Un país sin mochila

La sensación de que vivo en un país que no funciona me asalta cada vez con más frecuencia. Comenzaba el año y se anunciaban la tormenta más intratable en décadas y el frío más intenso del invierno. Para colmo es en los primeros días de enero cuando las compañías eléctricas han aplicado una subida del 37% en la luz.

De nada han servido las bochornosas explicaciones sobre el endiablado sistema de fijación de precios de la electricidad, sobre el costo de las emisiones de dióxido de carbono, el precio del gas, o de la producción en las centrales térmicas, los impuestos añadidos por el gobierno. Todo suena a justificaciones de mal pagador.

Puede ser cierto que el gobierno de PSOE y Podemos no haya tenido tiempo suficiente para poner orden en este endiablado sistema de fijación abusiva de los precios energéticos. Un sistema injusto que conduce directamente a no pocos políticos de la poltrona del consejo de ministros a la poltrona del consejo de administración de alguna gran compañía eléctrica o gasística.

Bien puede ser que, tras tanta crítica vertida en el pasado por los dos partidos de la coalición de gobierno sobre  las disparatadas fluctuaciones de los precios de la energía, vayan a tener que ser ellos quienes expliquen el asunto en el parlamento, ante aquellos otros partidos que sostuvieron en pié las esencias mismas del perverso sistema de precios eléctricos.

El asunto se complica cuando me entero de que la subida de los precios de la luz coincide con el hecho de que electricidad sigue cortada para los habitantes del eterno barrio marginal de la Cañada Real. Años después de que las administraciones se pusieran de acuerdo para solucionar el problema de este asentamiento ilegal, el problema no hace más que agravarse y los jueces vienen a decir que la Comunidad de Madrid no tiene obligación alguna de devolver la luz a las 4.000 familias que habitan aquellos parajes alejados del mundo.

Y el asunto se pone aún más feo cuando descubrimos que los problemas y las dificultades burocráticas de tramitación de algunas soluciones parciales, como el bono social eléctrico, o el térmico, hacen que terminen beneficiando a muchas menos familias y personas de cuantas podrían beneficiarse del mismo. Políticas sociales de buenas intenciones, de bajo coste y de cara a la galería.

Por si faltaba algo en el escenario terminó apareciendo la borrasca Filomena para demostrar que los excesos de calor y de frío, de sequía o inundaciones, provocados por el cambio climático, no son ninguna broma y que llegan hasta nosotros para demostrar que basta una nevada para que las calles y autovías queden cerradas a cal y canto al tráfico rodado.

Para convencernos de que miles de vehículos y camiones pueden quedar atrapados en autovías y grandes carreteras de circunvalación. Hoy sabemos que los supermercados pueden verse obligados a cerrar sus puertas y que somos incapaces de garantizar que se mantengan abiertos los caminos de acceso a los hospitales, mientras que numerosos trabajadores de esos mismos hospitales quedan bloqueados en sus centros de trabajo, o miles de ciudadanos se ven obligados a abandonar sus vehículos en las carreteras.

No quiero decir con esto que nada, absolutamente nada, funcione en nuestro país. Claro que hay cosas que funcionan. No quiero decir tampoco que una nevada ocasional y, por suerte, poco frecuente justifique la adopción de costosas medidas de inversión en máquinas quitanieves y otros medios.

Pero si me parece que convendría contar con las medidas y los protocolos necesarios para asegurar el buen funcionamiento de los servicios esenciales en las peores circunstancias, ya sean pandemias desencadenadas, o emergencias climáticas. A fin de cuentas nuestra confianza en las instituciones depende en gran medida de su capacidad para prevenir los problemas que se avecinan y adoptar las decisiones políticas que permitan solucionarlos cuando se presentan.

Mientras las instituciones se muestren incapaces de hacer bien su trabajo, seguiremos siendo un país que avanza a tirones, a fuerza de empujones voluntaristas, de heroísmos forzosos, de sacrificios obligados que tan sólo consiguen contener, durante un breve instante, los desastres desencadenados.

Para este viaje a través de un futuro incierto que ya nos espera, vamos a necesitar una mochila, no muy grande, pero tampoco ridícula, que contenga cuando menos unos mapas y una brújula para no perdernos en el camino, unas pocas vituallas para no morir de hambre y alguna prenda de abrigo para no morir de frío.

Porque de eso se trata a partir de ahora, de adaptarse a los tiempos, resistir los embates por inesperados que sean, hacer piña para recorrer el camino y no morir en el intento.

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