El poder de las fuerzas oscuras

Muerto Hitler no murió el nazismo, como una vez muerto Franco en la cama de hospital, no murió el franquismo. Con Mussolini no murió el fascismo, ni tampoco cuando murió Stalin acabó el estalinismo. Es algo evidente, pero como bien decía el pintor, filósofo y escritor suizo Friedrich Dürrenmatt,

-Malos tiempos son estos en los que hay que demostrar lo evidente.

Aunque en otras versiones de la cita desaparece la demostración para incidir más en la necesidad de la luchar por lo evidente,

-Es triste vivir en una época en la que hay que luchar por cosas evidentes.

Evidente es, así pues, que muerto el perro no siempre acaba la rabia. Hay cosas que responden al surgimiento de las fuerzas oscuras que habitan el alma humana y se desencadenan en presencia de potentes catalizadores. Los líderes dictatoriales son chispas, potentes descargas eléctricas, que desencadenan los desastres.

Pero cuando ellos desaparecen las fuerzas oscuras optan por esconderse y se ocultan como esas bacterias del ántrax, el carbunco, que como células terroristas dormidas se esconden en los campos malditos, estériles e improductivos durante siglos, por más que algunos se empeñen en sembrarlos de sal.

Es evidente que esas fuerzas habitan en nuestro interior y somos nosotros los que las dejamos escapar y campar a sus anchas. Los juicios de Núremberg fueron un lavado de cara para condenar a los máximos responsables del régimen nazi, al tiempo que contribuyeron a tapar las vergüenzas de de todo un pueblo señalado por las atrocidades ordenadas por el poder descontrolado e incontrolable de su gobierno.

Hitler y el nazismo hubieran sido imposibles sin la connivencia, la sordera interesada, la ceguera de quien mira para otro lado, el silencio cómplice de una gran parte del pueblo alemán, que nunca quiso reconocer en el aire el olor dulzón y nauseabundo de la carne quemada en los hornos crematorios de los campos de concentración, o el desastre total que se avecinaba, ni aún tras padecer los bombardeos masivos de sus ciudades.

Podremos argumentar que el Tratado de Versalles, firmado en 1919, tras la I Guerra Mundial, con sus abultadas pérdidas territoriales, la humillación del pueblo alemán y las brutales indemnizaciones de guerra, facilitaron el ascenso de los nazis, pero no explican cómo ingentes masas humanas pueden aceptar ser conducidas al matadero por sus líderes.

De alguna manera recuerdan el final de aquel hermoso poema de Robinson Jeffers, Rearmement,

-La belleza del hombre moderno

no está en las personas,

sino en el desastroso ritmo de las masas pesadas en movimiento,

la danza de las masas guiadas por un sueño

descendiendo de la montaña oscura.

Hay que pensar que el poema fue escrito en 1934, años antes del desencadenamiento de la II Guerra Mundial y que el motivo del mismo era responder de alguna manera al rearme ruso. Jeffers consideraría, poco después, la Guerra de España como un ensayo general de lo que habrían de ser las violentas batallas en la estepa rusa, el cerco de Stalingrado, o  la caída de Berlín.

Pero haremos mal en considerar que todo se restringe y limita al caso alemán. Mussolini se alzó con el poder absoluto en Italia tras las marchas fascistas sobre Roma, gobernó con mano de hierro y con la connivencia de una parte muy importante del pueblo italiano, hasta que las derrotas militares, los avances aliados por la bota italiana y el colapso del régimen dictatorial le llevaron a ser detenido, fusilado y colgado de cabeza en una gasolinera de Milán.

Stalin, según cuentan, murió solo, abandonado, en su dacha, inmovilizado en el suelo durante horas, tras un derrame cerebral, pero el régimen del gulag que construyó, con variaciones, le sobrevivió más de 35 años. Sus consecuencias y todo un cruel estilo de gobierno en Rusia, han llegado hasta nuestros días. No en vano, muchos presidentes rusos han sido antes altos cargos en los servicios de seguridad, persecución política y espionaje del país.

En cuanto al dictador español, debió sufrir una muerte horrible, a tenor de las fotos que uno de sus médicos familiares de confianza filtró a la prensa. Pero, como le gusta recordar a Nicolás Sartorius, Franco murió en la cama, el franquismo murió en las calles.

Toda la sociedad española estaba ya predispuesta para integrarse plenamente en un mundo más amplio que superase los viejos sueños de desastres imperiales como Cuba y Filipinas, el Barranco del Lobo, o Annual. Fuera por miedo a repetir derramamientos de sangre, o por un afán compulsivo de olvidar y entregarse a un frenético y deseado futuro mejor.

Echamos nuevas paletadas de amnesia sobre las fosas comunes y nos entregamos a la fiesta de la modernidad siguiendo a los líderes que nos prometieron una España a la que no iba a conocer ni la madre que la parió.

Entramos en Europa, pero también en la OTAN, construimos autopistas y AVES pero destruimos miles de kilómetros de trenes convencionales, aceptamos el poder de los banqueros, los constructores y las eléctricas a cambio de que expresidentes, exministros, expolíticos, entraran en sus consejos de administración.

Cada vez que cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, cada vez que callamos para mantener intereses creados, cada vez que disimulamos los olores nauseabundos de la basura que otros han dejado en las calles. Cada vez que hacemos estas cosas para defender a los “nuestros”, para no buscarnos problemas, para que todo siga igual, estamos dejando escapar de la Caja de Pandora todos los males del mundo allí encerrados. Todos esos malos tiempos en los que hay que demostrar, defender, luchar por lo evidente.

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