La economía gaseosa

Nunca fue tan difícil interpretar los signos de los tiempos, adentrarse en caminos desconocidos intentando interpretar un paisaje cambiante en el que no existen ya puntos de referencia. Nada es lo que era y todo lo que antes era sólido no sólo ha pasado a ser líquido, sino que se ha convertido, ante nuestros ojos, en gaseoso.

Subidas generalizadas de los precios del 9%, que en el caso de los alimentos se sitúan en el 14´4%, se corresponden con ridículas subidas salariales del 2´6% en los convenios colectivos negociados, mientras que esa subida salarial sería del 1´8%, si tenemos en cuenta a esos cerca de 3´5 millones de trabajadores y trabajadoras que no han visto crecer sus rentas porque no han conseguido negociar la subida salarial de este año.

Y, sin embargo, pese a la moderación del crecimiento de los salarios, los precios siguen subiendo. Los Bancos Centrales deciden aplicar recetas clásicas, como hacer crecer los tipos de interés, para reducir el consumo y evitar subidas aún mayores de los  precios. Se equivocaron en la crisis de 2008 y van a volver a hacerlo ahora.

Pero estas recetas ignoran que todo ha cambiado y salarios de miseria y estancamiento del consumo, pueden ahora convivir con los precios disparados. Son los costes energéticos y los aumentos de beneficios empresariales los que hacen subir los precios y no el crecimiento de los salarios.

Se negocian más convenios, pero las clausulas de garantía salarial, que hace unos años protegían el poder adquisitivo del 70% de las trabajadoras y trabajadores con convenio, ahora sólo alcanzan a uno de cada cuatro. Este tipo de clausulas son frecuentes en sectores industriales, pero casi inexistentes en el sector servicios.

Son muchas las voces que han reclamado un pacto de rentas, un acuerdo salarial para el año próximo. Pero mientras durante la pandemia el miedo hizo que abundasen los acuerdos tripartitos y bipartitos para estabilizar una economía en estado de paralización y un empleo que amenazaba con romper la “paz” social, ahora no ocurre lo mismo.

Ahora, pasado lo peor de la pandemia, los empresarios quieren recuperar beneficios cuanto antes a costa de sus trabajadores. Han cerrado las puertas a cualquier posibilidad de negociación y acuerdo en materia de rentas.

Un acuerdo que debería contemplar el reparto de los esfuerzos, pero también el de los beneficios, en una situación de alta inflación. Que podría abordar el esfuerzo fiscal de las rentas del trabajo y del capital para sostener un estado social y democrático, que exige protección para las personas.

La salud, la educación, los servicios sociales, el acceso a la vivienda, son bienes irrenunciables que también podrían ser parte esencial de la negociación. Un pacto que debería de abordar el reto y los esfuerzos para afrontar, sin hipocresías ni falsas expectativas, la transición verde y de la actual situación de precios desbordados de la energía.

Los sindicatos españoles han valorado de forma muy distinta la famosa reforma laboral. Pero esta división sindical con respecto a la reforma laboral y sus virtudes, o defectos, no impide que todo el sindicalismo español identifique a la patronal encabezada por CEOE, como responsable de la cerrazón a acordar medidas que permitan compensar una inflación elevada, mediante aumentos salariales razonables y clausulas de garantía salarial en los convenios colectivos.

Por eso, aunque de forma poco unitaria, las organizaciones sindicales acaban de  culminar una primera fase de movilización y manifestaciones en diferentes fechas, a lo largo de la segunda quincena de Octubre y la primera de Noviembre. En lo que sí coincide todo el movimiento sindical español es en que, si continúa la cerrazón empresarial a subir los salarios, las movilizaciones serán cada vez más intensas, mayores y más generalizadas.

En el ámbito de las empresas, los participantes en procesos de huelga, en lo que va de año, se han incrementado en un 26%, mientras que las jornadas no trabajadas por huelgas han crecido también un 25%. A estas alturas del año tanto el número de participantes, como el de jornadas perdidas por huelga supera los datos de todo el año pasado.

Ya nada es lo que era pero, pese a ello, las cosas suelen ser lo que parecen. O los empresarios se ponen en disposición de negociar y alcanzar acuerdos en materia salarial y de compromiso social, o las organizaciones sindicales se pondrán a la cabeza de un malestar laboral y social que comienza a llenar las calles de muchas capitales españolas.

Hoy es más difícil acertar pero, pese a ello, sería bueno recomponer cuanto antes la figura, cargarse de serenidad, recuperar el punto necesario de sensatez y sentarse a negociar, antes de que el destrozo económico descomponga más nuestro maltrecho tejido social y  alimente el miedo que, como bien sabemos, es el causante de casi todas las decisiones equivocadas que se toman en cualquier momento de la historia.

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