protocolos de seguridad, que las compañías de seguros se ocupasen de asegurar los daños derivados de la pandemia, o de catástrofes como la gran nevada, que la electricidad llegase a la Cañada Real en este frío invierno, sin subidas brutales de la luz en este duro mes de enero, o que los fondos buitre de inversión y bancos no desahuciasen a personas necesitadas mientras duren estas devastadoras circunstancias.

Eso es su responsabilidad social corporativa, eso es lo que les pedimos, que funcionen bien, que cumplan su papel y que lo hagan con criterios sociales. Lo otro, esto de asociarse para captar dineros de nuestros impuestos en España y de nuestras contribuciones en Europa, para hacer negocio de la recuperación económica y de los fondos europeos es demasiado fácil, demasiado evidente, no engaña a nadie.

Se puede vender con maquillajes sociales, pero todos terminamos sospechando que todos sus negocios proceden de nuestras gracias y de nuestras desgracias. Si no las tuviéramos, las inventarían. Porque esto es Madrid, un negocio con el futuro.

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