España no es una bandera

Debe parecerle a Almeida que las banderas colocadas en ventanas y balcones por parte de algunos ciudadanos madrileños se encuentran en un estado deplorable, sobre todo después de un año de pandemia y tras el paso de Filomena. A fin de cuentas, una vez declarados zona catastrófica, todos tenemos derecho, al menos, a una bandera nueva. Qué menos.

Y por eso a quien lo pida le van a entregar una nueva bandera nacional gracias a un proyecto denominado Bandera a Bandera, cuyo autor pretende reunir 150 banderas en mal estado para montar una exposición que tiene la vocación de embellecer la deteriorada imagen de España, recuperando su esplendor,  tanto internacional como nacionalmente para e orgullo patrio. Así lo dice la solicitud que ha presentado. Con tal de que se trate de banderas de España Almeida no lo duda…

Tan buena debe haber sido la idea que la comisión de valoración ha puntuado muy positivamente su interés cultural, el sociocultural, la viabilidad y la trayectoria del solicitante, el cual en anteriores ocasiones ha sustituido banderas nacionales por banderas negras. Imagino que también han valorado muy positivamente su opinión de que las banderas se encuentran descoloridas, corroídas, rotas, estropeadas y dañan la imagen de España.

El autor habla de los fracasos estrepitosos de fortalecer la unidad de España, sus símbolos, su bandera, el himno que no hace tanto tiempo intentó revalorizar Marta Sánchez y llega a la conclusión de que es preciso dejar constancia de esa España que se desmorona. Qué mejor que utilizar para ello el símbolo de la bandera.

Sinceramente, creo que tiene razón, toda la razón. España se desmorona sin remedio: Hemos comprobado con dolor y lágrimas que el más pequeño de los bichos, casi ni bicho, casi ni vivo, con un nombre tan raro como Sars cov 2, puede hacernos tanto daño como nos está haciendo. Una fuerte nevada, acompañada por una helada intensa, ha sembrado la confusión hasta el punto de que parques como el Retiro siguen cerrados un mes después.

Las amenazas del paro, el aumento de las desigualdades, el desbordamiento de la pobreza, la pérdida de la vivienda, o el corte de la luz, se ciernen sobre las familias y sobre las personas. Nuestros mayores mueren en las residencias, o aguardan la muerte en la soledad de sus viviendas, nuestros jóvenes afrontan un futuro incierto, cada vez más precario, temporal, intratable.

Y mientras tanto el alcalde de la capital de las Españas, el responsable del Estado más cercano a la ciudadanía financia la renovación parcial de la flota de banderas que surcan las fachadas de Madrid. Sinceramente, creo que en sus ansias de pintarla el Alcalde de Madrid se ha dejado embaucar en el juego del esperpento capitalino.

Así vamos transitando los tiempos de pandemia por el callejón del gato, sin patria y con banderas, ignorantes de nuestros orígenes romanos, ese pueblo para el cual todos aquellos que vivimos acogidos a la misma ley, nos beneficiamos de los mismos derechos, vivimos libres, nos sentimos iguales, somos hijos de la misma patria, mientras que cuantos viven sin leyes, ni derechos, en la desigualdad y oprimidos, son bárbaros. 

Esto de la patria y el patriotismo tiene poco que ver con las banderas y mucho que ver con la igualdad, la libertad y los derechos. Ahí se ventila la batalla entre los bárbaros y los patriotas. Por ahora triunfa la barbarie, por goleada.

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