Salario Mínimo y decencia patriótica

El Gobierno ha cumplido su compromiso de ir subiendo el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) a lo largo de la legislatura hasta que el mismo alcance casi 1.050 euros en 2023, lo cual equivaldría al 60% del salario medio en nuestro país, siguiendo los planteamientos de la Carta Social Europea. El acuerdo logrado entre Ministerio de Trabajo y organizaciones sindicales CCOO y UGT supone una subida de 15 euros.

Una subida tan moderada que se ha situado en la mitad de la horquilla en la que se movían las negociaciones y las recomendaciones de los expertos, entre los 12 y los 19 euros.  Tiene, no obstante, la virtud de no dejar en blanco durante un año el cumplimiento del acuerdo por parte del Gobierno de Progreso. El acuerdo fija el SMI en 965 euros, lo cual queda muy lejos aún de los 1.049 euros que deberá alcanzar en 2023.

La subida a lo largo de los próximos dos años deberá ser de casi 85 euros, lo cual va a suponer todo un reto para un gobierno que se ha tensionado de forma innecesaria, entre las posiciones mantenidas por el Ministerio de Trabajo y el de Economía. Si la situación económica mejora sustancialmente y los nubarrones se despejan en el horizonte, el problema será menor, pero en caso contrario las chispas prometen convertirse en fuegos devoradores, que no artificiales, ni de artificio.

Una subida de 15 euros, supone una subida del 1´6%, que no alcanza a compensar la subida del coste de la vida, ni muchos menos el crecimiento de los precios de la alimentación, la gasolina, de la electricidad, pero que hace que las casi 2 millones de personas que cobran el SMI y sus familias, puedan percibir ese crecimiento mínimo de sus salarios y sentir esa voluntad política de compromiso por la igualdad, de defender a los más débiles.

Por eso no se entiende, en modo alguno, el rechazo empresarial ante una medida meditada, responsable y prudente como la subida del SMI, establecida en la Carta Social Europea y que tiene una expresión tan mínima y moderada precisamente por encontrarnos en un año en el que agentes sociales y gobierno reconocen que el escenario económico y de empleo sigue siendo complicado.

Unas posiciones empresariales que vienen a alimentar a una derecha española que no acepta transacciones, acuerdos, ni otras posiciones que no sean las de la negativa a cualquier propuesta que provenga del gobierno. Una derecha que ha perdido, como bien sostiene Nicolás Sartorius, toda capacidad de moverse en la oposición, superar lo que denomina el “liberalismo tóxico” y la cutrez de una parte sustancial de capitalismo, base y sustento de lo peor de nuestra derecha patria.

Unas posiciones que contrastan con los altos beneficios obtenidos por muchas de esas grandes empresas que gobiernan la organización empresarial y con los informes que revelan el escaso esfuerzo fiscal realizado por la grandes fortunas en nuestro país. El número de grandes fortunas en España se ha duplicado en los últimos diez años, hasta alcanzar las 700, pero sólo un tercio de esas grandes fortunas paga impuestos en nuestra Hacienda Pública, mientras que el resto busca refugio en otros países.

Dentro de España, un caso llamativo lo constituye la Comunidad de Madrid, donde deciden declarar la mitad de las 7.200 grandes fortunas con recursos superiores a los 6 millones de euros, precisamente porque se les perdona el impuesto del patrimonio, con lo cual Madrid deja de percibir, anualmente más de 1.000 millones de euros. Madrid no es España dentro de España, sino lo más parecido a un paraíso fiscal dentro de España.

Nadie debería olvidar que los problemas reales, los grandes conflictos vividos por nuestro país, han tenido su origen en el aumento de las desigualdades cuando los ricos han decidido vivir a tope sus posibilidades, abandonando al resto de la sociedad a su suerte. El egoísmo de nuestras clases pudientes ha sido siempre la causa de los desastres que nos han azotado.

Nadie en su sano juicio, cuando hablamos de cuestiones de pura justicia y respeto a nuestra condición de europeos, como la subida del SMI, se puede permitir la irresponsabilidad de olvidar nuestros errores y volver a repetirlos.

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