Salario o conflicto, esa es la cuestión

Llevamos años viviendo un proceso endiablado de crisis encadenadas cuyo resultado por el momento es el del miedo instalado en el centro de la soledad de millones de personas. Pueden pensar los poderes económicos y políticos que el miedo contribuye a que el silencio cínico se adueñe de la sociedad y facilita que cualquier revuelta se aplaque.

Pero no hay que fiarse, el miedo ata las manos y los pies, pero también induce el pánico y una sociedad en pánico es imprevisible. Por mucho que nos cuenten que los empleos son ahora más fijos, gracias a la reforma laboral, lo cierto es que los empresarios no han montado mucha bulla porque, se llame como se llame el contrato, los despidos siguen siendo, básicamente, igual de fáciles.

La situación laboral, a pie de empresa, no ha cambiado demasiado con respecto a la precariedad generada a partir de la crisis de 2008 y las incertidumbres sembradas por la pandemia, la guerra y los destrozos producidos por el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos naturales, no contribuyen a aportar serenidad alguna.

Cada vez que escuchamos las declaraciones de un dirigente europeo, un político español, un jerarca de la OTAN, el presidente de una gran corporación económica, o un líder carismático, tememos sistemáticamente que nos estén engañando. Desconfiamos cada vez más de la política, de los políticos, de los poderosos.

Los sindicatos son conscientes de que con un crecimiento económico en retroceso, que parece que acabará el año en torno al 4% y una inflación en ascenso que hay quien anuncia que llegará al 9%, las tensiones laborales son inevitables, sobre todo porque los crecimientos salariales vienen arrastrando retrocesos importantes en estos años de incertidumbre.

Cualquiera sabe que en una situación así las tensiones laborales aumentan y pueden tener efectos muy negativos sobre la propia inflación, sobre el consumo y afectar al propio crecimiento económico. Sin embargo, los empresarios no entienden más allá de las expectativas de recuperación rápida de beneficios sobredimensionados que ya nunca volverán.

En estas condiciones el intento de los sindicatos para alcanzar un Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva (AENC) con las organizaciones empresariales, estaba condenada al fracaso. Por ese motivo los sindicatos CCOO y UGT aprobaron objetivos salariales en torno al 3´5% para este año, el 2´5% para 2023 y el 2% para 2024, incorporando clausulas de revisión salarial que aseguren el mantenimiento del poder adquisitivo en el caso de que la inflación se descontrole, algo perfectamente plausible y previsible.

Nicolás Sartorius nos ha contado muchas veces que los trabajadores fuimos los auténticos costaleros de la democracia en este país. Nuestra prudencia, serenidad y cordura, hicieron posible que la Transición llegará a buen puerto. Intercambiamos contención y moderación a cambio de derechos laborales y  derechos sociales abandonados durante toda la dictadura franquista.

Los sindicatos han anunciado que sólo podemos afrontar esta crisis desde la negociación y la cultura del diálogo. Que sólo podemos enfrentarnos a una situación tan dura como la que vivimos a base de repartir costes y beneficios, compartir esfuerzos y responsabilidades. El empobrecimiento de la clase trabajadora no supone solución alguna al problema al que nos enfrentamos.

Serán los empresarios los que decidan convertir el proceso de negociación colectiva que se avecina en un punto de encuentro y de acuerdo, o en un campo de batalla. No tiene lógica alguna que las subidas salariales en convenio hayan rondado el 2%, mientras que los precios marcaron una subida interanual del 6´5% en diciembre.

El gobierno no puede permanecer impasible y debe ser consciente de que los recursos volcados en medidas como los ERTE, los famosos Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, que han supuesto más de 30.000 millones de euros, tan sólo en esa medida y que han contribuido a salvar a cientos de miles de empresas y millones de empleos, no pueden tener la contrapartida de un egoísmo empresarial que acapara los beneficios, en detrimento de un justo reparto de los mismos.

Vivimos un momento en el que las empresas trasladan mecánicamente los incrementos de los costes de producción a las familias, en un intento desesperado de mantener sus excedentes empresariales, mientras congelan los salarios de sus trabajadores.

Los sindicalistas han dejado claro el mensaje y lo han trasladado a los negociadores de los convenios colectivos, a los delegados y delegadas que participan en las mesas de negociación. Habrá quien piense que estamos ante un conflicto deseado por los sindicatos, pero os aseguro que no. Sólo son conscientes de que si ellos no encabezan la solución de este problema, el problema se desbordará al margen y por encima de ellos.

O los salarios permiten mantener poder adquisitivo, o el conflicto está servido.

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