La modernidad engañosa, la pobreza segura

Nos cuentan que la digitalización, a la que algunos llaman revolución, la enésima versión del milagro tecnológico, está produciendo un mundo fantástico en el que la miseria, la pobreza, las vidas abandonadas en la cuneta, han dejado de existir. Pero es mentira. Por no dejar de existir, por no desaparecer, no lo ha hecho ni la esclavitud.

Un año más vivimos el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Un reciente informe de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), la Fundación Internacional de Derechos Humanos Walk Free y la Organización Internacional para las Migraciones, nos alerta de que 50 millones de personas en el planeta siguen viviendo en la esclavitud. Una esclavitud moderna, pero esclavitud.

50 millones de personas que viven en el trabajo forzoso, o en el matrimonio forzado. Y no deberíamos pensar que la esclavitud es cosa de países pobres. Más de la mitad de los trabajadores forzados se encuentra en países de rentas medias o altas. Incluso cuando hablamos de matrimonios forzados, una cuarta parte de los mismos se encuentra en algunos de esos países más favorecidos.

Habla el informe de que 22 millones de personas viven un matrimonio forzado, aunque reconoce que habla de estimaciones, que las cifras pueden ser mucho mayores, sobre todo en el caso de menores de edad y teniendo en cuenta la incidencia del patriarcado en la mayoría de las sociedades del planeta.

Y es que cuando hablamos de esclavitud las diferencias étnicas, culturales, o religiosas no existen. Por eso, la Confederación Sindical Internacional (ITUC) ha reaccionado de inmediato, denunciando que son las empresas privadas las que acumulan más del 85 por ciento de los casos. Millones de niños siguen siendo sometidos a este tipo de trabajos forzosos. Millones de mujeres y niñas se ven sometidas a la explotación sexual.

Mujeres, infancia, e inmigrantes, muchas personas inmigrantes, condenadas a vivir situaciones de esclavitud, sometidas a trabajo forzoso, a explotación sexual. Se habla mucho de la necesidad de mano de obra inmigrante. Se habla mucho de los derechos humanos. Como reconoce Guy Ryder, Director General de la OIT, sabemos lo que hay que hacer, pero las diferencias nacionales son inmensas y, pese a ciertos compromisos internacionales, la realidad es que el problema pervive, la esclavitud permanece con pocas variaciones.

Y si queremos corregir y cortar de raíz esta situación es necesario cambiar radicalmente la cultura social y aceptar un compromiso por la decencia de los empleos y la dignidad de las  vidas humanas. Comenzando por las empresas que usan y abusan de la necesidad de las personas para condenarlas a la esclavitud y continuando por el compromiso de gobiernos y organizaciones sindicales y sociales de acabar con este tipo de situaciones.

Hay que actuar sobre las contrataciones de las empresas, impidiendo que la normativa se desprecie y se incumpla, como ocurre con el caso de los riders condenados a trabajar como falsos autónomos. Y hay que poner en valor las inspecciones de trabajo para combatir a quienes vulneran las normas.

Un esfuerzo que hay que reforzar en el caso de los sectores que padecen en mayor medida las situaciones de esclavitud, ya sean mujeres, niñas y niños, o inmigrantes. Hay que hacerlo aprobando leyes nacionales, pero también desde los compromisos internacionales y desde el esfuerzo de todas la sociedad concienciada.

Y es necesario porque no hay tierras libres de esclavitud, explotación infantil, trabajo forzoso, o matrimonios forzado, muchas veces acompañados de violencia física, sexual y amenazas a las personas y a sus familias.  

La modernidad de los tiempos no se mide por el uso mayor o menor de dispositivos, o procedimientos digitales, sino por el hecho de que los males de la humanidad son solucionados por la acción decidida de las personas y el compromiso de las organizaciones en las que se encuadran, ya sean sociales, políticas, empresariales, o sindicales.

Sin ellas, las instituciones se adocenan, se acomodan, se domestican ante el dinero y el poder.

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