7 Octubre, un trabajo no tan decente

Se les está yendo de las manos. El mundo se les está yendo de las manos. Es imposible que ese 1% de los más ricos del planeta, esos que acumulan más riqueza que todo el resto del mundo, puedan tener en sus manos otra solución que el infinito y acelerado avance hacia la destrucción de la especie humana.

La pandemia no ha contribuido a solucionar este triste panorama. Muy al contrario. Desde que el virus desencadenó las hostilidades contra los seres, el número de multimillonarios ha crecido en otros 573 (suman ya el número de 2.669 milmillonarios), al tiempo que cada día el número de personas pobres se incrementa en 700.000.

Hoy, más de la mitad de los hogares del planeta, las pasan canutas para llegar a fin de mes y una familia de cada diez no puede afrontar los gastos esenciales para su supervivencia. Los salarios mínimos son inexistentes, o son ridículos, en la mayor parte del planeta.

Utilizando la justificación de la pandemia, de las alteraciones económicas que la han acompañado, de la guerra en Ucrania, los intereses de los Estados Unidos, Rusia y China, se han confabulado contra Europa, contra nuestro modelo, nuestro potencial económico, nuestra autonomía como región dentro del planeta.

Ahora que hay muchos que intentan convencernos de que el discurso de los ricos y los pobres es muy anticuado resulta que las grandes corporaciones, que sí entienden y defienden a los ricos y las diferencias entre clases sociales, nos han declarado la guerra, controlando con mano de hierro los precios de la energía, de los alimentos, de los transportes, de nuestros productos básicos.

Claro que hemos vivido una pandemia, que se han producido desequilibrios económicos y que la guerra de Rusia en Ucrania trastoca muchos escenarios de producción y muchos escenarios geopolíticos en el mundo, pero eso no justifica el aumento exponencial de la especulación por parte de esas grandes empresas que manejan la economía, a los gobiernos y hasta nuestras vidas.

Hasta el momento y salvo algunas escasas victorias, parece evidente que las gentes sencillas, las trabajadoras y los trabajadores, vamos perdiendo esta guerra. En numerosos países del mundo la represión violenta de la libertad sindical, de las reivindicaciones laborales, el retroceso de los salarios y de los derechos, son el pan nuestro de cada día.

Las leyes laborales son cada vez menos protectoras, al tiempo que nos intentan convencer de que la pandemia ha sido culpa nuestra, que las dificultades económicas las causamos nosotros y que con cada aumento salarial que conseguimos estamos haciendo que se disparen los precios.

Es algo de lo que intentan convencernos desde adolescentes. El mito de que es nuestra culpa. Cuanto nos ocurre nos lo tenemos bien merecido. Lo cual es verdad, pero no a causa de sus explicaciones, sino porque somos incapaces de organizarnos para remover el estado de cosas que nos condena a un futuro amenazante e incierto.

Basta comprobar que la inflación crece sin control por todo el planeta, independientemente de las mayores o menores subidas de los salarios en cada país. Estamos ante una inflación generada por el abuso de los beneficios y no por el aumento de los salarios.

Por eso, este año, el sindicalismo mundial aglutinado en torno a la Confederación Sindical Internacional (ITUC) ha convocado el 7 de Octubre, el Día Mundial por el Trabajo Decente, en torno a la bandera de la justicia salarial. Justicia retributiva para quienes tienen un trabajo formal y para quienes no lo tienen. Justicia para mujeres y hombres que necesitamos cerrar la brecha salarial.

La represión violenta de algunos gobiernos, las amenazas de las grandes corporaciones, los despidos, las deslocalizaciones, los abusos de poder, no podrán contener la marea sindical que reivindica salarios justos y derechos laborales.

La tormenta perfecta se ha desencadenado sumando los efectos de la pandemia, los conflictos armados, la avaricia de los poderosos y de los ricos, a los que se añade una crisis climática que sólo tiene visos de empeorar. Ahora sólo cabe exigir salarios justos, derechos laborales, más y mejor empleo, protección social e igualdad.

Unos planteamientos y unos postulados que los empresarios españoles y algunas fuerzas políticas de la derecha se encuentran muy lejos de aceptar como algo que debe formar parte del itinerario de diálogo social que debería presidir un esfuerzo general para elegir bien en la encrucijada dramática en la que nos encontramos.

Con mentiras, falsas soluciones y egoísmos mediocres no podremos salir de este atolladero. El 7 de Octubre no es sólo una convocatoria sindical internacional. Numerosas organizaciones sociales, la iglesia, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) participan de estos mismos objetivos y de la necesidad de un trabajo decente.

Esta confluencia de organizaciones y de objetivos compartidos es una magnífica demostración de que crece el número de personas que participan de la convicción de que sin trabajo decente, sin justicia salarial, no hay paz duradera, no hay futuro posible.

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