Las CCOO de Madrid en los 60

Tras las elecciones sindicales de 1966 y pese a la represión desencadenada por el franquismo, que ilegaliza a la organización, comenzando por perpetrar despidos, traslados, renuncias forzadas y procesamientos contra los candidatos de las CCOO.

En Madrid, las CCOO, por estas fechas, están presentes en todas las zonas industriales, en los barrios obreros y en todo tipo de empresas, no sólo industriales y de la construcción, sino también de los servicios.

Más que una organización bien estructurada, las CCOO constituyen eso que hoy llamaríamos una red en la que participaban un puñado de miles de trabajadores y trabajadoras, con diferentes grados de compromiso, de actividad y de participación en la organización.

Esos núcleos organizativos conseguían, sin embargo, un alto nivel de difusión y movilización, de forma que decenas de miles de trabajadores y trabajadoras participaban en sus movilizaciones, asambleas y convocatorias.

Esa falta de rigidez, esa flexibilidad en la organización, con núcleos de empresa, de barrio, de mujeres, de jóvenes, vertebrados a través de asambleas, o coordinadoras, permitían mucha agilidad y la necesaria estabilidad organizativa cuando la represión arreciaba y caían direcciones más o menos formales.

En aquellos finales de los 60 las CCOO protagonizaban acciones rápidas y frecuentes: Huelgas de corta duración en algunas empresas y otras que afectaban a sectores enteros, o a varios sectores al mismo tiempo, saltos y manifestaciones callejeras, asambleas y reuniones clandestinas, o semiclandestinas.

Básicamente las CCOO pedían por toda España las mismas cosas que los sindicatos siguen reclamando hoy: Subidas del salario mínimo, reducir la temporalidad en el empleo, subidas de sueldos en consonancia con las subidas de los precios, reducciones de jornada laboral, reducción de horas extraordinarias y de prolongaciones de jornada.

Pronto, de las condiciones concretas de trabajo se pasa a la reivindicación de libertad sindical, derecho a la negociación colectiva, libertad de asociación, de huelga, de expresión, de reunión. Es así como comienza a calar la necesidad de un sindicalismo independiente, autónomo, unitario, en libertad.

Las CCOO surgieron como expresión de la voluntad de integrar modelos sindicales distintos, diversos, plurales y con vocación de constituir una central sindical única y unitaria, que nace en las asambleas de las empresas y desde ahí se va vertebrando hacia arriba.

El modelo era exitoso y las CCOO de Madrid fueron las encargadas de convocar una primera reunión para coordinarse a nivel estatal. La I Asamblea Nacional de las CCOO se celebra en junio de 1967 con representantes llegados de toda España.

Allí se ponen de acuerdo en un proyecto de Ley Sindical. Allí deciden crear una coordinadora estatal y aprobar unos principios de funcionamiento, un programa, la voluntad de convertirse en un movimiento independiente, autónomo, que sólo se debe a la clase trabajadora y al deseo de construir la unidad sindical y abrir las puertas a la democracia.

El franquismo se endurece, recrudece la represión contra las CCOO y sus dirigentes son detenidos, encarcelados, a la espera de juicio y condena. La organización se siente acorralada y la movilización de todo tipo, las huelgas, las protestas, las asambleas, las manifestaciones, también se reducen.

Esta situación obliga a que los jóvenes se incorporen a la organización. Hace que la solidaridad y la militancia ya no sean tan informales. Para resistir el embate del franquismo y de su policía, es necesario organizarse, dotarse de mayor disciplina personal. El espontaneísmo va siendo sustituido por una militancia más vertebrada. El movimiento se va convirtiendo en organización.

Es en esta época, a mediados de los años 60, cuando el sindicalismo de las CCOO, con Marcelino Camacho a la cabeza,  y el PCE, encabezado por Romero Marín en la clandestinidad del interior, fraguan la alianza con unos cuantos jóvenes abogados. María Luisa Suárez, Antonio Montesinos, Pepe  Jiménez de Parga y José Esteban, crean el primer despacho laboralista en la calle de la Cruz de Madrid, que será el primero de otros muchos en la capital y en el resto de España.

Los despachos defendían y asesoraban a los dirigentes sindicales, vecinales, pero también a los militantes políticos. Eran útiles para la defensa jurídica ante los tribunales laborales, pero también orientaban sobre los procesos de negociación colectiva desencadenados en las empresas.

Aquellos despachos servían también de punto de reunión de trabajadores en un momento en que las reuniones eran perseguidas en cualquier espacio, incluidas las iglesias y permitían encauzar nuevas formas de protesta masiva como la presentación de incontables demandas simultáneas ante los tribunales laborales. Así finalizaban los años 60 en España, con una intensa represión de sindicalistas que obligaba a las CCOO a buscar nuevos espacios de defensa de los intereses de la clase trabajadora y nuevas formas de organización y vertebración de un movimiento que no estaba dispuesto a desaparecer.

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