Transición formal, transición real

Asistimos desde hace unos años a un debate sesudo sobre la Transición española. Hay quienes afirman que fue muy mala, otros que la defienden a ultranza y pocos que se adentran en los claroscuros de aquel momento histórico.

El 15M, como Mayo del 68, consistió sobre todo en un relevo generacional que obligó a muchos a darle una vuelta a las maneras y las formas en las que estaban haciendo las cosas. La generación posfranquista quería tener su protagonismo en la Historia, como la nacida tras la Segunda Guerra Mundial quería ocupar los puestos de poder cuando los estudiantes comenzaron a quitar adoquines con la vana esperanza de que bajo ellos hubiera una playa que pisar.

A partir de ese momento, los mayores en fase de desengaño y los jóvenes imbuidos de una cultura que ya poco tenía que ver con el antifranquismo, entre otras cosas porque pocos, incluidos sus padres, se preocuparon de contarles de dónde venían, comenzaron una labor de desprestigio de la Transición española.

Qué fácil es juzgar con criterios de hoy y a toro pasado lo que ocurrió ayer, ignorando que muchos de los que lo hacen ya estuvieron allí y dejaron hacer, aprovecharon las décadas posteriores para medrar y a la vejez viruelas. Qué fácil es, para otros más jóvenes, olvidar que son de la carne, la sangre y la estirpe de quienes protagonizaron aquella época.

Más o menos lo mismo que ocurre cuando los gobernantes latinos de hoy, hijos de los conquistadores de ayer, acusan a los españoles que se quedaron por aquí de haber maltratado, esclavizado y torturado a los indígenas latinoamericanos. Serían censurables, en todo caso, sus abuelos que fueron a enriquecerse y no los míos que siguieron cultivando estas tierras, pastoreando rebaños, tallando piedras, los que merecerían, en todo caso, la censura y condena de sus herederos.

Pero por ahí anda circulando el interesado debate sobre los males de España, originados por la Transición mal hecha. En lo que a mí respecta creo que aquellas gentes hicieron lo que supieron y, sobre todo lo que pudieron. La derecha sabía que el franquismo había más que consumido un tiempo histórico y que ya no tenía futuro ni en Europa, ni en el mundo.

Por su parte, la izquierda, podría haber encabezado revueltas y derramamientos de sangre, a sabiendas de que la Guerra de España era una losa que atemorizaba aún al pueblo y que hubiera sido pan para hoy y hambre para mañana. Una vía cegada desde que el PCE ya en 1956 aprobó la política de reconciliación nacional.

Así las cosas, la galerna de huelgas, la serenidad ante los atentados de la ultraderecha, como el de los Abogados de Atocha, la legalización de los partidos de izquierda y de los sindicatos, los Pactos de la Moncloa, la negociación de la Constitución,  fueron decisiones que marcaron la Transición española y que hoy son difícilmente juzgables desde nuestra realidad.

El cómo se construyera después la democracia tiene que ver son aquel momento, pero es responsabilidad de quienes protagonizaron estos últimos cuarenta años, desde la economía, la sociedad y la política. Aquellos que decidieron aceptar la corrupción heredada del franquismo se instalase en la vida política y económica. Aquellos que acabaron integrados en las consultoras, constructoras, entidades bancarias y  compañías energéticas y eléctricas.

Porque la Transición propició un cambio en la política, una transformación en la sociedad, pero mantuvo intactas las tramas de poder económico, dejando entrar en los consejos de administración a un puñado de nuevos y jóvenes políticos.

A fin de cuentas a los pueblos siempre nos ha perdido que nuestros líderes cedan a la tentación del dinero y del poder. Pareció por un momento hace diez años que algo podría cambiar y, efectivamente, algo ha cambiado en la política, pero la trama económica heredada del franquismo, con sus formas, sus maneras, sus sobres, comisiones, corrupciones y corruptelas sigue intacto.

Intacta su capacidad de comprar voluntades de unos y de destrozar  vidas y carreras de quienes osan oponerse a sus designios. Operaciones urbanísticas como el Paseo de la Dirección, o Chamartín y las subidas especulativas de los precios eléctricos y energéticos, son buena muestra de esta realidad.

Sin un cambio que democratice la economía será imposible cerrar el círculo de la democratización política y la transformación social española. Y no tiene nada que ver con la transición, sino con la responsabilidad de todas y todos nosotros aquí y ahora.

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