Ser pobre en un mundo virtual

La pandemia nos ha puesto a los pies de los caballos de la enfermedad psicoemocional. Tras los confinamientos, las distancias sociales y otras zarandajas hemos descubierto que la profesión de psicólogo es una profesión de gran futuro porque, de una o de otra forma, todos andamos tocados.

Lo digital, a golpe de videollamadas y teletrabajo, de teleformación y servicios que sólo admitían citas telefónicas, o gestión telemática, nos ha demostrado que quienes no dominan estas nuevas tecnologías, no sólo no están a la moda, sino que viven al margen, en la cuneta, fuera de onda, solos, literalmente en otro mundo.

Las familias inmigrantes, las numerosas mujeres que viven solas, con o sin menores a cargo, las personas mayores en las residencias, o en la soledad de sus domicilios han vivido meses de angustia, dolor y, en muchos casos, miedo, inseguridad, incertidumbre.

Hemos podido comprobar que la brecha digital va por barrios, los más ricos tan lejos de los más pobres, estableciendo diferencias y fronteras geográficas y sociales. La brecha digital ha hecho que muchas personas hayan resultado marginadas dentro de la marginación, pobres dentro de los pobres, doblemente excluidos.

Cosas tan sencillas como tener un teléfono móvil, con acceso a internet, saber manejarlo y poder realizar una videollamada, rellenar un formulario y remitirlo telemáticamente, para cobrar el paro, o el ERTE, pedir una cita médica telefónica, recibir instrucciones formativas de tus profesores, o realizar un trámite bancario, se han convertido en barreras infranqueables para muchas personas y para muchas familias.

La pandemia ha sido un aviso que muy pocos hemos querido escuchar y que la mayoría prefiere olvidar y, sin embargo, lo que hemos vivido vale más por el futuro que trae que por el pasado que fue. Tendremos en el futuro, lo que sepamos defender y preparar en el presente.

Nos engañan quienes afirman que todo está a nuestro alcance con un click, porque ni todos podemos gozar de esos recursos, ni todos lo podemos hacer con la misma intensidad. La información abundante que nos ofrecen no significa que estemos realmente más informados. Que todos sepamos manejar una serie de programas, aplicaciones y dispositivos no significa que podamos elegir mejor.

Tan importante como la información es la capacidad de la que carecemos para procesarla en nuestras mentes, comprenderla, utilizarla para tomar mejores decisiones compartidas, que tomen en cuenta el bien común y no el mero egoísmo personal al que nos han conducido, haciéndonos creer que somos libres y que nuestra supervivencia está asegurada.

Eso debieron pensar también los habitantes de Pompeya, incluso cuando les sorprendió con las manos en la masa el impresionante estallido del volcán. Esa gente seguía intentando salvar su oro y hasta acapararlo y robarlo de los lugares donde sabían que se encontraba, de las casas de sus poseedores. Así quedaron petrificados algunos de ellos. Incapaces de ver lo evidente.

No tener acceso a dispositivos, carecer de la alfabetización necesaria para manejarlos, es una barrera infranqueable, insalvable, porque pese a quien pese las clases sociales existen y ese cambio, esa transformación social no parece que vaya a producirse. No parece que la pobreza y la desigualdad vayan a desaparecer.

Y sin embargo, corregir la brecha digital debería ser un objetivo general. Poder contar con los dispositivos, con acceso a internet en todo el territorio y la formación necesaria para aquellos colectivos que más lo necesitan.

Pero lo digital no va separado de otros factores de discriminación. La falta de empleo decente, de recursos económicos, de formación, de autonomía personal, el fracaso escolar, la falta de salud, son elementos añadidos a los que viene a sumarse la brecha digital.

Dicho de otra manera, la brecha digital añade su peso a la losa persistente de la pobreza. Una brecha, el peso de una losa de exclusión, que se perpetúa y pervive en las futuras generaciones.

Por eso es interesante que se vuelquen esfuerzos en digitalización de la sociedad, pero sin desatender las políticas sociales, educativas, sanitarias, que hacen posible la libertad, la igualdad y la solidaridad. De lo contrario ni corregiremos la brecha digital, ni la brecha social de desigualdad de oportunidades, en que nuestras sociedades siguen entrampadas.

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